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sábado, 26 de octubre de 2024

Al paso del Dr. José Gregorio Hernández por La Puerta, en 1888.

Por Oswaldo Manrique (*)

Luego de pasar la Navidad con su familia, de profundas convicciones católicas, donde disfrutó el reencuentro y compartió la mesa de apetitosos y tradicionales pasteles (hallacas), un poco de carne compuesta, ensalada de gallina, papas cocidas bautizadas de saní, arepas de harina del norte, pan criollo, dulce de lechosa y curruchete, frutas, leche de burra, jugos, emprendió viaje a Mérida acompañado de un guía, muy conocedor de la ruta, también llevaba un sirviente. Pasó por Valera, y unos amigos le organizaron una fiesta, que tuvo que atender. En una de sus cartas, escribió sobre este pasaje, <<no hubo más remedio que acceder a bailar toda la noche hasta que a las cuatro monté a caballo para seguir mi viaje>> (Hernández), a esa hora, emprende la marcha hacia San Juan de Colón (Táchira). Valera, a unas 6 leguas de distancia de La Puerta, equivalía para aquel tiempo una jornada y media y hasta dos jornadas normales de camino en mula; él, muy disciplinado, intentó hacerla en una jornada, con el aplomo que lo sostenía sobre su brioso caballo.

Al ver su aspecto físico y andar, su vestimenta, elegancia y escuchar su forma de hablar, se sabía que era un joven de distinguida y próspera familia, pero además, se notaba que era de esfuerzo y méritos propios. Logró su doctorado en Caracas. Andaba en la búsqueda de un pueblo andino, donde poder demostrar sus conocimientos y capacidades. En la oscuridad, con su misma resolución, con expresión y acento capitalino, dijo:

-         ¡Epa vale! vámonos que nos va a agarrar el sol de Valera. Serían las palabras madrugadoras, con interjección y acento caraqueño que se le escucharon al recién graduado galeno trujillano, dirigidas a sus acompañantes de viaje. El sirviente había montado las maletas en la mula; los caballos ya tenían puestas sus enjalmas y sillas. 

El 26 de diciembre de 1888, salieron de Valera a esa hora de la madrugada; subieron por el camino viejo y ancho, vía a Mendoza, bajo cerradas arboledas de café. No existía carretera para automóviles, ni por el peligroso margen del brioso río Motatán (Quebrada de Cuevas, La Mesa, Timotes), camino resbaloso, era inhóspito. Tampoco existía carretera de Valera a La Puerta, pero existía el Decreto de 1881 de Juan Pablo Bustillos, para su construcción.

Los chonatales de San Isidro, sintieron el paso veloz de las bestias con los tres viajeros y una de carga. Así, nuestro personaje comenzó a conectarse, respirar y escuchar la naturaleza serrana. Pararon casi a la mitad de trayecto, en Mendoza, era apropiado que buscaran algún sitio donde comer algo y estirar las piernas. Reanudan la marcha comenzando la tarde. Bajaron La Quebradita. Antes de salir, en Valera, pensaron que en unas 8 o 9 horas, a resuelta galopa y paso forzado, en sus caballos y mulas, podía rendirles la jornada, inclusive para llegar a Timotes. Uno de sus biógrafos, al develar la ruta planeada por el Dr. Hernández, indicó que, <<Su primera parada sería en La Puerta>> (González Cruz, 35).

Precisamente iban subiendo hacia La Puerta, en algunos tramos por laderas de los mismos páramos, vadeando torrenteras, asegurando que las bestias no tuvieran tropiezos, sembradíos de caña dulce, frondosos cafetales custodiados por filas de bucares, un paisaje fresco para los ojos.

 Mayormente fueron bordeando el zigzagueante y espumoso río Bomboy, que nace en aquel próximo punto geográfico, que desea ver con sus propios ojos y no pecar de desinformado; eran los trillos del virtuoso padre Rosario. Pasaron caseríos como La Mocojó, La Culebrina, se detuvieron en el famoso paradero “Convento de las Viejas”, en El Rincón, a comer empanadas, pastelitos o hallacas de caraota, o arepa de harina y cuajada, dulces y tomar algún café o jugo fresco elaborados por las hermanas Rivas. El baquiano, bebería un cuello corto de miche, para acomodar el cuerpo. Al terminar de merendar continuaron la marcha. Franquearon Dos Cerritos, la otra capilla del Padre Rosario; siguieron por San Felipe, pasaron la Quebrada de las Yeguas. Era un camino difícil.

 Tuvo que parar en el Resguardo Indígena, las bestias necesitaban descanso. Cuando llegó a La Puerta, entró por la vuelta que da al hermoso y prestigioso Oratorio de la Virgen de Guadalupe de Indios, lugar de peregrinos. Su curiosidad católica lo hizo detener y preguntar a los Bomboyes que estaban sembrando cerca, sobre aquel sagrado recinto, construido varias décadas antes por el prócer independentista presbítero Francisco Rosario D. 

  Montó nuevamente y se dirigió hacia la inclinada plazoleta, donde se bajó, caminó por la única calle hasta el viejo y cerrado Templo San Pablo Apóstol y desde allí observó aquel lugar, del que le habían hablado, unos bohíos grandes y otros pequeños de bahareque y con techos de fajina, de acuerdo al grupo familiar. En los alrededores del Resguardo, pasando el río, varias casas de tapial y piedra, donde vivían los caudillos “ponchos” y hacendados.  

Recorrió hasta la vieja casa de los antiguos Corregidores, ahora sede de la Jefatura Civil, explicó que era médico y estaba visitando los pueblos, buscando un lugar para ejercer su profesión, se dirigía al Táchira. Algunos curiosos, que lo entendían, se le acercaron, le comentaron que ellos tenían los secretos para curarse solos, con sus ramas y oraciones. Al más conversador, sin preguntarle, le escucharía:

-         Aquí, el díctamo real es lo que nos ayuda contra la vejez, si es del dorado mejor, más fuerza.

José Gregorio, aquel hombre de 1,60 metros de estatura, piel blanca marcada por el sol, <<carácter alegre y dulce, era gentil…compasivo, generoso, caritativo, respetuoso…sencillo>> (Suarez, María Matilde. José Gregorio Hernández, Él era así), sin ínfulas de sabio científico, con amables razones persuasivas, les dijo:

- Soy cristiano, se rezar, y también sé de yerbas. El novel galeno, también conocía de medicina natural y herbolaria, sin embargo, hasta allí llegó el comentario. Mirando el templo, les comentó:

-         Aquí como que no celebran la navidad. La iglesia cerrada. Los concurrentes contestaron:

-         Por estos días, la “Serenada”, salen las máscaras, música, guaruras y maracas para el Niño y la fiesta de la Guadalupe, y la bajada del Ches. Son fiestas muy bonitas de aquí. Mientras uno dijo:

-         Sí, el cura no viene desde hace mucho, vive en Mendoza, está muy ocupado. Otro, regañó al que dijo esto, en un tono desagradable y le increpó:

-         ¡Cállese! Él viene cuando puede. Llegó el silencio, callaron, no era regaño, sino que no querían al cura León, que estaba involucrado en la conspiración para despojarlos de las tierras. Había un Jefe Civil de nombre José Natividad Aponte, muy de la iglesia, que no sabía leer ni escribir,  pero a quien realmente le hacían caso, era a su Cacique.

 Se veían como parte de esa armonía interna y comunitaria, los niños, en la única calle o camino real, jugando, compartiendo sus alegrías, todos gozando las maravillas de esta tierra. Conformaban la morada de la abstracción social, contemplativa comunidad, tan cercana al río, que perfeccionaba aquel holístico y tranquilo lugar de bellos paisajes, que el poeta Pérez Carmona llamó “el descanso de los dioses”.

Era cotidiano que las nativas, ataviadas con su campechano sumbay bajo la ruana, aguantada por un tupu alrededor del cuello, muchas con sombrero de cola de burra, los muchachos que apenas si dicen algunas palabras en castellano, miraban asombradas entrar aquellos visitantes, que a su vez, también les echaban un vistazo a lo que hacían.

Lo atrayente de esta comunidad no era la belleza del paisaje, clima y sus siembras, sino su armonía y la forma de entenderse, de colaborarse. En aquel fértil valle, custodiado por dos serranías, las sencillas viviendas de bahareque y techos pajizos, concordaban con  el amplio espacio donde las mujeres en una esquina de la plazoleta, cerca de la iglesia, exhibían cestas de frutos que cultivaban, no falta el trigo, maíz, papas, arvejas, caña de azúcar y todos los demás rubros de las zonas frías, además, de tener rebaños de ganado vacuno y lanar. Pudo observar, cotidianidades. En un solar, indígenas desgranando maíz, otras pasaban cargando a sus pequeños hijos dentro de fardos terciados en la espalda; las más jóvenes de sombrerillos con plumas de colores, calzadas con cotizas, usando sus metálicos adornos en las mejillas. En un abierto, se secaba café; mas allá, pudo observar a las hilanderas del algodón y las tejedoras del fique, y en uno de los amplios bohíos, mujeres con manares seleccionando y enrollando hojas de tabaco, todas sonriendo y hablando en su particular lengua Timoto-Al-Andaluz. 

Se puede entender que como científico y conocedor de sus coterráneos, sabía que culturalmente los nativos, mantenían sus creencias, eran fervorosos con su medicina ancestral y su botánica que les daba eficacia en cuanto a su salud, y hasta gozaban de longevidad, inclusive, sumaría lo de la superstición, eso que denominan el conjuro de Chegué y los mojanes con su poder magnético maravilloso, llámenlo augurio, sortilegios o magia, era a lo que estaban acostumbrados y a ello se aferraban, era lo que les ofrecía con generosidad la naturaleza, por lo que se sentían en un espacio dichoso.

Pero, lo que impresionaba era esa áurea de una gente armónica y amable, con una cultura, cotidianidad y estilo de vida distintas, que los hacía diferentes; eso era lo atrayente, casi con un halo de enigma, de uno de los más antiguos pueblos indígenas, incluido en los 16, considerados étnicamente “casi totalmente puro”, ubicado a seis leguas de Valera y a poca distancia de Timotes.

Muchos han preguntado: ¿pasó realmente el médico José Gregorio Hernández, por La Puerta en 1888? y cabe la pregunta: ¿y si pasó, por qué no la mencionó, como tampoco a Mendoza, en su carta descriptiva del paso por la Cordillera? A la primera interrogante, es afirmativa la respuesta. Decir que no entró, seria calificarlo de prejuicioso y desconocer sus cualidades y formación científicas.

 Por la ruta que tuvo que andar, su disposición a recorrer toda la Cordillera, previendo parar en La Puerta, montado en bestias, acompañado como iba de dos personas, su baquiano y su sirviente, una mula de carga, e incomodado por el trasnocho de la fiesta, se comprende que obligatoriamente se detuvo a descansar y conocer a Mendoza y luego en La Puerta, existiendo en este punto, una de las pocas comunidades aborígenes sobrevivientes.

 A la subsecuente interrogante, se debe responder con esto: ¿se podría dudar de las ganas de conocer este pueblo indígena, dudar de su ansiedad como investigador, su pensamiento, interrogantes, quizás nervios, que abrumaban a aquel científico, cuando le tocó ineludiblemente pasar por este lugar?

Siendo este médico, científico y virtuoso de la filosofía, sabía que dentro de la cosmovisión de esta comunidad indígena, se continuaban practicando los rituales de sanación, con el conocimiento de la herbolaria, y las plantas medicinales, así como, complementadas con las diversas técnicas de curación espiritual. Esta comunidad, relacionada con la civilización Chibcha Mukus, consideraba que las enfermedades eran producidas por el desajuste entre el cuerpo y el espíritu, por eso, la abordaban con rituales para restaurar la armonía necesaria y la salud, también fundamentada en la sana alimentación. La Puerta, era para aquel tiempo un Resguardo Indígena aislado, abandonado por los organismos de gobierno. Para dicho año (1888), La Puerta en lo que hoy es su área urbana, estaba habitada solo por indígenas Bomboyes, quienes fueron prudentes con su entorno, vivían los tiempos de la República Post Independentista Liberal Guzmancista, y trataron de relacionarse con una vecindad hostil, de caudillos, hacendados y gamonales de pueblos aledaños, que ambicionaba apoderarse de sus tierras, lo que lograron en 1891, 3 años después de esta visita.

Desde una perspectiva historiográfica critica, es fundamental lo que encontramos en las Cartas del Beato, al no comentar su recorrido por este pueblo, estando a poca distancia de Timotes, aunque se puede entrever una especie de dialéctica compleja, entre científica y el realismo de creencias, entre lo espiritual y lo catolicista, entre la ciencia y la vertiente de la cultura de la civilización indígena comunitaria, que poblaba estas tierras desde 500 a 1.000 años A.C., y perduraba hasta ese momento. El núcleo poblacional de La Puerta, que conoció el Dr. Hernández en 1888, tenía unos 230 habitantes nativos Bomboyes, y unas 70 viviendas indígenas, según estadísticas de Américo Briceño Valero.

El Dr. Hernández, tenía su criterio científico, el cual adelantó días antes de este paseo por La Puerta, cuando se refirió a los enfermos tratados por él, en Betijoque e Isnotú, <<es tan difícil curar a la gente de aquí, porque hay que luchar contra las preocupaciones y ridiculeces que tienen arraigadas: creen en el daño, en las gallinas y las vacas negras, en los remedios que hacen diciendo palabras misteriosas: en suma, yo no sabía que estábamos tan atrasados en estos países>> (Hernández. Carta del 18 de septiembre 1888). Se intuye que por las mismas razones o con mayor énfasis, para dicho año en La Puerta, siendo una comunidad indígena aislada, es obvio, que practicaban los rituales y conocimientos ancestrales para sus curaciones. Con esas razones, es obvio, que entró a conocer esta comunidad y obtuvo su apreciación subjetiva del recorrido.  

*

El recordado historiador y amigo Arturo Cardozo, sobre la corta  estadía de José Gregorio en Trujillo, transcribió un fragmento de una carta al Dr. Domínici: <<en el gobierno de aquí se me ha marcado como godo; se está, estudiando mi expulsión del Estado o más bien si me envían preso a Caracas…Si me echan de aquí, ¿A dónde voy? Esta es mi duda; como tú comprenderás sin que yo haya dado lugar a nada porque solo me preocupan mis libros. Si me apura la cosa me iré a Caracas y allá decidiremos el remedio>> (Cardozo, 225). El ocurrente Dr. Cardozo, cerró este capítulo, escribiendo: <<La “cosa le apuró”, porque, para abril ya estaba en la capital de la República, preparándose para su viaje a Europa>>; del año 1889.

*

El paso del Dr. José Gregorio Hernández, por La Puerta, tiene relevancia histórica tomando en consideración la búsqueda de las razones para que se tenga en esta localidad una devoción tan antigua por este Beato, quizás una de las primeras en Venezuela, en momentos en que se espera que desde Roma, se dicte su condición de santidad, lo que obliga o merece mayor investigación.

Hemos escrito, que la devoción desde el punto de vista orgánico, como grupo católico que existe en La Puerta por el Dr. José Gregorio Hernández, se lo acreditamos al padre Ramón de Jesús Trejo, quien fue Cura en Isnotú, denominado el primer gran devoto, que tuvo entre sus iniciativas la de elaborar, dibujar y diseñar, junto al artesano italiano Salvatore, el primer vitral dedicado a José Gregorio, en el año 1948, reservando antes y después de ser párroco, el nicho en la fachada principal del nuevo templo parroquial de San Pablo Apóstol de La Puerta, para quien no tenía la condición de Venerable, Beato y menos de Santo, justo al lado de San Benito de Palermo; sin embargo, es bastante probable, que aquel paso del llamado Médico de los Pobres, por estos lares, tenga alguna relación con esa devoción. Trejo, aupó la organización y actividades litúrgicas del grupo de devotos de "Mano Goyo", como también se le llama en la comunidad, de los más participativos en las peregrinaciones y caminatas a Isnotú. 

Sin vanidad parroquiana, pero sí, con cierto orgullo, estos antecedentes devocionarios a los que me he referido, merecen su investigación y reconocimiento. 

* 

El sirviente, despegando las bridas de las frondosas matas de cío, donde descansaban las bestias, esperaba la orden de los señores, quienes absortos por lo que veían, quedaron suspendidos en el mutismo. Luego, a los pocos segundos, se vieron las caras, y sincronizados con la mirada, José Gregorio se paró del banco donde estaba sentado, y sonriendo, para no comentar su impresión, ni sacar conclusiones de lo que había visto,  expresó:

-         ¿Seguimos  vale?  Sonrieron los viajeros.

-         Sí doctor, eso es todo lo que hay para ver aquí. Le señaló el acompañante conocedor de la ruta.

-         Por lo menos vimos buena parte de lo que hay para ver, pero es mucho lo que hay para saber. Replicaría el filósofo, inspirado en su pasión racional y espiritual por la humanidad. Miraron los caballos, y se decidieron montar, sin apartar las miradas de los indígenas de aquella mustia y particular aldea, se fueron despidiendo.

En algún momento, el Dr. Hernández, pensaría dentro de su agitado viaje, en la vida armónica y especial de aquellos abandonados seres humanos, casi como si estuvieran en conforme resistencia en los confines de la tierra, enfrentándola con la sustancia misma de la candidez y la inocencia.

Se acomodó en la silla y echó a andar, tras el baquiano, exclamando:

-         ¡Ahora Timotes!

Miró al subir por las curvas de San Martín, los hermosos y rubios trigales, y dentro de ellos, mestizos abandonando la “fornaleada” y otros simplemente sentados en los pretiles de las casas abrumados por los acordes de los fogones, conjugados con el frío y la niebla.

Al llegar al Portachuelo de La Lagunita, comenzó su descenso por la difícil Cuesta de La Mocotí, única vía para llegar al cercano Timotes. Unos diez años antes, habían mejorado el camino hasta La Mocotí, con algunos arreglos en tramos y vueltas que conducen hacia esa ciudad, del antiguo Estado Guzmán (Mérida).

Los iluminó Chía, con su halo claro y fresco, con manojos de estrellas en el firmamento.

Como cierre de la apresurada y fatigosa jornada, trasnochado y con las asentaderas humeantes de cansancio y dolor, en la noche le comentó al acompañante viajero:

-         ¡Epa chico! en este viaje <<no se presentó ningún incidente en particular>>. El guía quien se vio afectado por el páramo, al igual que el sirviente, le respondió:

-         ¡Si, doctor! todo en la travesía estuvo calmado. Las bestias rindieron.  El sabio médico, le añadió:

-         Lo que te puedo comentar, es que muy <<maltratado llegué a Timotes>> (Hernández). 


(*) Portador Patrimonial Cultural e Historico de La Puerta. 

 

domingo, 1 de noviembre de 2020

Río Bomboy, su significado histórico.

 

o Bomboy, su significado histórico.

 

Oswaldo Manrique R.


         El escritor Mario Briceño Iragorry, afirmaba en su cátedra que,  <<Con el paisaje se recibe la primera lección de Historia. Entender nuestra geografía y escuchar sus voces es tanto como adentrarnos en el maravilloso secreto de nuestra vida social>> (Briceño Iragorry, Mario. Mensaje sin Destino. p70. FEAC. Trujillo. 2005).  De acuerdo con eso, el que vive en zona montañosa, adquiere el  hábito variante a que lo obligan las cimas, el abismo, cauces de aguas, ríos, quebradas y nacientes, esas condiciones geográficas te crean   una visión específica para el trabajo, en la recolección agrícola y en sus relaciones sociales. El hombre y su relación con la tierra, consiste en dominarla y ponerla al servicio de la cultura, la técnica y el modo de producción económica.

En la naturaleza, es conocido que todo aspira a elevarse, aquí, hasta las aguas del Bomboy, se elevaban , eran aguas espumantes  y altivas, que se alzaban, sobresalían,  el aborigen contemplativo solo es un peldaño en la escala biológica, porque piensa y tiene conciencia, pero esa conciencia y hasta la manera de pensar se la da su entorno, en el mar, los hombres piensan en lo que le da este elemento, en el llano, se piensa en función de él, en la montaña, de acuerdo a ese sitio, y aquí,  el entorno de los aborígenes era su río. de ahí, que la hidrología no se tome como una ciencia amorfa, de asperezas humanas, sino el lenguaje maravilloso de las aguas y del <<llanto  sagrado del cielo>>, como decían mis abuelos. 

El río Bomboy, nos dejó una historia, de hechos y personajes interesantes que enaltecen el gentilicio local.  


Desde el punto de vista histórico, el modo de producción económica, genera las relaciones sociales de producción, motoriza los cambios y transformaciones históricas. El río, fue un factor indispensable de la producción, primero en la economía colectiva o primitiva de nuestros aborígenes de nación Timoto, que ocuparon este valle 3 mil años antes de ahora (1.000 AC, según Dr. Layrisse y Johanes Wilbert- genética del factor Diego). Representando el baño y riego permanente de las vegas de este valle. 

Hay vestigios de que la cultura de este valle, estuvo sujeta a este elemento hidrográfico; Briceño Iragorry, al caracterizar a estos aborígenes, señaló  que :<< tenían sistemas artificiales de riego y labraban con gracia el algodón. La cerámica hallada en Occidente…sirve para pensar en un pueblo antiguo o en comercio con regiones de avanzada cultura artística>> (Briceño Iragorry, Mario. Mensaje Sin Destino. Pág. 74. FAC. Trujillo. 2005); es obvio, que sin el agua de los páramos y de este río, no se pudieron  haber desarrollado esas técnicas de labranza, tejidos y cerámica en este valle.

La religiosidad, igualmente estaba guiada por el tema de sus cosechas y el agua.  En la historia indígena del occidente del país, la Turas, son el baile o danza precolombina  más común, donde bailan en colectivo, todos abrazados, (origen Jirajara) acompasada por las Turas: instrumentos musicales hechos de bambú, caracol,  cachos, guarura.  Es un ritual para las cosechas, por la lluvia, por el río y sus quebradas. Por ejemplo, cuando realizaban la Tura grande, dependía de la época de las cosechas entre agosto y septiembre.   Tura pequeña en los meses de abril y mayo. En el Páramo de La Puerta, aun se conservan ciertos bailes, con pasos y coreografías bastante semejantes.  

El valle fue una zona de intensa convivencia, de varias parcialidades Timotes, como Xikokes, Mucutís, Esnujaques, Xaxoes, Bomboyes, integradas en sus costumbres, dialecto y su relación con el hábitat, compartiendo este río y una misma cosmovisión, consolidando la Comunidad Indígena Bomboy (escrito Vomboy, en documento de la primera encomienda otorgada al capitán portugués Tomé De Buyn, en 1601).  

 Luego, este río fue fundamental para la economía mercantilista esclavista de plantación, impuesta por los europeos invasores o llamada época de la "Conquista". Las Leyes de Indias sobre fundación y poblamiento de ciudades y pueblos en América, exigía como requisito indispensable que las que se fueran a fundar tuvieran río, razones obvias.  Durante la época de la Colonia, este valle fue tan rápidamente productivo y envidiado, que los principales fundadores de Trujillo, asentaron sus economías en este sitio, y posteriormente, los mantuanos abandonaron la cómoda y noble ciudad de Trujillo, y se vinieron a vivir aquí, entre ellos, los descendientes,  hijos y nietos de  Sancho  Briceño, Alcalde de Coro y Procurador de Venezuela, quien llegó con el Welser Ambrosio Alfinger; el conquistador Francisco Labastida, quien dio asiento definitivo a la ciudad de Trujillo en el valle de los Mucas en 1571, el capitán Tomé De Buyn, primer encomendero de La Puerta,  Blas de Tafallés, Francisco Botello, Juan de Umpierrez y el capitán Hernando Hurtado de Mendoza, Francisco de la Piñuela, y Pedro Gómez Carrillo, conquistadores y fundadores de Trujillo.  Redondeando, podemos decir que, este valle no tuviera ningún atractivo económico y paisajístico, si no fuese por su río, impulsor de cambios estructurales importantes.

La filosofía, cultura, forma de pensar y de ser de los primeros habitantes de este valle, giraba alrededor de su río Bomboy.  

Características geofísicas: el trujillano Américo Briceño Valero (Geodesta), Agustín Codazzi (geógrafo italiano) y el francés Francis Bennet, coinciden en que el Bomboy es un río de 4° orden o categoría,  es afluente de nuestro río padre: el Motatán de mayor jerarquía, que vierte sus aguas en el lago de Maracaibo.

 Nace esta línea o corriente de agua continúa, de una laguna, ubicada en el Portachuelo en La Puerta, que a través de una caverna llega a un sitio que llaman Cio, Sio o Xio, de un ramal montañoso que se desprende del Pico Miranda, de nuestra hermosa Sierra Nevada. El historiador Mario Briceño Perozo, en su Historia del Estado Trujillo,anotó: <<cuenca tributaria de 115 km2. Es el río de La Puerta. Nace en el páramo de El Portachuelo, a una altitud de 3780 m.s.n.m. se alimenta de las fuentes que bajan de los páramos de Tomón, los Rivas y La Puerta. se señalan como afluentes El Pozo, La Tapa, El Humo, El Cumbe, Mocojó, Labastida, Jeromito, Doró, Las Cruces, La Cabaña y Mariquita. Corre de sur a norte>> (Briceño Perozo: 18) .Cio, llamaban los indígenas y mestizos a un árbol que se encontraba a orillas del río Bomboi. 

Bomboy es el nombre original de este Valle y del río, no Momboy, como erradamente se viene usando, su sello autentico es ese: Bomboy labial. Lo hemos explicado documentalmente en varios artículos que hemos publicado en el blog lapuertaysuhistoria.blogspot.com.

Bomboy, morfológicamente, en lengua indígena Timoto, significa río de aguas de espuma, claras y altivas. Esto les da una idea, de la profundidad ética y filosófica de nuestros aborígenes y nuestras raíces. Oviedo y Baños en su Historia de Venezuela apuntó: son seres reputados como <<afable natural, de noble trato y de una intención sana y sin malicia>>; el historiador Mario Briceño Iragorry: decía que el trujillano cuando sale de su terruño, lleva incorporada esa pasión telúrica por las causas sociales y patriotas.  El nativo Bomboy, es eso, hombre de aguas frías y altivas, transparente y honesto en sus actuaciones. Su filosofía y forma de pensar y de ser, gira alrededor de sus aguas, de su río,  no solo aquí en el área urbana, sino en el páramo también, allí se asentaron los Xikokes, que significan hombres de cauces de agua, sus chorrerones o derrames  Komboko, Maraquita, y el conjunto de quebradas que alimentan al Bomboy, fue y sigue siendo su hábitat. Esto, nos da un rastro de cómo eran los saberes  y cómo filosofaban estos hombres y mujeres,  que son nuestras raíces y forma parte del patrimonio cultural e histórico que debemos ir rescatando.

El río sostuvo las economías del valle Bomboy, la primitiva y la mercantilista, sirvió productivamente a los rubros autóctonos y también a los europeos. 


La gente de estos lugares es muy conservadora. A pesar de los procesos de holocausto y transculturización, las familias mestizas son comunidades ancestrales que, históricamente, se han aferrado a las tradiciones heredadas de generación en generación, desde tiempos  inmemoriales. Gentes sencillas de acendrada vocación para las faenas del campo y de decidido espíritu religioso.

En la Poesía: La belleza, la tranquilidad y la profundidad ética y filosófica que genera este río, lo ha cantado una hermosa mujer trujillana: Ana Enriqueta Terán, en uno de sus más preciados y laureados poemas.  Lean este portentoso y denso terceto dedicado a este río:

Clamo por algún aire que defina

contornos en espuma, palma, rosa:

pequeño adorno en frente cristalina. (Terán, Ana Enriqueta Autobiografía. pág. 25. FEAC. Trujillo.2007). 

El mismo río,  le dio su nombre autentico, su sello originario, topónimo a nuestro pueblo: Bomboy, valle del Bomboy, y el de Pueblo de Doctrina San Pablo Apóstol del Bomboy, su primer nombre cristiano.

¿Qué dejó el río Bomboy?

Se debe responder: un pueblo o una Puebla.  El río sostuvo nuestras economías, la primitiva y la mercantilista, sirvió productivamente a los rubros autóctonos y también a los europeos, Humboldt en 1810, anotó en su obra Viajes a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente,  que en La Puerta, se daban grandes sembradíos de cereales europeos y en muy poco tiempo. Siempre fue un valle prospero, a pesar de la injusta distribución de la riqueza. Nos dejó cultura, valores y principios muy nuestros, también una religiosidad, podemos decir, sincrética como la devoción a  San Benito, la bajada y búsqueda del Niño Jesús, la celebración a San Antonio, San Isidro. Nos dejó una historia, de hechos y personajes interesantes para la trujillanidad y la  República, que enaltecen el gentilicio local; sin embrago, es de recordar lo que en nuestro articulo Bomboy, rio moribundo, publicado en septiembre, en este mismo blog, expusimos sobre la grave problemática que viene afectando a nuestro río, como anormales drenajes, cloacas, desviación de aguas para riego, vertido de desechos y residuos sólidos, el impacto urbanístico, entre otros, que le vienen adelantando su injustificada desaparición. 


La Puerta, noviembre  2020.


Omanrique761@gmail.com


Sofía Angulo Arboleda de Ramírez: abolengo, filantropía y belleza en La Puerta

Por Oswaldo Manrique (*) Eso ocurre en el balcón de la casa. El fondo, la avenida Bolívar, muy cerca de la casa de los Alarza. Una terra...