sábado, 10 de mayo de 2025

María Ignacia Briceño y Briceño “Doña Nacha” y su legado en la crianza de “El Diablo”.

Por Oswaldo Manrique (*)  


Se fuga alegremente, desde que Francisco Javier, el hermano mayor y su padrino, lo llevó a Kachute, a ver la molienda en el trapiche, y le dieron a probar guarapo de caña. De vez en cuando se escapa para ver el humo de la chimenea abrazando a la neblina. El trapiche es movido por las fuertes, frescas y cristalinas aguas del Bomboy. Se queda embelesado, viendo como se  hace paso a paso la panela, y por supuesto, pendiente de la tercera paila para pedir algo de espuma de melaza. Quizás lo atraía ese delicioso olor que expiden las inmensas y hervidas pailas. Este ingenio, su panela, el granulado  y la caña de azúcar, formaba parte de la vida misma de los Briceño. 

Otras veces  se escapaba para ir a los ordeños, o a la preparación  de los quesos o al corral de las aves, a ver los pavos reales. “Nacha”, la hermana mayor, lo contemplaba mucho, no le perdía el rastro, al igual que las indias de la servidumbre.

-         ¡Ahora sí!  Se juntó el hambre con las ganas de comer. ¡Jacinta, el chino se volvió a escapar! La vieja Jacinta, que también lo tenía como su consentido, dejó lo que estaba haciendo y se fue a buscarlo.

Bajó lentamente los grandes escalones de la casona y se fue al trapiche, que estaba en época de zafra. Al verlo, se le fue acercando y le dijo en su particular forma de pronunciar: 

-         “NiñoColá”, venga, que lo llama “Ña Nacha”.  Ella lo agarró de la mano y se dirigieron a la casa. En el amplio solar de ladrillos criollos compactos lo esperaba efectivamente Nacha.

-         Ahí viene, otra vez, estilandito. Le he dicho que aquí brisa mucho. Volteó a ver a la vieja Jacinta y expresó:

-         Mírelo, si se atarraja el sombrerito hasta las orejas, para no hacer caso. Briceño tenías que ser. Le dijo mientras lo secaba.

-         ¡Ay citico!  Exclamó Jacinta la vieja  india que estaba muy pendiente de él,  y se fue a la cocina, regresó al rato ofreciéndole una jícara, y le dijo cantandito:

-         - Venga y tome tantica agualoja, que esta tibiona. Hoy, no hay mazamorra. Él se la acepto, agarró con las dos manos y se sentó a tomarla. Es Antonio Nicolás Briceño Briceño, que al pasar de los años, lo conocerán como” El Diablo”.  


Su mundo era de felicidad, comodidades, sin limitaciones económicas,  con maestros que les enseñaban en su casa, música, religión y sobre todo, abrumada por los mimos de sus padres. Nacha era la mayor de sus hermanos Briceño, jugaba con ellos y los dirigía, fungía como una especie de instructora y guía. Su hermana María Encarnación, en 1776, sintió  inclinación por los hábitos y se fue al  Convento de Santa Clara de Mérida.

La hermosa casa solariega del doctor  Antonio Nicolás Briceño Toro, en la hacienda “La Concepción”, ubicada en las feraces tierras de Mendoza, Provincia de Trujillo,  surcada por las aguas del irreverente Bomboy, bajo el calor, cariño y ternura de doña Francisca, su madre, fue donde se criaron aquellos bravíos guerreros, la dinastía de los Briceño, devotos de la libertad y el republicanismo. Allá mismo, rodeados de una exuberante vegetación, cañaverales y potreros, a veces caminando por el puente solido de cal y canto, se cultivó su corazón solidario, su dignidad, promotores de las ideas independentistas, estos abnegados forjadores de la Patria. Allá mismo fue, donde nacieron y vivieron los hermanos y hermanas Briceño, dinastía ejemplo de la dignidad revolucionaria.

            *

María Ignacia, mujer de virtudes, trabajo, espiritualidad, de mucho fervor patriótico, quien  asumió forzosamente el rol bajo unas dramáticas circunstancias, quizás sin saberlo, siendo muy joven y soltera, como la madre necesaria de aquella familia.     

Llegado el día 29 de abril de 1782, la partera que los había ayudado a venir al mundo, y que llamaban “madrina”, les informó que el niño estaba bien, pero lamentablemente doña Francisca, murió en el parto. Esto, fue demoledor para don Antonio, el abogado, prospero hacendado y hombre fuerte de la monarquía en Trujillo, pero mucho más para María Ignacia, su hija mayor. La tristeza y la confusión invadieron el hogar de los Briceño.

Doña Francisca, la madre, meses antes, llenó un día para todos de alegría, en el que les dio la noticia de traerles un nuevo hermanito, pero, el destino le deparó una jugada a la muchacha, que la convertiría en cuidadora de sus hermanos,  cuando muere la madre en el parto  de Antonio Nicolás. Sintió que su madre la había dejado sola, la había abandonado, sentía el dolor y cólera hacia la vida, viendo raro a su hermano que en lugar de traer alegría, había llegado  en un trágico trance, la muerte de la madre.

Devastada por el duelo, debía continuar con su vida y ayudar al recién nacido. Cuando el padre José Antonio Godoy, Cura doctrinero de Jajó, bautizó a Nicolás, ella fue la madrina (Fonseca, TII, 490). Aunque tenía dos “Nanas”, amamantadora una y la otra cargadora, Nacha lo cargaba y estaba pendiente desde que le pusieran los costales, para que pudiera endurecer las piernas y comenzar a caminar, nunca en el suelo descubierto, hasta de las oportunas comidas del niño se acordaba. El Dr. Antonio Nicolás, su padre, estuvo durante todo ese tiempo de crecimiento pendiente y acompañándolos. Ella, le dispensaba al recién nacido  -le pusieron de nombre Antonio Nicolás-, el afecto, lo protegía y lo asumió como parte de su vida. Después llegaría Margarita de la Torre, prima del Dr. Briceño, que tomaría las riendas de la casa y la familia, al casarse con este. En aquellas circunstancias y alterada dinámica familiar, sobrellevaba la vida lo mejor que podía.

Ella lo llamaba simplemente Nicolás, y asi se hacía llamar él, hasta en sus escritos profesionales,  quizás para distinguirse del padre; los chontales le decían “NiñoKolá”.  En 1804, muere don Antonio Nicolás Briceño Toro, su padre.

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Entre las damas trujillanas que con decidido arrojo colaboraron con sus bienes y su esfuerzo personal a la causa emancipadora, merece sitio de honor  María Ignacia Briceño y Briceño (Doña Nacha). Nació en Mendoza del Bomboi. Fue la primera hija del Dr. Antonio Nicolas Briceño Toro (El Abogado realista), acaudalado hacendado y Protector Real de Indios en Trujillo y de doña Maria Francisca Briceño Pacheco del Toro, ambos primos y nativos de Trujillo. Su nombre completo María Ignacia Briceño y Briceño, a quien cariñosamente la llamaban “Doña Nacha”, mujer de carácter y de gran sensibilidad humana. Recibió la educación que les daban a las jóvenes de las familias mantuanas de aquellos tiempos coloniales. Era una hermosa mujer, según los antiguos cronistas, una de las más notables catiras trujillanas, de ojos azules y extraordinaria piel lozana, María Ignacia Briceño y Briceño, al igual que Antonio Nicolás y su hermana Margarita, eran <<rubios y ojos azules>> (Dávila, 344); y vivía precisamente en el denominado Valle de las “Catiras”, en el Bomboy.

María Ignacia Briceño y Briceño, formaba parte del linaje guerrero independentista de los Briceño, hermana del Coronel y Dr. Antonio Nicolas Briceño Briceño "El Diablo". Ser hermana de aquel Coronel, versado en jurisprudencia,  a quien el historiador  Juan Vicente González, describió como el <<hombre trágico y fatal, de esos a quienes una violencia innata consagra a las furias, su rostro no llevaba el signo innoble de la barbarie. Su cuerpo era gentil, su cabeza bella>>, tenía que ser tan indomable, digna, generosa y compasiva como él, que lo ayudó a criar, cuidarlo, formación de  hábitos, valores cristianos, enseñarle las primeras letras, en fin asistirlo material, moral y afectivamente, responsabilidad que no le correspondía y que cumplió, y que el prócer le reconoció. Es bastante probable, que el nombre de María Ignacia que le pusieron Antonio Nicolás y su esposa Dolores Jerez Aristiguieta, a su primera hija, haya sido en honor a doña Nacha, hermana mayor del prócer.   

Sus otros hermanos, Pedro Fermín, Francisco Javier, José Ignacio, Indalecio (Vencedor de Ayacucho),  y Domingo Briceño Briceño (Libertador de Maracaibo),  también estuvieron en primera línea de la lucha independentista, son próceres de la Patria, hoy lamentablemente olvidados.

Debido a los cánones de una sociedad castiza y endogámica, contrajo matrimonio con su primo Juan Pablo Briceño Pacheco y Montilla, quien estudió Medicina en la ciudad de Mérida en 1805 y ejerció como médico en Trujillo es decir, se dedicó ”a la ciencia y el arte de curar y es fama que alcanzó grandes aciertos” (De Santiago, Pedro. Biografías Trujillanas. Pags. 72-73. Ediciones Edime. Madrid. 1956). Enterada como todos los Briceños, de lo que estaba ocurriendo en Caracas desde 1808, involucrado y confinado su hermano Nicolás, por la conspiración contra el imperio español, el movimiento emancipador se fue expandiendo por el resto de la Provincia,  ella se sumó a la gesta. Su esposo, el  doctor Briceño, ese año era Sindico Procurador Municipal, cuando en la denominada Sala Consistorial de Trujillo, se discutía sobre lo que ocurría en España, lo que generó la exaltación del espíritu libertario de aquellos patricios.

Con el entusiasmo de los notables, en 1810, Juan Pablo también se incorporó al movimiento independentista, promoviéndolo, y el 9 de octubre de dicho año, formó parte de la Junta Patriótica y salió electo como diputado representante de esta Provincia al primer Congreso Constituyente de Venezuela, en la ciudad de  Caracas en 1811, participando activamente en los debates, destacando su derecho de palabra, en el que pidió al pleno, aceleraran la aprobación de la Declaración de Independencia de Venezuela. Es uno de los 5 trujillanos firmantes del Acta de Independencia.  El 28 de agosto de 1811, el Congreso lo designa miembro de la Sección Administratoria de la Hacienda Nacional. En septiembre, promueve una comisión para atender el grave problema de insubordinación y desavenencias entre los integrantes de la Junta de Gobierno de Trujillo.

El <<doctor Juan Pablo>> como le decían, regresó a Trujillo. Destacaron en él, las cualidades y rasgos característicos de la familia Briceño, inteligente, sincero, apasionado en sus posiciones y actitudes, fue crítico de la administración realizada por el generalísimo Francisco de Miranda al frente del gobierno de emergencia, lo que en su criterio, incidió en la caída de la primera República y la vergonzosa Capitulación con Monteverde.

 Doña Nacha  se casó con el <<doctor Juan Pablo>>, y lo  acompañó en el trance dramático de la forja republicana. Doña Nacha, procreó con Juan Pablo, a Paz Briceño y Briceño, quien a su vez, se casó con el prócer y capitán Félix Fernando Hurtado de Mendoza.

Tras la Capitulación de Miranda, las fuerzas rebeldes buscaron mantener encendida la tea libertaria, uno de ellos el coronel Antonio Nicolás “El Diablo”, que comenzando su campaña, fue traicionado y capturado. El paladín de la libertad de los pueblos, quien <<en plena juventud iluminó con la luz de su ciencia, y calentó con el fervor de su doctrina la causa de independencia>> (Fonseca, TII, 380), fue ejecutado el 15 de junio de 1813. 

Cayendo nuevamente la República en poder de los realistas, en el año 1814, tras la arremetida de Monteverde y su Ley de la Conquista, emigró con su esposo a la Nueva Granada. Sin decaer en sus convicciones revolucionarias, el Dr. Briceño Pacheco con total desprendimiento de bienes y privilegios, estuvo en la guerra, sirvió con Bolívar en las operaciones militares de Bogotá; es recordado como uno de los héroes del sitio de Cartagena de Indias en 1815;  y luego regresó a Venezuela, estuvo bajo la comandancia del general Páez, en 1816,  entregando su vida en la Campaña de Apure en 1817, había nacido en 1748, quedando viuda María Ignacia y huérfana la pequeña Paz. Pero mujeres de su estirpe, no sucumbían en el dolor y se dedicó por entero a la lucha por la libertad de Venezuela. Lo expuesto en los párrafos precedentes, nos da una idea del entorno familiar y social de esta dama patriota.

Se ha escrito que Doña Nacha, siendo viuda,  se habría casado con su otro pariente Juan Jose Briceño de Pacheco y Toro (Fonseca, TII, 60), lo cual ha desmentido Picón Parra, al aclarar que, “… En Los Protocolos de Mérida (Protocolo 103, folio 38 vuelto) está el testamento de Doña María Ignacia Briceño "hiha legítima del Dr. Antonio Nicolás Briceño, de Trujillo, sin sucesión”, fechado el 1 de abril de 1828, y es muy raro que esta señora no mencione a su segundo marido…” (Picón Parra, Roberto.   Fundadores, Primeros Moradores y Familias Coloniales de Mérida.  Tomo 4, pág. 91.  Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. "Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela", Caracas, 1988).

La integridad, nobleza, generosidad y constante lealtad de esta dama trujillana con su Patria, a pesar de los duros vaivenes a los que estuvo sometida por la lucha militar que asumió su hermano Antonio Nicolás y sus otros hermanos, asimismo, la que tomó su esposo Juan Pablo durante 7 años, muriendo en el campo de batalla, conforman una vida azarosa y tormentosa revolucionaria que la convierten en una heroína digna del reconocimiento histórico de todos los trujillanos; sin duda, fue una eximia republicana. 

(*) Portador Patrimonial Historico y Cultural de La Puerta.      

sábado, 26 de abril de 2025

En tiempo de caudillos, llegó a La Puerta y en mula, un futuro Santo

Por Oswaldo Manrique (*)


Cabalgando sobre ella, castaña oscura, se dirigió a donde pensó hospedarse, un pueblecito llamado La Puerta (estado Trujillo), que consideraba histórico. En  uno de sus soliloquios, describe:

-         <<venia contemplando tranquilamente mi mula, que, aunque con algunos resabios, no deja de ser una mula buena; esta contemplación era un tanto compasión al calcular que habría de caminar doce días consecutivos montado sobre ella>> (Hernández).  

Tal fue el comienzo del relato detallado de su viaje por la Cordillera Andina, en carta del 14 de enero de 1889, a su amigo Santos Aníbal Dominici (Castellanos, 184). 


Eran tiempos del régimen liberal guzmancista, que siguió con su política de <<dejar que los conservadores gobiernen el Estado (Trujillo) a su leal saber y entender>> (Cardozo, 227); el pacto del Pdte. de la República general Antonio Guzmán Blanco y el jefe de los “Ponchos”  trujillanos general Juan Bautista Araujo, dio continuidad a la hegemonía de estos, con todos sus vicios y virtudes caudillistas, siempre que mantuvieran el desarme y “la huidiza tranquilidad” que permitiera avanzar en el proceso económico, agropecuario e industrial de la región.

*

Azuzaron las bestias, para subir a la angosta y empinada entrada y pasar por la “Vuelta del Peo”, llamada asi por ser sitio de emboscada de los “Ponchos” en su enfrentamiento con los “Lagartijos” en 1877, con saldo de varios difuntos.  Pasaron por la “Quebrada La Guadalupe”, de aguas frescas y curativas y a pocos pasos se detuvieron.

A semejanza de la profecía señalada en el Antiguo Testamento, sobre la llegada de un hombre justo y de paz montado sobre un burro: Jesús a Jerusalén, el joven médico, humilde y altruista, hizo su entrada a La Puerta, montado en su obstinada y testaruda mula. Hombres de mediana estatura, vestidos de calzones de fardo, franelas sarazas color blanco, alpargatas serranas, con muy pronunciado dialecto indígena, le dieron la bienvenida al elegante y culto caballero; eran los celosos encargados del Oratorio y de la posada de los peregrinos. 

Para finales de 1888, en compañía de su cuñado José Temistocles Carvallo Hidalgo y de un sirviente, el Dr. José Gregorio Hernández Cisneros, se dirigió y pasó por esta aldea indígena, montando su mula, mañosa y desconfiada, en su aventura de buscar un lugar, ciudad o pueblo, donde establecerse y ejercer su profesión de médico. 

Tomaron el camino de Valera-Mendoza-La Puerta-Timotes, descartando el de Quebrada de Cuevas a Timotes, por el borde del caudaloso Motatán, lo que confirma el Informe de Caminos de 1908, del Ejecutivo del estado Trujillo, al señalar que, <<el ramal de La Mocotí a Valera por el rio Motatán, parte del decretado por el Ejecutivo Federal el año 1887, es un camino de recuas de malísimas condiciones…la vía usual que es la de La Puerta, la comunica entre las ciudades de Mérida  y Valera>> (La Riva, Alberto. Anales de Valera, pág. 35. 1957. Igualmente, en Cardozo, 232); la distancia entre Mendoza y La Puerta, era de dos leguas aproximadamente.  

El padre Enrique María Castro, ex Párroco de este Valle, describió en 1884, que el antiguo camino que iba de Mendoza a La Puerta, iba por la vega del río Bomboy <<el cual hay que vadear dos veces, con una subida disimulada hasta el espacio de una legua en que se aparta del rio, y toma por unos cerrillos, cuyo piso está cubierto de piedras menudas que lo hacen molesto>> (Castro, 58), lo que no impedía ver en los laterales de las montañas, los frondosos trigales; y las plantaciones de café, caña, tabaco y legumbres del Valle, custodiado por las dos espesas cordilleras.

Tenía la peculiaridad este camino, que de trecho en trecho, había una cruz, que fueron colocadas varias décadas antes por el Padre Rosario, y cuando este iba rezando, <<siempre hacia genuflexiones>> (Ídem). Se extrañaría y preguntaría el Dr. José Gregorio y sus acompañantes, la razón de tantas cruces. Su mula buena y  vulnerable, anduvo a pesar de la carga, con su manera habitual, tranquila y dócil, e incluso, preparada para alertar o regresarse, cuando anuncian acecho, o algún obstáculo o fenómeno natural.

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Sin duda, fue antes, y más de una vez, que José Gregorio, visitó la aldea indígena de La Puerta, para enterarse de propia voz de sus habitantes,  los episodios y fastos, que lo llevaron a decir que lo consideraba: histórico. Bien fuere porque lo conoció en sus vacaciones de agosto de 1883, o porque se alojó en alguna otra oportunidad en la posada de los peregrinos, o porque pasó o lo visitó varias veces, lo cierto es que en carta del 14 de enero de 1889, se refirió a dicho pueblo, que para esa época, además de su gente indígena Bomboyes, casi totalmente pura, contaba con elementos del patrimonio inmobiliario espiritual colonial, que por su religiosidad y curiosidad tuvo que haber visitado el hoy Santo Dr. José Gregorio Hernández.   

Mientras el sirviente amarraba las bestias en un falso, una de las mulas se tornó relinchona,  dejando escapar un fuerte rebuzno, José Gregorio subió las escalinatas y se dirigió hacia la ermita que los indígenas de La Puerta, mantenían al cuido, atendiendo a los peregrinos y visitantes para que pudieran apreciar la bella construcción, sino por su atrayente hermetismo. 

Carvallo iba detrás.

-         Chico, se portaron bien las bestias. Nos rindió el camino. Le  comentó el futuro Santo trujillano, quien llevaba su acostumbrado sombrero negro.

-         Sí, ninguna se descascajó  Le contestó su cuñado.

-         Hasta mi mula resabiada, cumplió.

Cuando estaban en el umbral, se quitaron los sombreros y no les quedó más que arrodillarse, persignarse al ver aquel hermoso recinto. Entraba luz solar al fondo por la claraboya de lo más alto del altar finamente adornado, se situó frente al encantador retablo de la Virgen de Guadalupe de Indios y su rostro resplandeciente. Se ubicaron en los reclinatorios, donde oraron. José Gregorio pudo observar el maravilloso, sereno y sagrado lugar, y llegó a imaginarse al Santo penitente Padre Rosario (quien lo diseñó personalmente y construyó de su dinero), en un acto de devoción diaria por la Virgen, que, <<con su rostro dejaba traslucir la suavidad, el contento, la paz y la alegría de que rebosaba su corazón>> (Castro, 42), o cuando invitaba a todos los feligreses  <<a obsequiar a María Santísima con un rosario, o al principio de la visita o al final>> (Castro, 45), era parte de su estado de perfección espiritual. El futuro Santo, como investigador sintió la necesidad de conocer la obra material de este excepcional personaje, modelo de penitencia y santidad. 

Al salir, el aspecto externo observado, de firmes tapiales y radiante blanco, piso de arcilla, techo de tablones de cedro, coronado por teja roja de las que hacen los aborígenes en Kukuruy (Tierra Colorada). Las anchas escalinatas de piedra, dan acceso a los angostos senderos que conducen a las casas habilitadas para los peregrinos.

El padre Rosario, escogió para construir este Oratorio de la Virgen de Indios, la parte alta de su posesión (Hacienda del Padre Francisco Rosario), que tuvo que desboscar y aplanar (hoy está en este sitio el Hotel Guadalupe); la bella panorámica por el lado norte con la “Quebrada Guadalupe”, de aguas medicinales y permanentemente con aromas a malva, cayendo hacia el Bomboy; la suave ladera por el lado sur, da entrada a la Calle Real de la aldea (hoy Avenida Bolívar), y más allá, las famosas <<mecedoras de piedra de la Guadalupe>> (Burelli, en Abreu: 151), que pudo haber recorrido el futuro Santo, que conforman el área externa o de alivio del Oratorio, que en realidad era un sitio de reunión de los indígenas, descanso y paseo para los peregrinos y visitantes.

Así que, a su llegada al pueblo, ingresando por la entrada norte e impulsado por su ferviente religiosidad, y con el conocimiento de que el Santo Padre Rosario, que así lo llamaban los pobladores, había construido antes de su ciclo de purificación, sin la majestuosidad de la Capilla de Mendoza, pero sí con el detalle estético y de belleza que le imprimía dicho Cura a sus obras, uno de los Oratorios más peculiares del país, como lo fue el de la Virgen de Guadalupe de Indios, tributo a la aldea de los Bomboyes, su última obra material y aporte al engrandecimiento de esa comunidad, al cual llegaban peregrinos desde distintos lugares de la República.

Para un hombre como José Gregorio, la oración era tan imprescindible para fortalecer el espíritu, como nutrir el cuerpo con comida y agua. Diariamente en Caracas, <<A las 7:00 a.m. asistía a la Santa Misa, recibía la Comunión>>. Era tan necesaria para él la oración, que seguramente, para emprender y fortalecerse en su viaje, y precedido del conocimiento de  la bella y ejemplar historia del Padre Francisco Rosario, de esta aldea, al estar en el preciado y aislado recinto para efectuar la oración a Dios, y <<tú te imaginarás que hacía mis súplicas ordinarias>> (Hernández), quizás le dedicó como la primera vez, una plegaria al Cura Santo y Patriota. 

En 1969, da fe el cronista y hacendado José Rafael Abreu, que en <<el extremo norte de la calle real se conocía como “El Topón” y el “Oratorio”, por haber construido allí el Padre Rosario un lugar para la oración, de lo que aún quedan las bases de cal y canto, a la usanza española>> (Abreu, J.R.,  31).  Era una Capilla donde acostumbraba a flagelar su cuerpo y a rezar el prócer Rosario, amigo de Simón Bolívar y solían decir misa religiosos, sacerdotes pasajeros y visitantes que venían de Barinas, Mérida y de la Nueva Granada, cuyo festejo solemniza el día de la Virgen.

La historiografía local de los terratenientes, nos recuerda que para mediados del siglo pasado, aún andaba <<El alma del padre Rosario, ambulante por el Oratorio>> (Abreu Burelli, 151), este mito quizás, era para borrar el genocidio  cometido con los indígenas, y embalar  la vida del Cura patriota en un espanto, y asustar a la nueva población de blancos. 

Lo anterior se fundamenta, en que, José Gregorio un médico filántropo, como parte de su personalidad, era profusamente <<cristiano de fe ejemplar, fue un contemplativo de juicio sereno…tenía un altísimo concepto de la vida, hablaba solo lo indispensable, era piadoso, asceta y místico de inalterable espiritualidad>> (Suarez, 19). También es factible, que antes de seguir viaje, haya entrado al templo de Nuestro Señor San Pablo Apóstol, recinto principal de los católicos. 


La niebla es pertinaz y comienza a abrazar a los grandes sauces del angosto camino, también, el templo. El diseño y distribución del espacio interno del templo construido en 1790, por el  cura Pedro Santa Anna Vásquez de Coronado,  respondía  a la tendencia arquitectónica católica aplicada a las edificaciones religiosas en las colonias americanas. Planta rectangular, semejante al estilo basilical, que se describe en el acta de inventario  de 1882, cuya acta describe: “En el cuerpo de la Yglesia de La Puerta a trece de abril de mil ochocientos ochenta y dos el cura encargado de ella presbítero José Asunción León, asociado del Mayordomo de Fabrica, ciudadano Miguel Aguilar y los testigos, avaluamos Natividad Aponte y José Miguel Bustos se procedió hacer en debida forma el inventario de propiedades de la Yglesia. Primeramente. 1.- Caserón (o Cañón)  de tapias que constituye la Yglesia y a la espalda un cuarto que sirve de sacristía y otro a un costado del presbiterio que sirve para guardar… y al lado derecho el edificio del campanario en dos pisos, todo está cubierto de tejas…” (Libro de Fabrica del templo de San Pablo Apóstol de La Puerta. Archivo Histórico de la Diócesis de Trujillo). El inventario inmobiliario y características del templo indican que era una construcción simple, sin ningún aditamento u ornamento arquitectónico que lo asemejara a un templo formal dentro de los cánones eclesiales tradicionales europeos.

Este templo, guardaba y exhibía en su interior algunos tesoros como son las bellas y antiguas imágenes de sus Santos. El mobiliario inventariado se encontraba en buen estado; igualmente, las reliquias e imágenes existentes: las  “…1.- La imagen de la Virgen de la Paz. 2.- La Virgen Purísima. 3.- La imagen de San Isidro. 4.- El patrono San Pablo…” (Ídem). Asimismo, dan cuenta en dicho inventario de la existencia de nueve (9) alhajas o grupo de pequeñas joyas de plata del patrono, valoradas en total por más de 700 bolívares de aquella epoca. (Libro de Fabrica del templo de San Pablo Apóstol de La Puerta. Archivo Histórico de la Diócesis de Trujillo a cargo del padre Ramón Urbina, revisado  y fotografiado por mí el 20 septiembre 2018). 

Desde diciembre de 1888, en que el futuro Santo, llegó montado en su resabiada mula y pasó por nuestro pequeño pueblo histórico, al día de  hoy, han trascurrido 137 años. El hecho que este eminente medico, hombre caritativo, de infinita generosidad, historiador, educador, científico, con sus convicciones religiosas y filosóficas, haya visitado a La Puerta y expresado su consideración, acerca de su historicidad, debe llenar de orgullo a todos los pobladores, lo que se debe manifestar en aprecio, agradecimiento y en el reconocimiento colectivo como ciudadano virtuoso a este médico de los pobres.  

Se ha trazado en estas notas, para el conocimiento de las nuevas generaciones puertenses, un pasaje refrescante del joven médico de los pobres por la aldea indígena de La Puerta, cuya conducta ejemplar resalta en estos tiempos por el hecho de su próxima y efectiva canonización como Santo, por lo que tomando las palabras del universal escritor don Rómulo Gallegos, sobre el fervor y devoción popular que infunde el Dr. José Gregorio Hernández, sin dudas, es el Trujillano <<que nos ennobleció la vida>>. 

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.  


sábado, 19 de abril de 2025

Victoria Carrasquero, la postergada Benemérita de la ciudad de los retazos

Por Oswaldo Manrique (*)


En la futura ciudad de los retazos, ocurrirá muy pronto un hecho trascendental, en el que ella, será protagonista.  

-         ¡Allá va doña Victoria Carrasquero! Con nombre y apellido, tanto pobres y ricos, blancos, mestizos, negros y chontales, civiles y militares, católicos y ateos, alfabetos o no, asi la mentaban en el siglo XIX trujillano.

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¿Quién puede dudar que, una mujer de crecida fortuna económica, con grandes posesiones productivas, e hija, nieta, esposa, nuera, hermana, y cuñada de próceres de la Patria, pueda tener en su vida, actos de desprendimiento y solidaridad social? Quizás los positivistas, exigirían elementos que lo corroboren. Sin embargo, por experiencia, se pueden tener actos de desprendimiento, en los que se reservan para lo interno y no para el documento, las verdaderas razones y sentimientos, buenas o malas, inclusive, de utilidad pública y social para llegar a acuerdos; huellas, indicios y presunciones que según Topolski, nos dota la ontología y el mismo contexto histórico. En la historia de los hombres de la política y de las armas, se tiene en los archivos un grueso ramillete de ese tipo de documentos.

La mujer, en el tiempo de caudillos, siendo silenciosa, afanosa, preocupada, a cargo de las economías y de la misma protección de sus familias, tomó decisiones, que promovieron sin protagonismos, verdaderas acciones de desarrollo de  los pueblos.  Una de ellas, Victoria Carrasquero, otra de las heroínas del Valle del Bomboy. 

Su nombre completo: María Victoria del Rosario Carrasquero Vetancourt, nació en la hacienda “San Lorenzo”, en Mendoza del Bomboy, en 1822. Su madre: María de la Asunción Vetancourt Uzcátegui (Boconó 1782-Mendoza 1852), la dama que recibió al Brigadier Simón Bolívar, en su casa colonial de  la hacienda “San Francisco”, en la Campaña Admirable de 1813; y su padre: Gregorio Felipe del Espíritu Santo Carrasquero Abreu, (nació en 1791), igualmente son padres de: Manuel María Carrasquero Vethencourt, nació el 8 de agosto de 1820, en Mendoza, Trujillo, Venezuela, destacado y valiente gobernador civilista de Trujillo, murió en Valera 1892. Su hermana Lucia Carrasquero Vetancourt, esposa del Lic. Toribio Briceño Labastida Vetancourt, con estudios de derecho civil, hijo de José Miguel Labastida Briceño (el prócer independentista y heredero del Señorío de Miquía, Carache).

Era hermosa, el cronista de Valera, don Luis González, la describió: <<Traje victoriano como para amansar cualesquier miradas con ímpetus de filtrarse por terrenos vedados. Apenas, muy por allá, un escote audaz, donde es fácil percibir un bocio. En los rostros la pose imponente que se satisface en los viejos apellidos entroncados al caudillismo local>> (González, Luis. Un siglo de imágenes trujillanas. 1982);  características fisonómicas  que se observan en la fotografía de doña Victoria Carrasquero, tomada en 1880, cuando tenía 55 años de edad.

Esposa de Juan Pablo Labastida Briceño Vetancourt, de espíritu y quehacer republicano. El suegro de la señora Carrasquero, fue el prócer trujillano, José Miguel La Bastida Briceño, constituyente provincial por la Villa de Carache en 1811, y heredero del Señorío de Miquía, apresado en 1812, con 53 años de edad, por la traición del Indio Reyes Vargas, puesto en libertad en 1813, no abandonando la causa independentista; la madre de Juan Pablo: Candelaria Vetancourt, la llamaban  “Capitana Candela”, por haber asumido las riendas de la causa en Carache, estando su esposo confinado.

Su esposo Juan Pablo y toda la familia Labastida Briceño, participaron activamente en el proceso de construcción de Colombia la República grande y unitaria y luego, en el de Venezuela soberana; en el vic vac, entran en solidaridad con la Revolución de las Reformas de 1835, contra el gobierno de José María Vargas, en donde participó su medio hermano Ricardo Labastida.

Igualmente, en 1848, su hermano Manuel María Carrasquero, participa en el movimiento paecista, para el derrocamiento del gobierno de José Tadeo Monagas, por los que Ricardo Labastida y sus compañeros conspiradores fueron sometidos a juicio, pero se les indultó. 

Juan Pablo era hermano del Lic. Rodrigo Nicolás Briceño, quien tuvo destacada actuación como Juez y Secretario General de gobierno de Trujillo, en la nueva república; la cuñada de Victoria, Concepción Briceño, casada con el prócer Ricardo Labastida (1800-1876), primer gobernador de Trujillo, jefe del partido conservador o “araguatos”. El cuñado Ángel Briceño, conspirador y defensor de su padre José Miguel el prócer, en 1813. El cuñado Francisco Miguel, quien se casó con María Ignacia Labastida Briceño, la “Castellana de San Francisco” del valle de Bomboy, hermana de Ricardo Labastida; y su otro cuñado, el licenciado Toribio Briceño, hombre de leyes de alto quilate, quien se casó con Lucia Carrasquero. De esa entidad, era el entorno revolucionario y republicano de doña Victoria Carrasquero.     

Una firme y polémica decisión para su posteridad: el testamento.

Victoria Carrasquero, fue una mujer organizada y de firmes decisiones, aún después de su muerte, se siguió comentando de su vida. Hizo testamento, en el que según su criterio se debía repartir su fortuna, luego herencia. A finales de 1891, pocos meses después de la negociación del “Llano de San Pedro”, fue demandada la nulidad de su testamento. En carta elaborada y suscrita por doña María Ignacia Labastida de Urdaneta, conocida en nuestra historia local como la “Castellana de San Francisco”, mujer de amplios recursos económicos, de la aristocracia terrateniente del Valle del Bomboy, abogaba por la menor Angélica Briceño nieta también de doña Victoria Carrasquero, e hija de su hija María Tereza y de Pablo María Briceño (difunto) hijo de doña Victoria, por estar perjudicados en la distribución hecha por doña Victoria.


La correspondencia está fechada en Mendoza, el 20 de noviembre de 1891, fue llevada y entregada por los yernos de doña Nacha, José Hortensio Briceño y Antonio José Braschi, dirigida al Dr. Carracciolo Parra, Rector de la Universidad de Mérida; en el fragmento que nos interesa, explica doña María Ignacia Labastida de Urdaneta, que, Victoria Carrasquero, <<Esta señora (ya difunta), dejó un testamento en que desmejoró a los antedichos afines más: estos intentan juicio de nulidad y el juez de 1ª de Trujillo oyó la petición anulando el testamento en virtud de varias ilegalidades. Los mejorados Candelaria de Vethencourt y su hijo Miguel Antonio apelan a Mérida. Es mi deseo que en vista de la injusticia testamentaria usted ha de influir en sus buenas recomendaciones para con los miembros de la Corte para que ratifiquen la sentencia de Trujillo. Así pues mi muy estimado amigo espero que usted no omitirá influencia alguna para conseguir el bien para mis hijas>> (Colaboración Dr. Cesar Labastida. Original en Archivo Histórico de la ULA). De ese temple, estaba hecha doña Victoria Carrasquero.    



Valera la ciudad de los retazos, Victoria Carrasquero y el antiguo “Llano de San Pedro”.

Al quedar viuda, se puso al mando de los negocios familiares. Cuando salía en carruaje desde los sementeras de caña dulce y saucedales de la hacienda “San Lorenzo”, su heredad, vecina a “La Concepción”, tierras de Antonio Nicolás Briceño, y vecina a la hacienda “San Francisco”, propiedad de sus hermanos Labastida y su madre Asunción Vetancourt viuda de Labastida,  ataviada o no con sus mejores galas, pasando por los caseríos mendocinos, no faltaba que parara para saludar a gente amiga y a sus chontales. En algunas rancherías, saltaba a tierra, a saludar como respeto a sus vecinos.

Una mañana del año 1890, se acercó a “San Lorenzo”, el Pdte. del Concejo Municipal de Valera, un caudillo vinculado a los sectores pudientes de la ciudad, especialmente a la denominada “familia imperial”. La visitó para conversar sobre la ampliación de la ciudad.

-         Si usted está dispuesta a venderlo, le haría un gran aporte a Valera. Le habló grácil Juan Ignacio Montilla. Ella solicitó tiempo para meditarlo, no era cualquier cosa lo que le pedía vender, era el “Llano San Pedro”. Fue clara y firme en su respuesta:

-         De decidirme a venderlo, habrán algunas condiciones que son normales, que hay que respetar. Afirmando positivamente con la cabeza, Montilla, expresó:

-         El tiempo que usted necesite, y las condiciones con seguridad las discutiremos favorablemente para las partes.  

La historia física de Valera, se inicia en su andadura colonial desde 1595, con la invasión de Marcos Valera y su hueste, a la meseta y pequeño lago de los Escuqueyes, la que se validó con composición; sitio que tardíamente en 1777, es avizorado por el Obispo Martí, quien lo registró como un pequeño caserío; luego con fines de parroquia eclesiástica y pueblo la donación hecha por doña Mercedes Díaz, de unas cien varas en cuadro de terreno de la finca “Santa Rita”, en el sitio de Valera, que posteriormente en 1818, sus herederos, confirman documentalmente la donación y asimismo, aportan otras dos cuadras y media más cedidas por Reyes Terán y 295 varas obsequiadas por la heredera Candelaria Díaz, para delinear el pueblo y vender solares, a modo de obtener recursos y levantar la iglesia; pero no alcanzaban los aportes de tierra, y el promotor de la obtención de ese terreno necesario para formar el pueblo, fue el Dr. Gabriel Briceño de la Torre, también donó dos cuadras de tierra de su propiedad; así, fue sumando para la construcción de la ciudad, y finalmente, en la última década del siglo XIX, la agregación del “Llano San Pedro”; en resumen, estamos ante una ciudad de agregados, de retazos de terrenos. Con este ultimo y extenso aporte de tierra, dio el salto de aldea, a tener cuerpo geográfico de ciudad, en lo que denominó La Riva Vale, <<la nueva vida civil de Valera>>. Una ciudad compuesta, integrada y definida progresivamente de agregaciones de lotes de tierras, posesiones y heredades particulares. 

En julio de 1891, se reúne con doña Victoria, en “San Lorenzo”, Mendoza del Bomboy, el representante del Concejo Municipal, para establecer la negociación.

-         Pase Juan Ignacio, no se quede ahí parado. El recién llegado con cierta alegría, le expuso:

-         Doña Victoria, le traigo la buena noticia, el Concejo Municipal aprobó la compra del “Llano San Pedro”, por la cantidad que hablamos, y me autorizó a mí para fijar los linderos, firmar y tratar las otras condiciones de la venta.

Aunque ella, sabía que estaba sujeta a los precios de avalúo de los peritos del gobierno, ella accedió a la venta, siempre que se respetaran a los antiguos pisatarios. No se le escaparía a ella, la suerte de su gente, los viejos pisatarios y peones del llano.

-         Pues sí, ya habíamos hablado de eso, ese llano será de gran utilidad para la ciudad, la expansión principalmente. Le respondió el Munícipe.

-         Claro, leí en la prensa, que <<con el empedrado y enlosado de las calles principales, van tomando forma>> (El Trujillano N° 279). Además, se ensancharán las calles, como habíamos conversado, se dejará el terreno para el templo, la plaza, la escuela, la casa municipal y el mercado cubierto, lo demás para fabricar casas.  El cronista Gallegos Celis, destacó que,  <<En el terreno del llano han fabricado ya algunas casas de palma>> (Gallegos, 33), que confirma la necesidad social de viviendas para aquel momento. 

-         Se acuerda cuando le dije <<no está lejos el día en que la pequeña aldea se convierta en populosa ciudad>> (El Trujillano. 279). Fue lapidario, Juan Ignacio Montilla.

-         Por supuesto, con los años, la población de Valera, iba a crecer por todas partes. Le respondió, doña Victoria.  

Económicamente la hacienda o Llano de “San Pedro”, fue productora de añil, tenía su propia <<acequia y estancos de esta industria que ejerciera don José María Briceño, y un gran caney techado de tejas donde se beneficiaban las reses destinadas al consumo>> (La Riva Vale, Alberto. Anales de Valera. Pág. 19. 1957). El producto de la añilería, como rubro era bien cotizado en el mercado internacional.

Acceder a desprenderse de una importante y apreciada posesión económica y familiar, asi fuere por una negociación monetaria, para dar paso al desarrollo de la ciudad, merece por lo menos un reconocimiento. El cronista Luis González, refiere que, <<Doña Victoria Carrasquero de Briceño, esposa de don Juan Pablo Briceño, dueño de los terrenos donde se levantó el “Llano de San Pedro” en Valera durante el siglo pasado. Sobre tales terrenos se ha construido la ciudad que hoy se llama municipio Juan Ignacio Montilla>>. (Luis González. Testimonios del Periodismo trujillano, Tomo 28. 1991). Victoria Carrasquero de Briceño, quien tenía 69 años de edad, cónyuge sobreviviente de Juan Pablo Labastida Briceño Vetancourt, vende al Concejo Municipal de Valera, el “Llano de San Pedro”. 

El cronista Alberto La Riva Vale, precisa dicha negociación, <<el llano denominado San Pedro, en la nueva vida civil de Valera…fue comprado en el año 1891 por el Concejo, por la cantidad de veinte mil bolívares (Bs. 20.000), a doña Victoria Carrasquero, viuda de Juan Pablo Labastida Briceño>> (La Riva, 19), llano con el que se amplía la ciudad de Valera. 

En dicha propiedad, existía una casa donde vivió la legendaria doña Narcisana de Hernández Bello, casa que luego fue de Pedro Fermín Briceño, en la cual, se alojó el Libertador, cuando invadió autorizado por el Congreso de la Nueva Granada a Venezuela en 1813. También se hospedó, ese mismo año, el brigadier realista Ramón Correa.

Otro cronista de Valera, Rafael Gallegos Celis, ahonda en el punto de la motivación y  finalidad de la negociación, cuando describe la ciudad de 1900, <<La ciudad de Valera es en la actualidad una de las más importantes poblaciones del Estado Trujillo, no obstante ser la más joven de ellas>> (GALLEGO CELIS, Rafael. Valera Siglo XIX. Talleres Gráficos de Editorial Casa Blanca C.A., Mérida, Venezuela. Pág. 33.); pero limitada en cuanto a espacio para desarrollarse. 

Cuando adquieren dicho llano, es porque,  <<Allí en San Pedro se formará con el tiempo una gran población, pues el Consejo repartirá los solares entre las personas que puedan fabricar, con el objeto de aumentar la ciudad>> (Ídem); este es uno de los motivos y razones sociales y de utilidad pública,  por los cuales se desprendió y vendió doña Victoria Carrasquero, su histórica, productiva, plana y bien ubicada hacienda, a la Municipalidad. 

Para el año 1891, en que se realiza la enajenación del “Llano de San Pedro”, la tenencia y propiedad de la tierra es restringida, según datos del <<censo realizado entre el 15 y el 17 de enero, existen en Venezuela unos 19.901 pequeños y medianos propietarios dueños de unas 5.000 leguas cuadradas de tierra y 1.148 grandes propietarios poseedores de un total de 14.184 leguas cuadradas>> (Bibliofep);  indicativo que la propiedad de la tierra en Valera, estaba sumamente restringida, es decir, en pocas personas.

Entre las primeras haciendas que se fundaron en Valera, según la escritora Ana Hernández Bello de Tejera, se cuenta la de <<”San Pedro”, de los hermanos Francisco y Pedro Fermín Briceño Valbuena >> (Contreras, 205); por supuesto, aparte de lo productivo de estas tierras como fundo agropecuario, hubo en algunas personas de las vecindades, la idea de ampliar el espacio de la ciudad de Valera, y promover su desarrollo, en lo que desde los tiempos del Dr. Antonio Nicolás Briceño (El Abogado realista), y su hijo Gabriel Briceño de La Torre y los de esta estirpe Briceño, fueron ejemplo. 

         Sin desmeritar, a los que en esta compra representaron al Concejo Municipal de Valera y fueron declarados en solemnes actos, “Beneméritos de Valera”, es justo revisar, que faltó el reconocimiento a la mujer que se desprendió en 1891 de dicha posesión para favorecer el desarrollo social y económico de la ciudad, noble ejecutoria que enorgullece a Valera.  

Si la evolución social de los pueblos y ciudades, en la que los hechos del progreso fungen como catalizadores de los impulsos y cambios en servicios, vialidad, construcción de áreas públicas, culturales, religiosos, comerciales, urbanizaciones de viviendas, que además de confort, crean espacios para la ciudadanía, para no ser injustos, se debió declarar por dicho desprendimiento al vender por solo 20 mil bolívares, una de las mejor ubicadas y más prosperas posesiones de la ciudad, para su ampliación urbana y dotar de vivienda a varias familias,  a esta dama, Victoria Carrasquero, por su desprendimiento e ímpetu vital y solidario, forjador de ciudad, con la distinción de BENEMÉRITA DE VALERA 

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.

 

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