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sábado, 5 de julio de 2025

La presencia mística del indio Paz Vergara, en La Puerta.

Por Oswaldo Manrique (*)


En la más neblinosa calle de La Puerta, donde se mezclaba con el murmullo de la ventisca, llamada antiguamente el “Callejón de los Muertos”, hoy calle Sucre, como el Mariscal, a pocos metros de la Casa Parroquial, vivió  un timotense, cuyo nombre apenas recordarán algunos de nuestros mas antiguos pobladores: Paz Vergara. Fue el último custodio y difusor de la sabiduría ancestral de esa gran nación indígena. Un ser tan enigmático, contemplativo y a veces tan incomprensible, como la espesura de las verdes montañas. De mirada intensa, de esas que hacen huir a cualquiera, encerraba la cultura de milenios de su gente, así como su cuerpo, contenía su misma escurridiza vida. A mediados del siglo pasado, muy pocos vecinos se atrevían a buscarlo o hacer amistad con él, era discreto, prudente, serio, espiritual, de francas expresiones y respuestas, y los que lo hicieron, quedaron maravillados de sus conversas y más de las veces, enseñanzas.  

Cuando su padre, indígena Timoto como él, lo trajo caminando a través de la Mocotí, por vez primera a La Puerta, le dijo al llegar a La Lagunita, que estaban en la “Entrada Mística del Valle Encantado de los Bomboyes”, le dijo: Kiu-Ustate (1). Esas palabras, lo marcaron desde niño para toda la vida, y luego de recorrerlo y apreciarlo, se preocupó por conocer de sus parientes Timotes, todo lo referido a los secretos y la historia de este sitio y de sus seres vivientes. Después conocería el Santuario Maen Shombuk (Páramo de las Siete Lagunas). 

Dejó saber su amigo Alfonso Araujo, quien fue Prefecto de La Puerta,  que Paz había <<nacido en Timotes, en 1919, y por su propia  insistencia lo habían traído siendo viejo a trabajar a La Puerta, tenía como unos 50 años aproximadamente>> (Conversación con Ángel Araujo. La Puerta. 15 enero de 2023); es posible, que haya sido una de sus grandes aspiraciones, vivir en esta población. 

Relató el mismo Araujo, que Paz <<fue ayudante y luego panadero, en un negocio de panificación artesanal que regentaba el señor Cesar Sulbarán, esposo de la señora Victoria Linares,  ubicado en la Bolívar, al lado del Bar Tropical, del señor Gil Combita, en una casa vieja del comerciante valerano Noé Carrizo, frente al hoy Hotel Chiquinquirá>> (Conversación citada); luego funcionó en la avenida Sucre, al lado de la casa del señor Manaú, donde Gil Combita tenia una cochinera.

Igualmente lo recuerda el vecino Marcos Terán, quien era un niño en aquellos años, diciendo que Paz era panadero y sacaban <<un pan dulce macizo, que costaba un medio, era tan bueno, que lo llevaban a vender a Timotes>>.  Medio, equivalía  a 0,25 céntimos de Bolívar.

         Araujo, en la continuación de su relato sobre Paz, recordó que, <<Trabajando en la panadería estuvo por espacio de unos 10 años, cansado de esta faena, se puso a limpiar solares y a beber michito de vez en cuando, mitigando su soledad. Se la pasaba donde don Polo Palomares, ahí, la señora Hilda le daba algo de comer>>.  Esto fue confirmado por la gentil señora Hilda Palomares, cuando le preguntamos acerca de este personaje y lo recuerda con bondad, el tiempo no le ha menguado la memoria, <<Lo aceptábamos y comía en esta casa, y cuando ya tenía muy avanzada la enfermedad de la pierna, aquí se le bañaba y se le curaba la herida>>; vecina de la avenida Bolívar con calle 4 de La Puerta; esta matrona fiel a sus valores cristianos, compasiva, socorre a los seres en conflicto con el dolor, expresión y virtud de alto sentimiento por sus semejantes.     

Su silenciosa devoción por la “Montaña Encantada”.

Paz, no requería compañía ni conversaciones sonoras. Varios de sus vecinos recuerdan que, cuando se le veía sentado en el frente de su casa, o en la Plaza, frente a la Iglesia, en estado y pose mística, era porque estaba viviendo momentos de elevación espiritual, de oxigenación y limpieza de sus pensamientos. Sus conversas eran en otro plano, siempre observando la montaña, donde encontraba sus interlocutores. Quizás, fue una especie de  oráculo, cargado de misticismo, en un pueblo con fuertes episodios, por borrar sus raíces.  

El atento indígena, como si cumpliera una labor carbonera, se sentaba a contemplar su “Montaña Encantada”, hacia el lado este de la Parroquia, en los términos de Pitimay, de la que conocía todos sus secretos,  la que había podido recorrer sin problemas, y en su mente la había hecho su principal responsabilidad,  de día y de noche, cuando tenía tiempo libre, con niebla, lluvia, frío o sol, siempre estaba en estado contemplativo. Un ferviente devoto de la montaña, en ruta a Carorita, antes llamada Kukuruy. Pasaba horas mirándola fijo, como en contubernio, descarnándola por entre los frondosos arboles y follajes y el manto grisáceo de neblina, a veces, posando la ojeada en el firmamento celeste. Sin duda, era el abrigo para su espiritualidad y para las dolencias de su  desgastada humanidad.  

El Indio Paz Vergara. Imagen colaboración arquitecta Marlene Palomares.  

El analítico y perspicaz párroco de La Puerta, Pbro. Ramon de Jesús Trejo, tambien merideño, el gran devoto y diseñador del primer vitral del Dr. José Gregorio Hernández, de la Iglesia, se refería a estas almas indígenas, que con todo y sus supersticiones, no practicantes del catolicismo, eran profundamente idealistas, reconociendo que gozaban de una privilegiada visión que iba más allá de las cosas materiales. Acaso se refería a un profundo conocedor de la naturaleza y de la espiritualidad de los Timotes. Con una fuerte creencia de la existencia de un mundo más allá de la vida, trenzados con rituales mágicos con los elementos de la naturaleza.

Desde niño, fue formándose dentro de su familia tribal, como guardián de la historia, del conocimiento y de la gran sabiduría. Poseía una gran simbología, apreciaba mucho las aguas, las nacientes, el río, las quebradas, también la del cielo, porque sabía interpretar las señales celestes para la agricultura, daba consejos sobre esto  a quien se lo pedía.

Este ser, sin malicia, piadoso, sin envidia, se preocupaba por la naturaleza, por el legado ancestral indígena, como si fuera algo a lo que estaba obligado a cuidar, a vigilar, por pertenecer a la raza Timoto, por esto, unas personas han considerado que su misma historia de vida, forma parte de nuestras leyendas verdaderas, que hay que conocer y difundir.  Paz, conocía los más recónditos secretos de la “Entrada Mística” del valle de La Puerta,  y las  riquezas de los Bomboyes, parientes de los indígenas Timotes; de él, de sus palabras se pudo conocer lo de la “Montaña Encantada” con sus alhajas y reliquias enterradas en los mintoyes de los caciques y sacerdotes nativos. Pudo enterarse de la “Naciente Secreta y su Gruta Maravillosa” en la serranía de Carorita, describiendo todos los elementos seductores de este paradisíaco sitio; igualmente, lo referido a los espantos del “Callejón de los Muertos”, entre otras historias y leyendas de La Puerta.  

Paz Vergara,  las narraciones de un ser místico. 

Fue un ser distinto, un vecino diferente entre sus vecinos. Eran tiempos en los que a los muchachos, al regresar a las casas, luego de las tardes de escapadas o al regresar de la misma escuela, todos caretos, sudorosos, con las camisas y pantalones manchados de barro o rotos, se nos decía para reprender y criticarnos – ¡Parecés un indio! No era por halago ni cariño, sino parte del regaño, que significaba que se era sucio, hosco, bruto, flojo e irresponsable. 

El señor Antonio Briceño, uno de los niños de aquella época en que Paz estuvo residenciado en la casa diagonal a la “Esquina del Muerto Azabache” o “Esquina del Muerto”  (avenida Sucre con Calle 7), explicó que, <<para él era más cómodo compartir con niños, que con adultos, que por su aspecto,  lo rechazaban; a los niños  les enseñaba a realizar flechas de carruso, también con un pitillo y una chapa de refresco, hacia flautas de carruso y las obsequiaba, si en sus labores algo de juguete encontraba, algo así como una metra, una pelota, algo que pudiese servir a los niños, la recogía para obsequiarla>>. Cumplía las funciones de los tíos Timoto, a quienes se les encomendaba dentro de la tribu a formar y educar a los niños, en su conocimiento y sabiduría ancestral.    

El “indio” Paz, como lo llamaban, quizás para burlarse de él, fue un ser espiritual, en el fondo un hombre sin malicia, muy trabajador y colaborador. Alfonso Araujo, quien fue su amigo personal, relató que tenía muchas veces un brillo singular en sus ojos. Era blanco, ojos claros, corpulento y de mediana estatura. Desde que lo conoció en la panadería del señor Cesar Sulbarán, donde hacían los mejores panes del pueblo, se aficionó a conversar con Paz, y éste, le honró afecto amistoso, contándole parte de sus conocimientos e historias ancestrales, lo que le fue abriendo los ojos sobre temas aún poco develados. Recordó que, estando conversando en una oportunidad, donde está actualmente la posada turística, en la vía hacia la escuela Faure Sabaut, había una cruz y él le tiraba una piedra, y le comentó en voz baja, <<así se honra a los muertos>>; seguramente, se refería al sitio del homicidio de aquel ser, que llamaron el “Muerto Azabache”. 

Cuando alguno le gritaba: “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, se molestaba e inmediatamente los corría con un cuchillo. Se decía que el señor Pacho, el de la bodega de la esquina de la Calle 4 con avenida Páez, era su hermano, lo que no se ha podido confirmar.

Paz, con el fragor de los años, había depurado su misticismo, de tal manera que sus vecinos, lo evadían al verlo, lo tildaban de viejo loco, otros que era brujo, porque se la pasaba como esperando el retorno de alguien o de algo que se la había ido y que pronto regresaría, quizás su fortuna, no entendían que se transportaba a su espacio celeste. Allí pasó años, de complaciente espera, hasta que le llegó el no más yo, fue.

En sus labores, se lesionó una pierna, y le fue avanzando la herida, que a veces había que llevarlo de urgencia al Hospital de Valera, para que se la limpiaran.  Una vez, siendo Prefecto,  recordó Araujo,  que en 1979 lo llevó y tuvo que “chapear” porque no querían atenderlo, logró que lo pusieran bajo un hidrojet y lo curaron, pero sería mucho el dolor que sentía que se puso a beber mas “michito” sanjonero.

 A los años, se lo llevó un familiar lejano, que tenía en El Molino y le dio cobijo. Alfonso, tiempo después lo fue a visitar, donde vivía, estaba muy viejo, pero siempre atento y con su verbal sabiduría conversaron, le pidió que lo llevara al pueblo, al centro de La Puerta, quería verlo por última vez. Era una tarde clara, no había niebla sobre los techos de las casas, menos sobre las calles. Estuvo callado. Al pasar por la Plaza, solo alcanzó a balbucear una especie de refunfuño melancólico e infecundo. Lo llevaron de regreso a su casa y ya para despedirse, le dijo: - En La Puerta, la muerte ha reposado sus morocotas, son sus víctimas, y lo que lamento es que hayan sido de la raza mía.   Esta enérgica frase, de fuerte reproche, recordaba que en La Puerta, se habia cometido una mortandad, muchos perdieron sus vidas; y el dolor de Paz, es aún mayor porque esas víctimas pertenecen a su propio pueblo de etnia Timotes, los Bomboyes, lo que obliga incluir en su historia, esa tragedia de 1891, cuando fueron despojados de sus tierras y quemadas las casas a los habitantes del Resguardo Indígena de La Puerta, que afecta directamente su sentido de identidad y pertenencia.   

Una sombra reflexiva que caminaba por las polvorientas calles y por los más alejados caseríos del Páramo: Paz Vergara, el indígena, cauteloso, sin compañía, con mucha sabiduría, envuelto en el misticismo. Su presencia en La Puerta, es de lo más interesante. Murió a los 75 años, en 1994. Se ha escuchado, que lo han visto caminando, con su yurure (2) al hombro, caminando por las calles del pueblo. Mi agradecimiento a los que dieron testimonio de este personaje, especialmente a la señora Hilda Palomares y a su hija Arquitecta Marlene Palomares, por las fotografías y los datos, para la elaboración de esta crónica.   

(1) La Puerta, en dialecto Timoto.

(2) Mochila o  morral usado por los indígenas del valle del Bomboy.

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.  


 

 

        

sábado, 18 de noviembre de 2023

Don Octavio Montilla, el padrino de aguas.

 

Don Octavio Montilla, el padrino de aguas.

 

Por Oswaldo Manrique (*)

 

Se escucha de la inveterada superstición popular, que es de mal agüero que el "padrino de aguas" titubee al momento de pronunciar las palabras del bautizo. Es muy delicada, seria y formal la ceremonia del  "bautizo de aguas" o "echar aguas" o el pre bautizo, a pesar que los "vasitos de cartón", dicen que se disfrutan bastante esas "aguas". A Don Octavio, nada le hizo tambalear la voz y menos, su firmeza. 

Aquel rito, que sin la solemnidades eclesiásticas sea en la casa del "Padrino de Aguas" o en la casa misma del recién nacido, en el que se le echa agua bendita en la cabeza y se le hace una cruz en la frente con un poquito de sal y se le hace un rezo, es lo que se denomina “echar el agua” al niño o niña. Esto antiguamente lo hacían las parteras después del alumbramiento, ante la poca curia, para atender estas situaciones. 

En los pueblos andinos, existen vecinos preparados para estos bautizos, convirtiéndose así en Padrino del recién nacido. En La Puerta, el más reconocido y respetado fue don Octavio Montilla Valladares, que  cuando salía a la calle, muchos de los que lo encontraban, le pedían la bendición arrodillados y otros, lo saludaban como compadre. Al bautizarlo de esta forma el Padrino daba fe que ese niño, protagonista de ese rito, pertenecía a la religión cristiana católica, de ahí esa especial consideración y respeto de los "ahijados" con su "Padrino", como personaje espiritual en la comunidad.

También ocurría cuando un niño estaba enfermo o se sospechaba que tenía eso que llaman "mal de ojo", que forma parte de las creencias populares, podía hacerse también el rito de echarle "agua bendita", se le administraba agua de la pila bautismal, de hecho era considerada una especie de antídoto contra el mal. 

 

Don Octavio Montilla Valladares, nació en "El Lamedero", cerca de las Mesitas de Niquitao, Boconó. Murió en 1998, en La Puerta, a la edad de 85 años. Don Octavio era hijo de Lorenza Valladares, natural de Las Mesitas y su papá fue el señor Diego Montilla, agricultor. En una época difícil, la familia se trasladó a vivir a <<La Quebrada, primeramente, y luego se vinieron a La Puerta, aquí donde hoy se mantiene la casa materna, en la avenida Bolívar con calle 3>> (Conversación con Carlos Quintero. La Puerta. 17 agosto 2023). Don Octavio Montilla es abuelo del vecino Carlos Quintero, quien nos dio esta información. Carlos, nació en 1955, su padre es Ciro Quintero.

La hija de Octavio, Odila Montilla Quintero, fue la que crió a Carlos; éste cuenta que su papá  Ciro tenía muy buena relación con Octavio, no obstante Ciro se fue a los 16 años de su casa y se fue a trabajar por más de 30 años en la empresa Vincler, donde era operador de máquina, luego fue encargado de una finca.

 

¿Cómo era Don Octavio Montilla?

 

Hay un punto muy interesante y es que don Octavio no sabía leer ni escribir; esto lo comentó su nieto Carlos así:<<qué cosa, pero era un hombre muy elegante en el hablar, usaba los bigotes así como cuando Juan Vicente Gómez, era de piel blanca, tenía los ojos azules, un hombre delicado, no le gustaban los juegos ni las chanzas>>,  esta pequeña descripción de los rasgos, nos da idea de cómo era don Octavio.

Acerca de la manera de ser del abuelo, Carlos nos relata una anécdota que vivió él, dijo: <<Un día se me ocurre chancearme con él y le digo: - Epa mi llave, tal cosa. Mi abuelo inmediatamente dejó lo que estaba haciendo y me contestó: - Mire ni soy llave ni soy candado, ni para usted ni para nadie>>; primera y última vez que se jugó con su abuelo. 

Recuerda Carlos, una anécdota que ocurrió <<en una fiesta del 31 de diciembre, yo tenía como 8 años, aquí en la casa materna en la avenida Bolívar, llegué como a las 7 de la noche y estaba mi abuelo sentado con un machete, al verlo le preguntó: - Abuelo ¿Qué hace con ese machete? y me respondió: - Para cuidar la fiesta. Así era como se hacía antes, es decir, la gente se hacía respetar, andando armado, hasta en las fiestas>> (Conversación citada); el respeto infundido con machete. 

 

 Su formación de rezandero en "El Lamedero".

 

Se formó rezandero porque su mamá era muy religiosa, en "El Lamedero", lo había aprendido de ella, en aquellos tiempos, las parteras de pueblo, echaban aguas a los recién nacidos.  Don Octavio viene poniendo aguas benditas desde el año 65, recuerda Carlos Quintero que el rito era que,  <<el muchacho se lo llevaban los padres y algunos padrinos, y él les hacía la cruz con sal en la frente del niño, luego le echaba agua bendita en la cabeza. Los compadres lo invitaban al almuerzo, que se acostumbra, él no bebía, no tomaba bebidas alcohólicas, si fumaba pero no tomaba bebidas alcohólicas>>. Los muchachos se los llevaban a la casa para que los bautizara allá.

Siempre estaba preparado, <<el agua bendita la sacaba de las que bendecían en Semana Santa, entonces él con esa agua la guardaba y apadrinaba a los muchachos, le hacía su Cruz con sal, era muy apreciado por la gente>> (Conversación citada). No hay bautizo, sin agua bendita.

 

¿Han calculado cuántos ahijados dejó Don Octavio?

 

Acerca de la cifra de bautizados, Quintero refiere,  <<muchos, de acuerdo a sus propias palabras, mi abuelo decía que tenía 1.200 ahijados.  Hasta llegó a decir que tenía 1.200 compadres y 1.200 comadres. Hay gente actualmente que tiene entre 25 y los 70 años, que son ahijados de él>>, con toda seguridad que existen de varias generaciones.

Uno de sus ahijados es Michell González Villegas, hijo de la profesora Belkix Villegas, quien nos comentó la imagen que acompañamos, correspondiente a la echada de aguas en 1988, en la misma se observa de izquierda a derecha, a Lorena de Maracaibo, sobrina política de Benito Rivas, a su lado, la profesora Emilia Briceño, Benilé Rivas quien tiene al recién nacido en los brazos, son las tres madrinas de agua, y don Octavio Montilla, padrino de aguas, quien le colocó el agua bendita y estaba autorizado por la Iglesia.    


Don Octavio entre el oficio del padre de Jesucristo, carpintero, lutier y el ser agricultor.

Le preguntamos  ¿cuándo llegó Don Octavio a la Puerta?  Carlos fácilmente recordó: <<Él se vino cuando ya tenía los 19 años de edad, a La Puerta. Trabajaba la agricultura y trabajaba la madera,  la agricultura era la que le daba para mantener a la familia, porque le ocurrió que lograron agua y siguió sembrando en El Lamedero, ese fue su oficio agricultor, y su entretenimiento era trabajar la madera. Se había amañado en La Puerta>>.

Entre lo que recuerda de sus abuelos, están las madrugadas, porque su abuelo  <<sembraba las tierras de él en “El Lamedero” y mi abuela le preparaba la comida a los peones, él se la llevaba, eran rumas de arepas de maíz, tipo rueda de camión, y le preparaba ollas de caraotas, cuajada, bueno, eso era para toda la semana, él se quedaba allá toda la semana>>; eran tiempos difíciles.

¿Dónde aprendió lo de carpintero y dónde sacaba la madera, tuvo algún problema para sacarla? <<Él aprendió a trabajar la madera, ayudando y viendo a los carpinteros de la época. No en esos tiempos no había problema pues él la sacaba de su propia tierra, allá en “El Lamedero”>>.

Le preguntamos ¿Qué cosas elaboraba Don Octavio en el taller de carpintería?

Su nieto recuerda que <<Él comenzó haciendo mesas, sillas, y después se puso a hacer bateas de madera pulida, para batir la masa de harina, se entretenía, hacía también urnas para la gente del campo. Recogía la madera allá en El Lamedero, de las tierras de él>;  muebles y cosas útiles, para un pueblo rural.

Don Octavio no fue vendedor de baratijas traída de otros países, era un artesano criollo de los pioneros de la Puerta, igualmente elaboraba,  <<instrumentos musicales, hacía cuatro, arpas, mandolina y las cuerdas las ponían los amigos que sabían tocar, se las afinaban, piezas únicas de madera, trabajaba detalladamente>> (Conversación citada); dejaba la armonía y entonación a quienes conocían de esto.

 

Anécdotas en el taller de carpintería. 

 

Hay una anécdota de Don Luis Ignacio Araujo, hombre de mucho dinero, de los más ricos del pueblo, amigo de Don Octavio. <<en una ocasión se murió un angelito, y fue a buscar a mi abuelo a la carpintería, la tenía en la casa y pregunta por él, le responde Angélica: - está en el patio, por ahí está. y llegó a donde Octavio y le dijo cómo está Don Octavio,  y seguido le dijo: - aquí le traigo estas cuatro tablas para que me haga una urnita. Mi abuelo vio la tabla y le dijo: - Luis Ignacio pero eso no alcanza para hacer la urnita. Y este, le respondió: - no importa Octavio, no importa que le queden los bracitos afuera, con tal que le haga el cajoncito>> (Conversación citada). Sin palabras. 

 

Amigo de sus amigos. El Dominó, Gallero y Cantor.

A la interrogante de quienes eran los amigos de Don Octavio, los de mayor confianza, dijo: <<Sus amigos cercanos fueron Esteban Quintero, quien vivía por allá frente a la Escuela de Música, Juan de Dios Briceño, que vivía frente a Benito Sánchez, Dolores Briceño, que vivía arriba de los Carrasquero, Amadeo Rivas y Benito Sánchez. Fue un empedernido jugador de dominó, jugaba partidas hasta las 2 de la mañana, al frente de Benito Sánchez, donde había una bodega y el mostrador se había convertido en la mesa de jugar dominó, ahí estaban Dolores, Esteban, Juan de Dios y mi abuelo Octavio>>; vecinos cercanos y amigos.

Otra de sus facetas fue lo de gallero, relato Quintero que, su abuelo <<criaba sus gallos>>; y recordó una anécdota  en la que siendo muy pequeño, estando al frente de su casa el negocio de Gil Combita, <<me mandó a comprar un real de maíz, que era un kilo, y estando en el negocio, en lugar de  pagarle al señor Gil, le dije: -mire señor Gil, que por favor le anote ese kilo de maíz a mi abuelo, y me lleve el maíz. Resulta que un día se encuentran mi abuelo y Gil Combita, y este  le dijo: -señor Octavio me debe por ahí un kilo de maíz que el nieto suyo me dijo que se lo mandara fiado. Al llegar a la casa, inmediatamente, agarró una toalla y me dio una paliza por mentiroso>> (Conversación citada).  Se le acabaron las vivezas. Además de carpintero, y artesano de instrumentos musicales, le gustaba cantar en paraduras de niño.

Situaciones inexplicables.

 

De su memoria, Carlos Quintero, nos narra otra anécdota. En una oportunidad estuvo su abuelo hospitalizado en la clínica Rafael Rangel, lo estaba atendiendo el doctor Johncker, medico muy respetado y conocido como buen profesional en la ciudad,  y llegó un momento que el doctor lo dio como desahuciado, sin esperanzas de vida. Uno de esos días, luego de la visita, en el pasillo de la clínica, <<ya nos íbamos un primo y yo, cuando veo que aparece la figura de un pequeño hombrecito, bien vestido con flux negro, corbata, un sombrero, con los brazos y manos atrás como si fuese caminando hacia delante y emocionado grito: - ese es el Dr. José Gregorio Hernández,  un doctor igual a la imagen del médico de los pobres>>. Creencias populares.

Al día siguiente después de comentar esto, el doctor Johncker, le había mandado hacer una placa al abuelo, <<cuando fueron a buscar la placa que le hicieron a mi abuelo, pudieron ver la imagen de una silueta sobre la placa de radiología que fue asociada con la figura del doctor José Gregorio Hernández, y le dijo el doctor Johncker: - Carlos su abuelo tiene un 60% de alentado, estoy sorprendido, no sé cómo ocurrió esto>>; y ya le habían dado un mes de de vida. Seguido,  <<Le dijimos al Dr. Johncker, de que esto parecía obra de Dios y José Gregorio, pero no supo darme explicación>> (Conversación citada). Esto le había ocurrido a Octavio, por haber tenido un accidente con un cable de electricidad, él estaba poniendo unas tejas en una de las casas del Hotel Guadalupe, porque Octavio le metía la albañilería. Increíble y sorprendente.

 

Curiosidades espirituales de sus últimos tiempos.

 

Don Octavio era muy respetuoso y cumplidor con sus obligaciones religiosas, además,  devoto de la Virgen del Carmen e iba todos los domingos a la misa. Nos relató el mismo nieto, que <<la esposa de Don Octavio, era Angélica de Montilla, ella murió en 1998, mi abuela, a los 83 años de edad, aquí en La Puerta>> (Conversación citada). Formaron un apreciado matrimonio. En edad avanzada, comenzó a sufrir de mal de alzheimer. En ese año, <<enfermaron los dos, él y su esposa, y él no supo cuándo murió la esposa. Él murió en las manos mías, y  le digo una cosa, en el momento en que murió tenía los ojos fijos y  viendo a lo alto y dijo: ¡Ah, Virgencita del Carmen!>> (Conversación citada), ahí comenzó su viaje a la otredad. 

Al vecino Carlos Quintero, nuestro agradecimiento por toda la valiosa información que nos dio relacionada con este interesante personaje, fuente y ejemplo de espiritualidad de nuestra memoria histórica local. 

La Puerta, noviembre de 2023.

omanrique@gmail.com

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.

miércoles, 30 de marzo de 2022

Gavino Rivero y su bodega solidaria.

 

Gavino Rivero y su bodega solidaria.


Oswaldo Manrique.

 


Desde muy temprano y cumpliendo aquel dicho antiguo y popular que <<el que tenga tienda que la atienda>>, los bodegueros, pulperos y tenderos, como se les llamaba en aquellos tiempos, realizaban la ceremonia "espanta bichos", con algo de prosopopeya, luego de barrer con escoba de raíces parameras, iban rociando con cristalino gas plan (kerosen), la acera y la calle que hace frente a su respectivo negocio. 


Gavino Rivero Villarreal, uno de los antiguos tenderos de La Puerta.


Ese ritual, lo ejecutaban, Don Audon Lamus, en su tienda de telas y zapatos, en la entrada norte del pueblo, Tolentino Pacheco, en la Hoyada a una cuadra de distancia de éste; Gil Cómbita en su pesa de carne, comestibles y bar, y asimismo, el señor Gavino Rivero, a quien no le adjudicaron el título rural de "Don", como a otros acaudalados comerciantes, quizás por su particular forma de ejercer el comercio. Su nombre completo: Gavino Rivero Villarreal, nació en La Puerta el 20 de octubre de 1906, murió el 19 de junio de 1997. Se casó con Victoria Araujo, quien falleció en La Puerta, el 28 de mayo de 1998.

Hombre formal, ordenado, pulcro en su negocio de comestibles, y de mucha responsabilidad. 

 

Sus comienzos mercantiles.

El señor Gavino, era un hombre de labranza, tenía un lote de terreno, cerca de la Escuela de La Flecha, en la que por muchos años sembró caraota y maíz, la que comercializaba. 

En la casa que tenía Gavino, en el área urbana de La Puerta, a comienzos de los años 60 del siglo XX, le llegaron a alquilar la sala de la esquina, que tiene dos puertas, una que da a la calle 4, y la otra, a la avenida Bolívar, a pocos metros de la sede de la Escuela Técnica Agropecuaria, que dirigía el educador Isaac Araujo. El señor Gil Cómbita, que fue el arrendatario, puso ahí un comercio y bodega, al frente estaba el restaurante <<la vieja Carmelita>>, de grata recordación por sus exquisitas comidas criollas. Al poco tiempo, se muda Gil, al frente de la ETA, y un pariente de Gavino, de nombre Hernán Rivero, se lo alquila por ser buen punto, pero no duró, también se fue. Teniendo Gavino el local adaptado y con la estantería básica para el comercio, decidió abrir la bodega en 1965.

El señor Gavino Rivero Villarreal, en el interior de su bodega, ubicada en la esquina de la calle 4 con avenida Bolívar, La Puerta. Gráfica cortesía de Pedro Pablo Rivero.


Aquel hombre blanco, vestido a la antigua usanza, con paltó azul, camisa blanca, pantalón oscuro, alpargatas y con su sombrero gris, de buen trato, atendió personal y permanentemente su negocio, a ratos lo suplia su esposa Victoria; una que otra vez, lo ayudaba su hijo Pedro Pablo, quien se incorporó a la Guardia Nacional. 

Allí se le veía, en las mañanas y tardes vendiendo las arepas de maíz, la cachapa, el pan criollo, que elaboraban su esposa Victoria y su hija Flor, y con horarios establecidos, horneaban en el horno de adobes de arcilla traída de Tierra de Loza o Colorada, cercana a Carorita, que tenían en el patio, y apartaban tiempo para elaborar sus cocadas, el majarete o sus afamados polos de distintos sabores, que pedían los estudiantes. Para los adultos, tenía para que chispearan, su michito sanjonero.

 

Victoria Araujo de Rivero, esposa del señor Gavino Rivero Villarreal.

Madrugaba el hombre, cuando le tocaba atender sus cultivos en La Flecha, y al culminar, se le veía venir en su caballo, que lo guardaba en la parte trasera de la casa, donde había un pequeño potrero.  

Pedro Pablo Rivero, su hijo, recuerda que una mañana, se detuvo en los oficios la señora esposa de Gavino, para decirle algo que la tenia confusa. Le dijo al marido: - el Roque es del otro lado. Queriendole decir que al parecer era homosexual. Enseguida le contestó Gavino: - Usted si parece pendeja, no va a ser del otro lado si vive del cementerio pa’ llá, pa’ la carretera. La respuesta dejó perpleja a la señora y no se le ocurrió comentar más. 

 

Recordó su hijo Pedro Pablo Rivero, que la familia tenía como costumbre, cuando iban a comer los mayores, es decir, Gavino y su esposa, que ninguno de los hijos ni parientes, ni amigos, se acercaban al comedor, en ese momento casi sagrado, solo podían estar él con su señora, comiendo. Este matrimonio procreó 8 hembras y 3 varones. 

 

No, no, no, llévese uno... 

 

Todos los días, en los predios del alba, con brisa, neblina, se le veía detrás del mostrador, manipulando el peso, picando y envolviendo comestibles,  dinámico, ordenado y respetuoso, con su pulcra gala diaria y su infaltable sombrero, atendiendo a su clientela, y quedaba tiempo para saludar a los eventuales transeúntes. 

En aquel tiempo, cuando alguna madre de familia pequeña, necesitaba algún alimento o comestible, le decía al muchacho que fuera donde el señor Gavino, y había una razón para ello. En este pueblo andino, los muchachos le dirigían su mirada escrutadora de la tarde, esperando su palabra alentadora, la respuesta, un - ¡Si hay! 

Cuando antes me referí que al señor Gavino, no le decían "Don", por su particular manera de manejar su tienda; por ejemplo, si llegaba una persona y pedía algún alimento por bulto, panela, maíz, harina, arroz, o caraota, o que quería comprarle toda la existencia, él de inmediato le respondía: 

<<No, no, no, llévese uno para que le deje a los demás>>, y en efecto, le vendía una porción, equilibrando que los demás también pudieran comprar y comer.

En esta casa de la esquina de la avenida Bolívar con calle 4, de La Puerta, estuvo por más de 4 décadas, la Bodega de Gavino.


Aunque resulte paradójico, eso ocurría en la bodega del señor Gavino, era una especie de distribución equitativa y solidaria de los alimentos ofertados en el día, sacrificando la recuperación rápida de la inversión, que es uno de los objetivos de cualquier comerciante. Ésa actitud, le acreditó mucha confianza entre sus vecinos. 

- ¡Señor Gavino, Señor Gavino, yo llegué primero! Otro jóven cercano, decía:

- ¡atiendame a mi señor Gavino!

Eran los escueleros, y los estudiantes de la ETA, pidiendo las ricas cachapas o sus exquisitos polos, a quienes también les aplicaba la tabla rasa, cuando se ponían a pedir por lotes las sabrosas cachapas y arepas que preparaba la señora Victoria. Aquellos gritos y algarabía de los estudiantes con su apetito matutino, no alteraba su temperamento, por el contrario, era cuidadoso en atender y distribuir por orden de llegada, en eso no se inmutaba. 


Pedro Pablo Rivero, hijo del señor Gavino, cuando estuvo en la Guardia Nacional, hoy jubilado de dicha fuerza. 


Gavino, se hizo a pulso de honradez y de trabajo, fue un comerciante excepcional en La Puerta. Su solidaridad, es una de las más excepcionales virtudes que se puedan contemplar en el mundo del comercio de ayer y de siempre. Esta es una de las razones, por la que se elabora esta pequeña crónica local.

La Puerta, febrero 2022.

 Omanrique761@gmail.com

 

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