viernes, 4 de abril de 2025

Gertrudis Briceño Parra “La Parda”, entre el amor y la guerra libertaria (1ª. Parte).

Por Oswaldo Manrique.

En el pequeño y hermoso Valle de las Heroínas del Bomboy, destaca una parda casada con un prócer trujillano, que tuvo iniciativas y acciones memorables en la lucha independentista. Me refiero a Gertrudis Briceño Parra, quien durante el tiempo de noviazgo, de casada, y luego de la muerte en batalla de su esposo, continuó enfrentando las penalidades de la guerra, manteniendo las ideas republicanas y el honor de su marido.

En otro espacio, he sostenido que el proceso nacional venezolano, en el periodo que va del siglo XVI a las primeras tres décadas del XIX, estuvo cargado por la violencia que la Monarquía de España le impuso a la mujer en otras formas y métodos distintos a las de la invasión, que pudiéramos denominar la larga y arrebatadora noche de silencio. Los criollos de Trujillo, una de las primeras provincias en incorporarse al movimiento de emancipación, firmes en su afán de soberanía, corrieron los riesgos con sus vidas, sus bienes, soportando persecución, penurias y hambre, que es lo que en definitiva cuesta una revolución de esa envergadura. Por ende, las familias de estos rebeldes y particularmente sus mujeres no se salvaron de esos riesgos. Una de estas familias, destacadas en el ámbito del poder colonial, y posterior a la ruptura de ese modelo político, en momentos dramáticos de la lucha emancipadora, fueron los Briceño. 

Doña Gertrudis Ana  Briceño Parra,  nació hacia el año 1770, sus padres el Maestre de Campo Don  Lorenzo Briceño Toro, y Doña Josefa Petronila Parra (Dávila Vicente. Próceres Trujillanos. pág. 50. 1929. Árbol número XXIII). Provenía de una respetada familia, sin embargo, la llamaban “la parda” y hasta de mulata la tildaron. La vida de Gertrudis, es una de las más sublimes historias del tiempo colonial del Valle del Bomboy, tanto por el indoblegable amor por su marido, como por el que profesó por su Patria nueva, con todo lo trágico que esto significó para ella. En el transcurrir de su vida, conoció a un primo, porte marcial, inquieto, de piel trigueña y ojos claros: Francisco Javier Briceño Briceño, de las familias poderosas económica y políticamente de Trujillo, hijo del ilustre abogado Antonio Nicolás Briceño (el realista), y también, perteneció a esa estirpe guerrera que fueron los hermanos Briceño, entre ellos, el coronel y abogado Antonio Nicolás Briceño, distinguido como el “Diablo” independentista y, de Domingo Briceño Briceño, conocido como “el Socialista”. Francisco Javier, fue importante personaje de la Colonia trujillana, en 1801 se desempeñó como Comisario de Plantaciones de Tabaco de Trujillo y ocupó el cargo de Administrador de Correos; fue Vocal de la Junta Revolucionaria de Trujillo instalada el 9 octubre de 1810, tuvo participación destacada desde los inicios en el movimiento independentista de 1808. Suscribió la primera Constitución de Trujillo emancipado. Un destacado organizador y conspirador en función de la independencia.

En 1804, Francisco Javier se enamoró de su prima Gertrudis, comenzó a visitarla y formalizó su compromiso. Aquí, comenzaría para ella, una travesía aciaga y azarosa en su vida. El primer obstáculo se le presentó antes de casarse, con la familia de su enamorado, inicio difícil y conmovedor que tuvo que sortear.

Formada la familia Briceño, desde su primer poblador en Venezuela, con ese apellido, el capitán español Sancho Briceño, conviniendo y realizando matrimonios arreglados entre integrantes de la misma rama familiar, en su mayoría entre primos o entre tíos y primas o viceversa, para lo cual solicitaban la dispensa obligatoria. La relación y plan matrimonial de esta pareja, fue una gran decepción para la familia Briceño. La limpieza de sangre y la dignidad de su linaje español, hijosdalgo de limpio solar, se vio empañado por la actitud del rebelde Francisco Javier en querer casarse con esta muchacha que al parecer descendía de una mulata. El hijo de Antonio Nicolás Briceño, “el viejo” abogado leal a la monarquía y al Rey de España, meticuloso en estos asuntos, que recién había fallecido en Mendoza del Bomboy, pretendía ocasionar un problema a la familia, al querer quebrantar la regla endogámica de la conservación generacional de la casta, linaje y alcurnia de los Briceño; serian la burla de la aristocracia trujillana. Resultando que el primo, se casó con su prima Gertrudis Ana Briceño de la Parra,quien era bisnieta de una mulata de nombre Lucia Parra, por eso su matrimonio fue cuestionado y rechazado por los familiares…”  (Diccionario de la Insurgencia. Pág. 80). Francisco Javier, contrajo matrimonio en la ciudad de Trujillo, con Gertrudis en 1805, sin tomar en consideración los comentarios mal sanos de la godarria trujillana, era un hombre de ideas avanzadas, comprendía que así como los derechos son del hombre –los que apasionadamente difundía y por lo que fue excomulgado-, también estaban consagrados para la mujer. Él, no iba a desistir de su felicidad y la de su mujer, por prejuicios, ranciedades y convencionalismos de casta que en nada le beneficiaban. No era un simple capricho de Briceño, esto significaba la entereza y la honra del compromiso de igualdad con su pareja y el respeto a su condición de mujer. Rompió así, con una tradición endogámica y de cerrada estirpe de siglos de los Briceños.    

Gertrudis, al casarse se mudó con su marido a vivir, atender y hacer prosperas las tierras que éste sembraba en Mendoza, en el valle del Bomboy, en Valera  y en otras partes de la Provincia. Dejó a un lado la vida placentera aristocrática de la ciudad, para mezclarse en la vida campesina de su marido. Andando con él, desde 1808 en Trujillo, conoció las ideas independentistas, y particularmente, las que éste difundía basadas en la famosa y prohibida Declaración de los Derechos del Hombre. Sabía las consecuencias y lo que esto significaba legalmente para el imperio español y su fuerza en las colonias americanas. Según la versión de su defensor Andrés María de Manzanos, abogado de la Audiencia Real, en la causa de infidencia que se le procesó en 1812, argumentó que Francisco Javier Briceño, “ desde 1808, que trajeron a Trujillo la noticia de la usurpación de España por Napoleón, se encontraba caviloso y sospechoso además, pues turbaban sus espíritus el que aquélla pudiera extenderse hasta su patria….Que de Maracaibo vinieron fuerzas al mando del Tet. de Infantería Veterana, D. Joaquín de Mendieta, el que pronto tuvo de retirarse de la ciudad de Trujillo porque amenazaban los rebeldes de Mérida, Barinas y los Caraqueños, capitaneados estos últimos por el Marqués del Toro que se hallaba en Carora. Que en la difícil coyuntura Trujillo se vio en la necesidad de formar su Junta de Gobierno el 9 de Octubre de 1810, de la que fué Vocal, y recibió al punto las abdicaciones de las autoridades realistas: D. Mauricio Uzcátegui, Tet. Justicia Mayor; D. Jacobo Antonio Roth, Alférez Real, y D. Miguel Barreto, Justicia Mayor del pueblo de Santana…” (Dávila Vicente. Próceres Trujillanos. pág. 50. 1929). Este dato documentado, no obstante ser una justificación defensiva del reo, descubre la entidad del compromiso del marido de Gertrudis con la causa republicana, representante y vocero de una de las grandes preocupaciones de la aristocracia colonial: la fuerza de los pardos, el pueblo, y de lo que le tocaría asumir a ella, como compañera en ese sendero independentista.

En 1810, mientras Francisco Javier,  como representante y defensor de los intereses y derechos de los pardos de Trujillo y designado Comandante de Milicias Urbanas, se dedicó a la lucha a fondo por la libertad de la Patria, enfrentando a los “pelucones” y aristócratas fernandistas dentro de la Junta de Gobierno, ella ayudaba con la administración de las haciendas, atendía a su familia y su esposo, se esforzaba por alimentarla y cuidarla; la hacienda “La Concepción” en Mendoza, y su casa en la hacienda “La Plata” en Valera, fueron sitios de activismo patriótico y de suministros para la causa. Se encargaba de coordinar todo lo necesario para que se produjeran esas reuniones y facilitaba la logística y apoyo a los conspiradores. Era parte del compromiso con los pardos y con los ideales de emancipación.

Durante los avances del proceso emancipatorio, Francisco Javier, radical representante de los pardos y Vocal de la Junta de Gobierno, presidida por Jacobo Roth, quien se tornó arbitrario en el mando, tuvo fuertes desavenencias con este, por sus debilidades en la conducción del proceso revolucionario, por lo que fue objeto de una injusta detención, junto con su hermano Pedro Fermín Briceño.  Estuvieron incomunicados durante 27 días en la cárcel de Trujillo, por su radicalismo y promover la revolución armada  independentista, apartándose de la idea de defender los Derechos de Fernando VII y menos aun, la usurpación francesa. Bregó Gertrudis personalmente ante las autoridades recién designadas y de las que formaba parte su marido, por lograr su liberación y la de su cuñado. Fue su primera experiencia de solidaridad activa, que se vio apoyada cuando al pasar el canónigo Madariaga por esta provincia, abogó categóricamente por ellos y logró su libertad. Francisco Javier, comandante de tropas rebeldes se va con él a Santa Fe de Bogotá, continuando el servicio a la causa.

Ella, adherente de hecho,  al movimiento independentista, comienza a sentir la vigilancia española que la sigue como esposa del revolucionario trujillano, a lo que se le suma, otro problema, esta vez de carácter religioso. En su campaña difusora de las ideas independentistas y por hacer circular en  la Villa de Timotes, un panfleto impreso en Caracas, sobre los Derechos del Hombre y del Ciudadano, Briceño el capitán, que era su rango para ese momento, fue excomulgado por el Obispo de Mérida, Dr. Santiago Hernández Milanés, también lo fue el canónigo Madariaga, llegando ella a sentir los efectos de este decreto obispal, sus co-feligresas la dejaron de visitar, de tratar y de hablarle. Gertrudis, fiel seguidora de estos acontecimientos, asume su rol categórico de mujer del prócer y se suma a promover dichas ideas, basadas en ese monumental documento ideológico, que sirvió de pivote fundamental del pensamiento político avanzado de esa época, ante la injusticia y la arbitrariedad del poder del Estado español y de la Iglesia.

Mientras en Trujillo, la  contradicción  interna de la Junta de Gobierno continuaba y era depuesto Roth, en Maracaibo había sido develada la conspiración e insurrección del 19 de octubre de 1810, que liderizaba su cuñado Domingo Briceño Briceño, su pariente Luis Hurtado de Briceño y el marabino Francisco Yépez, quienes fueron expulsados de dicha ciudad. Francisco Javier, involucrado en esa conspiración, reincide, a su regreso en abril de 1812, e intentó introducir armamento a esa ciudad, con el fin de mantener en alto, el ánimo de los patriotas allí ocultos.

El Dr. Andrés Narvarte, jefe político de Trujillo, ante la inminente invasión de las fuerzas realistas de Coro, comisionó al capitán Francisco Javier Briceño, “…en solicitud de hombres y de armas a la ciudad de Mérida. Partióse en unión de los hermanos González llevando, a fin de ser más grata su misión, auxilios monetarios para los victimados del terremoto acaecido el 26 de Marzo último. De allí tuvo de regresar incontinenti debido a la traición de los Caracheros, favorecida por Rafael y Francisco Uzcátegui y Miguel Barreto, alentados por los Pros. Felipe Rosario y Tadeo Montilla.  De Mérida trajo Briceño dos pedreros y cincuenta fusiles con sus pertrechos, siendo los primeros fabricados por el Canónigo Uzcátegui Dávila…  (Dávila: pág. 52). Evidentemente, el marido de Gertrudis, era un hombre de comprobada confianza y patriotismo, por lo que ella, se dedicó por completo a darle apoyo, en la lucha emprendida para liberar a Venezuela del yugo español.

*

Al sucumbir en 1812, la primera República, que impuso los derechos del hombre y abolió el régimen colonial y opresión sobre Venezuela, tuvo efectos demoledores sobre Gertrudis, aunque sin perder la perspectiva que, cristalizar la libertad del país, no era de un día para otro, los efectos de esta revolución apenas comenzaba y con ideas y valores que habían prendido en el seno de los pardos, representados por Francisco Javier, y considerada ella, como descendiente de mulata.  

A la llegada del comandante Giraldino con sus tropas, invadiendo nuevamente a Trujillo, las familias patriotas emigraron hacia otras partes y países. Otras, como la de Gertrudis y su marido, se quedaron combatiendo, aunque se impuso el peso de la delación, la persecución y la ley de la conquista. El capitán Francisco Javier Briceño Briceño, nativo y vecino de Mendoza del Bomboy, hacendado, de 45 años de edad, el 4 de abril de 1812, es capturado en Trujillo por el capitán de fragata realista Manuel Giraldino y enviado a Maracaibo para ser juzgado.  En junio de ese mismo año,  se inició el juicio en su contra, y en septiembre fue sentenciado “… en virtud de su actuación revolucionaria se le condenó a diez años de presidio en el de San Juan de Ulúa, destierro perpetuo de América y sus Islas, pena de vida si lo quebranta y una multa de diez mil pesos. Lo que indica era hombre de posibles…” (Dávila: pág. 53), esto último, referido a las posibilidades y recursos económicos del reo.

La captura y encarcelamiento del esposo en Trujillo, y su inmediato traslado al presidio del Castillo de Zapara, en el lago de Maracaibo, fue algo incomodo para ella. Tuvo que abandonar su trabajo para dedicarse ahora, por completo, a la libertad de su esposo y a la causa patriota. Gertrudis, muy dinámica, se mudó para Maracaibo y dio inicio al reclamo de la libertad del marido y la devolución de sus bienes. Aspiraba con sus diligencias y gestiones obtener resultados positivos.

En abril de 1812, se traslada a la fortaleza y prisión del Castillo de los Zaparas, para visitar a su marido y conversar lo relacionado con su libertad. Se instalará en Maracaibo, en casa de los Valbuena, y al día siguiente de haber llegado, conocerá al Dr. Andrés María de Manzanos, abogado que asumió la defensa jurídica del esposo, y le aporta la documentación que le falta. Sabía que existían muchas posibilidades de que se le aplicara el Decreto Real del 15 de octubre de 1810, sobre el reconocimiento en su domicilio de la soberanía nacional española, para lo cual ella facilita la información. El referido Decreto, regulaba y sancionaba “…la igualdad de derechos entre los españoles europeos y ultramarinos, olvido de lo ocurrido en las Provincias de América que reconozcan la autoridad de las Cortes” (Diccionario de la Insurgencia. Tomo I. Pág. 148). El 20 de junio de 1812, está con Rosita  Valbuena y Ramona Carmona, cerca de las instalaciones de la Auditoría General, ve a su esposo cuando lo trasladan a la Audiencia de descargos, donde contrariamente a todos los esfuerzos, es condenado.

                                                                           Continuará……..

 

 

jueves, 3 de abril de 2025

José Gregorio Hernández y su premonición sobre La Puerta, 1889

 Por Oswaldo Manrique.

<<Siempre es levemente siniestro, volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección>> (Ernesto Sábato. Sobre héroes y tumbas).

Aunque suene paradójico, cabe mencionar si se adecuaba en 1889, y  -con más razón hoy-, aquella caracterización que escribió sobre La Puerta, o es en todo caso, una premonición del Sabio estudioso, médico y filósofo. Esto es meritorio de mención para la descolonización y reconstrucción de nuestra historia local, tanto para la investigación, como para el debate y la reflexión. 

Isnotú, está  asentado sobre una meseta ligeramente inclinada, rodeada de diversos micro valles profusamente sembrados de caña de azúcar, destacando altivamente los trapiches de producir panela.  En la calle principal del pueblo, una casa amplia que antes tuvo techo de palma, paredes de tapia y piso de ladrillos, ha sido remodelada. En la parte que da a la calle, los Hernández, establecieron una pulpería llamada  “La Gran Parada”, luego, separan los medicamentos y crean una botica. Ahora en 1889, el inmueble y sus habitaciones sirven de posada de viajeros. En el centro de la sala grande, la imagen de Nuestra Señora del Rosario, patrona del pueblo, presente y silenciosa en la conversación que se produce entre María Sofía y su hermano José Gregorio, cuando precisamente tomaban café máscao.  

- Hermanita, me siento como "molido a palos", el viaje fue sumamente difícil, de esos que se hacen una sola vez en la vida, sólo para arrieros.

- Pero no seas chuco, contáme. Le dijo la joven, ansiosa por saber las peripecias del viaje.

- Sofía, imagínate pasar por aquellas montañas tras montañas, <<subir cuestas escabrosas y largas>> en la soledad de los páramos, donde solo te encuentras viento helado y frailejones, en medio de los ventisqueros. Su alegre y conversadora hermana, le replicó:

- Carvallo está muy adolorido, considero cómo deben estar tus asentaderas. Pero contáme más. El cuñado José Temístocles Carvallo Hidalgo, su compañero de viajes, esposo de Sofía.  

-  Es como tener a la <<vista una naturaleza muerta, y una luz solar, que parece luz de luna>>, tibiecita pero te totea, aunque vayas muy abrigada. << Mucho maltrato>>.

El Dr. Temístocles Carvallo Hernández, hijo de aquel, según el Dr. Ernesto Vizcarrondo es considerado como: “el biógrafo por excelencia del Dr. José Gregorio Hernández” (su tío), el Dr. Temístocles Carvallo, escribió sobre su tío: <<que era un hombre simpático y de distinguido talante, sabía abordar a la gente, y en postura casi humilde, de ordinario con los brazos cruzados sobre su pecho, escuchaba la historia, escudriñando con mirada viva y penetrante cuanto merecía tenerse en cuenta>>. Esta vez, lo escudriñaba su contenta hermana Sofía.

- Debe ser un viaje impresionante, por lo extenso y lo maneao. Y eso que Carvallo algo conoce de la ruta y pasaron por lo menos accidentado.

- Sí, íngrimos  y solos, lo único que te encuentras es <<frailejón único habitante de aquellos lugares>>; pero siempre pega, <<es aventurarse por caminos peligrosos...es una sensación extraña que se experimenta>>. La hermana, para no perderse la secuencia, lo retorna al comienzo del viaje:

- Pero contáme, cómo les fue en Valera. Sofía tenía 21 años para ese entonces, y su hermanita Josefa, apenas 17 años de edad, ambas muy jóvenes.

- Tú sabes que, mi pensado era ir <<a hospedarme en un pueblecito llamado La Puerta>>, iba a ser <<la primera parada>>. La inquieta Sofía, le insiste:

- ¿Y por qué en La Puerta, si hay solo indios, y es tan lejos y chiquito?

- Lo hablé bastante con tu marido. La Puerta, además de tener la posada para descansar, es un sitio tranquilo, y tiene algo interesante: sus fastos y personajes de los que vale la pena seguir averiguando y conversar.  Rápidamente, la hermana le dice:

- Está bien, tiene su encanto ¿y qué pasó? El médico, interrumpe la conversación:

- Espérate un segundo, ya vengo. Se levantó, tomó las dos tazas vacías, y las llevó a la cocina.

Las 70 casas, unas  familiares y otras colectivas, de piedra y bahareque, con techos rústicos,  que había observado en La Puerta, era el orden urbano indo-andino, aparte de los monumentos religiosos, su plazoleta mezcla de matacho y de comercio, eran expresión de una cultura autentica, de innegable valor histórico, un pueblo único, diferente, como lo calificó el joven médico de los pobres, que pensaría: debería conservarse. 

La formación y método del sabio para analizar la realidad de cada ciudad y cada pueblo, tanto en el ámbito social, económico, cultural y espiritual, es un conocimiento propio de su nivel académico y de su experiencia sistémica y orgánica, lo que es respetable y hasta envidiable, sobre todo cuando se ha alejado del terruño, para vivir en la capital de la República, donde hace su vida; y en contraste, a través de su testimonio epistolar, nos demuestra un inobjetable arraigo a Trujillo. Su capacidad de síntesis para caracterizar a cada uno de estos sitios, es asombrosa.

Sobre Betijoque e Isnotú, al criticar el sistema de creencias y misterios tan arraigados, en aquel ambiente de "rutina y tedio" lo hizo escribir: <<en suma, yo no sabía que estábamos tan atrasados en estos países>> (Carta del 18 de septiembre 1888). 

De Boconó, admirador de su belleza y ciudad natal de su padre,  escribió: el más adecuado para instalarse a ejercer su profesión, <<el lugar en que hay más gente y en el que todas las personas son acomodadas>>, agregando, <<es una ciudad muy bonita. En su topografía de colores cambiantes y su clima bastante amable se parece a Caracas…Un pequeño paraíso terrenal…>>; pero, el 18 de febrero de 1889, le escribió al mismo Santos Aníbal Dominici: «En el gobierno de aquí se me ha marcado como godo y se está discutiendo mi expulsión del Estado, o más bien si me envían preso a Caracas…”.

En relación a Valera, en su carta testimonial del 23 de octubre, al describir a Valera,  tiene un gran movimiento comercial, donde se juega baraja espantosamente, le dice  al mismo destinatario: <<Un hormiguero de unos cuatro mil habitantes dispuestos a lo que sea, y entre ellos muchos italianos garibaldinos, que tienen en sus manos los mejores negocios; la gente fina y decente es poca, pero sabe muy bien ocupar su puesto y hacer respetar su nivel social. Los demás honrados son gente muy pobre que se mantienen criando cerdos o desempeñando oficios menores. Muchos pordioseros, y tipos de mal vivir. Aquí nadie da puntada sin dedal>>; era una ciudad  inhóspita, y de gente sobreviviente, por decir lo menos. Las familias pobres – la gran mayoría que el Santo llama pueblo- depende de la cría de marranos:.(Fuente: “Nuestro tío José Gregorio Hernández”…Ernesto Hernández) (carta) 

La Puerta pueblecito histórico.

Sin embargo, cuando se refiere a La Puerta, no lo categoriza por sus recursos económicos, paisaje, clima, gente, sino por su historicidad, al pueblo antiguo, a la rebelde comunidad Bomboy, la que se mantuvo pura en lo étnico, cultural, lengua y espiritualidad, durante el periodo colonial esclavista por cerca de 300 años,  al llamarlo  un <<pueblito" (que creo histórico)>>, afirmación que para los lectores pudiera ser interesante, y para mí, maravilloso, por ese favor que nos hizo en 1889, al indicar la historicidad de este pueblo o puebla como la llamó Mario Briceño Iragorry (Mariano Picón Salas, llamó a los de este tipo: “pueblechón”), su gran y desconocida fortaleza, oculta hasta nuestros días, esa misma que el relato burelliano y la historiografía regional obvia y silencia, y las mismas autoridades locales y educativas, quienes siguen difundiendo anacronismos y errores, para que no se conozca el hermoso pasado Precolombino desde el 600 A.C, hasta la última década del siglo XIX,

El Dr. Hernández, observador e indagador, pudo fijar en su pensamiento, aquella profunda contradicción entre el sistema de vida de esta comunidad indígena, su existencia y conciencia, y el modelo liberal capitalista que propugnaba el guzmancismo amarillo, vida aquella, que solo podía extinguirse mediante el genocidio y etnocidio, lo que por ese tiempo ya tramaban los gamonales, y que efectivamente ocurrió 2 años mas tarde de esta visita, mediante el montaje del fraudulento Juicio de Partición de  Posesiones del Resguardo (hoy Parroquia La Puerta), culminando con el despojo de tierras y la desaparición de los indígenas Bomboyes en 1891.  

Por eso, me atrevo a reflexionar  sobre esta premonición del filósofo e investigador Dr. Hernández, que encierra una convicción certera, sobre el proceso del pueblo de La Puerta, construyendo su historicidad. ¿El doctor Hernández, enfocó en su visión metodológica con su intuitiva de predestinado, el pasado, ese presente, pero providencialmente, anunciaba el destino de La Puerta?

La Puerta, históricamente, tiene su acervo. No es solamente bellos paisajes y fresco clima. Por pequeño que parezca a sus visitantes, podrá comentar siempre: su primer mérito, su origen ancestral de Valle de nación Timotes, pueblo alfarero cuya obra artística en cerámica está dispersa en museos del mundo, que seguramente, años después, el Dr. José Gregorio Hernández, al estar en Paris, Francia, pudo constatar en el Museo del Hombre; otra de sus virtudes: como espacio de frontera entre el Virreinato de Santa Fe, y la Provincia de Venezuela, siendo El Portachuelo de La Lagunita, el sitio de entrada, consolidando un límite de jurisdicción; fue aquí, cuando se llamaba simplemente Bomboy, donde las aborígenes le obsequiaron chicha en vasija de barro, al conquistador  Rodríguez Suarez, el Caballero de la Capa Roja, en 1558, en un descanso de su marcha exploratoria, que tenía como objetivo acercarse a la laguna de Maracaibo; asimismo, el rol que cumplió como espacio de frontera en el comercio de lo que iba a ser Venezuela con el Nuevo Reyno de Granada; otro merito, no tan laudable, es su formación como Pueblo de Indios Cabecera de Doctrina, cristianado en 1608, como San Pablo de Bomboy, aunque, para 1595, el capitán portugués Tomé Daboín, ya explotaba su “Encomienda Valle de Bomboy”; si seguimos tratando de meritos históricos, fue asiento, como campo de concentración de los irrespetuosamente llamados "restos de la tribu de escuqueyes", de los Xaxoes, Esnujaques,  Xikokes, Vicuyes, Mocotís, Kombokos y Bomboyes; pero, en 1620, de la consolidación de esta diversa comunidad indígena o Puebla como la denominó Mario Briceño Iragorry, salieron de aquí indígenas  que fueron trasladados para la conformación de nuevos  pueblos como San Antón de los Timotes  (Mendoza) y San Pedro de Jajó o la Mesa de San Pedro de Esnujaque;  sigo, fue por las montañas de La Puerta, por donde ingresó Gramont y su jauría de filibusteros en 1678, y fueron enfrentados por las milicias coloniales; debemos agregar, en 1780, cuando declararon su reconocimiento y  adhesión al Inca y Rey de América, Tupac Amaru II; y al año siguiente la solidaridad y participación en la Revolución de los Comuneros en 1781, impulso de Tupac Catarí.  Destaca de igual forma, en los anales de este pueblo, el paso de Bolívar en su Guerra Magna, en los años 1813, 1820  y 1821; es este, un lugar operativo de la historia virtuosa y singular de próceres como el padre Francisco Rosario, y del Dr. Francisco Antonio de La Bastida, protagonistas principales en la lucha independentista, que comenzó en abril de 1810; obra en su historia espiritual, la primera misa y los secretos de la primera y rustica Capilla a San Pablo Apóstol, inspeccionada por el Obispo Martí, y la leyenda del Oratorio de la serrana Virgen de Guadalupe, construida por el padre Rosario y los indios de su Doctrina; igualmente, como escenario de las fratricidas batallas y guerras locales de caudillos, en el siglo XIX; la lucha campesina y ambientalista de la década de los 80, siglo XX, y otros hechos destacados, que se dan posterior a la visita del Médico de los Pobres.

Esos hechos, caracterizan a  La Puerta como un pueblo de carácter histórico, como lo escribió y lo creía realmente  el Dr. Hernández. Lo paradójico, es que nuestras actuales generaciones de puertenses, desconocen estos hechos y sus personajes, limitándose a una historia de anacronismos y medias verdades.  ¡Un Gran Sabio José Gregorio! 

                                                                        *

Al regresar de la cocina, se sienta y retoman la conversación. María Sofía le insiste: 

- José Gregorio seguíme contando ¿y qué pasó? ¿Por qué el retraso? 

- Bueno, que los amigos valeranos, me trataron muy bien. Cuando llegué a Valera para comprar y llevar dulces para comer en el camino, me reconoció Fabián Salinas, que estaba con su inseparable mancuerna Miguel Vetancourt y uno de los Briceño y no me dejaron montar la mula, también se acercó Homero Giacopini.  Estos eran jóvenes de familias principales de la Valera de antaño. María Sofía, le volvió a preguntar:

- ¿Y eso, por qué? 

- En lo conversaito, me convencieron pasar la noche en Valera, y habían organizado una fiesta, me entusiasmaron, fui y bailé hasta el amanecer. Vos sabés, donde hay música…no me les pude negar. Ambos echaron largas carcajadas. 

- Claro, cómo hacerle desprecio, si esa es gente que conocemos. Dijo María Sofía. 

- En resumen, la estadía en Valera y el trasnocho, modificaron mi itinerario, y La Puerta, pasó a ser segunda parada y volandera. Luego a Timotes. 

Esta sería parte de la conversación que seguramente sostuvo el Médico de los Pobres, con su hermana María Sofía Hernández Cisneros, a su regreso del Táchira, y que en semejantes términos condensó en carta dirigida a su amigo Santos Aníbal Dominicci, el 14 de enero de 1889 (Castellanos, 184).

                                                                     *

La observación y enfoque personal del Dr. José Gregorio Hernández, como estudioso y adelantado a su época, en su análisis etnográfico, antropológico, cultural e histórico, a finales del siglo XIX, nos lleva a pensar en La Puerta, en un concepto de comunidad –si no especial-, en un pueblo aislado dentro de una estructura político administrativa diferente a su naturaleza y cosmovisión socio cultural.

La calificación dada, contempla con certeza, entre sus características: su espacio histórico, definido en ese año de su visita (1888), como Resguardo Indígena de La Puerta, con posesiones ancestrales. Su economía colectiva, o alto sentido de comunidad e igualdad, con su particular organización socio política,  sus costumbres, valores, cosmovisión, hablando su lengua antigua Timoto, dedicada al trabajo agrícola, produciendo para el bienestar  colectivo y la familia, destaca la espiritualidad, de sus creencias ancestrales, observó Templo de San Pablo, Oratorio de la Guadalupe y las famosas sillas de piedra del Prócer y Cura Francisco Rosario. Mostraba una cotidianidad totalmente distinta a la versión de la sociedad liberal occidental propuesta por el guzmancismo. Todo eso, le daba un particular perfil étnico-cultural, de un pueblo auténticamente antiguo, un pueblo con evolución de ciclos históricos singulares vividos: precolombino, apartheid, pueblo de concentración y esclavismo, colonialismo y su virtual coexistencia dentro del sistema republicano liberal, que le da la estocada a su existencia en 1891. 

Rescatar este hecho y difundirlo, nos hará detener siempre con reverencia ante la luminosidad y la enseñanza que nos deja ese sublime y hermoso susurro del Beato José Gregorio Hernández, acerca de la historicidad de un pueblito llamado La Puerta.

 (*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta. 

El excéntrico y caritativo Misionero Juan Carlos Guazzotti, en La Puerta, 1975

Por Oswaldo Manrique (*) 


Son pocos, los curas que han llegado como párrocos a La Puerta, que han causado impresión perdurable, porque se dedicaron a aportar, contribuir, traer y ayudar, para transformar y mejorar a esta comunidad, y no, exclusivamente, para llevar.


Al concluir su gestión el padre Mario Castillejo Muelas, que estuvo al frente de esta Parroquia Eclesiástica desde 1963, es designado para sustituirlo  como Párroco un sacerdote italiano, de nombre Juan Carlos, quien se ganó el aprecio y el cariño de la comunidad. Bien recordado para la mayoría porque era un cura caritativo, preocupado -como pocos-, por los pobres, vinculado a la búsqueda de soluciones a los problemas sociales, con propuestas y con hechos, pero, para otros, fue muy controversial en lo religioso y sus costumbres. Era el padre Juan Carlos o  Giancarlo Guazzotti Alexandri, misionero de la Congregación de La Consolata.

Señala una de las publicaciones de esta Congregación, que, <<Entre los meses de enero y febrero de 1975 fueron destinados los Padres Giancarlo Guazzotti y Giovanni Boetti. Llegaron rápido, ¡pero poco disponibles para la Animación!  P. Guazzotti recibe la parroquia de La Puerta en enero de 1975>> (Revista Vida Nuestra. N° 02-21. Mayo 2021); esto, nos refresca la memoria.  

Llegó este Padre Juan Carlos a La Puerta, en un momento de definiciones para este conglomerado misionero en Latinoamérica.  Esto lo explican en dicha publicación, los Misioneros de La Consolata, <<Estas andadas y retornos, estudios y reestudios, experimentos y actos de fuerza, infiltraciones, indiscreciones, inquietudes, provocadas en gran parte por el Consejo de la R. Colombia, la dificultad de aceptar que en AL – paralelamente a las otras regiones IMC- para hacer animación misionera es indispensable antes inserirse en la pastoral diocesana, no han favorecido para nada al personal, siempre en número reducido, ni menos para su desarrollo, a las relaciones “in loquo” de aquellas indispensables para una necesaria comprensión a distancia. La distribución del personal era la siguiente: Vespertini, en La Quebrada; Crespi y Brambilla en La Puerta>> (Ídem); qué cosas, quienes habían realizado una extraordinaria labor misionera cristiana en África, se les dificultaba su inserción en Latinoamérica.  

Según el Dr. Jorge Méndez, este Párroco Misionero, era un hombre joven, alto, contextura delgada y fuerte, en la mañana atravesaba la Plaza Bolívar, e iba donde el poeta “Guayanés” Ángel González Rivas, a comprar la prensa y artículos domésticos. Allí, entraba en la tertulia de los jodedores del pueblo, que se reunían desde temprano a ver la vida con buen humor: Hugo Rosales, don Carmen Matheus, Concio Rivas, Rodulfo Combita , Jacinto Peñaloza, Rafael Moreno “Camello”  y otros, donde nunca faltó un buen chiste y el comentario político.  Cuando alguno se sorprendía verlo entre aquel grupo del buen humor, riendo y echando chistes, les respondía: - En la Iglesia soy el sacerdote consagrado a Dios, pero en la calle, soy tan terrenal como lo son ustedes.

 Fue una persona sencilla, y de gran sensibilidad humana. A veces, le llegaba gente de los páramos, a llevarle gallinas o buenos quesos, la denominada “primicia” para el cura,  y no aceptaba, les agradecía el gesto, diciéndoles:

- ¡Ustedes, necesitan más que yo!

Hombre controversial el Padre Guazzotti, algo excéntrico, fue Capellán del Ejército, quizás por eso, muy ordenado en sus actividades de la Iglesia, en el Colegio Nuestra Señora de la Paz, y en los asuntos de los pobres, y al tener una formación militarizada, le venía su carácter fuerte en el trato con la gente.

Para este Cura, no había tiempo de descanso, ni de siesta, tampoco para estar pensando cómo y dónde comprar carro nuevo, ni cómo hacer turismo en Europa con los feligreses; visitaba los caseríos de los páramos, estuvo pendiente de los enfermos y los ayudaba con la medicina. El poeta "Guayanés", en una de sus publicaciones sobre La Puerta, escribió: <<en mi negocio me compraba 20 bolsas de comida quincenal>> (González Rivas, Ángel. La Puerta, Humor y versos. Pág. 26. 2007), y  las regalaba a los más humildes. Además, como era ebanista, buscaba tiempo para mejorar el Templo de San Pablo, en el que elaboró los muebles que están cerca del altar de la Virgen de la Paz; esas bancas fueron hechas por las propias manos del padre Juan Carlos Guazzotti. 

Su sensibilidad humanista, hizo convencer a Matías Paredes, administrador de la Junta Comunal en ese tiempo, para instalar las tuberías para agua potable a varias viviendas de familias que recién se estaban estableciendo en la orilla de la carretera trasandina, y lograron ponerlas y con escasos recursos, lo que con el correr de los años, se constituiría en el sector popular de “Pueblo Nuevo”. 

Duraría muy poco al frente de la Parroquia, la pequeña oligarquía local no perdona.

Quiso hacer algunos cambios en cuanto a las celebraciones y tradiciones religiosas, por ejemplo quiso eliminar los pesebres estrambóticos con héroes norteamericanos, Papa Noel, respetaba la autenticidad cristiana y tradición de los pesebres decembrinos, y en una oportunidad colocó en uno que habían elaborado las damas de la Parroquia, dos edificios pintados, y  cuando le preguntaron  ¿por qué había hecho eso?  Respondió que eso no era ningún tipo de tradición católica para el pueblo. Lo que no se le entendió, que informado de las peculiaridades históricas de La Puerta, notaba el Cura la falta de información, identificación, valoración de su propia cultura ancestral: la indígena Bomboy e inclusive, la hispanidad católica. Veía que las celebraciones y tradiciones, se correspondían a mantener el pasado colonial, inclusive, el sincretismo, algo asi como tributar al Dios de los muertos, cuando de lo que se trata es tributar al Dios de los vivos. Eran celebraciones que posiblemente él sentía que no eran valoradas en conjunto con las sacramentales, y con la misma realidad social de los fieles. Sin duda un gran reto el que asumió. 

Es posible, que eso pasara desapercibido,  pero el impase que tuvo con el hacendado y hombre público Alberto Burelli Rivas, cuando le ordenó que se sentara en las  bancas de atrás y no en el espacio donde se sentaban las señoras y los niños durante las ceremonias litúrgicas, lo tomó la pequeña oligarquía parroquial como una afrenta, como una humillación en público, que se la cobrarían posteriormente moviendo sus influencias: lo sacarían de la Parroquia y asi, ocurrió.  

El Guayanés y el “Bocato di Cardinale”.

Esto ocurrió en una de las festividades populares y religiosas de enero, en honor al patrono San Pablo Apóstol y a la Virgen de la Paz. El Párroco invitó a comer y a conversar a varios de los representantes de la comunidad, con el Obispo de Trujillo, Monseñor Dr. José León Rojas Chaparro (1917 – 1982), tachirense.  El padre Juan  Carlos contaba con un ama de llaves que a la vez le cocinaba y preparaba platos exquisitos, según recuerdan. El siempre apreciado poeta "El Guayanés", también invitado, en una de sus jocosas anécdotas, describió la opípara comida así:   <<Llenos de alegría nos sentamos a comer acompañados del señor Obispo y el padre Juan Carlos quien muy risueño, nos dijo: - Amigos comamos este conejo a la pedigrí, aderezado con vino Chaulty y salsa de trufas mondadas, papas fritas y arroz a la menéCon ganas le entramos al conejo estaba exquisito, el Obispo comió dos veces y nosotros también, a coro felicitamos a la ama de llaves por tan suculento plato>> (González, 26). Una buena mesa.

Seguidamente, el poeta cuenta que estando saboreando un fino y agradable vino italiano entraron en una amena conversación, y el Párroco les dijo <<En mi pueblo se crían los gatos pequeños hasta que están grandes, se capan y se engordan, más tarde se matan y nos los comemos; es una exquisitez; el Obispo riéndose le manifestó -Padre Juan- gato no se come eso es asqueroso. El Padre Juan le contestó: - Excelencia, el puerco si es asqueroso y lo comen. Aquella ocurrencia nos hizo reír a todos, al poco rato terminó la tertulia>>; de este calibre fue el roce de filosofía gastronómica, entere el Obispo Rojas Chaparro y el padre Juan Carlos.   

Pero otro día -continua el “Guayanés” su relato- <<de nuevo el Padre Juan nos invitó a almorzar a la casa cural, los invitados eran los mismos de la vez pasada, el Prefecto me decía  -con tal sea conejo la comida, esa vaina es muy sabrosa, yo vuelvo a comer dos veces, -le contesto- igual yo>>.  Ese día el padre Juan Carlos dice en el momento que llega el ama de llaves con los platos: - Señores esto es bocatto di cardenali,  conejo a la pisalavi aderezado con salsa de ciruelas y un ramillete de vegetales o pochi.  “El Guayanés” siguió narrando:  <<con ganas le entramos al conejo que estaba más sabroso que el año pasado, todos repetimos dos veces>>. Pasó eso y a la semana siguiente <<de habernos obsequiado el almuerzo, llegó en la mañana al negocio, allí estaba el Prefecto y el Médico, tomando café y comprando el periódico. El padre Juan con una bolsa en la mano nos saludó y nos preguntó: - ¿cómo les pareció el conejito?-  ¡exquisito! contestamos a coro, el Padre vació el contenido de la bolsa en el mostrador y riéndose nos dijo: - vean lo que comimos, qué delicia, ¡sorpresa! Eran cinco cabezas de gato congelado, las recogió, las metió en la bolsa, me compró el periódico y se fue muy sonreído>>. Los presentes, quedaron paralizados en ese momento y el Prefecto salió corriendo a vomitar al baño, el médico y el “Guayanés” fueron a ver que le pasaba  y el hombre se estaba metiendo el dedo en la boca para provocarse el vómito. El médico  riéndose a carcajadas,  le gritó: - ¡después del ojo afuera no vale Santa Lucía! (González Rivas, Ángel.  La Puerta Humor y Versos. Páginas 26 y 27. 2007). Así lo contó el “Guayanés”.

Otra anécdota del Misionero Párroco "come gato".

La mojigatería parroquial, al enterarse de esta excentricidad o extravagancia culinaria y de su paladar, lo comenzó a ver cómo a "bicho raro". Eso coincide, con lo que ocurrió en un retiro de los estudiantes del Colegio, como ya se sabía que él comía gato, y se especulaba que tenía gatos metidos en el freezer para que se los prepararan,  en un retiro que hizo, nadie le aceptó comida que había mandado a preparar, pensando que era gato. Y caminando con uno de los maestros, le señaló un gato y le dijo si metes ese gato en el refrigerador, se pone mejor para prepararlo. Cuando terminó el retiro, y sacando cuenta de los gastos, les dijo: - Bueno, ahora me pagan dos bolívares por el pastel de carne que mandé a prepararles para el retiro. Tuvieron que pagarle.

El recordado Párroco de La Puerta, Giancarlo Guazzotti Alexandri, misionero de la Congregación de La Consolata, duró poco tiempo en  Venezuela,  al  << Año siguiente (1980) se retiran de Venezuela 2 padres: PP. Comesañas y Guazzotti>> (Revista Vida Nuestra. N° 04-21. Julio 2021). En 2014, oficiaba en una capilla de Torino, Italia.

Sirvan estas líneas, como recordatorio y reconocimiento de tan útil y excéntrico misionero, cuyas acciones, demostrada vocación por los pobres, sus enfoques, rasgos de personalidad, y facetas sacerdotales, deben ser ejemplo para la reconstrucción del proceso espiritual trujillano. La Puerta, le debe un justiciero homenaje a este ex Párroco y Misionero de excepción. 

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.

Espacios y senderos libertarios: Páramos y Cumbes del Bomboy.

Por Oswaldo Manrique (*)

De la Sierra Nevada se desprende una hermosa depresión, llamada La Puerta, que a un geógrafo le agradaba llamarla estribación o ramal de La Mucutí, por los tristes fastos de guerras civiles que allí ocurrieron (Briceño Valero, 17); que nace del páramo de las Siete Lagunas (Santuario Maen Shombuk), y como sendero del ejercito libertador en 1813. Sus cuevas, parajes, quebradas, flora y fauna silvestre, mitigaron necesidades materiales a los perseguidos, en cualquier época, y sirvió además, su rosa de caminos infinitos ancestrales, para llegar hasta el sur del lago, con salida al mar Caribe y viceversa.

Mucho antes de la incursión de García de Paredes, en 1548, salió del Tocuyo, la primera expedición invasora a tierras trujillanas, pasó por el valle del rio Carache y llegó hasta Escuque, en busca de minas de oro, dirigida por el joven maestre de campo y licenciado Diego Ruiz de Vallejo, éste, al año siguiente, confesó: <<en la dicha jornada descubrí grandes poblaciones de indios y con algunos de ellos en el valle de Escugue tuvieron rencuentre (sic) y guasábaras y al fin unos por temor y otros por buenos tratamientos que se les hizo y por amenazas…que se les destruirían y matarían>> (Hermano Nectario María. Los orígenes de Boconó. 32); un dato temprano e importante de resistencia indígena.

Diego García de Paredes, el fundador de la ciudad de Trujillo, entregó indios para ser explotados inhumanamente en encomiendas en el año 1560, pero también tuvo que enfrentar la resistencia de los <<Timotes de la región montañosa, principales causantes del primer fracaso de Trujillo, y que se habían fortificado en reductos naturales y escarpados, rodeados en las partes vulnerables por fuertes y espesos paredones. La toma de los fuertes de Busaray, del Fortazuelo, del Estequindal  y más aun del llamado Fuerte Grande, fueron proezas de gran renombre y que afianzaron la paz y tranquilidad de los encomenderos>> (Hermano Nectario María.  Los Orígenes de Boconó, 64); este Fuerte Grande, es el que habrían levantado los Timotes en Jajó, como estructura de defensa ante el invasor; calificada como tribu belicosa los Xaxó, Kakon, o Jajón, Xikokes, Esnujaques, Mapen, parcialidades que al igual que los Kombokos y Bomboyes, eran de nación Timotes. Para el historiador Amílcar Fonseca, este Fuerte, junto con los de Maloma y Busandí, resguardaban los términos jurisdiccionales del Virreinato de Santa Fe.

El 30 de octubre de 1608, en la ciudad del Tocuyo, el Obispo Fray Antonio de Alcega, ordenó la implantación de nuevas Doctrinas de Trujillo y su ordenamiento jurisdiccional, igualmente, se crearon los “Pueblos de Indios” Cabecera de Doctrina, incluyendo la posesión de tierras donde hoy está La Puerta, en la que se mudaría a los encomendados y concentraría la mano de obra esclava indígena, <<ordenamos con la fuerza e derecho que podemos, por lo que patronazgo real toca, que haya nuevas doctrinas de indios en la dicha ciudad de Trujillo y su distrito, porque en ella siempre haya curas sacerdotes que a los dichos natrales administren los santos sacramentos, prediquen y declaren el santo evangelio, poniéndoles en policía en las demás cosas necesarias, sean industriados en las cosas de nuestra Santa Fe Católica, invocando para ello mayor abundamiento e fuerza de su execucion e cumplimiento el auxilio real de S.M. y en su real nombre, el del señor Sancho de Alquiza gobernador y capitán general de la gobernación de Venezuela, para que lo haga guardar y cumplir…pondremos el rigor necesario, de las cuales dichas doctrinas hemos fecho repartimiento>> (300). Entre ellas la Séptima Doctrina, denominada “De los Timotes”, que incluía la encomienda de <<Juan Álvarez de Buy, por su encomienda de Bomboy, tiene cuatrocientos nueve indios chicos y grandes, tiene ciento veinte y cinco días de doctrina, de que ha de pagar treinta y un pesos>> (309). Esta es la encomienda de indígenas, que corresponde geográficamente a la parte sur del valle de Bomboy, es decir, La Puerta.

En este ordenamiento Fray Antonio de Alcega, es preciso: <<mandamos en virtud de santa obediencia y so pena de excomunión mayor a los vecinos encomenderos de las encomiendas mencionadas, inclusas en cada Doctrina, no vayan ni pasen contra lo que va declarado ordenado y por nos mandado>> (312 y 313); es la orientación y mano del Obispo Alcega, concretando y organizando la creación de los “pueblos de indios”, génesis de nuestras parroquias y pueblos, entre ellos, La Puerta (llamado luego, Nuestro Señor San Pablo Apóstol de Bomboy). Como reacción natural, a este cambio de condición, de ser libre a pasar a ser esclavo, y recluido con las familias en espacios limitados y vigilados, los encomendados que no pudieron enfrentar en forma violenta al invasor, decidieron huir. El cacique Bomboy que se rebeló y sus capitanes, fueron las primeras víctimas y desaparecidos; el valle, dejó de tener cacique hereditario. 

Como respuesta al maltrato e ignominia de que fueron objeto por parte de los encomenderos, hacendados, curas y esclavistas, los trabajadores  “útiles” y con responsabilidad en la fábrica, el taller, trapiche, molineros, tejedores, curtidor, gañanes, arrieros y otros oficios, al ser maltratados y obligados a trabajar más días y horas de lo previsto, optaban por fugarse. Huían hacia los páramos, donde podían liberarse de la esclavitud, con el riesgo de ser objeto de la cacería humana, y percibir castigos como el cepo, le cortaran una pierna o la oreja, ser marcado con el hierro para el  ganado y reanudación de faena, prevalidos los cazadores del famoso Código Negro de 1687, y en caso de reincidencia, castigarlo con la muerte. 

Su nueva fórmula de vida, y su nueva condición: la de fugado. Según la matrícula realizada por el Alcalde de Trujillo Don Diego Jacinto Valera y Mesa en 1687, fueron varios los indígenas encomendados de las haciendas del Pueblo de Doctrina  San Pablo Apóstol del Bomboy (La Puerta), que se encontraban en esa situación, algunos con esposa y familia en la misma encomienda.

En el caso de los esclavos negros traídos por los franceses a Venezuela, según Juan Liscano, provenían  del Senegal de la región del Sudán, y los acarreados por los ingleses eran de las regiones de Whidya, Sierra Leona, Gamba y Cape Coast (Sudán), otros eran oriundos de Angola. Miguel Acosta Saignes escribió que, la primera licencia dada por la Corona española para transportar 400 piezas de esclavos negros fue en el año 1525. En 1528, al gobierno de los Welsers en Venezuela, se le concedió permiso para ingresar 4.000 esclavos sin el pago de derechos, para dedicarlos a la minería. A partir de la segunda mitad del siglo XVI, el deplorable negocio de los traficantes de esclavos, fue legal e ilegal promovido por portugueses y franceses desde las Antillas, gran parte de ellos tuvieron como destino a Coro y las haciendas del sur del lago de Maracaibo (Miguel Acosta Saignes. Vida de los esclavos negros en Venezuela. Casa de las Américas. Cuba. 1976).

Para comienzos del siglo XVIII, los cimarrones como llamaban los hacendados a los esclavos, porque se asemejaba al ganado salvaje o salidos del potrero que se escapaba,  expresaron su rebeldía, eran agresivos, por su situación de sobrevivencia ante una naturaleza hostil y salvaje a que los obligaba el cerco y persecución de los esclavistas y autoridades coloniales.

Fueron los negros, los que crearon  la opción de los Cumbes, pero en esta serranía, en donde no hubo significativa esclavitud africana o negra, salvo algunos fugados provenientes de las haciendas del sur del lago de Maracaibo, surgieron dos de estos sitios, que coinciden con los nativos fugitivos, se intuye que eran formados por indígenas escapados, tributarios y no tributarios, de las plantaciones del Valle del Bomboy, así como, por pardos y blancos pobres, todos victimas del sistema de opresión colonial.

Además del Páramo de las Siete Lagunas (Maen-Shombuk), espacio de escape y de libertad, que conducía al Lago de Coquivacoa (Maracaibo), salida rápida conocida por los indígenas, se conocieron dos Cumbes en estas Serranías, registrados documentalmente.

Uno de los primeros Cumbes, con visos de resistencia, surge como consecuencia del acelerado y recargado régimen de explotación en las haciendas del Bomboy, a mediados del siglo XVII,  los fugados lo instalaron, en la más alta montaña, denominada Páramo de La Bastida, posesiones de la hacienda “San Francisco”, en la Cañada de Mendoza, donde aún, subsiste un pequeño y rustico caserío, en el que pudiesen existir descendientes de aquellos rebeldes, asi como elementos de orden cultural, costumbres, folklóricos, religiosidad africana (para la investigación). En los documentos aparece el Cumbe, como lindero de esa heredad. Escogían este tipo de parajes inhóspitos, como los páramos a más de 3.600 m.s.n.m. impenetrable y poco transitados, por la facilidad de desplazamiento para la evasión y escondite de los fugados, caminos y trochas que desconocían los cazadores perseguidores, los fenómenos meteorológicos que se producen, lo que era una ventaja para aquellos, como alternativa para vivir.

El recordado historiador Arturo Cardozo, afirmó que <<En 1592 penetran los primeros negros a la jurisdicción de Trujillo. La mayor parte de ellos, por razones de clima, se desplazan a las plantaciones de cacao en las zonas bajas. Por el trato inhumano que reciben de los españoles, muchos de ellos huyen a las montañas para disfrutar de la libertad; ahí forman lo que se llamó las “Cimarroneras”, o sean bandas de negros errantes que algunas veces asaltan a los viajeros; en ocasiones se les suman indios descontentos>> (Cardozo, 18). El capitán Sancho Briceño, uno de los fundadores de Trujillo, siendo Procurador General ante el Rey de España y su Consejo de Indias, logró autorización para traer a Venezuela, 200 piezas de esclavos africanos (Dávila, 3. Fonseca, 190). Si bien, entraron unos pocos negros, adquiridos por los hacendados españoles a los traficantes de esclavos, hubo también otros, que llegaron hacia la zona sur del lago de Coquivacoa, huyendo de las Islas del Caribe. 

Una de las noticias primeras de estos grupos, está referida al capitán Cristóbal Berdugo de Labastida, este Alguacil Mayor de la Santa Hermandad, se presentó ante el Cabildo de Trujillo, en 1630, pidiendo ayuda para capturar los <<negros zimarrones que andan en términos de esta ciudad…fue hasta la sabana del mene que esta a muchas leguas deste lugar con soldados en busca de zimarrones alzados salteadores que salían a los caminos a hacer muertes y robos>> (Fonseca, T1. 196). Esta cimarronera, fue vencida en el sitio de El Empalado, en las cercanías del lago de Maracaibo.

El antropólogo Miguel Acosta Saignes, escribió, que <<Desde el siglo XVI en adelante, numerosos asentamientos de cimarrones  a través de  todo lo que vino a ser Venezuela. Esto fue la consecuencia de circunstancias históricas, que no ofrecían ninguna salida a los esclavos que deseaban su libertad, excepto la fuga definitiva y el establecimiento de comunidades en áreas desérticas o en lugares apropiados para el tráfico y el contrabando>> (En: López-Sanz, Rafael. Parentesco, etnia y clase social en la sociedad venezolana. Pág. 127. UCV. Caracas. 1993). “El Cumbe” del Páramo de La Bastida (Parroquia Mendoza del Bomboy), era ideal para el contrabando hacia el mar Caribe, no solo para sus integrantes, también para los pardos y luego,  los mismos hacendados La Bastida, Briceño, Hurtado de Mendoza, Pacheco, Graterol, Daboín, Saavedra, quienes habían mudado sus residencias y el asiento de sus negocios de Trujillo al Valle del Bomboy,  llegaron a usarlo, ante el control ejercido por la Compañía Guipuzcoana y los otros monopolios comerciales de la Monarquía española.  

En la llamada apologética valoración racial de Briceño Iragorry, estimó que,  <Mas que el indio, el negro fue muro de resistencia y de rebeldía contra las autoridades españolas. En papeles de Trujillo, correspondientes al siglo XVII, he leído acerca de expediciones encargadas de reducir las cimarroneras alzadas. El quilombo apareció por ello como el homenaje de su rebeldía>> (Briceño Iragorry, Mario. Mensaje Sin Destino.  pág. 74. Fondo Editorial Arturo Cardozo. 2004), sin embargo, en nuestro criterio, los hechos y la constitución de los cumbes de negros o de indígenas o combinados, señalan que, la resistencia al esclavista invasor fue manifiesta en ambas razas. 

El otro Cumbe, muy cercano al sitio donde el afluente Bomboy y quebrada Dorokokoe, derraman sus aguas en el caudaloso río Motatán,  cercano a “La Beatriz”, propiedad de los Terán, las posesiones de lo que sería la hacienda cañamelar “Geromito”, “Cucharito”, “Castil de Reina” y otras ubicadas  en Valera. Allí, existió un poblado de gente indígena de nación Timote, también mestiza y quizás algún individuo de origen africano o descendiente de estos, que fueron dando cobijo y alimentación a esclavos, que vivían en resistencia.  Es “El Cumbe” de Valera, cercano a la quebrada que hoy tiene ese nombre,  afluente del Motatán. Tenía como particularidad, su espesa e intrincada boscosidad, en adyacencia de la antigua laguna de Valera, justo desde el sitio de Beatriz (Briceño Valero, 44), siendo contiguas a las haciendas de la meseta de Valera, el Cerro Jají, la fila montañosa de “La Culebrina”, en Mendoza Fría, que eran zonas de haciendas de caña dulce, con alta concentración de indígenas explotados en la época colonial. El río Motatán, en aquel tiempo era navegable, según el cura Madariaga, y conectaba con el lago de Maracaibo y salida al mar Caribe; seguramente, ante cualquier presión persecutoria, era utilizado por los perseguidos, fugados y cimarrones como vía de escape. Aun se mantiene el nombre para este sector popular de Valera.

Respeto, solidaridad y colaboración entre sus miembros era el vínculo que mantenían estos espacios de libertad y unión. Contrabandeaban con el cacao, trigo, piezas de panela dulce y telas de algodón, que sustraían de las haciendas, para poder subsistir en un clima de persecución. Estas sustracciones o hurtos en las plantaciones, y la fuga del esclavo trabajador en época de zafra, atacaban fuertemente la economía del propietario. Las grandes montañas  y el enorme caudal del furioso Motatán, en todo su cauce, se convirtió en una ventaja de los perseguidos, sobre sus perseguidores, para atacarlos y para burlar la persecución.   

Existe referencia, según Amílcar Fonseca, en los archivos de Procesos de Idolatría,  que, en los predios de San Jacinto, jurisdicción de Trujillo, cercano a esta ciudad, se había constituido otro Cumbe, dentro de las posesiones del antiguo Resguardo Indígena.  Arturo Cardozo en su obra Sobre el Cauce de un Pueblo, corrobora que para 1687, año en que se da “libertad” a los indígenas encomendados, entre las doce Doctrinas trujillanas, estructuradas en la Colonia, existe la: <<Doctrina de Cumbe (San Jacinto), integrada por las encomiendas de Vitirixi, Vitiyac, Pampán, Bujay, y Bucucay>> (Cardozo, 16), nos induce a pensar que, esclavos africanos o descendientes de estos, se habrían integrado a este modo de vida socioeconómico y  religioso. 

De acuerdo a nuestra averiguación, este sería el localizado en la Fila montañosa denominada “El Cumbe”, entre Sabaneta y el Páramo de Mimbate (hoy Municipio Trujillo), en zona accidentada también cercana de San Lázaro, Santiago y el Páramo de Cabimbú.  Este Cumbe, es uno de los primeros que se formaron durante el siglo XVII, en la región, fila montañosa inaccesible y boscosa, que escogieron los negros e indígenas, para huir de la fatalidad esclavista. 

En la Tabla de Relación parcial de rebeliones, guasábaras, palenques o cumbes de esclavos en América, del investigador cubano Castro Fernández, aparecen inscritos los siguientes Cumbes: <<1648. Venezuela, Estado Trujillo. Cumbe de los Llanos del Ceniza (Cenizo)…1663. Venezuela, Estado Trujillo. Cumbe de Carache>> (Castro Fernández, Silvio. Herencia africana en América. Instituto Cubano del Libro. 2006.  editorialmil@)cubarte.cult.cu). Ambos Cumbes, están en los predios de los Cuicas, y de la gente del cacique Karachy, de nación Jirajara. Se debe considerar el hecho, que traída mano esclava de África, los descendientes de los rebeldes Jirajaras y el mismo mestizaje, esclavizado en las haciendas de los españoles ubicadas en  cercanía a la desembocadura del Motatán, optarían por ingresar a estos cumbes.

Bajo el eufemismo de las encomiendas, se concretó la génesis y la expansión del esclavismo indígena y negro en la futura provincia de Trujillo.

Algo conclusivo. 

La historiografía nos ha silenciado estos pasajes de Historia Patria, nos ha acostumbrado a admitir que los indígenas aceptaron ser esclavos, y entregaron sus más preciados bienes y valores de forma silente, incondicional y definitiva; que, sería una raza pusilánime, que aceptó pasivamente su nueva condición social y económica y no tendrían ni espíritu ni propósitos, eran menos que un animal domesticado, es la historia justificadora de la colonización y la muerte, y finalmente, no habría nada de interesante ni formativo, más allá de ser simples indios. Mucho más deplorable, el trato al negro esclavo, no considerado como persona, puesto que <<los negros sujetos a esclavitud, no se tomaban en cuenta para las estadísticas coloniales>> (Cardozo, 17); inclusive, en las apuntaciones del Obispo Martí, tampoco contaban los indios no reducidos.  Escondiendo de este modo, sus rebeliones e inconformidades, que se habrían realizado sin orden, sin motivo y sin liderazgos, lo que conformarían varios siglos de conflictividad, pasiva o activa,  de resistencia indígena, en nuestra región andina trujillana.

Todas esas expresiones de esclavitud, intolerancia, violencia indígena y africana, de resistencia colectiva activa y paciente, por diversas causas y circunstancias de explotación, maltrato, vejamen, sojuzgamiento e ignominia, responden a un mismo valor y derecho natural: el estado natural de libertad, tema que en nuestra región, a más de 400 años, aún permanece en el olvido. 

Guasábara: palabra en desuso utilizada como sinónimo de revuelta, motín, algarada, correría de tropas, y gritazón causada por algún tropel de gente.

Cumbe: espacio oculto entre montañas, que servía para que los esclavos indígenas o africanos fugados de las haciendas donde eran explotados y maltratados, pudieran vivir y estar protegidos ante el cerco y la persecución del esclavista. En Brasil se les conoce como Quilombo (Campamento), en Colombia como Palenque, y en Venezuela, Cumbe o Rochela.

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.

 

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