sábado, 8 de junio de 2024

Padre Francisco Antonio Rosario, los linderos de su infancia (1ª. Parte).


Por Oswaldo Manrique (*)


A propósito del natalicio del prócer civil Francisco Antonio Rosario, a quien considero es un trujillano olvidado.

Existe un vacío historiográfico acerca de la infancia del padre Rosario, como también lo hay sobre el tema en general de la infancia durante la época colonial trujillana. En el caso de los aborígenes, se conocen las fuertes restricciones que prohibía trabajar a los menores de 16 años, por lo menos en la fragua agropecuaria y mita (Castellano), no eran calificados como adultos en la Encomienda. 


La mayoría de los historiadores, en su enfoque religioso, lo aclaman por su aureola de santidad, obviando específicos atributos personales de su tiempo vital, es decir, como ejemplar ciudadano, sin la menor duda, como Cura Provincialista, el desenfrenado conocedor, amante y orfebre constitucionalista de Trujillo, la entidad gigante de sus sueños, lo que demostró y defendió con hidalguía y patriotismo.

En los siguientes párrafos, se propone visibilizar un período de la vida de este personaje, que comienza con su nacimiento y llega hasta su pubertad, cuando decide tomar los hábitos de novicio, aportando a develar la perspectiva del futuro presbítero y prócer independencista, en su infancia y tiempo. El Padre Rosario, Cura Provincialista, el desenfrenado conocedor, amante y orfebre constitucionalista de Trujillo, la entidad gigante de sus sueños, lo que demostró y defendió con hidalguía, sabiduría y patriotismo. De eso, intentamos aproximarnos y tratar aquí.


I.- Al abrigo de un regazo trujillano. Casa natal del padre Rosario,  "po’ allá en La Rosariera". 

Al fresco amanecer de un día de 1761, en casa de los Rosario, hubo movimiento, nerviosismo y alegría. La bella mujer, de tez blanca y cara perfilada, conocida en su populoso vecindario  de la “Calle Arriba”,  dio a luz un niño, ser de deslumbrantes ojos y buen grito. Al rato, comenzaron a llegar al portal de la casa los vecinos, interesados por la salud de la parturienta y ver y cargar al recién nacido. En la larga y empedrada calle del Trujillo aristócrata y colonial, comenzaron a transitar los que difundían la buena nueva: los Rosario, apreciada familia, tienen un nuevo vástago.

Fue un acontecimiento en la ciudad, el nacimiento de Francisco Antonio. Cronistas e historiadores de la ciudad de Trujillo, así como, la Municipalidad, han marcado el sitio donde nació. La imagen que compartimos, en la parte inferior izquierda de la composición que se acompaña, es de la casa donde nació el Cura Patriota, ubicada en la inclinada y antigua Calle Regularización, hoy Sector El Carmen, Parroquia Chiquinquirá, en la ciudad de Trujillo. Antes era un amplio lote de terreno; en la parte de atrás, pasa la Quebrada Los Cedros, la calle estaba empedrada, que para facilitar identificar su dirección las voces populares de la comarca, la fueron llamando "po’ allá en La Rosariera" o “Villa la Rosariera”, pero catastralmente se conocieron como sectores específicos de la ciudad, verificados en la obra de Manuel Mendoza. Trujillo Histórico y Gráfico. Tipografía América. 1930. Fueron lugares y comercios populares de la denominada “Calle Arriba” propiedad de los Rosario. Para finales del siglo XIX, ya existía actividad comercial en este sector y un molino.

Casa natal del padre Francisco Antonio Rosario, antigua Calle Regularización, parte alta o "Calle Arriba" de la ciudad de Trujillo. 

Actualmente, la casa tiene una inscripción de Catastro Municipal, en la parte alta de la fachada, se lee: <<Casa donde nació el padre independentista Francisco Antonio Rosario R. el 13 de junio de 1761>>. Debajo hay otra placa que indica: <<Calle Francisco A. Rosario>>; asi la adoptó la Municipalidad.

Muy temprano Francisco Antonio o “Paquito” como seguramente le decían en la intimidad de la familia isleña y cristiana, sintió el celo y cuidado de sus padres por darle una adecuada educación, pues con el buen juicio y sus actitudes naturales, habían proyectado que fuera sacerdote. Su madre le enseñaba el abecedario, la escritura y lectura sobre textos religiosos y las primeras nociones de aritmética, enseñanza maternal que recibía con sumo agrado.


II.- Tiempo para jugar ¡Hasta el cielo!

Como a todo niño le gustaba jugar. Desde muy pequeño, deducía y le alcanzaba el tiempo para pasarlo con Nicolás y Felipe Santiago que serian los nombres de sus hermanos y con otros niños de la “Calle Arriba”.

Por lo cariñoso y decente que era, tenía conquistados a los traviesos que eran sus condiscípulos y amigos y ya propondría juegos y ocurrencias para ellos, para romper la monotonía y llenar de alegría aquellos días de infancia. Aparte sus vecinitos, lo miraban al detalle y comentaban sus cualidades físicas. Cuando le escuchaban y aceptaban jugar con Paco, éste se la ingeniaba para distraerlos y liderarlos. Esa era una de sus virtudes naturales: el convencimiento.

Varias veces se escucharon sus gritos buscando en el fogón de su casa algún tizón seco o de carbón blanco de "La Chapa", para marcar en el piso las 10 casillas del juego. También saltaban las niñas, era el momento de ir a las alturas, jugando, brincando, rebotando, cayendo y riendo. 


Los compañeritos le carcajeaban las maromas y bailes que hacía “Paco” al lanzar la piedra, estando parado detrás del primer cuadro, era además de perfilado y ágil, muy flaco. Con ese mismo diminutivo de “Paco”, llamaban a San Francisco, desde pequeño en la calle con afecto y cariño sus hermanos y allegados; de ahí la semejanza.

La casilla donde caía la piedra, seguro no la pisaba, porque los enseñaba con su parsimonia y gracia, a contar y controlar el equilibrio, y el objetivo principal del juego, que era alcanzar el “cielo”; hasta jugando de niño, se manifestaba como un soldado de la fe católica. Su agilidad, competía con la de su cómplice Nicolás, al hacer el recorrido saltando a la “pata coja” sobre el cuadro, solo y con los dos pies si le tocaba doble casilla. Las reglas -desde que los españoles y curas trajeron este juego a América-, son precisas: no caerse en el trayecto, ni tirar la piedra fuera del cuadro, es decir, ir pasando la piedra de cuadro en cuadro, hasta llegar al último, que era el “cielo”, y luego regresar, y les repetía en forma chocante:

 - ¡Hasta el cielo! ¡Hasta el cielo! En efecto, la última casilla, tenía escrita la palabra "CIELO". Era “Rayuela”, el juego infantil más popular y religioso durante la Colonia. 

Uno de sus biógrafos señala que la madre de “Paco”, fue Ana Catalina Rosario (Rosario, 65), por lo que el futuro procer tendria el apellido repetido; sin embargo, en los Libros de Bautismos de La Puerta de 1796 y siguientes, firma de su puño y letra: <<Franco. Rosario D.>>, indicativo que el apellido de su madre comenza con la letra D.   

Como preocupada mujer de aquella epoca, era lectora y generosa, le enseñó el alfabeto, a rezar y el pueblo de Trujillo lo fue moldeando en sus pininos de vida.  La monotonía del trabajo en el campo, en el comercio, en la Sala Consistorial, los templos, Conventos y otras faenas, abrumaba la vida de la ciudad, solo alterable por los días pascuales. Los niños anhelaban esos días con sus sueños y aspiraciones. Las fiestas se iniciaban el 24 de diciembre en la tarde, con la procesión de San José y la Virgen, desde el sitio de los catalanes. Se esperaba con alegría las imágenes rodeadas de flores, adornos, cantos, villancicos, en el recorrido hasta la iglesia. La festividad duraba hasta que encendieran los faroles de combustible aceitoso de las calles, para que en la casa, se esperara la llegada del Niño Dios y disfrutar de antemano algún manjar dulce o buñuelo para tan hermosa ocasión. 

Cuadro: Antiguo Templo Matriz de la ciudad de Trujillo. 

La celebración litúrgica suprema, era la organizada por la Sociedad de La Paz, muy apoteósica con misa de tres padres  "Asperge, tercia y sermón" (Briceño Iragorry, 31); celebración incienzada con frescos aromas de laurel criollo, para luego sacar la imagen de la Virgen en procesión. Sí, en el templo Matriz de la ciudad,  donde “Paco” recibió el sacramento de la comunión. 

La ciudad angosta y clerical, al contrario de lo que se piensa, estaba poblada por familias descendientes de conquistadores, colonos, españoles peninsulares, y también,  pardos e isleños, que vivían y disfrutaban en forma aislada su propio mundo, su propio espacio vital reservado y espiritual, algo introvertidos en su soledad y albedrío.

Cada familia en su casa tenía su huerto, el solar de la familia Rosario, era grande, repleto de matas frutales, flores, arbustos medicinales, malezas aromáticas, no tenían necesidad de pasarse el tiempo en la calle para sobrellevar la vida. En ese mundo reservado para ellos, se protegía el prestigio del linaje y la distinción, mientras más fuerte la pobreza de la familia, mayor era la clausura del recinto (Briceño Iragorry, 42). En 1767, cae como un terrible terremoto el gran cisma que ocurría dentro de la iglesia: los Jesuitas son expulsados de España y sus Colonias en América. Ellos que fueron desde 1629, importantes colonos y propagadores de la fe cristiana, en tierras de Pocó y La Arenosa,  ahora execrados; este hecho fue comentado en lo interno por las familias trujillanas,  con desagrado y discreción. Era esa cautela, parte de esa altivez e hidalguía españolas, adecuadas a las circunstancias de la vida, quizás mucho orgullo y sencillez del trujillano.  

Lentamente “Paco” caminaba y detenía el paso cuando transitaba por el frente de las puertas y blasones de las mansiones de las encumbradas, privilegiadas y ricas familias descendientes de los conquistadores, Briceño, La Bastida, Mendoza, Azuaje, Pachecos y otros, símbolo del estirpe y linaje de la ciudad lo que quedaría grabado en su mente y será farol clasista, en su lucha por un porvenir libertario y de igualdad. En este ambiente colonial, de injusta distribución de privilegios, se labró su conciencia infantil, su hogar y su escuela conventual, fueron su fecunda lección.

Se tiene referencia de sus características y señales fenotípicas, observadas en su tiempo trascendental, según lo apuntó el más antiguo de sus biógrafos, los vecinos que lo conocieron decían que <<era de estatura regular, color trigueño rosado, facciones bien formadas y enérgicas, cabeza esférica de bonita figura y un tanto despoblada de cabello>> (Castro, 41), podemos deducir que cuando niño sus rasgos físicos eran agraciados.

Reía mucho este personaje, fue de infancia feliz, cuando grande le admiraban por <<el semblante festivo y alegre... Su rostro dejaba traslucir la suavidad, el contento, la paz y la alegría de que rebosaba su corazón...Su conversación era festiva, halagadora, llena de gracia; pero siempre espiritual>> (Castro, 43), un ser vital y de buenas energías. 


III.- Su origen social. Trujillo ciudad de calidades: blancos y curas. 


 El repique de las campanas del Convento de los Franciscanos, marcan el paso de la vida de los pobladores de la parte alta. La Ciudad de Trujillo, situada entre dos paralelas montañosas, su calle principal es larga, con una inclinación pronunciada, pero desde su casa, muy cerca de la Quebrada Los Cedros, “Paco” podía observar sin necesidad de catalejo,  lo que ocurría  hasta cerca del río San Jacinto. Podía detallar que desde la Plaza Real o Mayor, donde está la Iglesia, en relación con el rio, se notaba un desnivel bastante considerable, de la misma forma, el paso diferente de blancos e indios hacia las labranzas.

El cronista de Trujillo, Huma Rosario Tavera, escribió una biografía de este personaje, de la que me regaló un ejemplar autografiado. Transcribe una fe de bautismo, en la que se señala que habría nacido el 13 de junio de 1761, bautizado por el cura Juan Bautista Viloria, en la parroquia eclesiástica Chiquinquirá, siendo sus padres: Juan Evangelista Rosario y Ana Catalina Rosario (Rosario, 65). En nuestra investigación, han resultado infructuosas las diligencias realizadas, para obtener esta fe de bautismo, para revisar y corroborar  si cumple con la formalidad extrínseca del documento, que le de autenticidad, es decir, su inserción en el libro correspondiente. 


En lo que sí coincide la mayoría de sus biógrafos y comentaristas, es en datos importantes de dicha fe de bautismo o sus formalidades intrínsecas, como por ejemplo: que Francisco Antonio Rosario D., nació en Trujillo, un día del año 1761 (Enrique María Castro, 11; De Santiago, 281; Isilio Antonio Rosales, 182; Mario Briceño Perozo, 122; Mario Briceño Iragorry, Julio Febres Cordero, y Vicente Dávila, 294; Huma Rosario Tavera, 65); presumo y con certeza que guiándose y tomando en consideración el año de su ordenación sacerdotal 1786-1787, pues según las Sinodales, se requería los 25 años cumplidos para ser ordenado.

El tiempo colonial social, moral y espiritual de la ciudad de Trujillo, estuvo gobernado por la Iglesia en forma muy rígida. La Curia en estos asuntos sacramentales era estricta y celosa. El bautizo había que hacerlo de inmediato, a pocas horas o días de nacido,  era obligatorio para todos, los padres podían ser excomulgados de no bautizar prontamente a sus hijos, no solo por aquello de  la “salud de las almas”, sino porque de ese acto solemne, formal y documental derivaba la condición social de la persona.  A pocos días de su nacimiento, guiados por el monaguillo, los familiares y padrinos acompañaron a la dama que cargó a Francisco Antonio hasta la pila bautismal de la  Ermita de la Chiquinquirá, que era el recinto eclesiástico de la parte alta de la ciudad y más cercana a la casa de la familia Rosario, esta larga Capilla medía unas 36 varas de fondo por 6, 5 de ancho, con fachada de rafería de cal y canto, en obra limpia, techada de tejas, piso sin ladrillos ni mosaicos (Tarcila Briceño, 66). Las dos puertas que dan a la plaza estaban abiertas, entraron, pasaron el campanario, y al fondo pudieron observar la majestuosidad del <<Altar mayor presidiendo por la Virgen de la Chiquinquirá y un altar pequeño del Niño Jesús>> (Ídem). Se podía ver que las otras dos puertas al lado del evangelio también estaban abiertas, lo que dio mayor iluminación al momento bautismal. 

Un elemento con el que también cumplieron los padres, fue que le dieron al recién nacido el nombre correspondiente del santoral católico, el 13 de junio, dedicado a San Antonio; el nombre de Francisco, quizás en tributo a la advocación del Convento cercano y reverenciado de los recoletos. Otro dato bastante probable señalado en dicha fe de bautismo, es que haya sido bautizado por el Teniente Cura don Juan Bautista Viloria, o por Don Domingo de Briceño, o el ilustrado y virtuoso Dr. Gregorio Martin Betancourt y Berdugo (Fonseca, T2, 213), facultados en 1761 para bautizar.



Su infancia y adolescencia, transcurrió en la casa grande, que fue aquella pequeña ciudad, de la calle larga empedrada, que se convirtió para muchos, en el verdadero hogar, de fresca niebla y sol, ternura y afecto, que se desprenden de la propia <<tierra de María Santísima>>, como la llamó Mario Briceño Iragorry.

Allí, acabando de cumplir dos siglos de fundada, en aquella ciudad colonial andina abrió sus ojos a la vida, Francisco Antonio Rosario. Trujillo, ubicada en el occidente de Venezuela, en una terraza salpicada y refrescada por el río Kastán, este apacible lugar con casas blancas antiguas, provistas de techos de tejas rojas, fachadas con linajudos blasones, que fueron levantando los capitanes fundadores, cerca de la Plaza Real y su Templo colonial y católico, en cuyo interior permanecía la antigua imagen de la Patrona Virgen de la Paz, que seguramente recibió innumerables miradas y oraciones del niño Francisco Antonio. Al caminar en sus tiempos infantiles y juveniles, por la extensa calle, estaría incompleta su marcha si no observaba el Convento Regina Angelorum, o al comenzar la ruta desde el Convento de Nuestra Señora de la Candelaria de los Dominicos, para subir a la Ermita, cercano al prestigioso e imponente Convento de formación de los Franciscanos, el San Francisco de Asís o San Antonio Tavira de Padua de la Recolección; los Conventos, formaban parte de la tradición cultural y espiritual de las familias trujillanas (Briceño Iragorry, Mario. Mi infancia y mi pueblo. Evocación de Trujillo. Págs. 20-24. Editorial Arturo Cardozo.Trujillo.2004). A cuál infante o muchacho trujillano de aquella época, le podía ser indiferente el ambiente de aquella ciudad conventual, religiosa y Mariana.

Casa natal del padre Francisco Antonio Rosario, antigua Calle Regularización, parte alta o "Calle Arriba" de la ciudad de Trujillo. 

Las instrucciones del Monarca, obligaban que al imponerse el régimen colonial de España en América, los aborígenes obligatoriamente vivieran en pueblos de indios, los encomenderos en sus estancias y haciendas para facilitar la explotación de tierras y esclavos, y solo en las ciudades, asiento de los poderes, vivían los blancos. Trujillo era una ciudad de blancos y curas. 

“Paco” según uno de sus biógrafos, tuvo dos hermanos que fueron curas como él, <<Felipe Rosario, que fustiga el presbítero Rondón, según se dice en la vida de este prócer, por su realismo>>,  así mismo, <<debe ser su deudo, Nicolás Rosario que fue preso en Mérida por el comandante Faría>> (Dávila 297), La familia Rosario era numerosa. Una familia de profundo fervor religioso, de ahí salen esos rasgos principales de Francisco Antonio un ser de bondad natural, inquieto, preocupado y responsable, que en su madurez demostrará ser un hombre de amor y de obras. 

Uno de los estudiosos de su vida, dijo: << aquel aristócrata nacido en el lujo y acostumbrado a la molicie>> (Discurso del Dr. Regulo Burelli Rivas, en la inauguración de la lápida conmemorativa del centenario del fallecimiento del Cura Patriota Francisco Rosario. Pág. 16. Mendoza, 1947). Gozó desde niño de todas las comodidades y afectos, y ya mayor, fue un ser dispendioso y caritativo, pues provenía de un hogar de buena familia cristiana y noble <<repartía el bien a manos llenas, tanto espiritual como corporal>> (Dávila 297), procedía de familia con fortuna y bienes.

Las notas sobre la heráldica y orígenes del apellido  Rosario, señalan que la familia de este nombre es originaria de las Islas Canarias, Reyno de España, y de cierto linaje (Resumen del Instituto de Historia Familiar y Heráldica. En www.heraldicafamiliar.com), posee escudo o blasón. Algunos especialistas en el tema, han señalado, que los canarios eran considerados blancos, pero de orilla, sin ninguna condición social, de oficios manuales y ocupaciones nada relevantes, gente de vida modesta. Los que llegaron a Venezuela, demostraron su gran habilidad para el comercio, la producción agrícola, grandes navegantes y amasaron grandes fortunas. 


La primera persona con este apellido Rosario, que se estableció en tierra trujillana, pudo haber llegado a comienzos del siglo XVII, con las migraciones de isleños, que venían en búsqueda de nuevas opciones de vida y fortuna, y adoptaron carácter de colonos. Varios, ingresaron con los hermanos Fernández Saavedra, navegantes y dueños de barcos que anclaban en el Puerto de Gibraltar. Los colonos de apellido Rosario, se concentraron en esta ciudad de Trujillo, hemos revisado el censo residencial y de servicios antiguos y actuales, encontramos que es muy escaso este apellido en el resto de la Provincia; Francisco Antonio, pertenecía a familia de esta distinción. Argumentamos esto, porque en aquel tiempo, los indígenas, negros y pardos, no tenían acceso a los estudios sacerdotales. Esa limitante, nos induce a pensar que era descendiente de un hidalgo o colono canario, es decir, noble de tercera clase, quien fomentó familia en Trujillo, con una vinculación muy cercana a la vida religiosa, entendiendo que esta ciudad poseía carácter conventual. Francisco Antonio Rosario D., en nuestra cavilación, se identificó desde su infancia, con los asuntos del Templo cercano, con el Matriz y de los Conventos vecinos, en los que fue aceptado por los religiosos, y su educación pudo ser confiada a algún presbítero de la confianza de sus padres y familiares.

En 1761, ejercía el poder civil en Trujillo, el Teniente de Gobernador, capitán Sancho Antonio Briceño, poderoso terrateniente, descendiente de uno de los fundadores de la ciudad. La historiografía señala que con él se inició una saga de Gobiernos marcados por la arbitrariedad y la corrupción, intimidaba o arremetía con violencia a los vecinos para imponer el gobernante y los alcaldes y corregidores de su preferencia, para apoderarse de los impuestos y tributos y dineros públicos de la Corona; además ejercía el contrabando e imponía contribuciones ilegales a la gente, que también se embolsillaba. Fue tan deleznable la situación, que años más tarde, en 1775, el Contador Mayor de Caracas  - después Intendente- José de Avalos solicitó <<Se mande salir, y más de 50 o 100 leguas en contorno, a dicho D. Sancho, a sus hijos y demás parientes de su apellido, con prohibición absoluta de poder volver a ningún tiempo a dicho país>> (Informe de Avalos), medida que no llegó a ser ejecutada. 

La época del padre Rosario es la del Trujillo de las últimas cuatro décadas del siglo XVIII, que coincide con el reinado de Carlos III y sus grandes reformas administrativas y los reordenamientos de los territorios y colonias americanas, prolongada hasta la primera mitad del siglo XIX. La historiadora Diana Rengifo, afirma que para Trujillo, <<el siglo XVIII inicia el proceso de maduración citadina>> (Rengifo, pág. 75), se entiende como tiempo de  ebullición social, política e ideológica, de avanzada de los pardos como grupo social, en un ambiente relativamente próspero, pero también signado por la pobreza.

En 1767, con 6 años de edad, ingresó a la escuela franciscana de primeras letras, la más cercana y a pocos pasos de su residencia, <<El joven Francisco Antonio hizo rápidos progresos en el aprendizaje de las primeras letras a que le dedicaron sus padres. Adquirido los conocimientos necesarios en la escuela le pusieron estudiar latinidad>> (Castro, 12), eso le permitió sus primeros paseos por la ciudad, guiado por su papá, quien bajando por la Calle Real le iba enseñando los solares y las casas con su correspondiente blasón, anunciando las linajudas familias que las habitaban.

Se interesó en sus salidas, por visitar el nicho del Cristo de la Salud llamado Cristo de los Milagros, que antes estuvo en la Plaza del Calvario, hoy Plaza El Carmen, bastante cerca de su casa y también la Ermita de la Chiquinquirá, y el templo Matriz. El Cristo de la Salud, era una hermosa talla que la mayoría de los vecinos veneraba por los milagros que realizaba, era el mayor tesoro que tenía la ciudad colonial. Fueron los primeros lugares que conoció, cuando lo llevaban a caminar varias cuadras empedradas, desde la “Calle Arriba” a la “Calle Abajo”, haciendo parada obligatoria ante la “Quebrada los Cedros” y la “Caja de Agua”.

Un día de 1769, lo invita un niño amigo, a realizar una pequeña aventura, algo que siempre quiso hacer. La propuesta para esos años, era atrevida y audaz, y accedió, se atrevió a entrar a escondidas a averiguar qué oscuros secretos guardaba, los motivos del hermetismo y quiénes estaban dentro de las enormes e inexpugnables  paredes y portones  del Convento de los Franciscanos. Era el Convento de San Francisco, el guía y consejero de aquella populosa comunidad de la parte alta o “Calle Arriba”, es decir, en las afueras de la ciudad, que siendo de blancos criollos, no gozaba del abolengo, calidad e hidalguía de los habitantes de la “Calle Abajo”.

La investigadora Tarcila Briceño, escribió que: dicho recinto tenía una iglesia de mediana capacidad con una capilla al lado del evangelio que la hacía parecer de dos naves, donde se encuentra un altar de San Antonio de Padua (Briceño T, 78), que era el segundo patrono del Claustro.

 La solemnidad y nivel académico de este centro de enseñanza, lo hacía atrayente  según lo describe el historiador Mario Briceño Perozo,  se eleva la distinción porque funcionó <<El de San Francisco destacó por su hermoso templo y fue famosa la rica biblioteca de que disponían maestros y alumnos. Se comunicaba por una vía subterránea con el convento de los Dominicos en La Candelaria…brillaron en Trujillo eminentes humanistas vinculados a este ilustre monasterio>> (Briceño Perozo, 174); el más importante y adecuado centro de enseñanza avanzada de la ciudad, lo observó en aventura el niño Francisco Antonio.

Para este tiempo, cumplía el cargo como Reverendo Padre Guardián de ese Convento, y Predicador General Fray José Francisco Portillo, de la congregación franciscana (Fonseca, T2, 214); “Paco”, contaba con 8 años de edad, y esa experiencia lo abrumó de una paz interior, que causó preocupación a sus padres. Ya no quería andar jugando en la calle, vivía tranquilo, meditabundo, dedicado a leer el catecismo y otros textos católicos de la madre, leía salmos en el mesón y cualquier libro relacionado con el  campo del cristianismo, se transformó en un ser estudioso y mucho más espiritual,  lo que también notaron sus maestros y sus amigos.

Con su crecimiento físico, fue aumentando su lectura religiosa y su correspondencia con el mundo de salvación de almas.  En 1770, rozando los 9 años de edad, participa por primera vez del sacramento de la eucaristía, recibiendo su comunión; era Vicario don Vicente de Segovia, quien era apreciado por los feligreses, a pesar de su dispendiosa, indecorosa y pública vida de amancebamientos, y como Cura Rector propio de la ciudad, el Br. Don Idelfonso Escalona Cabeza de Vaca, de 43 años de edad, quien había cursado estudios de Filosofía y Teología (Ramos de Lora, Papeles).  

Este mismo año, comenzaron a llegar noticias de la zona baja, sobre el avance de la invasión de los indios Motilones. Los pobladores de la ciudad, incluyendo la familia Rosario, se dirigieron a la Plaza Real, y frente a la Sala Consistorial manifestaron su preocupación porque se pudiera convertir en otro saqueo como el del pirata Granmont en 1678. El 10 de octubre de 1770, se reunió casi en emergencia el Cabildo, para organizar una arremetida en contra de los “invasores”, que se habían apoderado y ocupado los Llanos de Cornieles y el Cenizo hasta las orillas de la Quebrada La Vichú, al pie de Bitijoc, y avanzaban hacia otros lugares trujillanos. Entre los caciques invasores estaba un descendiente de las hermanas Argüelles raptadas por los Quiriquires en Gibraltar a comienzos de ese siglo. La intranquilidad era total, fue <<necesaria una prolongada y tenaz movilización de trujillanos para lograr al fin, la expulsión de los indígenas>> (Cardozo, 19); lo que finalmente lograron, volviendo la tranquilidad a estas familias. 

Curioso, pero desde 1738, que transitó el Dr. José Félix Valverde, Trujillo no  tuvo Visitas Pastorales de Obispos.  En junio de 1773, “Paco” cumplió sus 12 años de edad, considerada ésta, la edad del uso de razón,  participa del sacramento de la Confirmación, siendo el Vicario Don Vicente de Segovia, de 50 años de edad, con mayor formación teológica y válidamente ordenado, quien cumplió más de 24 años de antigüedad y servicio en el Curato (Ramos de Lora, Papeles).  El padre Vicente, sentía gran simpatía y afecto por el cordial niño Francisco, y es uno de los sacerdotes que lo prepara y fortalece espiritualmente en su inclinación a la vida sacerdotal, también a sus hermanos.      el rebelde Nicolás y al conservador y realista Felipe Santiago Rosario. 

(…continuará)

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta. 
La Puerta, junio de 2024. 
omanrique761@gmail.com 

sábado, 1 de junio de 2024

Cuando bajaron las carabinas de La Mocotí, 1898.


          Por Oswaldo Manrique (*)

Al “Chato”, la cabeza le daba vueltas de tanto pensar. No eran las nalgas, las que le dolían, que a pesar de los brincos y rebrincos de las cabalgaduras, se habían portado resistentes y a la altura del vic vac. Seguía  las medicaciones que le daba el Dr. Manuel Araujo, su pariente, y se hacía cuando podía, los baños de ponchera de agua fresca con sábila y mejorana, que siempre le calmaban. Experimentaba desde meses antes, agudas molestias cuando noticias que desde Mérida le llegaban, corroboraban el favoritismo que sentía el Presidente Espíritu Santos Morales, por  sus tradicionales enemigos: los “Lagartijos”. Ahora, la cosa cambió: anuncian la separación y autonomía de los Estados. Buena ocasión para cobrársela al “Tigre de Guaitó” y a la “Gonzalera”, y movilizar desde todos los rincones de la región, la tropa para aventarlos del poder.

Fondo de portada: tomado de Despojos Inconformes, de Neller Ramón Ochoa.

Le había jurado al viejo y enfermo “Ño Fuán”, que recobraría el gobierno para la familia. En sus adentros el “Chato”,  diría: - ¡Trujillo es godo y de bandera colorada!  Era muestra del rencor que arrastraba, desde la paliza recibida en el 92, la que lloró en La Puerta, junto con los terribles  “Pinto” Bernardino Silva y el “Calzones Negros” Palomares.

Cuando discurría el año 1898.

Difícil apartarse de lo apasionante que es abordar la vida, acciones, razones políticas, ideológicas y pasiones de los rebeldes trujillanos, particularmente los del tiempo de caudillos y de la deslumbrante virilidad. Impresiona esa combinación de lo anecdótico, con las colosales decisiones y acciones militares. Parecen, aunque suene cándido, peleas de seres inalcanzables, como proveídos por los Dioses, que solo pueden ser vistos a la distancia, cabalgando sobre las crestas de la  Cordillera de La Culata. Por ello vale sí, dar a conocer los hechos -sin duda sangrientos -, como enseñanza de lo que no debe repetirse entre trujillanos, entre hermanos, la ausencia de tolerancia y de reconocimiento del contrario político, lo que, amplia el gentilicio y orgullo regional y local.

¿Quién podía pensar que algo fútil, era la motivación de esta revuelta?

En términos generales, se gozaba de una paz de tregua. Estando apoyando y al servicio del gobierno del Presidente de la República electo, general Ignacio Andrade, las fuerzas liberales “lagartijos” y también las oligarcas “ponchos” trujillanas, las dos causas políticas “contradictorias” entre sí, respaldándolo; asimismo, al presidente del Gran Estado Los Andes, general Espíritu Santo Morales, quien se inclinó y protegió a la gente de su compañero de causa liberal, general Rafael González Pacheco, quienes prevalidos de ese apoyo, no desperdiciaron la ocasión para hostilizar a sus contrarios oligarcas.

Vino la separación de los Estados "y esto fue suficiente causa para disputarse el mando y hostilizarse entre sí" (La Riva, 85). Causa y oportunidad para los “Ponchos”.

El 11 de mayo de 1898, el General José Manuel Baptista con gente armada toma Valera, fue el inicio de hostilidades. Contaron con los batalladores godos del Valle de Bomboy, Miguel Delgado, Pancho Ramírez, los Burelli, los Palomares de la Puerta, Noé Matheus, con ellos, los temidos Terán de “La Cañada de Mendoza”, Bernardino Silva “el Pinto”, y Rafael Abreu, de “El Cumbe” (Crespo, 53). Luego, pueblos como Sabana Mendoza, Pampanito, Niquitao, Boconó, Sans Souci, “La Encomienda”, en el páramo La Cristalina, “Tierra Morada, Zanjón del Rincón, “Las Aguaditas”  sintieron el peso de las bestias y cabalgaduras de los “ponchos” conservadores.

El desmedido desafío del “Chato” Briceño.

Unas semanas antes, de la decisiva confrontación, el general Montilla Petaquero, recibe un mensaje del "Chato” Briceño, general de las fuerzas araujeras, en términos similares a esto: <<General si es tan valiente, vamos a vernos las caras en Pueblo Llano, lo desafío a pelear, con las armas que le dé la gana>>.  Montilla, como jefe del ejército liberal, estando en Mérida, y mientras meditaba el reto y la vehemencia por plantear batalla, del Chato, a quien llamaban el terror de los lagartijas, el "Atila" trujillano, fue apertrechado en armas y municiones por el presidente del Gran Estado los Andes, general Espíritu Santo Morales. 

El mismo Espíritu Santo, asumió comandar la guerra contra los oligarcas araujistas y batisteros que jefaturaba el general Blas Briceño alias “El Chatico”,  quién atrincherado en Jajó le exigió la revancha, es decir, desafió al combate al general Rafael Montilla Petaquero "El Tigre de Guaitó", y este lo buscó en “Pueblo Llano” donde lo había citado, se molestó al no encontrarlo allí, lo buscó también en “Las Porqueras” de Timotes, y por último,  se fue a enfrentarlo <<en el Alto de Durí, donde forzosamente paró, acatando órdenes del general Morales>> (Gabaldón, 117). Esto es anecdótico, el “Tigre” buscando al “Chato”.


El colosal y decisivo choque en Jajó.

El 6 de junio de 1898, ocurrió en "La Loma de las Palmas", sitio cercano a Durí, uno de los hechos más sangrientos de la historia trujillana. Duró 5 horas. Fue un encarnizado, absurdo y obstinado combate, que según algunos historiadores, aseguró la tranquilidad y la estabilidad política y militar de Trujillo, del Gran Estado los Andes, y del país.

Minutos antes del combate, como parte de lo anecdótico ocurrió algo, que incluyó en su testimonio el historiador Fabricio Gabaldón, pues encontraron que un ingeniero de nombre Luis Vélez, que formaba parte del Estado Mayor del ejército liberal, sacó un plano topográfico del sitio y lo abrió en una mesa, fue clavándole alfileres de colores y banderillas, indicando a los oficiales liberales el orden de ataque.  En eso llegó Montilla Petaquero, metió la cabeza por entre el grupo y dijo en altavoz:

- Déjese de pendejadas doctor Vélez; ¿usted como que cree que con alfileres y muñequitos vamos a derrotar al enemigo? si quiere coja un mauser y véngase conmigo para que vea cómo peleo yo" Frescura providencial>> (Gabaldón, 118); lo que bastó para  librar a todos los oficiales del inconveniente en que los había  metido el ingeniero y su plano. 

El general Morales ordenó el ataque, distrayendo al enemigo con un ligero tiroteo, mientras el atrevido general Montilla avanzaba en la vanguardia y observó que sus rivales <<habían dejado sin ocupar unos riscos o peñas que los dominaban en altura; se aprovechó del descuido con las habilidades que tenía de experto cazador, y seguido de los suyos que lo secundan, inició desde los riscos o peñas mencionados el combate; con la sorpresa de Morales que, lo ve empeñarse sin su orden,  y con el espanto del enemigo al verse dominado en altura. Piedras enormes diseminadas en el terreno que ocupan, las hacen rodar al campo enemigo, y con el desastre que estas ocasionan en el trayecto recorrido, juntamente con los gritos de entusiasmo y los certeros disparos, le ocasionaron a sus contrarios, la más completa y vergonzosa derrota, como no se recordaba otra en suelo trujillano>> (Gabaldón, 118).

El general liberal Perfecto Crespo, en su memorial, anotó: <<las tropas godas se concentraron en Jajó. Las fuerzas del gobierno liberal que llegaban de Mérida, y las trujillanas que pasaban por “Pajarito” y “Tuñame”, resolvieron atacarlos en su propio patio: Jajó. El  General Montilla entró en Jajó cayendo este pueblo "bajo la planta de los soldados adversarios>> (Crespo, 55). Destruida su fuerza de combate, los generales Araujo y Briceño, emprendieron la retirada.

El recordado historiador, colega y amigo Arturo  Cardozo, escribió: <<El numeroso ejército conservador es derrotado y perseguido. La tenaz persecución transforma aquella derrota en veloz fuga que solo termina cuando los insurgentes llegan a la estación ferroviaria de Motatán y, bajo el efecto del pánico, asaltan los vagones que los conducen a La Ceiba; luego embarcan para Maracaibo>> (Cardozo, 258).

Para los puertenses, este episodio de guerra fratricida, tiene un significado especial que va más allá de lo legendario de este hecho, como continuación de la sangrienta batalla de Durí-La Mocotí-El Portachuelo, en 1892, sino porque personajes locales estuvieron involucrados en la lucha por consolidar la estabilidad de la República. La historiografía no ha incluido ni reconocido la importante participación de hombres sencillos, campesinos, de nuestras montañas, que sin ostentar el mote de generales, quizás algunos con grado de coronel y oficiales, se la jugaron en esta fase del proceso histórico trujillano; por eso, la necesidad de reescribir la historia, rescatándolos y visibilizándolos.

La retirada, desmoralización y el pánico.

El “Chatico” viendo la debacle y la pérdida de hombres y posiciones, producto del avance rápido y la barbarie de los “lagartijos”, entró en pánico, y llamó a un "sálvese quien pueda", abandonando el sitio de confrontación, lo que aprovechan los liberales para la persecución, resultando una retirada que se perfilaba como caótica, al no respetar el lógico orden de batalla.

A toda prisa, huía “El Chatico”, de las balas, pero más velocidad le imponían los macheteros del “Tigre Montilla”, que iban tras él, persiguiéndolo.  Su cara era de miedo y de derrota. Vencido en el 92, y vencido en esta batalla y por los “mesmos”. 

La derrota que sufrió el ejército del general Pedro Araujo Sánchez,  y el general Blas Briceño alias “El Chato“, considerado hasta ese día él Atila trujillano, el invencible, se dieron a la fuga ante el incontrolable avance y “carga a machete” de los indios montilleros. En la huida el “Chato”, <<encontró refuerzos quienes al verle la cara de espanto les contestó "asómense y verán por lo que juigo yo”, palabras que fueron suficientes para contagiar terror; y a la voz de: sálvese quien pueda, las armas son arrojadas, los grupos se dispersan y los jefes haciéndose unos a otros competencia en la velocidad de sus cabalgadura, ganan a Motatán,  asaltan en su confusión las máquinas y vagones del ferrocarril>> (Gabaldón 119). Los refuerzos eran la poca gente que bajó de La Mocotí con el general Leopoldo Baptista.

En efecto, el general Morales, se había movido desde Mérida sobre Trujillo, uniéndose a él, el doctor González Pacheco y el general Rafael Montilla, y atacó a las fuerzas que habían en Jajó al mando de los generales Pedro Araujo y Blas Briceño, <<y después de cinco horas de combate, emprendieron Araujo y Briceño la retirada, que fue protegida por el doctor Baptista y cinco oficiales que se habían movido de La Mocotí con ese objeto y en auxilio de Jajó>> (La Riva Vale, Alberto . Anales de Valera. Página 85. Valera. 1988). Es aquí cuando entra a participar la gente de la serranía de La Culata. Se entiende que eran algunos oficiales y su pequeña y selecta tropa.

Al irse en fuga, los "Chateros" son perseguidos por los macheteros montilleros, dispersos en varias direcciones. El “Pinto” huyó por el Cumbe, donde se echó tiros con unos de la retaguardia liberal. Perfecto Crespo,  apuntó que como parte de la huida de los derrotados  conservadores, <<Por el camino de Valera a Jajó, en la Quebrada de Cuevas, nos hicimos unos tiros con una guerrilla fugitiva del célebre “Pinto” Bernardino Silva>> (Crespo, 57).  El “Chato” Briceño aprovechando la acción de Baptista y sus oficiales, se metió por unas intrincadas trochas hasta llegar a la estación del ferrocarril en Motatán. 

Los fusiles salvadores que bajaron desde La Mocotí, en 1899.

Pudiera percibirse como algo enviado por la divina providencia, en el preciso instante de su casi degollamiento. La tradición oral, menciona que el rebelde Sandalio Ruz, que había roto relaciones políticas y de amistad con el “León de la Cordillera” y sus seguidores, participó en la retirada de los godos. El empinado Sandalio, con su porte patriarcal, se convirtió gracias a su conocimiento de esta zona, su destreza y capacidad para movilizarse y esconderse, en maestro de la lucha guerrillera y la emboscada. Como auténtico paramero, de niño, le tocó salir de cacería con sus mayores y conocer la profundidad de la montaña, y el desplazamiento del venado, conejo de monte, o báquiro, para comer carne buena. Fue una autentica escuela y leyenda para su tropa, incluyendo a Mitrídates su fiel guardaespaldas, a Fidel Rivas y Juan Torres.

Sandalio tenía tiempo distanciado del Partido Conservador, había roto con el general Juan Bautista Araujo, el célebre “León de la Cordillera”, sin embargo, Leopoldo Baptista, lo convenció para esa jornada y formaron la fuerza salvadora de la retirada y las vidas de los araujeros. Según la tradición oral, y asi lo recordaban descendientes de Mitrídates Volcanes, su lugarteniente, que Sandalio no le perdonó al “León de la Cordillera”, que le negara el apoyo en su ataque a la "Gonzalera"; pretendía “Ño Fuan” que el Coronel y su gente, quedaran burlados y saqueados en sus bienes.

Cuando fueron a hablar con Sandalio, allá en Los Aposentos, según Ramón, nieto de Volcanes, a Leopoldo Baptista lo acompañaba su socio el "Jurungo" Burelli, quien iba con Cesáreo Parra, el yerno Antonio Parra, y Rito Pabón, vecinos, hacendados y montoneros de la zona, además, militantes de la causa goda. Toñita Carrizo la esposa, los atendió y cuando escuchó mencionar que las fuerzas liberales la comandaba la “Gonzalera”, inmediatamente se le revolvieron las tripas, recordando el saqueo de su casa y sus tierras. El coronel Ruz, se lanzó nuevamente a la guerra para frenar a los que habían arrebatado la hegemonía política a los “ponchos” en  la región.

José Antonio Burelli alias el “Jurungo”,  de 52 años (Giuseppe Zenone Burelli Raffelli 1846 – 1920). Se sentía seguro en sus andanzas y correrías, porque poseía además de su inseparable revolver, un fusil de ligeros guáimaros, que según él, era de mayor precisión. Como se acostumbraba en ese tiempo, fue con sus dos hijos mayores, en esta experiencia de acciones excepcionales de montoneras, Cristino, de 26 años de edad, igualmente, Francisco Alberto Umberto, uno de los mayores de la familia Burelli, quien desde niño disfrutó de la cacería, también inclinado por la carrera militar y Pedro Mario Burelli García,  con  24 y 18 años de edad respectivamente; es posible que el bisoño José Américo, que años después sería legendario general nacionalista, también los haya acompañado. Los guerrilleros cordilleranos, limpiaban sus chopos con aceite y gas plan (kerosene), antes de hacer uso de ellos, pero ese día, lo que bajaron por el desfiladero, fueron máuseres nuevos.

A los "araujeros" solo los amparó, de los macheteros montilleros, la operación militar de Leopoldo Baptista y los caudillos francotiradores de La Puerta, entre ellos Sandalio Ruz, Mitrídates Volcanes, “El Jurungo” y su hijo Umberto Burelli; el "Macho" Palomares, y unos pocos que los acompañaban, que les permitió a la gente del "Chato" Briceño y de Pedro Araujo, llegar a Motatán, tomar el ferrocarril y salvar la vida. Era lógico que Baptista se hiciera acompañar de los baquianos de los vericuetos de La Mocotí y las montañas liberadoras de las Siete Lagunas.

Baptista y sus oficiales, se habían ubicado en el Filo del Granate. Le sudaba el catalejo, cuando observó las posiciones y avanzada de los dos ejércitos en batalla. Bajaron de La Mocotí  y dispusieron una línea de bloqueo, desde donde pudieran practicar “el tiro de cachito”, que obligó a los perseguidores, a abandonar la "carga a machete", que se habían propuesto sobre la tropa araujera  oligarca.  Los primeros en caer producto de los tiros, fue el jefe de los perseguidores, desplomándose de la mula. Esperaron, y más atrás, el que lo sucedió o sustituyó en la jefatura fue certeramente herido, sin ser derribado de su bestia, y graneadamente cayeron otros, lo que conmocionó a los macheteros “lagartijas”, que los frenó en su desaforada cacería. El fusil de sistema Máuser era un arma de repetición que podía cargarse para un nuevo disparo, con un movimiento de su palanca de armar. Servía para parar las persecuciones, porque  el largo de los fusiles impedía su manejo en los combates a corta distancia. Con estos disparos lograron detener la persecución, salvando a los godos derrotados.

Entre los caudillos montañeros de La Puerta, que nombra como inventario de godos el general Perfecto Crespo, en sus memorias, está el guerrillero conservador y baptistero Miguel Delgado (Crespo, 53); un hacendado oriundo de Mendoza, que se radicó en La Puerta, en 1893, fue propietario de la casa N° 4 de la Calle Real, hoy avenida Bolívar, colindante con la casa de los Carrasquero, y por el otro costado, con la casa de Juan Pedro Lamus, padre de don Audón (Abreu B,  201). Por la seriedad, patrimonio en riesgo y nivel de compromiso de los participantes de La Puerta al llamado de Baptista, se notan las diferencias políticas muy marcadas con el clan Araujo, el otro bastión del conservadurismo, que se había alzado y atrincherado en Jajó.

El filosofal Cesáreo Parra, aunque no hacen referencia de él, asentado en la Media Loma, fue un hombre vinculado y leal a los Burelli, demostró gran destreza como tirador y casi siempre, con buenos resultados en sus incursiones, de igual forma Rito Pabón, acostumbrados a la cacería de montaña, y además,  gente de pelea. 

El ultimo montonero de La Puerta, porque sobrevivió a su comandante Sandalio Ruz. Con poco más de un metro cincuenta de altura, Mitrídates Volcanes, campesino, siempre alegre y cantando, fue diestro para camuflarse en la selva serrana, para ir a cazar, gozando de buena puntería. Mitrídates Volcanes,  lugarteniente de Ruz,  según la tradición familiar, salía de cacería, pero estando en la casa de La Maraquita, habitualmente sacaba del escondite y hacia el mantenimiento de su fusil. 

Crespo de igual forma menciona al "Macho" Palomares, Carracciolo Palomares, también conocido -según el historiador Guillermo Morón- como el legendario "Calzones Negros", fue considerado el mejor francotirador del Valle de Bomboy, le achacaban la autoría de varios “tiros de cachito”, tenía su propia guerrilla integrada por sus hermanos y sobrinos. A los meses, de esta confrontación, negoció con el general Montilla, y éste,  lo incorporó a su ejército, como uno de sus lugartenientes. Adquirió fama como francotirador, sus compañeros le tenían respeto y miedo. Carracciolo  y sus hermanos, hacían competencias con Rodulfo Terán, de familia terrateniente de Mendoza, seguidor de los Baptista, y fue famoso por su puntería.

Las largas y frías carabinas que fueron sacadas a la pelea, por estos parameños,  inclusive cabalgando,  gozaban de ventaja frente a la tropa de infantería. Esos campesinos, al disparar sus municiones de largo alcance, sonreían, porque sabían que el armamento que estrenaban superaba el 90 % de efectividad.

Fueron estos personajes locales, parte de los hábiles y arriesgados cazadores de la serranía de La Puerta, considerados una especie de elite de la tropa goda y pesadilla para los “lagartijos”, quienes pudieron contener la tenaz persecución del enemigo y salvar a la tropa del "Chato", despavorida por aquel cruel y sangriento combate.

Al año siguiente, el general y jefe de los liberales Rafael González Pacheco, y el general Leopoldo Baptista, jefe de los oligarcas trujillanos, pasaron a hermanarse en el gobierno nacional. El general Rafael Montilla, líder de los campesinos sin tierras, pasó ahora, a ser enfrentado por estos generales, uno, su amigo y el otro, su enemigo, por la fuerza campesina y militar que representaba, como por sus ideas y obras de redención social. 

Este mes de junio, se conmemoran los 126 años, de aquel trágico y fratricida hecho de armas,  en el que se involucró un grupo de hombres de la serranía de La Puerta, en 1898, que conspiraron por la defensa de sus intereses de hacendados, militantes de la causa conservadora, quienes ayudaron con su astucia, experticia  y valentía en la fase de culminación de una derrota en batalla, su experiencia y conocimiento en asuntos de armas y tiro, y asimismo, su tenacidad en la protección de la retirada como operación militar. Salvando la vida a muchos de sus coterráneos.

Asi, se hicieron presentes  estas carabinas salvadoras, sombra protectora salida de las montañas de La Mocotí, los Aposentos, Garabulla, La Cañada, San Martin, Quebrada Seca, Media Loma, La Maraquita y La Puerta, dándole una respuesta favorable a la vida. Se salvaron los godos. Insisto con esta nota, que en La Mocotí se erija un monolito o monumento como símbolo de la fraternidad trujillana, para que nunca más se produzcan enfrentamientos violentos entre hermanos. Los gobernantes tienen la palabra. 

(*) Portador patrimonial histórico y cultural de La Puerta.

La Puerta, junio 2024.

omanrique761@gmail.com    

sábado, 25 de mayo de 2024

La Puerta, ancestral y estético pueblo alfarero.

 

La Puerta, ancestral y estético pueblo alfarero.

Por Oswaldo Manrique (*)  

El antiguo arte de elaborar cosas, vasijas, cacharros, imágenes, efigies y otras figuras, en barro y loza, de las más disímiles características, usos, colores, brillos y cualidades estéticas, representan para los arqueólogos, etnohistoriadores e investigadores una fuente y huella irrebatible de nuestro pasado, el que algunos quieren seguir escondiendo y otros desean conocer.

Una vasija, un chorote o un cacharro de arcilla o una pieza de artística,  encierra <<un grado de desarrollo tecnológico para su fabricación, una función para la cual estaba destinada y una forma y decoración que indican un planteamiento estético>> (Los ceramistas de tiempos pretéritos. Diario El Tiempo. Pág. 34. Edición martes 12 febrero 1991. Valera), los pueblos ceramistas prehispánicos evolucionaron este arte siglos antes de la era cristiana. 

Se puede afirmar que uno de los pueblos más antiguos tanto en la actividad agrícola, como la de alfarería es el del valle de Bomboy,  conocido tras la invasión europea como San Pablo Apóstol de Bomboy,  y posteriormente denominado La Puerta (Edo. Trujillo), localizado en la región occidental andina, en una hermosa estribación que se desprende del ramal septentrional del Pico Miranda de la Cordillera de los Andes, llamado por los primeros pobladores: Bomboy.

Se estima la presencia de primeros pobladores en el valle de Bomboy (La Puerta), entre 450 D.C. a los 1000 años D.C. (Vargas: 1967; Wagner: 1969; Niño: 1988; Ramos: 1988; y Gordones y Meneses: 1992. En: Gordones Rojas, Gladys.  Lo étnico en las sociedades prehispánicas de la Cordillera de Mérida. 1ras. Jornadas de Investigación de la Escuela de Historia). Investigaciones genéticas de los Drs. Miguel Layrisse y Johanes Wilbert, también permiten señalar que los primeros asentamientos de estos pueblos agro-alfareros aparecen posiblemente hacia los 3.000 años antes de ahora (1.000 A.C.) (Iraida Vargas y Mario Sanoja. Orígenes de Venezuela). Poblamiento dado en un proceso estratégico de expansión de la civilización Chibcha-Muisca, de la que se extiende la nación Timoto, en dominio y desarrollo económico desde la Sierra Nevada y el hoy Lago de Maracaibo, buscando la salida al Mar Caribe.  

Dicha afirmación se fundamenta en primer lugar, por las piezas encontradas dentro de este espacio geográfico, en su mayoría utensilios  domésticos, platos, trastes, ollas, cacharros, corotos, los famosos imbaques, como se denomina en nuestras montañas, así como, las imágenes bien pulidas y objetos de uso religioso como los chorotes, los bracerillos de quemar esencias o los envases globulares como los mintoyes o guacas destinados a usos funerarios; existen otras hermosas piezas que simbolizan aspectos importantes de su cosmovisión indígena como la que simbolizan la maternidad y vida o al honorable hombre y caudillo, que denotan la calidad estética de estos artesanos; asi como,  los sonajeros para acompañarse musicalmente, y los chorotes para sus presentaciones teatrales y celebraciones mágico-religiosas; el segundo elemento, que nos refuerza eso,  es el referido a las fuentes o minas de los materiales, que en su mayoría, son de arcilla mezclada con arenilla cocida y el color rosa y ocre que dependía de la ceremonia y del rango dentro del Señorío Tribal al que está dirigida; esas actividades se realizan cerca de canteras de arcilla, explotadas a cielo abierto; materiales que se encuentran en nuestra zona como “Tierra de Loza”, llamada así por los antiguos encomenderos, (hoy Tierra Colorada, para los habitantes de este caserío), donde está la mina de arcilla ubicada en lo que hoy se conoce como “Carorita”; la arenilla y greda fina que se encuentra todavía en el río Bomboy, la cal y mica una especie de elemento blanco en una mina denominada por los Adelantados y encomenderos antiguamente "Tiza" y que se encuentra ubicada en el sector Santa Bárbara, o la mica y el granate de La Mocotí, de nuestra parroquia, elementos básicos de esta actividad artesanal. En tercer término, el reconocimiento e importancia dada en estudios de especialistas nacionales y algunos extranjeros como Herbert J. Spinden y Jean-Albert Vellard, a este patrimonio cultural a comienzos del siglo XX. 

La cerámica puertense encontrada u objeto de despojo, una exhibida en Museos nacionales y extranjeros, otra en poder de particulares, nos informa que los indígenas Bomboyes, de la nación  Timotes respetaban la vida, al hombre y a la mujer, a sus caudillos y le rendían ciertos tributos, así mismo, adoraban la naturaleza, los elementos, los astros, veneraban sus antepasados, es decir, un acervo interesante de que dichos pobladores basaban su cotidianidad sus costumbres y religiosidad en dichos valores, en los que incluían su concepción sobre la belleza; un ejemplo muy hermoso de ese acervo, lo constituye la pieza y figura femenina sentada, que actualmente es exhibida en el Museo Tulene Bertoni, de Valera, pieza antropomorfa que simboliza la maternidad, la vida, el amor,  fue hallada en el Páramo de La Puerta, (hoy los Torres). 

Maternidad. Imagen captada en 2024, propiedad de este blog.

En la figura  que  se observa en la parte superior izquierda de la composición de imágenes que aquí se acompaña, se puede observar que representa a una mujer completa. Cabeza completa con ojos achinados y bien definidos, nariz firme con orificios, boca de labios gruesos, orejas con orificios, de posibles pendientes, en la parte superior de la cabeza, un cintillo con trazos verticales, símbolo de linaje, rango o posición social. Senos de mujer, brazos y antebrazos definidos, manos con dedos abiertos posados sobre las rodillas, piernas que culminan con trazos verticales en forma de pie, apoyados en el suelo 

Se pueden ver, pezones erguidos con orificios, destaca sus órganos genitales y un gran abdomen, de donde brota una criatura con cabeza al relieve, ojos, nariz con orificios, boca, orejas, piernas con marcas de dedos, posiblemente, simboliza el embarazo, maternidad o la vida o estas tres fases.

La posición del cuerpo, está sentada con las piernas abiertas, ampulosamente en forma de "L”, tiene muslos, talones, apartados, y pies sobre el suelo. Se revela por las facciones y forma del rostro, la ansiedad, orgullo y alegría del acto del alumbramiento,  estado de parturienta o símbolo de la maternidad. Del mismo modo es exhibida en dicho museo, una bonita pieza dedicada al hombre caudillo, sentado en doho. Esto, notablemente es, arte prehispánico Bomboy.

Imagen captada en 2024, propiedad de este blog.

La libertad para la elaboración de estas figuras, culminó en el periodo colonial, cuando se ordenó penalizar y castigar con azotes por el Consejo del Santo Oficio, y lo calificaba como brujería y Mojanería;  los artistas y alfareros que hacían estas piezas perdían sus privilegios como principales de la tribu.

Aunque dispersa en la actualidad, el pueblo originario de La Puerta, dejó  una hermosa y perenne  muestra de su muy antigua actividad artesanal alfarera y por ende expresa a través de ella su cultura y cotidianidad como pueblo indígena paramero, sus costumbres y religiosidad, y su valoración de la estética, la ética y la belleza, lo cual es tema importante para la etnografía venezolana.

El etnógrafo y antropólogo francés-tunecino Vellard (1901-1996), especialista en etnobiología de los Andes, en 1936 escribió que el despojo de tierras de los resguardos indígenas había “precipitado la desaparición de los indios de los Andes venezolanos" (Vellard, Jean-Albert. Arqueología de la región occidental de Venezuela. Pág. 2. 1940); el fraudulento despojo de las posesiones del  Resguardo Indígena de La Puerta, ocurrió en 1891, que marcó la extinción -por decir lo menos-, de la Comunidad nativa Bomboy y su cultura. 

Piezas precolombinas encontradas en La Puerta, expuestas en el Museo Tulene Bertoni, de la ciudad de Valera. imagen tomada en 2024, propiedad de este blog. 

Igualmente afirmó este investigador que, hasta 1920 aproximadamente, en el mercado de Mérida, se podía encontrar a personas que hablan en lengua Timote, y en los páramos uno que otro anciano, que conserva nociones de la lengua de sus antepasados. Habitaban en <<chozas redondeadas con paredes de barro armado sobre una base de gruesos cantos rodados, sin cemento; recubríanlos con un alto techo cónico de juncos>>, (Vellard, 32); la última que conocí de ese tipo, con fogón de tapia en la entrada, fue la casa de Gabriela Aldana, en la Mesa del Aliso, en el Páramo de La Puerta. Luego fueron rectangulares, quizás guiándose por la cuadricula española.

Los indígenas para la protección de los restos de sus ancestros, los ubicaban en tumbas en zonas altas, en La Puerta, están localizadas en cuevas, entre otras, como la que está en Quebrada Seca, El Pozo, otra en Los Aposentos, igualmente la de la Cuesta de los Rondones y en el santuario de las Siete Lagunas, que según el criterio de Vellard, atestigua la densidad de esta antigua población  y cultura Bomboy, como una de las primeras poblaciones agrícolas (papa y maíz), desde 1.000 a.c. (Sanoja y Vargas),  sumado a la pequeña industria del chimó, la cestería, esteras y los sombreros de raíces vegetales, sus telares y mantas de algodón, que conservaran en la época de esclavitud, transmutando sus técnicas ancestrales, que fueron aprovechadas por los invasores españoles, lo que nos da una idea de cómo era la solidez de la cultura de esta población aborigen, siendo el estilo y belleza de su cerámica prehispánica una de sus expresiones, que merece ser abordada y estudiada, a pesar de la dispersión de piezas en diferentes museos del mundo.

Piezas precolombinas encontradas en La Puerta, expuestas en el Museo Tulene Bertoni, de la ciudad de Valera. imagen tomada en 2024, propiedad de este blog. 

Uno de los objetos que llamó la atención de Vellard, encontrado en el páramo de las Siete Lagunas, de La Puerta, fue una pieza que comparó con la que utilizaban y elaboraban en el Perú, fue el triturador de piedra cuya forma recuerda exactamente una plancha de ropa, con su asa redondeada, se refiere a la piedra de moler que se consigue ahora en algunas casas, como adornos,  y hace una disgregación interesante sobre el tipo de cerámica, <<la región Timote y la de Cuica aparecen entre ellas diferencias sensibles>> (Jean- Albert. Arqueología de la región occidental de Venezuela. Pág.40. 1940); coincido con este criterio, inclusive, se debe agregar las diferencias con la etnia Jirajara que se asentó en la zona baja trujillana.

Otro de los datos importantes de Vellard, es que  dentro del grupo de figuras estudiadas por él, incluye una estatuilla Timote de 88 mm de alto y se encuentra en la colección del Museo del Hombre, de París, allí mismo se pueden encontrar imágenes de piezas precolombinas encontradas en La Puerta (Vellard, J. Contributión a l' Archíologie des Andes Venezueliénnes. Journal de la Society des Americanistas. Tomó 30. Pág. 121.1938); que robustece nuestra afirmación acerca de las diferencias citadas. Existen otras piezas que reposan en el The American Museum of Natural of History of New York (USA).  

Sonajeros precolombinos encontrados en La Puerta, elaborados por la Comunidad Indígena Bomboy, para acompañarse musicalmente. Piezas expuestas en el Museo Tulene Bertoni, de la ciudad de Valera. Imagen tomada en 2024, propiedad de este blog. 

Imágenes de piezas precolombinas encontradas en el Páramo de las Siete Lagunas, en la cueva de El Pozo y otros lugares de  La Puerta, que tiene el Musée de l' Homme, de la ciudad de Paris, Francia, la pueden observar en la parte inferior izquierda de la composición de imágenes que aquí se comparte,  (Vellard, 128).

Aparte de esas gráficas, en la página 121, de la obra de Vellard, incluye unos dibujos con detalles de las piezas placas aladas del parisino Musée de l' Homme,  por ejemplo la N° 3, es una serpentina de 120 x 27 mm, hallada en el Páramo Siete Lagunas (La Puerta); la marcada con el N° 6, es serpentina de 123 x 40 mm, encontrada en la cueva El  Pozo (La Puerta); la N° 19, es un Coquillaje de 27 x 16 mm, encontrada en la cueva El Pozo  (La Puerta); la N° 27, también hallada en La Puerta, es un schistes sériceteux, de 28 mm, figura antropomorfa;  y la N° 20 y la marcada 28, halladas igualmente en el Páramo de La Puerta, es una figura antropomorfa en serpentina haut 75 mm., todas estas piezas, que son de nuestro patrimonio histórico y cultural local, evidencia el carácter e historia de pueblo alfarero prehispánico, que tiene La Puerta. 

Una de las características de este periodo arqueológico de La Puerta, es la ausencia de metales, la existencia de sepulturas colectivas en cerros o cimas de montañas, por ejemplo, el encontrado en los años 80, cuando pasaron la máquina por lo de la construcción de la carretera en “La Camacha”, en el Páramo de La Puerta. También las placas líticas aladas encontradas en “Los Aposentos”, “Las Siete Lagunas”, que simbolizan rangos, y la cerámica de índole y arte muy particular, lo que merece un estudio idóneo y apropiado (Jehan-Albert Vellard. Arqueología de la Región Occidental de Venezuela.1940).  Acerca de estas placas aladas, recomiendo el detallado trabajo del artista plástico e investigador Franklin Fernández, denominado la Geometría sagrada de las placas líticas aladas.  Hemos escrito en otra oportunidad, sobre el peto lítico de un principal Maviskey, que se puede observar en la parte superior derecha de la composición de imágenes que aquí se comparte,  obra prehispánica, encontrada en las Siete Lagunas.

La Puerta, pueblo y tierra de alfareros prehispánicos.

Si compartimos la clasificación de la profesora Wagner encontraremos la presencia de rasgos que ubican el pueblo originario de La Puerta, en lo que se llama zonas parameras, es decir, por encima de 2.000 y hasta 3.800 m de altura del occidente venezolano, por lo que se estaría dentro de la clasificación del patrón Andino, cuyas constantes básicas son la subsistencia centrada en el cultivo <<de la papa y otros tubérculos de clima frío como el ullucus tuberusos y oxalis tuberosa. La cerámica es tosca, más simple... decoración escasa: modelado burdo, incisión, aplicación y punteado. Construcciones de piedra, terrazas agrícolas, cuevas funerarias y ceremoniales y entierros asociados con parafernalia votiva compleja y diversificada: idolillos antropomorfos, isomorfos y pendientes líticos en forma de alas de murciélago... La cronología abarca... desde aproximadamente 300 DC hasta el presente>> (Wagner. Erika. Arqueología de los Andes venezolanos. Página 256. IVIC. 1967). Asevera igualmente Wagner que el estilo o fase Mucuchíes tiene relación con la cultura Chibcha (página 210). Esos datos, colocarían al andino pueblo Bomboy, en el marco de dicha civilización ancestral.

La fase Mucuchíes para Wagner. 

Otro de los datos interesantes que nos suministra la profesora Wagner, que refuerza nuestra tesis de La Puerta como pueblo y tierra de alfarería prehispánica, es por la cercanía y el tipo de cerámica del Alto de Mucuyupú en el área de Timotes, límites entre Mérida y Trujillo, es decir, contiguo al Valle del Bomboy de indígenas Timotes (hoy La Puerta), espacio en el que se produjeron relaciones de intercambio con otros grupos y comunidades de la zona de la Serranía de La Culata y los nexos culturales con estos pueblos protohistóricos de Colombia (regiones Tayrona y Chibcha) (Wagner, Erika. La Prehistoria de Mucuchies. Pág. 5. UCAB. Caracas. 1980); esas marcadas similitudes, iguales prácticas agrícolas y socioeconómicas, hidráulicas y terraceo en pendiente, los silos en cuevas y en plataformas de piedra, el tipo de vivienda monticulada y sobre plataforma, los importantes trabajos de vialidad intermontanos (“Las Escaleras” en piedra bruta simétricamente picada) para llegar al lago de Coquivacoa (Maracaibo), el  uso del mismo lenguaje, festividades, música, teatro y religiosidad nos obliga a pensar en que para el tiempo de llegada de la invasión europea, esta comunidad había alcanzado un alto grado de maduración cultural, y también en el orden socio político.

Piezas precolombinas encontradas en La Puerta, expuestas en el Museo Tulene Bertoni, de la ciudad de Valera. imagen tomada en 2024, propiedad de este blog. 

        Sirvan los datos precedentes, como base de la antigüedad del pueblo de La Puerta, con un estilo de cerámica indígena prehispánica, quizás de unos 3.000 años antes de ahora, que merece ser abordada y estudiada, a pesar de la dispersión de piezas en diferentes museos; asimismo, se debe considerar la muy marcada característica de la entidad y densidad de su cultura prehispánica.

De acuerdo a la señalada obra artesanal y los fundamentos anteriores,  califica al andino pueblo Bomboy y su cultura, como una comunidad indígena de vida social organizada, con destacada creatividad y obra artística, propio de una civilización ancestral milenaria.

Piezas precolombinas encontradas en La Puerta, expuestas en el Museo Tulene Bertoni, de la ciudad de Valera. imagen tomada en 2024, propiedad de este blog. 

El propósito de esta nota sobre indigenismo puertense, es  visibilizar la existencia de colecciones de esas piezas de barro y cerámica, líticas, orgánicas y autóctonas; asi como,  la importancia de la riqueza de su patrimonio cultural que ha sido llevado por arqueólogos y saqueadores extranjeros a París, Nueva York, Hamburgo, a colecciones privadas, a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, no importándoles el valor cultural para los venezolanos.  Por eso, es necesario, se active desde las comunidades, escuelas, grupos culturales y organismos competentes, una iniciativa para que se devuelvan estas colecciones al lugar de donde fueron despojadas, es decir, la repatriación al lugar de sus autores, creadores y artistas indígenas Bomboyes: La Puerta, estado Trujillo, en Venezuela. 

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.

 omanrique761@gmail.com 


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