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sábado, 6 de junio de 2026

Audon Lamus, decano del comercio en La Puerta

Oswaldo Manrique Ramirez (*)


Si en La Puerta, se propone tratar el tema de los primeros comerciantes, y de los más prósperos, sin duda, saldrá a relucir, el nombre de don Audón; fue un sagaz y dinámico comerciante y hacendado, hizo una enorme fortuna, adquirió mucha propiedad inmobiliaria, que incluyó, el lote de terreno y lo que quedó del Oratorio de la Guadalupe de Indios de La Puerta, que construyó el padre Rosario, en 1818, de su propio dinero; Lamus  lo adquirió del señor Giacopini y su esposa, el 23 junio de 1922, hacendado italiano involucardo en el fraudulento Juicio de Partición de tierras del Resguardo Indígena de La Puerta,  lo que produjo innumerables leyendas y narraciones extraordinarias. 


Sus tierras de la finca El Pozo, camino a La Lagunita, eran muy productivas con buen ganado lechero y producción de quesos; colindaban con las del varón de la Cordillera, Mitrídates Volcanes; igualmente, se debe mencionar la “Posesion Media Loma”, de la que  Lamus, era propietario; alguno considera que esta era la antiquísima e indígena “Lomalla de Busandi”, camino a La Lagunita del Portachuelo; Lamus se entendió con Cesáreo Parra y éste comenzó a hacerla producir.  Así, fue adquiriendo otras propiedades, que lo convirtieron en terrateniente y en el hombre más rico del pueblo. Su nombre: José Abdón Lamus Briceño, fue en vida titular de la cédula de identidad N° 1.003.362; la gente de la comarca, lo llamaba Don Audón. Nació en La Puerta, en 1.886. Era hijo de un comerciante de evidente origen judío: don Juan Pedro Lamus, y de una nativa mujer mestiza: María Briceño. Su padre Juan Pedro, hombre de mucho trabajo, vinculado al campo de los negocios de San José de Cucuta,  le fue inculcando el conocimiento en el manejo del comercio; este en 1891, había comprado con mercadería, derechos a unos indígenas, y quedó beneficiado como adjudicatario de tierras en el juicio de Partición del Resguardo Indígena de La Puerta, con los lotes N° 30 (6ª. adjudicación) y el 36 (53ª. adjudicación), en lo que se convertiría el área urbana de dicho Municipio. Para dicho año, era Juez del Municipio La Puerta.

En las tierras del Oratorio de la Virgen de Guadalupe de Indios, edificado por el presbitero y prócer independentista Francisco Antonio Rosario D. Con mucha sapiencia comercial inmobiliaria y con visión futurista, Audón en 1922, se va a vivir a ese zona, a la entrada norte de La Puerta y establece su casa, allí mismo, con varias puertas en la fachada, abre su negocio de telas, ropa, zapatería, sombreros  y mercadería seca, como en los tiempos coloniales, mientras más puertas tenía el local, era señal de gran prosperidad;

En el costado norte  y lado izquierdo del negocio, montó una bomba de gasolina, era la entrada del pueblo y del hotel. En el costado Sur, tenía un solar donde criaba gallinas, puercos, pavos, gansos, quedaba una casa abandonada,  que se presume el Padre Rosario la habia dedicado para dar posada a los peregrinos, y al final de este patio estaba el portón que da al zanjón de la caraota amarilla, la de antienvejecimiento; este zanjón se lo vende al tiempo, al señor Carlos Jaeger, del Hotel Guadalupe, después que le vendió el terreno donde se construyó el Hotel. Este sector, después fue llamado el “Topón.

Posteriormente, convivió  con su señora Aminta Briceño, en la casa de la esquina avenida Bolívar con calle 1, justo en el lateral Sur del hoy hotel Guadalupe, antiguo  Oratorio. Compartieron y cohabitaron por espacio de 40 años, según el cálculo de su sobrino Arnoldo Briceño. Aminta, nativa del caserío El Molino (Molino de “Mimbón”, para los indígenas Bomboyes), cerca del trapiche viejo de los Araujo, vino al mundo en la casa materna el año 1925, era hija de Manuel Briceño y de Juana Rivas. Sus hermanas Celistia la mayor, nació en 1923, murió en 1972, Silvia del Carmen Briceño, la menor, habría nacido en 1927. 

Audon tenía ya tres hijos con otra señora, sus nombres Rafael, Ramón y La Nena Lamus. Se había casado, con una de las muchachas González, familia también terrateniente.

El señor Lamus, según nuestros abuelos, se reservó el bosque y los zanjones del Oratorio del Padre Rosario, donde estaba la plantación indígena de los árboles de caraota amarilla, que era recogida para las celebraciones de todos los diciembres, y en augurio de prosperidad para el año siguiente. La tradición oral, repite que ordenaba preparar una comida colectiva, una especie de mute, con maíz y pedazos de aves y cerdo. Al parecer, los indígenas le atribuían a esas leguminosas propiedades energéticas, alimenticias, espirituales, prosperidad, abundancia y de longevidad. Audón se la reservó, para su consumo y el de sus amigos en diciembre.   

Audón muere en el año 1978, tenía 92 años de edad, de trabajo diario, incansable, atendía varios negocios, fue herido en una balacera al enfrentar a un grupo de guerrilleros de las FALN, de la que salvó la vida; de las voces de nuestros más viejos vecinos, se escuchó que su dieta basada en la caraota amarilla, extraída del zanjón del Oratorio, de la arboleda de los indígenas, tenía las propiedades nutritivas, reconstitutivas y propicias para la longevidad, no solo era una de las leyendas relacionadas con el santo padre Rosario, anterior dueño de esa posesión, que al parecer, solo le gustaba que le prepararan su sopa de caraota amarilla, durante su periodo de activa expiación y penitencia.  


El nuevo propietario del Oratorio, un descendiente de judíos.


El local de la Tienda de telas y ropa de don José Abdón Lamus y la denominada Casa Blanca, hasta la hoy Calle 2, y el lote donde está el Hotel Guadalupe y lotes aledaños, según documentos públicos inmobiliarios, corresponden a la antigua propiedad del padre Rosario, es decir, lo que era el Oratorio de la Virgen de Guadalupe.    A modo de mitos y leyendas, relata la tradición oral, que en ese sitio se han presentado algunos sucesos que la comunidad considera verdaderamente extraños. Lamus, al llegar allí, se hizo inmensamente rico, se convirtió en una especie de prestamista y banco para la comunidad y el comercio en general, fue obteniendo más propiedades, casas, fincas, haciendas, comercializaba telas y mercadería seca en los Estados Trujillo, Mérida y Táchira; se llegó a comentar, que consiguió la botija de las pepitas de oro, que le regalaron los indígenas al padre Rosario; Audon era tan rico, que las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), en la década de los 60 del siglo XX, realizaron dos operaciones guerrilleras de expropiación financiera en su local, por el que  hubo balacera, heridos y resultaron presos varios guerrilleros del MIR y el PCV, incluyendo varios jóvenes de La Puerta.


Don Audón, como lo llamaban en el pueblo, era un hombre de estatura mediana, de piel morena, pero con sangre de comerciante sefardí, lo que patentaba su apellido; era muy dinámico para los negocios. Tenía una camioneta tipo panel cerrada que viajaba cada semana al Estado Táchira, para llevar cotizas, sombreros, sardinas enlatadas, tasajo (carne de buey enlatada); este vehículo lo manejaba Pedro Rodríguez, que fue su primer chofer; y el segundo, fue el señor Camilo Paredes, de quien se dice era su hijo, y vivía con su familia al final de la Calle 2 de la Parroquia.   

Es importante señalar otro dato curioso, es que la casa de don Audón, donde tenía la tienda comercial, muy vieja, estaba hecha de paredes de bahareque. Con el tiempo la mando a reconstruir pero con paredes de bloque, que es la que aún se encuentra en pié a la entrada del pueblo. La construyó el maestro Roviro Briceño,  que vivía en La Hoyada; el maestro era un hombre pequeño, con conocimientos y experiencia en construcción civil, era familia de Audón. Éste Roviro, transformó el inmueble de acuerdo a los requerimientos del dueño. Terminada la obra, le siguió haciendo arreglos, y adecuándola a las necesidades del negocio mercantil, ampliándole los ambientes y depósitos. Esa relación, de trabajo se mantuvo por muchos años, y para muchos en el pueblo, más allá del tiempo. Esto, lo fundamentan en que, el mismo día en que murió don Audón Lamus, murió el maestro Roviro; es decir, que en esos días los velaron a los dos, les rezaron a los dos, y también, el mismo día los enterraron a ambos en el cementerio del pueblo. Dicen que las coincidencias no existen; quizás. Ahí les dejo eso.    

La “Casa Blanca” de Abdón, ubicada al lado de la tienda, también ha sido fuente de infaustos hechos, desde la incomodidad y molestias para quienes la alquilan para vivir, no aguantan mucho tiempo; una vez, intentaron montar una clínica de sanación y rejuvenecimiento holístico y los resultados para los pacientes fueron negativos; la han alquilado para festejos y se producen hechos de sangre o policiales. Parece que su destino es siempre estar vacía.


Como parte de nuestra investigacion, compartimos a continuación el Acta de matrimonio de Abdon Lamus, de donde se desprenden varios datos de interes, para sus familares y vecinos, que es del tenor siguiente:

<<Hoy catorce de agosto de mil novecientos nueve a las siete PM, constituidos en la sa del Despacho de la Jefatura Civil del Municipio La Puerta Natividad Survaran y su Secretario comisionado por el ciudadano Presidente del Concejo Municipal del Distrito Valera en el auto fecha cuatro del presente mes y como el expediente de matrimonio entre Abdon Lamus y Clemencia Gonzalez y de conformidad con lo dispuesto en el articulo 109 del Codigo Civil compareció Abdón Lamus de este vecindario mayor de veintiun años soltero agricultor e hijo legítimo de Juan Pedro Lamus y Donaciana Briceño el primero finado y la segunda vecina del Municipio Monte Carmelo mayor de edad viuda y comparece tambien Clemencia Gonzalez de este vecindario de oficios propios de su sexo e hija legitma de Miguel y Barbara Gonzalez finados con el fin de celebrar el matrimonioo civil…El jefe Civil Natividad Survaran…Secretario>> (Libro Matrimonios año 1909. Archivo Registro Civil de la Parroquia La Puerta).

Abdón, descendiente de judíos, era furibundo católico, colaboró económicamente con el Padre Trejo, en la construcción del actual templo de San Pablo Apóstol,  y todos los años, en diciembre y enero, como tradición realizaba una gran fiesta de días en honor a la Virgen de Guadalupe y al Niño Jesús, en la que en la que encerraba a los participantes e invitados, para que comieran, bebieran y rezaran todo el día y toda la noche; les daba regalos, pero no se podían ir sino hasta el día siguiente, los obligaba a quedarse, y por si acaso, para que no se fueran se plantaba en la puerta de la casa, armado con su revolver para que se respetara el compromiso. Así eran las cosas. 

(*) Portador Patrimonial Cultural e Historico de La Puerta  


miércoles, 9 de marzo de 2022

La galopa de Cesáreo Parra, 1915.

 

La galopa de Cesáreo Parra, 1915.



Oswaldo Manrique

El joven y aguerrido Coronel, sentado en una butaca de cuero de vaca, sintió que malos augurios se le acercaban, cuando escuchó el sonido veloz de los cascos de una mula fina de algún cristiano amigo o compañero. Se calzó las polainas, tomó su revólver, se puso su lanosa carpeta encima, su sombrero y esperó a que terminara de llegar el desesperado jinete.



De Jajó a Palmira.

La mula a toda galopa, se deslizaba por entre riscos y empinadas montañas parameras, así como, por matorrales, arbustos y todo lo que pudiera parecer un mal paso. Andaba si se puede decir, por instinto y recuerdo, tenía sus años. Su jinete llevaba el apremio y el miedo a la vez, pues las condiciones políticas y militares que imponía Gómez el dictador, no le eran favorables; casi infranqueables, él iba con Dios y la Virgen, madre de éste. Conocía como la palma de su mano, el camino, sus ríos, quebradas, trochas, voladeros, zanjones, pasos, la maraña de pajonales, descampados de día y de noche, en lo claro y bajo niebla y lluvia.

Según nuestro dilecto amigo y colaborador Antonio Lino Rivero, hijo del maestro Martín Rivero, admirador del Coronel y amigo de Cesáreo, éste se encontraba en Jajó, porque fue a realizar diligencias en el sitio donde nació, y se quedaría el tiempo necesario. Aquel día, en la plaza del pueblo, después de saludar a viejos amigos de infancia y algunos familiares, se dirigió a donde el Jefe Civil del Municipio, pero ve un movimiento inusual de tropa del gobierno nacional y de policías. Llegó al Despacho, sintió una atmósfera represiva, cargada de olor a violencia, de cacería de hombre, que impedía respirar el aire en ese lugar y momento. Le preguntó a un conocido, la razón del operativo y le dijo el nombre de a quién iban a capturar y el sitio a donde se dirigía la tropa cazadora de hombres.

Cuando regresó a la plaza, se quitó el sombrero, se rascó la cabeza con preocupación, repitiendo en silencio el nombre de la presa de caza. Miró al cielo, como buscando una señal en ese momento de consternación interna. Sacó del bolsillo del pantalón la cajeta de chimó y se metió en la boca su peyita viajera. 

- ¡Mi amigo el Coronel! -pensó-. Y volviendo a mirar el rostro de aquellos “chácharos" infernales y bien armados con máuseres y rifles, buscó su briosa y pretenciosa mula, la montó, era buen jinete, ella comenzó a lucir sus hermosos pasos,  entonces su alterado dueño le dijo: - Apúrele ligero, que vamos pa’ Palmira avisar al Coronel. Una mula en ese tiempo, de acuerdo a las compras del general Araujo, podía llegar a costar unas doce morocotas. Mientras Cesáreo se retiraba al son del bello pasitrote del animal, los “chácharos", no le quitaron la vista, a su precipitada marcha.

 Era el año 1915, de entre el Zanjón de los Muertos, en la cima de La Mocotí salió Parra, por el pedregoso, angosto, sinuoso y empinado camino cercano a la Lagunita del Portachuelo, de allí surgió el jinete en una desesperada y ciega galopa. En él se notaba el amarillo de la tierra caminera, el sudor de la franela, junto al hambre y la sed de aquella larga carrera.

Entró en la casa de San Martín, buscó al Jurungo, padre del Coronel, conversó con él y salió rápido. Cesáreo entró a su casa en la Media Loma, buscó su carpeta de lana, algo de avío y continuó su apretada marcha. 

José Américo, estaba refugiado en la casa de su hermano Pedro Mario, en Palmira, << pues las fuerzas del gobierno lo perseguían de día y de noche>> (Rivero, Antonio Lino. Notas sobre Américo Burelli. S/N. En fotostato. Maracaibo. 2011).  El joven militar, se había convertido en uno de los enemigos más buscados por el largo y terrorífico gobierno de Juan Vicente Gómez, tras su levantamiento militar en la Sierra de la Culata y el sitio de Timotes, junto con otros oficiales, en lo que la memoria oral de nuestra comarca, llama “la guerra de los 15 días”.  

Cuando estuvo a punto de " tiro de cachito", el Coronel se dio cuenta quién era y desistió de disparar.  En efecto, la galopa, a pesar de su edad, no la sintió Parra, ni en lo físico, ni en el tiempo, eran momentos de preocupación por uno de sus amigos más admirado, en que el cuerpo se vuelve insensible, privilegiando el valor y el culto a la amistad, así lo aprendió y lo demostró, aún al costo de lesionar a su fiel animal.

Mula y jinete traspasaron la entrada de la finca y frenó en seco, en el patio. Se bajó de su fiel bestia que soltaba baba blanca en su pelambre,  y llamó al Coronel, quien lentamente al conocer la voz, salió a verle el rostro toteado por el sol y el viento, a recibirlo, aquella tarde de calor y frío. Era la figura con 58 años de edad, curtida, viril y alterada del buen amigo Cesáreo Parra. 

Cuando le informa que viene una columna de "chácharos" para capturarlo, entró rápidamente a la casa, y ordenó llamar a Pedro Mario, su hermano, poniéndolo al tanto, para la huida y evadir el cerco policial militar; también, o hizo con Umberto, su otro hermano, que andaban tras él para capturarlo, por estar involucrado en el movimiento de resistencia contra la dictadura. Con un gesto firme, le agradeció a Cesáreo aquel sacrificio de alertarlo frente a la cacería montada por el tirano enemigo. 

En la lacónica referencia de Rivero, apuntó que,  << De La Puerta, llegó un jinete (Cesáreo Parra), a todo galope para avisarles que venía una comisión para hacerlos presos. Los hermanos Burelli, tuvieron que salir huyendo por las montañas de San José de Palmira y Monte Carmelo>> (ídem); al no encontrarlos, la decepción la pagó un joven de La Puerta, José Antonio Pabón  a quien se llevaron detenido y amarrado, que trabajaba con Pedro Mario. 

Antonio Lino, agregó en relación a este hecho, que,  <<Dos días después llegó la tropa a la casa de doña Adela al mando del general Olegario Salas... alto y arrogante se adelantó y le dijo: - Señora, tiene que salir de aquí, necesitamos la casa para la tropa del gobierno>> (ídem); habían comenzado los saqueos a los bienes y fincas de los Burelli García. Evidentemente, Cesáreo le frustró la cacería a la Comisión del Gobierno, pero no, el ladronazgo.  

Parra, que lo vieron los militares en Jajó, sabía las consecuencias de su acción, montó nuevamente su mula, en rápida marcha se dirigió por un estrecho camino, y se regresó a su casa en Los Manzanos, donde lo esperaban con cierta impaciencia Mercedes su mujer y su familia. No estuvo seguro de su suerte ni de los riesgos que le venían, pero siempre estuvo pendiente de la suerte del Coronel. Así, logró salvar de la captura a ese caudillo pujante, en aquellos primeros episodios de la resistencia contra la dictadura de Juan Vicente Gómez.  

Otra versión de este episodio, que no varía en lo sustancial del asunto, es la de una pariente del coronel Américo, que escribió lo siguiente: <<Al pasar la comisión por Timotes, el padre Buenaventura Vivas –enterado de lo que sucedía- envió a un baquiano llamado Cesáreo Parra, conocedor de atajos por la montaña, para avisar a sus amigos que habían sido descubiertos y que gente del gobierno iba ya en camino para sorprenderlos>> Burelli Rivas, Ligia. Humo de higueras. Capitulo X. Pág. 66. Editorial Arte. Caracas. 1979). 

En la continuación de su relato, anotó: <<En la tarde de ese mismo día los hermanos conversaban en la casa con dos o tres personas más y algunos peones que se habían convertido en guardaespaldas, cuando vieron llegar a Cesáreo Parra fatigoso y asustado con aquella noticia>>.  Ante esta reunión y conversación, les dijo: <<-apúrense que ya los Nacionales deben estar llegando al pueblo –les gritaba el hombre impaciente para que el gesto de aquel gallardo Padre Vivas y su propio cansancio no resultaran inútiles>> (Ídem).

Después de la carrera, en calma, le dio el íntimo saboreo de un sentimiento de satisfacción, espumante, sonoro y altivo como las aguas del Bomboy, que llenó su estampa, al haberle cumplido de esa forma, al mozo comandante de la Sierra de La Culata.  Esta  bondadosa acción, de aquel jinete y su mula, fue tema obligado en las casas de las familias puertenses, incluso, las de Jajó y Palmira.

¿Quién era el hombre de la galopa?

El hombre de la galopa, es José Cesáreo (o Cesário) Parra Castellanos, quien nació en la población de Jajó, estado Trujillo, en 1857. Su padre José Francisco Parra, agricultor y su madre María Isabel Castellanos. Compartió los afectos y crianza en su hogar familiar con seis hermanos, Hipólito, Genaro, Juana, Felipa, Petronila y Paula Parra Castellanos (Datos suministrados por Antonio Lino Rivero. 2022); parte de la extensa familia Parra, de Jajó. 

Desde la batalla campal de 1892, convertido Jajó -patio propiedad del general Juan Bautista Araujo el “León de la Cordillera”-, en un campo de guerra, por los "ponchos y lagartijos", dejando centenares de muertos, según Fabricio Gabaldón,  quedó abandonado (Gabaldón, Fabricio. Rasgos biográficos de trujillanos ilustres. pág. 120. Edición Presidencia de la República. Caracas. 1993); las víctimas de los saqueos de los Araujistas, formaron grupos armados de venganza y recuperación de bienes, creando más zozobra y violencia. 

Esta localidad, donde los amigos en confianza se dicen "zambo", unos a otros, cuyos temas de conversa eran los gallos, las bestias y las sementeras, quedó desierta. La mayoría de los jóvenes huyeron, otros se ocultaron, algunos se unieron a los caudillos regionales y locales, que hacían justicia por su cuenta. Eran tiempos de mucha violencia y hambruna. Cesáreo, antes de esto, había tomado otro rumbo: hacia La Puerta, donde se comenzaba a reconstruir un pueblo, sobre el destierro de los indígenas.

Parra, en su búsqueda de nuevos horizontes, se vino a La Puerta, y comenzó a trabajar unas tierras de don Audón Lamus, un prospero hacendado y un sagaz y dinámico comerciante de la localidad y del occidente del país. Éste hizo una enorme fortuna, adquirió mucha propiedad inmobiliaria, que incluyó, el lote de terreno y lo que quedó del Oratorio de la Guadalupe de indios de La Puerta, que construyó el padre Rosario, de su propio dinero en 1827; Lamus  lo adquirió del señor Giacopini y su esposa, el 23 junio de 1922, lo que produjo innumerables leyendas y narraciones extraordinarias.  

Lamus, era propietario de la posesión denominada “La Media Loma”, alguno considera que esta era la antiquísima e indígena “Lomalla de Busandi”, camino a La Lagunita del Portachuelo; Lamus se entendió con Cesáreo y éste comenzó a hacerla producir. Las otras fincas de Audón, como  El Pozo, eran muy productivas con buen ganado lechero y producción de quesos; así, fue adquiriendo otras propiedades, que lo convirtieron en terrateniente y en el hombre más rico del pueblo, pero Cesáreo se la llevaba bien con Audón, y sembraba parte de esas tierras.

En la posesión del padre Rosario, donde levantó el Oratorio de la Virgen de Guadalupe de indios, con mucha sapiencia comercial inmobiliaria y con visión futurista, en 1922, este comerciante se va a vivir a ese zona, a la entrada norte del área urbana de La Puerta y establece su casa, allí mismo, con varias puertas en la fachada, abre su negocio de telas, ropa, zapatería, sombreros  y mercadería seca, como en los tiempos coloniales, mientras más puertas tenía el local, era señal de gran prosperidad. 

En el costado norte  y lado izquierdo del negocio, montó una bomba de gasolina, era la entrada del pueblo y del hotel. En el costado Sur, tenía un solar donde criaba gallinas, puercos, pavos, gansos, quedaba una casa abandonada,  que se presume era para dar posada a los peregrinos, y al final de este patio estaba el portón que da al zanjón de la caraota amarilla; este zanjón se lo vende al tiempo, al señor Carlos Jaeger, del Hotel Guadalupe, después que le vendió el terreno donde se construyó el hotel. Este sector, después fue llamado el “Topón”.

Al asentarse como productor y estando en un sitio, que le permitió trabajar las tierras de Audon Lamus, con el que mantuvo buenas relaciones personales y de negocios, por muchos años, conoció a una joven de la Media Loma, con la que contrajo matrimonio en La Puerta, el 13 de noviembre de 1897, la novia, su nombre: Mercedes Paredes, de 18 años de edad, hija de Francisco Paredes y de Casimira Hoyos. La novel pareja se residenció en la Media Loma, fomentaron familia, procrearon cuatro hijas: Luisana, Blasa, Teodora y Sixta, y cuatro hijos: Daniel, Humberto, Jesús y Ricardo; este último, murió en el 2012, a la edad de 110 años, en La Puerta. 

Allí, muy cercano al caserío donde le tocó vivir y trabajar, Parra conoció a un joven Coronel oligarca, habitante de la posesión San Martín, próspero hacendado y valiente guerrero, de nombre Américo Burelli García. Es bastante probable, que en 1899, cuando era seguidor del joven coronel Américo Burelli, participara bajo la comandancia de éste y del general Leopoldo Baptista, en la acción de La Mocoti, que salvó a las tropas oligarcas de ser despedazadas por los liberales, y posteriormente, haya acompañado a éstos, en la famosa División Trujillo, contra los banqueros de la “Revolución Libertadora” en 1903. 

El ocaso del viejo roble de los Parra.

En la década de los años 30 del siglo pasado, el legendario Cesáreo Parra, gustaba de alternar con sus amigos. La consolidada y demostrada amistad con los Burelli García, dejó al fallecimiento de estos, empatía con algunos descendientes. Cuando Regulo Burelli Rivas, que estudiaba en el Seminario de Mérida, y luego al cursar Derecho en la universidad de dicha ciudad, regresaba en vacaciones a La Puerta, el viejo Cesáreo, con más de 70 años encima, lo iba a visitar, a conversar con él. Se llegaba a  la casa del molino de trigo, aquel que fue movido por el agua de la acequia hecha de mampostería, donde conversó muchas veces con Américo y con Pedro Mario, alrededor de una ruma de arepas de trigo y el exquisito mojito, o en una tarde, para compartir una taza de la sabrosa postrera; esa residencia rodeada de árboles de pomarrosa, matas de durazno, moras, limonero y una de naranjón, ubicada en lo que hoy es la calle 4 de La Puerta y cercana al río Bomboy.   

Esa aura que seguía al poeta, la literatura, el arte, la lírica, atraía al viejo roble de los Parra, quien al enterarse de la llegada de su joven amigo, se acercaba a su casa, con algunos frutos de su huerta, y se los llevaba más que como ofrenda al amigo, como una manera de conversar y escuchar sus entretenidas disertaciones culturales y religiosas, o escuchar sus canciones y poemas o que le hablara del Eminentísimo padre José Humberto Quintero. Ada Abreu Burelli, lo evocó en una remembranza, así: <<el patriarcal Cesáreo Parra -ese viejo señor de la hermosa barba blanca y conversación pausada y sabia- traía desde Chucumbete, para agasajar al tío Regulo>> (Abreu Burelli de Rodríguez, Ada. Reencuentro con una infancia. pág. 83. En: Abreu Burelli, Alirio. Un valle, una aldea, un río. Caracas. 2007). Quizás para Cesáreo, de los Burelli de la segunda generación, quien tenía cierta semejanza ideológica con el Coronel Américo, fue Regulo, por eso, su predilección amistosa.

En nuestra investigación documental, localizamos el acta mortuoria de nuestro personaje, que consideramos importante y la compartimos a continuación.

Partida de defunción de Cesáreo Parra. Transcripción del original.

<<N° 36. Francisco Miguel Delgado, primera autoridad civil del Municipio La Puerta, hace constar que hoy veintitrés de octubre de mil novecientos cuarenta se presentó a este Despacho el ciudadano Ricardo Parra de veintiocho años de edad, soltero, agricultor, vecino de este Municipio y manifestó que ayer a las dos de la tarde falleció en el Caserío “Media Loma” de esta jurisdicción, su padre Cesáreo Parra, de ochenta i tres años de edad, agricultor y vecino de de este Municipio, quien al acto de su fallecimiento estaba casado con María Mercedes Paredes, vecina de este Municipio.-  de las noticias adquiridas aparece que la causa del fallecimiento fue de Fiebre y duró enfermo quince días y no dejó bienes de fortuna. Los testigos presenciales de este acto fueron Luciano Moreno y Bernardo Ocanto, mayores de edad y vecinos de este Municipio.- Leída la presente acta al presentante y testigos manifestaron su conformidad y no firman por decir no saber. El jefe Civil (Fdo.)Francisco M. Delgado. El secretario (Fdo.) A. Burelli R. >> (Libro de defunciones año 1940. Unidad de Registro Civil Parroquia La Puerta).

Cesareo, vivió siempre en la Media Loma, fue un campesino sin tierra, la trabajó toda su vida, conocido por la calidad de sus cosechas y por sus buenas acciones. En el año 1940, aquejado de una enfermedad que no pudo vencer, su bien ponderada familia y sus amigos, vieron apagar la señera vida del legendario Don Cesáreo Parra, el de la frenética y nacionalista galopada de 1915. Murió sin haciendas, y sin bienes de fortuna. El rescate y recuerdo de este personaje local, debe mantenerse en la conciencia de los puertenses, porque fue un varón ejemplar, de trabajo tesonero y honesto, buen padre de familia, y por su lealtad a la amistad, a los principios y valores humanos, y particularmente por su actitud en defensa de los intereses nacionales. 

La Puerta, marzo 2022.

Omanrique761@gmail.com

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