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domingo, 26 de marzo de 2023

Cuando La Puerta era rockolera.

 

Cuando La Puerta era rockolera.

Por: Oswaldo Manrique (*).

 


El capitalismo, acostumbró a nuestros pueblos y pueblas a surtirlos de cuanto invento se le ocurriera vender. Los comerciantes sirven de locuaces agentes en esa práctica. A comienzos de la década de los 50 del siglo que se fue, se produjo el boom de la “música de rocola”; a las pulperías, bodegas o negocios mercantiles de La Puerta, llegaron las famosas rockolas, que se consideraron escandalosas y para otros, la fórmula de masificar la música para los que no tenían tocadiscos, gramófonos, ni receptores de radio, en este medio rural. Allí, metiendo una moneda, podían escuchar los corridos, ranchera, mejicana, porro, tango, balada, bolero, joropo y cualquier expresión de música popular que estuviera de moda, lo que motivaba al escucha a seguir consumiendo en el local. Eran unas maquinas bastante populares,  permitiendo que el melómano escogiera de una lista de canciones, la que más le gustara. Se estima históricamente que en 1910, mejoraron y modernizaron el sistema del cilindro con que se iniciaron las primeras rockolas, y fue sustituido por un mecanismo que reproduce el grupo ordenado de  discos de 45 rpm, mediante la introducción de monedas y haciendo su selección personal.  

Fuimos testigos cuando estos gordos aparatos, se convertían en sentimentales acompañantes de aquel campesino enamorado y presa de alguna desilusión amorosa o guayabo o cuando sospechaba le comenzaban a comer los cambures por las esquinas, la solidaria, robusta y tarifada maquina iba soltando canciones de esas que animan a cortarse las venas, las que llegan hasta la cédula misma. Era una forma de desterrar la tristeza, pero también de alegrar la vida por unas horas, tras una semana de dura explotación humana  en las haciendas y el trapiche.

La rockola impactó el mundo de la diversión y el entretenimiento de los habitantes de La Puerta. En mucho sitios se instalaron estas maquinas musicales. Las más visitadas en su época de apogeo, fueron las del Centro Familiar El Valle, de la señora Elda Torres, local frente a la plaza Bolívar, atendido por su hijo Kike Matheus; el Centro Social Tropical, en la calle Bolívar, del señor Gil Combita; la Terraza Zulia, esquina Bolívar con calle 2,   del señor Benito Sánchez y su esposa la señora Domitila, que fue un sitio muy popular donde en su barra, podían montarse desde un buen sancocho, hasta una guataca con guitarra,  cantantes espontáneos y profesionales, o un canto de  décimas,   bailes, videos musicales,  jugar dominó o barajas, y se podían comer las burreadas arepas con todo y tomarse unos extraordinarios ponches y merengadas.  Era este lugar popular,  donde se juntaban los mas disimiles personajes,  alcanzando su mayor esplendor  en las tres últimas décadas  del siglo XX. En estos establecimientos se podía además de comer, beber y escuchar la música, bailar en el local, muy cerca de la rocola. Fueron muchas las parejas de enamorados y matrimonios que generaron estos lugares.

Hubo rockola en el negocio y gallera del señor Jacinto Peñaloza, a media cuadra de la plaza; y otras, no menos animadas como las de Augusto Carrasquero, local y gallera, ubicada en la calle Bolívar, a una cuadra de la Iglesia, donde tenían buenas rancheras y variadas criollas y extranjeras; debemos anotar las de Rodulfo Combita, con rancheras, boleros, guarachas y baladas; también las del señor  Antonio Rivas y la señora Marta Combita, entrando por la Calle 3, hoy cerca del hotel Cordillera; igualmente hubo música de moneda en el negocio de Escolástico Combita, ubicado en la calle Páez,  a media cuadra de la Prefectura. En el Restaurant  Pastelito de Oro, en La Hoyada, también hubo rockola. En La Flecha, se disfrutaba de la rockola en el restauran San Miguel, de Ramón Volcán; y en el negocio de Pablo Volcán; y en el sector la “Y”, la del señor Enrique Aldana. 

La gran cantidad de rocolas, nos da cuenta de un pueblo rural andino trabajador, que también fue adicto a la música y a los temas populares de aquel momento. Esa diversidad musical en la que no podían faltar las piezas musicales de Billos, entre los años 60 y 70,  los Máster (Maracaibo); Súper Combo Los Tropicales; Tormento, Los Blanco; posteriormente, se escucharía a los Terrícolas, Ángeles Negros, el grupo Miramar, época alegre y de alta musicalidad popular.

Aunque fue manufactura norteamericana, formó parte de la cotidianidad de nuestros abuelos, de esos aparatos, brotaban canciones como El Aventurero,  la Cama de Piedra, Sonaron cuatro balazos,  Cucurrucucu Paloma, Amanecí en tus brazos o la infaltable de José Alfredo, El Rey, y los famosos corridos mexicanos, entre ellos, Camino de Guanajuato. La mayoría las distribuía una empresa de Maracaibo, era de marca Segburg-Wurlitzert, la más vendida fue la Modelo Spectra Con 80 Discos y la Rockola Marca Ami modelo G-120, también Rowe y las de marca Rockola de donde se tomó el nombre para llamar asi genéricamente a estos aparatos. Algunos dueños de estos negocios o hijos aun la conservan como reliquias, como es el caso del vecino Oscar Volcán.

Época, que da cuenta de esta gente amable, propensa a la sensibilidad, que además de su reconocida espiritualidad, expresa estados de ánimo de cotidiana alegría, frente al agotador y arduo trabajo, que a la postre, son parte de nuestra historia musical y cultural. 


(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.

La Puerta, marzo 2023. 

omanrique761@gmail.com   

martes, 23 de junio de 2020

Pueblo Rockolero y Alegre.


         Las Rockolas musicales.


                                                          Oswaldo Manrique R.

El capitalismo, acostumbró a los pueblos a surtirlos de cuanto invento se le ocurriera vender. Los comerciantes, como parte de la cadena económica, sirven de agentes en esa práctica. A comienzos de la década de los sesenta del siglo pasado, las pulperías, bodegas o negocios mercantiles de La Puerta, llegaron las famosas rockolas, que se consideraron escandalosas y para otros, la fórmula de masificar la música para los que no tenían tocadiscos o gramófonos en este medio rural. Allí, metiendo una moneda, podían escuchar los corridos, rancheras, mejicana, bolero, joropo y cualquier expresión de música popular que estuviera de moda, lo que  estimulaba al escucha a seguir consumiendo en el local. Eran unas  maquinas bastante populares,  permitiendo que el melómano escogiera de una lista de canciones, la que más le gustara. Se estima que en 1910, mejoraron y modernizaron el sistema del cilindro con que se iniciaron las primeras rockolas, y fue sustituido por un mecanismo que reproduce el grupo ordenado de  discos de 45 rpm, mediante la introducción de monedas y haciendo su selección personal.  
La rockola impactó el mundo de la diversión y el entretenimiento de los habitantes de La Puerta. En muchos sitios de la comarca se instalaron estas maquinas musicales. Las más visitadas en su época de apogeo, para bailar y conseguir pareja, fueron las del Centro Familiar El Valle, de la señora Elda Torres, local frente a la plaza Bolívar, atendido por su hijo Kike Matheus, recuerdo a Alfonso Rivas, del páramo, que entraba al mediodía, alborotando y gritaba “llegó la alegría” e iba directo a la rockola, a poner un porro o alguna cachicamera del momento, eran dos o tres mesas que se ocupaban rápidamente para escucharle sus historias fantásticas  y a bailar muchachos; otra de las rockolas que se convirtió en parte de la cotidianidad musical de los puertenses, fue la del “Centro Social Tropical”, en la calle Bolívar, entre calles 3 y 4, La Puerta, local de dos niveles, resturant y área bailable, del señor Gil Combita; otro de los de mayor recordación fue la popular “Terraza Zulia”, en la avenida Bolívar, entre calles 2 y 3, La Puerta, su dueño era el señor Benito Sánchez; en estos establecimientos se podía además de comer y  escuchar la música, bailar en el local, conversar las parejas de novios, hasta el amanecer. Fueron muchas las parejas de enamorados y matrimonios que generaron estos lugares.

A pesar de ser unos aparatos o armastotes barrigones y pesados, median casi metro y medio de alto, las rocokolas, eran las reinas más buscadas en los centros de esparcimiento, restaurantes, fuentes de soda, bares, bodegas y pulperías; en los años 60, del siglo XX, eran el centro de la alegría y la fiesta popular. Asi como producían diariamente mucho dinero, también eran aparatos costosos.

Los fines de semana o en días de fiestas del pueblo y religiosas, se podía observar, como los jóvenes solitarios, entraban a  los locales e iban directo a la maquina musical, era como si estuvieran embrujados, directo a meter la moneda y a marcar la escogida, ni siquiera saludaban a los otros rockoleros presentes; luego, pedían su cerveza, se ubicaban en alguna mesa y a disfrutar del momento.  Hubo rockola en el negocio y gallera del señor Jacinto Peñaloza, que tenia un variado repertorio,  a media cuadra de la plaza; y otras, no menos animadas como las de Augusto Carrasquero, local y gallera, ubicada en la calle Bolívar, a una cuadra de la Iglesia, donde tenían buenas rancheras y variadas criollas y extranjeras.

De las rockolas que se convirtieron en el principal instrumento de animación  musical de los pobladores de La Puerta, debemos anotar las de Rodulfo Combita y Escolástico Combita, ubicada en la Calle Páez, con rancheras, boleros, guarachas y baladas; también las del señor  Antonio Rivas y la señora Marta Combita, entrando por la Calle 3, hoy cerca del Hotel Cordillera; igualmente hubo música de moneda en el negocio de Escolástico Combita, ubicado en la calle Páez,  a media cuadra de la Prefectura. En el restaurant  "Pastelito de Oro", en La Hoyada, también hubo rockola. En La Flecha, había rockola en los negocios de  Pablo y el de Ramón Volcán, en este negocio de Ramón aprendió a bailar el amigo Oscar Volcán, atendía y bailaba; y en el sector la “Y”, la del señor Enrique Aldana. Si, era cierto, que algunos vecinos, para justificar las cucharadas, decían “voy a esperar que suene la mia”, algún porro, o cualquier ranchera, lo que alargaba la alegria y a veces, una de Julio Jaramillo o Daniel Santos para la tristeza; pero una u otra situacion, aderezada con musica. Jaramillo, estuvo en la Discoteca “La Araña”, cantando y libando como los buenos, según me lo contó Gustavo Duque, el popular regente del Pastelito de Oro.  


                                            Las mas conocidas eran las Rockolas marca Segburg-Wurlitzert.

Así como era causa y sostenimiento de los bebedores, los más melómanos, acudían todos los fines de semana a cerciorarse y escuchar las nuevas canciones, que llegaban en los acetatos que iban cambiando cada cierto tiempo, en esos aparatos musicales. Por ahí desfilaban las voces mexicanas de Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solis, José Alfredo Jiménez, Antonio Aguilar, o de ilustres caribeños como Beny Moré, Celia Cruz, Rolando la Serie, o sureños como Leo Marini y Lucho Gatica, entre otros.  
Con la llegada de los aparatos de sonido en sus diferentes modalidades y los discos compactos (CD),  las rockolas, pasaron a ser de la tercera edad y fueron sustituidas y arrumadas en el cuarto de los cacharros viejos. La mayoría era de marca Segburg-Wurlitzert, la más vendida fue la Modelo Spectra, que cargaba  con 80 Discos y la Rockola Marca Ami modelo G-120, algunos dueños de estos negocios o hijos de éstos, aun las conservan como reliquias. Así se amenizaron durante una época, las celebraciones en nuestra parroquia.


La Puerta, junio 2020.

omanrique761@gmail.com 


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