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sábado, 26 de abril de 2025

En tiempo de caudillos, llegó a La Puerta y en mula, un futuro Santo

Por Oswaldo Manrique (*)


Cabalgando sobre ella, castaña oscura, se dirigió a donde pensó hospedarse, un pueblecito llamado La Puerta (estado Trujillo), que consideraba histórico. En  uno de sus soliloquios, describe:

-         <<venia contemplando tranquilamente mi mula, que, aunque con algunos resabios, no deja de ser una mula buena; esta contemplación era un tanto compasión al calcular que habría de caminar doce días consecutivos montado sobre ella>> (Hernández).  

Tal fue el comienzo del relato detallado de su viaje por la Cordillera Andina, en carta del 14 de enero de 1889, a su amigo Santos Aníbal Dominici (Castellanos, 184). 


Eran tiempos del régimen liberal guzmancista, que siguió con su política de <<dejar que los conservadores gobiernen el Estado (Trujillo) a su leal saber y entender>> (Cardozo, 227); el pacto del Pdte. de la República general Antonio Guzmán Blanco y el jefe de los “Ponchos”  trujillanos general Juan Bautista Araujo, dio continuidad a la hegemonía de estos, con todos sus vicios y virtudes caudillistas, siempre que mantuvieran el desarme y “la huidiza tranquilidad” que permitiera avanzar en el proceso económico, agropecuario e industrial de la región.

*

Azuzaron las bestias, para subir a la angosta y empinada entrada y pasar por la “Vuelta del Peo”, llamada asi por ser sitio de emboscada de los “Ponchos” en su enfrentamiento con los “Lagartijos” en 1877, con saldo de varios difuntos.  Pasaron por la “Quebrada La Guadalupe”, de aguas frescas y curativas y a pocos pasos se detuvieron.

A semejanza de la profecía señalada en el Antiguo Testamento, sobre la llegada de un hombre justo y de paz montado sobre un burro: Jesús a Jerusalén, el joven médico, humilde y altruista, hizo su entrada a La Puerta, montado en su obstinada y testaruda mula. Hombres de mediana estatura, vestidos de calzones de fardo, franelas sarazas color blanco, alpargatas serranas, con muy pronunciado dialecto indígena, le dieron la bienvenida al elegante y culto caballero; eran los celosos encargados del Oratorio y de la posada de los peregrinos. 

Para finales de 1888, en compañía de su cuñado José Temistocles Carvallo Hidalgo y de un sirviente, el Dr. José Gregorio Hernández Cisneros, se dirigió y pasó por esta aldea indígena, montando su mula, mañosa y desconfiada, en su aventura de buscar un lugar, ciudad o pueblo, donde establecerse y ejercer su profesión de médico. 

Tomaron el camino de Valera-Mendoza-La Puerta-Timotes, descartando el de Quebrada de Cuevas a Timotes, por el borde del caudaloso Motatán, lo que confirma el Informe de Caminos de 1908, del Ejecutivo del estado Trujillo, al señalar que, <<el ramal de La Mocotí a Valera por el rio Motatán, parte del decretado por el Ejecutivo Federal el año 1887, es un camino de recuas de malísimas condiciones…la vía usual que es la de La Puerta, la comunica entre las ciudades de Mérida  y Valera>> (La Riva, Alberto. Anales de Valera, pág. 35. 1957. Igualmente, en Cardozo, 232); la distancia entre Mendoza y La Puerta, era de dos leguas aproximadamente.  

El padre Enrique María Castro, ex Párroco de este Valle, describió en 1884, que el antiguo camino que iba de Mendoza a La Puerta, iba por la vega del río Bomboy <<el cual hay que vadear dos veces, con una subida disimulada hasta el espacio de una legua en que se aparta del rio, y toma por unos cerrillos, cuyo piso está cubierto de piedras menudas que lo hacen molesto>> (Castro, 58), lo que no impedía ver en los laterales de las montañas, los frondosos trigales; y las plantaciones de café, caña, tabaco y legumbres del Valle, custodiado por las dos espesas cordilleras.

Tenía la peculiaridad este camino, que de trecho en trecho, había una cruz, que fueron colocadas varias décadas antes por el Padre Rosario, y cuando este iba rezando, <<siempre hacia genuflexiones>> (Ídem). Se extrañaría y preguntaría el Dr. José Gregorio y sus acompañantes, la razón de tantas cruces. Su mula buena y  vulnerable, anduvo a pesar de la carga, con su manera habitual, tranquila y dócil, e incluso, preparada para alertar o regresarse, cuando anuncian acecho, o algún obstáculo o fenómeno natural.

*

Sin duda, fue antes, y más de una vez, que José Gregorio, visitó la aldea indígena de La Puerta, para enterarse de propia voz de sus habitantes,  los episodios y fastos, que lo llevaron a decir que lo consideraba: histórico. Bien fuere porque lo conoció en sus vacaciones de agosto de 1883, o porque se alojó en alguna otra oportunidad en la posada de los peregrinos, o porque pasó o lo visitó varias veces, lo cierto es que en carta del 14 de enero de 1889, se refirió a dicho pueblo, que para esa época, además de su gente indígena Bomboyes, casi totalmente pura, contaba con elementos del patrimonio inmobiliario espiritual colonial, que por su religiosidad y curiosidad tuvo que haber visitado el hoy Santo Dr. José Gregorio Hernández.   

Mientras el sirviente amarraba las bestias en un falso, una de las mulas se tornó relinchona,  dejando escapar un fuerte rebuzno, José Gregorio subió las escalinatas y se dirigió hacia la ermita que los indígenas de La Puerta, mantenían al cuido, atendiendo a los peregrinos y visitantes para que pudieran apreciar la bella construcción, sino por su atrayente hermetismo. 

Carvallo iba detrás.

-         Chico, se portaron bien las bestias. Nos rindió el camino. Le  comentó el futuro Santo trujillano, quien llevaba su acostumbrado sombrero negro.

-         Sí, ninguna se descascajó  Le contestó su cuñado.

-         Hasta mi mula resabiada, cumplió.

Cuando estaban en el umbral, se quitaron los sombreros y no les quedó más que arrodillarse, persignarse al ver aquel hermoso recinto. Entraba luz solar al fondo por la claraboya de lo más alto del altar finamente adornado, se situó frente al encantador retablo de la Virgen de Guadalupe de Indios y su rostro resplandeciente. Se ubicaron en los reclinatorios, donde oraron. José Gregorio pudo observar el maravilloso, sereno y sagrado lugar, y llegó a imaginarse al Santo penitente Padre Rosario (quien lo diseñó personalmente y construyó de su dinero), en un acto de devoción diaria por la Virgen, que, <<con su rostro dejaba traslucir la suavidad, el contento, la paz y la alegría de que rebosaba su corazón>> (Castro, 42), o cuando invitaba a todos los feligreses  <<a obsequiar a María Santísima con un rosario, o al principio de la visita o al final>> (Castro, 45), era parte de su estado de perfección espiritual. El futuro Santo, como investigador sintió la necesidad de conocer la obra material de este excepcional personaje, modelo de penitencia y santidad. 

Al salir, el aspecto externo observado, de firmes tapiales y radiante blanco, piso de arcilla, techo de tablones de cedro, coronado por teja roja de las que hacen los aborígenes en Kukuruy (Tierra Colorada). Las anchas escalinatas de piedra, dan acceso a los angostos senderos que conducen a las casas habilitadas para los peregrinos.

El padre Rosario, escogió para construir este Oratorio de la Virgen de Indios, la parte alta de su posesión (Hacienda del Padre Francisco Rosario), que tuvo que desboscar y aplanar (hoy está en este sitio el Hotel Guadalupe); la bella panorámica por el lado norte con la “Quebrada Guadalupe”, de aguas medicinales y permanentemente con aromas a malva, cayendo hacia el Bomboy; la suave ladera por el lado sur, da entrada a la Calle Real de la aldea (hoy Avenida Bolívar), y más allá, las famosas <<mecedoras de piedra de la Guadalupe>> (Burelli, en Abreu: 151), que pudo haber recorrido el futuro Santo, que conforman el área externa o de alivio del Oratorio, que en realidad era un sitio de reunión de los indígenas, descanso y paseo para los peregrinos y visitantes.

Así que, a su llegada al pueblo, ingresando por la entrada norte e impulsado por su ferviente religiosidad, y con el conocimiento de que el Santo Padre Rosario, que así lo llamaban los pobladores, había construido antes de su ciclo de purificación, sin la majestuosidad de la Capilla de Mendoza, pero sí con el detalle estético y de belleza que le imprimía dicho Cura a sus obras, uno de los Oratorios más peculiares del país, como lo fue el de la Virgen de Guadalupe de Indios, tributo a la aldea de los Bomboyes, su última obra material y aporte al engrandecimiento de esa comunidad, al cual llegaban peregrinos desde distintos lugares de la República.

Para un hombre como José Gregorio, la oración era tan imprescindible para fortalecer el espíritu, como nutrir el cuerpo con comida y agua. Diariamente en Caracas, <<A las 7:00 a.m. asistía a la Santa Misa, recibía la Comunión>>. Era tan necesaria para él la oración, que seguramente, para emprender y fortalecerse en su viaje, y precedido del conocimiento de  la bella y ejemplar historia del Padre Francisco Rosario, de esta aldea, al estar en el preciado y aislado recinto para efectuar la oración a Dios, y <<tú te imaginarás que hacía mis súplicas ordinarias>> (Hernández), quizás le dedicó como la primera vez, una plegaria al Cura Santo y Patriota. 

En 1969, da fe el cronista y hacendado José Rafael Abreu, que en <<el extremo norte de la calle real se conocía como “El Topón” y el “Oratorio”, por haber construido allí el Padre Rosario un lugar para la oración, de lo que aún quedan las bases de cal y canto, a la usanza española>> (Abreu, J.R.,  31).  Era una Capilla donde acostumbraba a flagelar su cuerpo y a rezar el prócer Rosario, amigo de Simón Bolívar y solían decir misa religiosos, sacerdotes pasajeros y visitantes que venían de Barinas, Mérida y de la Nueva Granada, cuyo festejo solemniza el día de la Virgen.

La historiografía local de los terratenientes, nos recuerda que para mediados del siglo pasado, aún andaba <<El alma del padre Rosario, ambulante por el Oratorio>> (Abreu Burelli, 151), este mito quizás, era para borrar el genocidio  cometido con los indígenas, y embalar  la vida del Cura patriota en un espanto, y asustar a la nueva población de blancos. 

Lo anterior se fundamenta, en que, José Gregorio un médico filántropo, como parte de su personalidad, era profusamente <<cristiano de fe ejemplar, fue un contemplativo de juicio sereno…tenía un altísimo concepto de la vida, hablaba solo lo indispensable, era piadoso, asceta y místico de inalterable espiritualidad>> (Suarez, 19). También es factible, que antes de seguir viaje, haya entrado al templo de Nuestro Señor San Pablo Apóstol, recinto principal de los católicos. 


La niebla es pertinaz y comienza a abrazar a los grandes sauces del angosto camino, también, el templo. El diseño y distribución del espacio interno del templo construido en 1790, por el  cura Pedro Santa Anna Vásquez de Coronado,  respondía  a la tendencia arquitectónica católica aplicada a las edificaciones religiosas en las colonias americanas. Planta rectangular, semejante al estilo basilical, que se describe en el acta de inventario  de 1882, cuya acta describe: “En el cuerpo de la Yglesia de La Puerta a trece de abril de mil ochocientos ochenta y dos el cura encargado de ella presbítero José Asunción León, asociado del Mayordomo de Fabrica, ciudadano Miguel Aguilar y los testigos, avaluamos Natividad Aponte y José Miguel Bustos se procedió hacer en debida forma el inventario de propiedades de la Yglesia. Primeramente. 1.- Caserón (o Cañón)  de tapias que constituye la Yglesia y a la espalda un cuarto que sirve de sacristía y otro a un costado del presbiterio que sirve para guardar… y al lado derecho el edificio del campanario en dos pisos, todo está cubierto de tejas…” (Libro de Fabrica del templo de San Pablo Apóstol de La Puerta. Archivo Histórico de la Diócesis de Trujillo). El inventario inmobiliario y características del templo indican que era una construcción simple, sin ningún aditamento u ornamento arquitectónico que lo asemejara a un templo formal dentro de los cánones eclesiales tradicionales europeos.

Este templo, guardaba y exhibía en su interior algunos tesoros como son las bellas y antiguas imágenes de sus Santos. El mobiliario inventariado se encontraba en buen estado; igualmente, las reliquias e imágenes existentes: las  “…1.- La imagen de la Virgen de la Paz. 2.- La Virgen Purísima. 3.- La imagen de San Isidro. 4.- El patrono San Pablo… (Ídem). Asimismo, dan cuenta en dicho inventario de la existencia de nueve (9) alhajas o grupo de pequeñas joyas de plata del patrono, valoradas en total por más de 700 bolívares de aquella epoca. (Libro de Fabrica del templo de San Pablo Apóstol de La Puerta. Archivo Histórico de la Diócesis de Trujillo a cargo del padre Ramón Urbina, revisado  y fotografiado por mí el 20 septiembre 2018). 

Desde diciembre de 1888, en que el futuro Santo, llegó montado en su resabiada mula y pasó por nuestro pequeño pueblo histórico, al día de  hoy, han trascurrido 137 años. El hecho que este eminente medico, hombre caritativo, de infinita generosidad, historiador, educador, científico, con sus convicciones religiosas y filosóficas, haya visitado a La Puerta y expresado su consideración, acerca de su historicidad, debe llenar de orgullo a todos los pobladores, lo que se debe manifestar en aprecio, agradecimiento y en el reconocimiento colectivo como ciudadano virtuoso a este médico de los pobres.  

Se ha trazado en estas notas, para el conocimiento de las nuevas generaciones puertenses, un pasaje refrescante del joven médico de los pobres por la aldea indígena de La Puerta, cuya conducta ejemplar resalta en estos tiempos por el hecho de su próxima y efectiva canonización como Santo, por lo que tomando las palabras del universal escritor don Rómulo Gallegos, sobre el fervor y devoción popular que infunde el Dr. José Gregorio Hernández, sin dudas, es el Trujillano <<que nos ennobleció la vida>>. 

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.  


sábado, 26 de octubre de 2024

Al paso del Dr. José Gregorio Hernández por La Puerta, en 1888.

Por Oswaldo Manrique (*)

Luego de pasar la Navidad con su familia, de profundas convicciones católicas, donde disfrutó el reencuentro y compartió la mesa de apetitosos y tradicionales pasteles (hallacas), un poco de carne compuesta, ensalada de gallina, papas cocidas bautizadas de saní, arepas de harina del norte, pan criollo, dulce de lechosa y curruchete, frutas, leche de burra, jugos, emprendió viaje a Mérida acompañado de un guía, muy conocedor de la ruta, también llevaba un sirviente. Pasó por Valera, y unos amigos le organizaron una fiesta, que tuvo que atender. En una de sus cartas, escribió sobre este pasaje, <<no hubo más remedio que acceder a bailar toda la noche hasta que a las cuatro monté a caballo para seguir mi viaje>> (Hernández), a esa hora, emprende la marcha hacia San Juan de Colón (Táchira). Valera, a unas 6 leguas de distancia de La Puerta, equivalía para aquel tiempo una jornada y media y hasta dos jornadas normales de camino en mula; él, muy disciplinado, intentó hacerla en una jornada, con el aplomo que lo sostenía sobre su brioso caballo.

Al ver su aspecto físico y andar, su vestimenta, elegancia y escuchar su forma de hablar, se sabía que era un joven de distinguida y próspera familia, pero además, se notaba que era de esfuerzo y méritos propios. Logró su doctorado en Caracas. Andaba en la búsqueda de un pueblo andino, donde poder demostrar sus conocimientos y capacidades. En la oscuridad, con su misma resolución, con expresión y acento capitalino, dijo:

-         ¡Epa vale! vámonos que nos va a agarrar el sol de Valera. Serían las palabras madrugadoras, con interjección y acento caraqueño que se le escucharon al recién graduado galeno trujillano, dirigidas a sus acompañantes de viaje. El sirviente había montado las maletas en la mula; los caballos ya tenían puestas sus enjalmas y sillas. 

El 26 de diciembre de 1888, salieron de Valera a esa hora de la madrugada; subieron por el camino viejo y ancho, vía a Mendoza, bajo cerradas arboledas de café. No existía carretera para automóviles, ni por el peligroso margen del brioso río Motatán (Quebrada de Cuevas, La Mesa, Timotes), camino resbaloso, era inhóspito. Tampoco existía carretera de Valera a La Puerta, pero existía el Decreto de 1881 de Juan Pablo Bustillos, para su construcción.

Los chonatales de San Isidro, sintieron el paso veloz de las bestias con los tres viajeros y una de carga. Así, nuestro personaje comenzó a conectarse, respirar y escuchar la naturaleza serrana. Pararon casi a la mitad de trayecto, en Mendoza, era apropiado que buscaran algún sitio donde comer algo y estirar las piernas. Reanudan la marcha comenzando la tarde. Bajaron La Quebradita. Antes de salir, en Valera, pensaron que en unas 8 o 9 horas, a resuelta galopa y paso forzado, en sus caballos y mulas, podía rendirles la jornada, inclusive para llegar a Timotes. Uno de sus biógrafos, al develar la ruta planeada por el Dr. Hernández, indicó que, <<Su primera parada sería en La Puerta>> (González Cruz, 35).

Precisamente iban subiendo hacia La Puerta, en algunos tramos por laderas de los mismos páramos, vadeando torrenteras, asegurando que las bestias no tuvieran tropiezos, sembradíos de caña dulce, frondosos cafetales custodiados por filas de bucares, un paisaje fresco para los ojos.

 Mayormente fueron bordeando el zigzagueante y espumoso río Bomboy, que nace en aquel próximo punto geográfico, que desea ver con sus propios ojos y no pecar de desinformado; eran los trillos del virtuoso padre Rosario. Pasaron caseríos como La Mocojó, La Culebrina, se detuvieron en el famoso paradero “Convento de las Viejas”, en El Rincón, a comer empanadas, pastelitos o hallacas de caraota, o arepa de harina y cuajada, dulces y tomar algún café o jugo fresco elaborados por las hermanas Rivas. El baquiano, bebería un cuello corto de miche, para acomodar el cuerpo. Al terminar de merendar continuaron la marcha. Franquearon Dos Cerritos, la otra capilla del Padre Rosario; siguieron por San Felipe, pasaron la Quebrada de las Yeguas. Era un camino difícil.

 Tuvo que parar en el Resguardo Indígena, las bestias necesitaban descanso. Cuando llegó a La Puerta, entró por la vuelta que da al hermoso y prestigioso Oratorio de la Virgen de Guadalupe de Indios, lugar de peregrinos. Su curiosidad católica lo hizo detener y preguntar a los Bomboyes que estaban sembrando cerca, sobre aquel sagrado recinto, construido varias décadas antes por el prócer independentista presbítero Francisco Rosario D. 

  Montó nuevamente y se dirigió hacia la inclinada plazoleta, donde se bajó, caminó por la única calle hasta el viejo y cerrado Templo San Pablo Apóstol y desde allí observó aquel lugar, del que le habían hablado, unos bohíos grandes y otros pequeños de bahareque y con techos de fajina, de acuerdo al grupo familiar. En los alrededores del Resguardo, pasando el río, varias casas de tapial y piedra, donde vivían los caudillos “ponchos” y hacendados.  

Recorrió hasta la vieja casa de los antiguos Corregidores, ahora sede de la Jefatura Civil, explicó que era médico y estaba visitando los pueblos, buscando un lugar para ejercer su profesión, se dirigía al Táchira. Algunos curiosos, que lo entendían, se le acercaron, le comentaron que ellos tenían los secretos para curarse solos, con sus ramas y oraciones. Al más conversador, sin preguntarle, le escucharía:

-         Aquí, el díctamo real es lo que nos ayuda contra la vejez, si es del dorado mejor, más fuerza.

José Gregorio, aquel hombre de 1,60 metros de estatura, piel blanca marcada por el sol, <<carácter alegre y dulce, era gentil…compasivo, generoso, caritativo, respetuoso…sencillo>> (Suarez, María Matilde. José Gregorio Hernández, Él era así), sin ínfulas de sabio científico, con amables razones persuasivas, les dijo:

- Soy cristiano, se rezar, y también sé de yerbas. El novel galeno, también conocía de medicina natural y herbolaria, sin embargo, hasta allí llegó el comentario. Mirando el templo, les comentó:

-         Aquí como que no celebran la navidad. La iglesia cerrada. Los concurrentes contestaron:

-         Por estos días, la “Serenada”, salen las máscaras, música, guaruras y maracas para el Niño y la fiesta de la Guadalupe, y la bajada del Ches. Son fiestas muy bonitas de aquí. Mientras uno dijo:

-         Sí, el cura no viene desde hace mucho, vive en Mendoza, está muy ocupado. Otro, regañó al que dijo esto, en un tono desagradable y le increpó:

-         ¡Cállese! Él viene cuando puede. Llegó el silencio, callaron, no era regaño, sino que no querían al cura León, que estaba involucrado en la conspiración para despojarlos de las tierras. Había un Jefe Civil de nombre José Natividad Aponte, muy de la iglesia, que no sabía leer ni escribir,  pero a quien realmente le hacían caso, era a su Cacique.

 Se veían como parte de esa armonía interna y comunitaria, los niños, en la única calle o camino real, jugando, compartiendo sus alegrías, todos gozando las maravillas de esta tierra. Conformaban la morada de la abstracción social, contemplativa comunidad, tan cercana al río, que perfeccionaba aquel holístico y tranquilo lugar de bellos paisajes, que el poeta Pérez Carmona llamó “el descanso de los dioses”.

Era cotidiano que las nativas, ataviadas con su campechano sumbay bajo la ruana, aguantada por un tupu alrededor del cuello, muchas con sombrero de cola de burra, los muchachos que apenas si dicen algunas palabras en castellano, miraban asombradas entrar aquellos visitantes, que a su vez, también les echaban un vistazo a lo que hacían.

Lo atrayente de esta comunidad no era la belleza del paisaje, clima y sus siembras, sino su armonía y la forma de entenderse, de colaborarse. En aquel fértil valle, custodiado por dos serranías, las sencillas viviendas de bahareque y techos pajizos, concordaban con  el amplio espacio donde las mujeres en una esquina de la plazoleta, cerca de la iglesia, exhibían cestas de frutos que cultivaban, no falta el trigo, maíz, papas, arvejas, caña de azúcar y todos los demás rubros de las zonas frías, además, de tener rebaños de ganado vacuno y lanar. Pudo observar, cotidianidades. En un solar, indígenas desgranando maíz, otras pasaban cargando a sus pequeños hijos dentro de fardos terciados en la espalda; las más jóvenes de sombrerillos con plumas de colores, calzadas con cotizas, usando sus metálicos adornos en las mejillas. En un abierto, se secaba café; mas allá, pudo observar a las hilanderas del algodón y las tejedoras del fique, y en uno de los amplios bohíos, mujeres con manares seleccionando y enrollando hojas de tabaco, todas sonriendo y hablando en su particular lengua Timoto-Al-Andaluz. 

Se puede entender que como científico y conocedor de sus coterráneos, sabía que culturalmente los nativos, mantenían sus creencias, eran fervorosos con su medicina ancestral y su botánica que les daba eficacia en cuanto a su salud, y hasta gozaban de longevidad, inclusive, sumaría lo de la superstición, eso que denominan el conjuro de Chegué y los mojanes con su poder magnético maravilloso, llámenlo augurio, sortilegios o magia, era a lo que estaban acostumbrados y a ello se aferraban, era lo que les ofrecía con generosidad la naturaleza, por lo que se sentían en un espacio dichoso.

Pero, lo que impresionaba era esa áurea de una gente armónica y amable, con una cultura, cotidianidad y estilo de vida distintas, que los hacía diferentes; eso era lo atrayente, casi con un halo de enigma, de uno de los más antiguos pueblos indígenas, incluido en los 16, considerados étnicamente “casi totalmente puro”, ubicado a seis leguas de Valera y a poca distancia de Timotes.

Muchos han preguntado: ¿pasó realmente el médico José Gregorio Hernández, por La Puerta en 1888? y cabe la pregunta: ¿y si pasó, por qué no la mencionó, como tampoco a Mendoza, en su carta descriptiva del paso por la Cordillera? A la primera interrogante, es afirmativa la respuesta. Decir que no entró, seria calificarlo de prejuicioso y desconocer sus cualidades y formación científicas.

 Por la ruta que tuvo que andar, su disposición a recorrer toda la Cordillera, previendo parar en La Puerta, montado en bestias, acompañado como iba de dos personas, su baquiano y su sirviente, una mula de carga, e incomodado por el trasnocho de la fiesta, se comprende que obligatoriamente se detuvo a descansar y conocer a Mendoza y luego en La Puerta, existiendo en este punto, una de las pocas comunidades aborígenes sobrevivientes.

 A la subsecuente interrogante, se debe responder con esto: ¿se podría dudar de las ganas de conocer este pueblo indígena, dudar de su ansiedad como investigador, su pensamiento, interrogantes, quizás nervios, que abrumaban a aquel científico, cuando le tocó ineludiblemente pasar por este lugar?

Siendo este médico, científico y virtuoso de la filosofía, sabía que dentro de la cosmovisión de esta comunidad indígena, se continuaban practicando los rituales de sanación, con el conocimiento de la herbolaria, y las plantas medicinales, así como, complementadas con las diversas técnicas de curación espiritual. Esta comunidad, relacionada con la civilización Chibcha Mukus, consideraba que las enfermedades eran producidas por el desajuste entre el cuerpo y el espíritu, por eso, la abordaban con rituales para restaurar la armonía necesaria y la salud, también fundamentada en la sana alimentación. La Puerta, era para aquel tiempo un Resguardo Indígena aislado, abandonado por los organismos de gobierno. Para dicho año (1888), La Puerta en lo que hoy es su área urbana, estaba habitada solo por indígenas Bomboyes, quienes fueron prudentes con su entorno, vivían los tiempos de la República Post Independentista Liberal Guzmancista, y trataron de relacionarse con una vecindad hostil, de caudillos, hacendados y gamonales de pueblos aledaños, que ambicionaba apoderarse de sus tierras, lo que lograron en 1891, 3 años después de esta visita.

Desde una perspectiva historiográfica critica, es fundamental lo que encontramos en las Cartas del Beato, al no comentar su recorrido por este pueblo, estando a poca distancia de Timotes, aunque se puede entrever una especie de dialéctica compleja, entre científica y el realismo de creencias, entre lo espiritual y lo catolicista, entre la ciencia y la vertiente de la cultura de la civilización indígena comunitaria, que poblaba estas tierras desde 500 a 1.000 años A.C., y perduraba hasta ese momento. El núcleo poblacional de La Puerta, que conoció el Dr. Hernández en 1888, tenía unos 230 habitantes nativos Bomboyes, y unas 70 viviendas indígenas, según estadísticas de Américo Briceño Valero.

El Dr. Hernández, tenía su criterio científico, el cual adelantó días antes de este paseo por La Puerta, cuando se refirió a los enfermos tratados por él, en Betijoque e Isnotú, <<es tan difícil curar a la gente de aquí, porque hay que luchar contra las preocupaciones y ridiculeces que tienen arraigadas: creen en el daño, en las gallinas y las vacas negras, en los remedios que hacen diciendo palabras misteriosas: en suma, yo no sabía que estábamos tan atrasados en estos países>> (Hernández. Carta del 18 de septiembre 1888). Se intuye que por las mismas razones o con mayor énfasis, para dicho año en La Puerta, siendo una comunidad indígena aislada, es obvio, que practicaban los rituales y conocimientos ancestrales para sus curaciones. Con esas razones, es obvio, que entró a conocer esta comunidad y obtuvo su apreciación subjetiva del recorrido.  

*

El recordado historiador y amigo Arturo Cardozo, sobre la corta  estadía de José Gregorio en Trujillo, transcribió un fragmento de una carta al Dr. Domínici: <<en el gobierno de aquí se me ha marcado como godo; se está, estudiando mi expulsión del Estado o más bien si me envían preso a Caracas…Si me echan de aquí, ¿A dónde voy? Esta es mi duda; como tú comprenderás sin que yo haya dado lugar a nada porque solo me preocupan mis libros. Si me apura la cosa me iré a Caracas y allá decidiremos el remedio>> (Cardozo, 225). El ocurrente Dr. Cardozo, cerró este capítulo, escribiendo: <<La “cosa le apuró”, porque, para abril ya estaba en la capital de la República, preparándose para su viaje a Europa>>; del año 1889.

*

El paso del Dr. José Gregorio Hernández, por La Puerta, tiene relevancia histórica tomando en consideración la búsqueda de las razones para que se tenga en esta localidad una devoción tan antigua por este Beato, quizás una de las primeras en Venezuela, en momentos en que se espera que desde Roma, se dicte su condición de santidad, lo que obliga o merece mayor investigación.

Hemos escrito, que la devoción desde el punto de vista orgánico, como grupo católico que existe en La Puerta por el Dr. José Gregorio Hernández, se lo acreditamos al padre Ramón de Jesús Trejo, quien fue Cura en Isnotú, denominado el primer gran devoto, que tuvo entre sus iniciativas la de elaborar, dibujar y diseñar, junto al artesano italiano Salvatore, el primer vitral dedicado a José Gregorio, en el año 1948, reservando antes y después de ser párroco, el nicho en la fachada principal del nuevo templo parroquial de San Pablo Apóstol de La Puerta, para quien no tenía la condición de Venerable, Beato y menos de Santo, justo al lado de San Benito de Palermo; sin embargo, es bastante probable, que aquel paso del llamado Médico de los Pobres, por estos lares, tenga alguna relación con esa devoción. Trejo, aupó la organización y actividades litúrgicas del grupo de devotos de "Mano Goyo", como también se le llama en la comunidad, de los más participativos en las peregrinaciones y caminatas a Isnotú. 

Sin vanidad parroquiana, pero sí, con cierto orgullo, estos antecedentes devocionarios a los que me he referido, merecen su investigación y reconocimiento. 

* 

El sirviente, despegando las bridas de las frondosas matas de cío, donde descansaban las bestias, esperaba la orden de los señores, quienes absortos por lo que veían, quedaron suspendidos en el mutismo. Luego, a los pocos segundos, se vieron las caras, y sincronizados con la mirada, José Gregorio se paró del banco donde estaba sentado, y sonriendo, para no comentar su impresión, ni sacar conclusiones de lo que había visto,  expresó:

-         ¿Seguimos  vale?  Sonrieron los viajeros.

-         Sí doctor, eso es todo lo que hay para ver aquí. Le señaló el acompañante conocedor de la ruta.

-         Por lo menos vimos buena parte de lo que hay para ver, pero es mucho lo que hay para saber. Replicaría el filósofo, inspirado en su pasión racional y espiritual por la humanidad. Miraron los caballos, y se decidieron montar, sin apartar las miradas de los indígenas de aquella mustia y particular aldea, se fueron despidiendo.

En algún momento, el Dr. Hernández, pensaría dentro de su agitado viaje, en la vida armónica y especial de aquellos abandonados seres humanos, casi como si estuvieran en conforme resistencia en los confines de la tierra, enfrentándola con la sustancia misma de la candidez y la inocencia.

Se acomodó en la silla y echó a andar, tras el baquiano, exclamando:

-         ¡Ahora Timotes!

Miró al subir por las curvas de San Martín, los hermosos y rubios trigales, y dentro de ellos, mestizos abandonando la “fornaleada” y otros simplemente sentados en los pretiles de las casas abrumados por los acordes de los fogones, conjugados con el frío y la niebla.

Al llegar al Portachuelo de La Lagunita, comenzó su descenso por la difícil Cuesta de La Mocotí, única vía para llegar al cercano Timotes. Unos diez años antes, habían mejorado el camino hasta La Mocotí, con algunos arreglos en tramos y vueltas que conducen hacia esa ciudad, del antiguo Estado Guzmán (Mérida).

Los iluminó Chía, con su halo claro y fresco, con manojos de estrellas en el firmamento.

Como cierre de la apresurada y fatigosa jornada, trasnochado y con las asentaderas humeantes de cansancio y dolor, en la noche le comentó al acompañante viajero:

-         ¡Epa chico! en este viaje <<no se presentó ningún incidente en particular>>. El guía quien se vio afectado por el páramo, al igual que el sirviente, le respondió:

-         ¡Si, doctor! todo en la travesía estuvo calmado. Las bestias rindieron.  El sabio médico, le añadió:

-         Lo que te puedo comentar, es que muy <<maltratado llegué a Timotes>> (Hernández). 


(*) Portador Patrimonial Cultural e Historico de La Puerta. 

 

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