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sábado, 9 de noviembre de 2024

Cuando Bernardino Silva “El Pinto” perdió El Garabato.

 Por Oswaldo Manrique (*)

En uno de los potreros del fértil Valle del Bomboy, a pocas leguas de Valera, por el viejo camino real, al ser observado por la peonada,  solitario y dedicado a la faena, lo desafiaron a pelear, se defendió como buen bregador,  unos golpes al comienzo y su contrincante en el cuerpo a cuerpo le sacó una respetable “marina”, y el muchacho que tenia escondida una navajita de trabajo, se la atravesó por el hombro al contrario, lo que lo hizo huir. Bernardino, demostró asi, su carácter bravío y violento. 

Arsenio el capataz del hato, que veía esto de lejos, echó un escupitajo de chimó, y le farfulló a uno de sus peones de confianza:

-         Póngale cuidao a ese pinto, que no es de fiar.

Unos cuantos años trabajó en “El Hatico” de  Mendoza, donde tuvo faena y lidió con cualquier clase de animales que allí criaban. Aprendió a montar, ensogar, cuidar y amaestrar bestias de carga y de monta, oficio en el que se hizo diestro. Recién llegado aquí en 1862, con apenas 15 años de edad, le tocó enfrentar a quien lo desafiaba a pelear, inclusive con los más fuertes que él; sin duda, en ese medio encontró amistades non sanctas, supo lo que significaba la vida entre capataces y peones del campo y las mismas bestias. En aquellos días, se apiadó de él un viejo peón de barba blanca y sucia, pantalón roto y descalzo, era “Cencerro”, cuidador de los pastizales, quien escuchó comentarios de venganza, y le recomendó:

-         Hijo, váyase de aquí, esto no es sitio pa’ usté.

-         ¿Viejo, pa’ onde me voy? Le preguntó:

-         Busque otro trabajo menos fiero y menos violento, pa’ que pueda seguir viviendo. Estas palabras le desentonaron el día, pero lo llevaron a reflexionar. Era hora de irse a otro lugar. 

El “Pinto” se fue a trabajar a la hacienda de los Terán Labastida en la Cañada de Mendoza, donde duró mucho tiempo bajo las órdenes de otro capataz, quien le avivó la malicia, la vida mundana, el juego, las mujeres y la vocación por la guerra. Aquí aprendió el manejo de las armas, a defenderse con el machete y a disparar, experticia y facultades que lo harían famoso y peligroso, entre las peonadas, dirigiéndolas e identificándose con ellas. 

Bernardino Silva, es uno de los aventureros más atrayentes de finales del siglo XIX trujillano. Hombre de montaña, de contextura fuerte, de orejas agudas, ojos profundos, boca ancha, largos y gruesos cabellos; era de esa clase de seres ermitaños, encerrado en sus predios y con los suyos, un mestizo, con  manchas blancas en la cara y los brazos, lo que le valía el apodo de "Pinto", aunque también le venía por su entrega total al momento de pelear. Dícese que era oriundo de un caserío ubicado entre el pueblo de Santa Ana y Boconó, nació aproximadamente en el año 1847, no faltó quien dijera que había llegado al mundo en Motatán, en uno de los vagones del mismo ferrocarril de La Ceiba. Lo había criado una indulgente señora, que además de fea no podía tener hijos y había recogido a varios niños entre ellos al “Pinto”.

Su corta historia puede encerrarse entre el día cuando apareció por primera vez en uno de los viejos hatos de ganado en el valle de Bomboy, que tuvo como hogar y centro de su aprendizaje de vida. Luego, su integración a los montoneros “Ponchos”; y finalmente, cuando en un grotesco hecho, perdió “El Garabato”. 

Bernardino Silva “El Pinto”, bandolero o rebelde con causa.

Su rostro magro, de mirada fuerte y amenazadora, daba más temor que las manchas de mal de zapa. A pesar de su hosquedad, un día de 1868,  se fue a vivir con una muchacha nativa de “Las Aletas”, y ocupa un lote de tierra impenetrable.  “El Garabato” que fue el nombre que le pusieron al lugar, de topografía irregular, intrincado el acceso, por su frondosa arboleda se creía que allí no se podía criar ni cultivar nada, se consideraba una especie de zona desconocida y fantasmal, un escondite lleno de muchos espantos,  mitos y leyendas.

Con el tiempo, se fue conformando una pequeña comunidad entre cafetales; ubicada al oeste de la antiquísima “Posesión San Pablo”, de los Terán Labastida, y de asentamientos cercanos como “Angostura” y el denominado “Otro Lado” donde había un trapiche, (Briceño Valero, 123),  tenía la ventaja que por senderos y trochas de la Quebrada de San Pablo,  la Serranía tiene salida a “El Mamón”, vía Escuque, también al Quebradón (Cucharito) y Castil de Reyna, múltiples senderos de escape.

Fue deforestando, sembrado su café y construyó su casa de familia, y también le sirvió para el lucrativo negocio de vender animales, sitio al que comenzaron a llamar en forma definitiva "El Garabato". Al ir creciendo la familia, también sus allegados, fueron levantando casas en los alrededores, siempre respetando la vivienda principal de los Silva, núcleo social del apartado lugar. No salía de estos predios, se sentía seguro allí, ante el latente estado de guerra que vivía la región y él formaba parte de ese vic vac, viviendo apasionadamente lo que le gusta a los andinos: la política.

El hecho de que se supiera que tenía tierra en aquella época, le daba dentro del Valle cierto respeto y solvencia, a pesar que su fama de feroz montonero iba por delante. De la lucha guerrillera siempre podía obtener algún pequeño saldo a su favor. Quizás por eso, se integró al grupo de caudillos locales Araujo y Baptistas, que propugnaban la defensa de la autonomía de la región, su derecho de pertenencia, el arraigo a su tierra, y descartó  adoptar las ideas liberales reivindicatorias e igualitarias tan de moda en el tiempo de su juventud.


 “Pinto” el rebelde y temido montonero de los “Ponchos”.

Era confiable y valioso debido a su relación con las poderosas familias Terán y Maldonado. Pertenecía al grupo del general Blas Briceño conocido como "el Chato" o el “Atila trujillano” y desempeñó un papel significativo en causas y victorias de los “Ponchos”. A finales del siglo XIX, el “Pinto” Silva participó como oficial bajo el liderazgo de los Generales Araujo y Baptista, quienes  dominaron hegemónicamente el poder político en los Andes. En 1892, también se alzó con los Baptista, contra el gobierno del doctor Andueza Palacio, en favor del general Crespo.

El 11 de mayo de 1898, Silva participó con los Burelli, Sandalio Ruz, Miguel Delgado, los Palomares, gente de La Puerta y de Mendoza en la toma de Valera, cuando lo del fraude electoral contra el “Mocho” Hernández. Muy amigo de “Calzones Negros” Palomares y del coronel Noé Matheus, que fue jefe civil de Valera en 1897, guerrilleros como él, rápidamente marcha hacia Motatán a reunirse con el general José Manuel Baptista, y se embarcaron en el ferrocarril para batir a machetazos en Sabana de Mendoza, a la tropa del gobierno liberal.

El  arrojo e intervención militar del “Pinto”  con su montonera siempre fueron decisivos en los triunfos de los “Ponchos”. Para él, el mando en Trujillo solo se entendía y aceptaba cuando estaban los “godos” gobernando. Él había hecho juramento de lealtad con ellos.


Recordando el triunfo en Jajó y la descomunal derrota  de  La Mocotí. La segunda paliza que reciben  los “Ponchos” en Jajó.

Cuando ya se ven derrotados y ordenan el "sálvese quien pueda" Silva se fue por la vía del rio Motatán. Refiere el general Perfecto Crespo en sus memorias que  a la altura de la Quebrada de Cuevas,  tiene un encuentro con unos muchachos "nos hicimos unos tiros con una guerrilla fugitiva del célebre Pinto" (Crespo 55); fue en horas de la tarde del mismo 6 de junio de 1898.

Después de esta nueva derrota en Jajó, "Calzones Negros" Palomares había huido hacia el Paramo de Siete Lagunas; sin embargo, lo fue a visitar en la casa. Lo saludó y preguntó:

 - ¿Cómo está el amigo “Pinto”? Este le respondió: 

- ¡Aquí con las manos yertas y los pies como una barra! A buena hora llegás, “Calzones Negros”. Se dieron la mano, sonrieron y entraron a la sala.

- Tarde pero segura la visita pa’ los amigos, aunque ando a “mata mula”, sin descanso. Al caminar, el anfitrión le dice:

- Un “mangas miada” lagartija, me dijo que vos estabas “bajo sombra”. Se carcajearon.  Ambos rememoraron las anécdotas y aflicciones de las dos batallas, la del 92 y la reciente de 1898, que consideró injustificada. Avanzada la conversa, “Calzones Negros” le confiesa que va a "saltar la talanquera": 

- Yo no voy a seguir detrás de los Araujeros, me voy sumar a la tropa del “Tigre de Guaitó”, conversé con él y voy con el grado de oficial y en su Estado Mayor.

- ¿Calzones y qué bicho le picó para ese cambio tan violento y a estas alturas? Palomares le respondió:  

- El general Rafael Montilla Petaquero, se va de campaña y me invitó a unirme a las tropas liberales. Lo cierto fue que aquel, le dio la opción de sumarse a su ejército, para no mandarlo a fusilar por los daños y saqueos a los hacendados liberales; este “Montillero” murió a los pocos años en combate en Los Cascajos, cerca de Carora.  El “Pinto” quedó sorprendido por el cambio del amigo y le dijo: 

- A mi me dio muy mala espina, que el “Chatico” desafiara al ”Tigre”. Con esa derrota en La Mocotí, después de haber ganado en Jajó, fue un terrible descalabro para nosotros que expusimos el pecho en batalla. 

- ¡A mí también! No fuimos a echar pulso, fuimos a machetear cabezas. Fue la respuesta que le dio "Calzones Negros" Palomares.

- Pues yo no pienso saltar la talanquera, a fin de cuentas ya el gobierno me declaró enemigo público.  

- Eso se le respeta “Pinto”.

- Bueno, ya no hay remedio en mi caso; “Calzones”, a lo hecho pecho, aunque nos equivoquemos, debemos correr con las consecuencias.

Las  inoficiosas diferencias internas en los partidos políticos (Ponchos y Lagartijos), familiares y parentales, torcían e infectaban de discordia cualquier ideal o reivindicación justiciera, sobre todo cuando enarbolaban la bandera aquella de la “democracia y el pueblo”.

Lo que también era cierto es que, al “Pinto” andando con el “Chato” Briceño, le había ido bien, lo enseñaron a pelear, táctica  en combate y al final de cada una de las batallas lo permisaban para tomar ganados, muebles y lo coronaban con el producto del saqueo de los bienes de los perdedores. Con los “Ponchos” le fue muy bien económicamente y podía sostener su propia guerrilla, que lo convirtió en un hombre de poder y de respeto por terror, que para cualquier conspiración, levantamiento o revuelta armada siempre había que tomarlo en cuenta. Eran los tiempos y prácticas de los caudillos andinos. 

Enfrenta con su tropa, la dulce revancha liberal. 

Desde que sucedió la batalla de Jajó, la población varonil había emigrado hacia otros lugares de la República, inclusive a Colombia, esta situación animó a todo aquel liberal o amigo de liberales o parientes que habían perdido animales y valores en esas marchas y saqueos del “Chatico” Briceño obligándolos a formarse en grupos y montoneras a fin de recobrar en las tierras del Chatico y sus copartidarios donde  <<la voz pública afirmaba que se encontraban abandonados y que el “Chatico” los disfrutaba y disponía de ellos cínica y tranquilamente como si fueran bienes adquiridos legalmente>> (Gabaldón, 120). Se organizaron grupos armados para la revancha, en varios lugares del Estado.

Como todo montonero, rezaba mucho antes de salir en jornada de guerra. “El Pinto”, no era un hombre común.  Terrible presagio, fue el que le produjo su participación en la batalla de Jajó, donde el “Tigre Montilla” le dio hasta con el chucho en la cabeza al “Atila” trujillano. Para colmo, en la precipitada huida tuvo que echarse plomo con un grupo de jóvenes liberales de Valera, comandado por un muchachito de nombre Perfecto Crespo, que a los pocos años sería flamante general liberal y lo incluiría en sus memorias. “El Pinto” seguiría en sus actividades insurreccionales, ahora como defensor armado contra las arbitrariedades y saqueos de los “Lagartijos”, que venían a recuperar sus bienes y algo más. Su camándula, su bestia aperada, su armamento y demás objetos de campaña. 

Los contrarios, hacendados también, se organizaron, para enfrentar a los revancheros,  <<de donde resultó que, en la cañada de Mendoza Fría y en las riveras del Río Motatán, se apostaron grupos para impedir la realización de la revancha y para matar y atacar a los expedicionarios que se expusieran a su certera puntería. Una de las agrupaciones dichas la capitaneaban los Palomares y la otra, el feroz y terrible Pinto, sobreviniendo escaramuzas de donde resultaron muchas muertes y la subsiguiente zozobra y desgracia del lugar, pues en estos choques no se repararon medios para conseguir los fines>> (Gabaldón, 121).  Según este párrafo, la fama del “Pinto”, en opinión de los “Lagartijas”, era de bandolero, intolerable y de gran dureza.

Al Pinto, lo despachan en El Garabato.  ¡Qué noche tan cruel! 

Supersticioso, pensaba que vendría otro combate final, los “Ponchos” no se quedarían mucho tiempo mascullando la derrota y fuera del poder. Estaba predestinado para morir en combate. Al retirarse las fuerzas vencedoras en Jajó, quedó al mando del Distrito Valera el general Emilio Rivas,  quien comenzó la persecución de los enemigos “Ponchos”. Lo primero que hizo fue llamar al coronel Rivas, no eran familia, y cuando estuvo en el Despacho, habló de las andadas del “Pinto” y le ordenó:

- Coronel necesito que acabe con esa rabia. El otro Rivas, salió a cumplir la orden de su superior. La oficialidad subalterna del general Rivas, estaba integrada por Pablo Emilio Manzanilla, Antonio Rivas, José Miliani, Justo Cadenas, Justo Malavé, Juan Terán, Ramón Rangel y José Antonio Rivas.

La comisión designada por el general Emilio Rivas, le  montó un cerco y una emboscada alrededor de la casa donde se encontraba. Crespo testigo de estos hechos, en su memorial escribió que este, <<envió al coronel Rivas a una comisión al Garabato y cercaron la casa donde estaba escondido Bernardino Silva con algunos compañeros y sus hijos; al dárseles voces de que abrieran la puerta, contestaron con tiros. De aquella refriega resultó herido gravemente el coronel Rivas, quien murió allí mismo y también un hijo del Pinto. Al fin desocuparon la casa y al salir fue reducida a cenizas. ¡Cosas de la guerra!>> (Crespo, 57).  Bernardino Silva vendió cara su vida, cazó al cazador antes de morir, pero  abusando de la fuerza sus enemigos, le destruyeron “El Garabato” objetivo de sus sueños.

Al llamarlo a rendición, jamás pensó en entregarse, y los hijos y sus compañeros estaban decididos a todo, y se echaron plomo con la comisión del gobierno. Les gritó desafiante:

-         ¡Vengan por mí, babosas “lagartijas”!

“El Pinto” se batió a tiros, se molestó más cuando vio caer herido de bala a uno de sus hijos, y recibiendo varios disparos en distintas partes de su cuerpo, les volvió a gritar:

-         ¡Viva el general Araujo y los “Ponchos”, Carajo!  Siguió disparando hasta dar el último sacudimiento y desplomarse.

Uno de los de la Comisión, al ver al coronel Rivas tendido en el suelo,  se tocaba con cierto nerviosismo el bigote,  pensando:

- Pobrecito mi Coronel, le salió el tiro por la culata.  Seguido a la acción de crueldad de los militares del gobierno, el cuadro que dejaron era macabro y sangriento.

Fabricio Gabaldon, en su testimonio sobre esos hechos, explica que los gobernantes liberales generales Espíritu Santos Morales y Rafael González  Pacheco, permitieron dichas prácticas y solo deseaban <<la captura del Pinto y los Palomares para que quedara sosegado y garantizado el lugar, tal como se lo imponían sus deberes de mandatarios; al fin se logró con la muerte que le ocasionaron al Pinto y a sus hijos, desarrollando y poniendo en práctica para ello, como si se tratara de la casa de un animal ladino y feroz, un plan que les dio los resultados que aspiraron>> (Gabaldón, 121) . Esa fatídica noche, la sombra estiró sus alones, en aquel lugar dejó muertos, ruinas y cenizas de casas, montones de ceniza, que solo merodeaban perros hambrientos, buscando despojos de aquella atroz carnicería. “El Garabato”, lo convirtieron en un camposanto sin epitafios ni explicaciones.

Siempre anduvo armado, alerta para lo que se le presentara, de franela y calzones cortos, en la montaña no le faltaba su poncho oscuro y en el cuello un pañuelo colorado. La noche que lo sorprendieron, recibió varios impactos de bala en su cuerpo, uno, dos, tres, muchos, parecía que lo iban destrizando desde su interior, sus piernas se estremecían de dolor, comenzó a tambalearse en silencio y, por fin, se desplomó, seguía agónico, sin quejarse. ¡Lo habían masacrado!

¡Qué dramática estampa! Tirado en el lodazal. Resultado de la crueldad política de aquel momento. Sí, era “El Pinto”: ¡qué yacía detrás de una arboleda, aunque en la desdicha, se le vio eufórico y digno al vender cara su muerte, asi mismo, se le vio en batalla, ¡conocible! Después de un último intento por levantar y disparar su arma, quedó inerte y silencioso. Al amanecer, vecinos y niños que fueron acercándose hicieron rondas fúnebres, lo vieron con gran tristeza, lo conocieron y respetaron como colaborador, amigo, trabajador, una señora que fue con su hijo pequeño, como si fueran compañeros de desgracia, persignándose, murmuró:

-¡Ah pecao, como mataron al  Pinto!

Años después quedaba en el olvido, en aquel hermoso valle, los recuerdos de los alborotos y revueltas, que dieron lustre al nombre de Bernardino Silva, mejor conocido como “El Pinto”.

*

Uno de los temas representativos de la historia social y de la ruralidad andina en el siglo XIX, lo fue el caudillismo local, con sus montoneras, que muchas veces hacían justicia por sus propias manos, guiados por sus propios códigos, a quienes se les llamó bandoleros, forajidos o salteadores de caminos o alzados, sin embargo, su guerrilla encarnaba una respuesta o reacción de carácter política conservadora, de estos campesinos contra la arbitrariedad de los gobernantes “Lagartijos”.

Bernardino Silva “El Pinto” fue un rebelde, figura clave a rescatar y visibilizar que se alzó guiado por sus resumidos ideales: defender sus bienes y la propiedad privada, defender la autonomía de su Provincia, mermada con los cambios de gobierno, y la defensa de su Patria.

(*) Portador Patrimonial Historico y Cultral de La Puerta.

omanrique761@gmail.com 


sábado, 1 de junio de 2024

Cuando bajaron las carabinas de La Mocotí, 1898.


          Por Oswaldo Manrique (*)

Al “Chato”, la cabeza le daba vueltas de tanto pensar. No eran las nalgas, las que le dolían, que a pesar de los brincos y rebrincos de las cabalgaduras, se habían portado resistentes y a la altura del vic vac. Seguía  las medicaciones que le daba el Dr. Manuel Araujo, su pariente, y se hacía cuando podía, los baños de ponchera de agua fresca con sábila y mejorana, que siempre le calmaban. Experimentaba desde meses antes, agudas molestias cuando noticias que desde Mérida le llegaban, corroboraban el favoritismo que sentía el Presidente Espíritu Santos Morales, por  sus tradicionales enemigos: los “Lagartijos”. Ahora, la cosa cambió: anuncian la separación y autonomía de los Estados. Buena ocasión para cobrársela al “Tigre de Guaitó” y a la “Gonzalera”, y movilizar desde todos los rincones de la región, la tropa para aventarlos del poder.

Fondo de portada: tomado de Despojos Inconformes, de Neller Ramón Ochoa.

Le había jurado al viejo y enfermo “Ño Fuán”, que recobraría el gobierno para la familia. En sus adentros el “Chato”,  diría: - ¡Trujillo es godo y de bandera colorada!  Era muestra del rencor que arrastraba, desde la paliza recibida en el 92, la que lloró en La Puerta, junto con los terribles  “Pinto” Bernardino Silva y el “Calzones Negros” Palomares.

Cuando discurría el año 1898.

Difícil apartarse de lo apasionante que es abordar la vida, acciones, razones políticas, ideológicas y pasiones de los rebeldes trujillanos, particularmente los del tiempo de caudillos y de la deslumbrante virilidad. Impresiona esa combinación de lo anecdótico, con las colosales decisiones y acciones militares. Parecen, aunque suene cándido, peleas de seres inalcanzables, como proveídos por los Dioses, que solo pueden ser vistos a la distancia, cabalgando sobre las crestas de la  Cordillera de La Culata. Por ello vale sí, dar a conocer los hechos -sin duda sangrientos -, como enseñanza de lo que no debe repetirse entre trujillanos, entre hermanos, la ausencia de tolerancia y de reconocimiento del contrario político, lo que, amplia el gentilicio y orgullo regional y local.

¿Quién podía pensar que algo fútil, era la motivación de esta revuelta?

En términos generales, se gozaba de una paz de tregua. Estando apoyando y al servicio del gobierno del Presidente de la República electo, general Ignacio Andrade, las fuerzas liberales “lagartijos” y también las oligarcas “ponchos” trujillanas, las dos causas políticas “contradictorias” entre sí, respaldándolo; asimismo, al presidente del Gran Estado Los Andes, general Espíritu Santo Morales, quien se inclinó y protegió a la gente de su compañero de causa liberal, general Rafael González Pacheco, quienes prevalidos de ese apoyo, no desperdiciaron la ocasión para hostilizar a sus contrarios oligarcas.

Vino la separación de los Estados "y esto fue suficiente causa para disputarse el mando y hostilizarse entre sí" (La Riva, 85). Causa y oportunidad para los “Ponchos”.

El 11 de mayo de 1898, el General José Manuel Baptista con gente armada toma Valera, fue el inicio de hostilidades. Contaron con los batalladores godos del Valle de Bomboy, Miguel Delgado, Pancho Ramírez, los Burelli, los Palomares de la Puerta, Noé Matheus, con ellos, los temidos Terán de “La Cañada de Mendoza”, Bernardino Silva “el Pinto”, y Rafael Abreu, de “El Cumbe” (Crespo, 53). Luego, pueblos como Sabana Mendoza, Pampanito, Niquitao, Boconó, Sans Souci, “La Encomienda”, en el páramo La Cristalina, “Tierra Morada, Zanjón del Rincón, “Las Aguaditas”  sintieron el peso de las bestias y cabalgaduras de los “ponchos” conservadores.

El desmedido desafío del “Chato” Briceño.

Unas semanas antes, de la decisiva confrontación, el general Montilla Petaquero, recibe un mensaje del "Chato” Briceño, general de las fuerzas araujeras, en términos similares a esto: <<General si es tan valiente, vamos a vernos las caras en Pueblo Llano, lo desafío a pelear, con las armas que le dé la gana>>.  Montilla, como jefe del ejército liberal, estando en Mérida, y mientras meditaba el reto y la vehemencia por plantear batalla, del Chato, a quien llamaban el terror de los lagartijas, el "Atila" trujillano, fue apertrechado en armas y municiones por el presidente del Gran Estado los Andes, general Espíritu Santo Morales. 

El mismo Espíritu Santo, asumió comandar la guerra contra los oligarcas araujistas y batisteros que jefaturaba el general Blas Briceño alias “El Chatico”,  quién atrincherado en Jajó le exigió la revancha, es decir, desafió al combate al general Rafael Montilla Petaquero "El Tigre de Guaitó", y este lo buscó en “Pueblo Llano” donde lo había citado, se molestó al no encontrarlo allí, lo buscó también en “Las Porqueras” de Timotes, y por último,  se fue a enfrentarlo <<en el Alto de Durí, donde forzosamente paró, acatando órdenes del general Morales>> (Gabaldón, 117). Esto es anecdótico, el “Tigre” buscando al “Chato”.


El colosal y decisivo choque en Jajó.

El 6 de junio de 1898, ocurrió en "La Loma de las Palmas", sitio cercano a Durí, uno de los hechos más sangrientos de la historia trujillana. Duró 5 horas. Fue un encarnizado, absurdo y obstinado combate, que según algunos historiadores, aseguró la tranquilidad y la estabilidad política y militar de Trujillo, del Gran Estado los Andes, y del país.

Minutos antes del combate, como parte de lo anecdótico ocurrió algo, que incluyó en su testimonio el historiador Fabricio Gabaldón, pues encontraron que un ingeniero de nombre Luis Vélez, que formaba parte del Estado Mayor del ejército liberal, sacó un plano topográfico del sitio y lo abrió en una mesa, fue clavándole alfileres de colores y banderillas, indicando a los oficiales liberales el orden de ataque.  En eso llegó Montilla Petaquero, metió la cabeza por entre el grupo y dijo en altavoz:

- Déjese de pendejadas doctor Vélez; ¿usted como que cree que con alfileres y muñequitos vamos a derrotar al enemigo? si quiere coja un mauser y véngase conmigo para que vea cómo peleo yo" Frescura providencial>> (Gabaldón, 118); lo que bastó para  librar a todos los oficiales del inconveniente en que los había  metido el ingeniero y su plano. 

El general Morales ordenó el ataque, distrayendo al enemigo con un ligero tiroteo, mientras el atrevido general Montilla avanzaba en la vanguardia y observó que sus rivales <<habían dejado sin ocupar unos riscos o peñas que los dominaban en altura; se aprovechó del descuido con las habilidades que tenía de experto cazador, y seguido de los suyos que lo secundan, inició desde los riscos o peñas mencionados el combate; con la sorpresa de Morales que, lo ve empeñarse sin su orden,  y con el espanto del enemigo al verse dominado en altura. Piedras enormes diseminadas en el terreno que ocupan, las hacen rodar al campo enemigo, y con el desastre que estas ocasionan en el trayecto recorrido, juntamente con los gritos de entusiasmo y los certeros disparos, le ocasionaron a sus contrarios, la más completa y vergonzosa derrota, como no se recordaba otra en suelo trujillano>> (Gabaldón, 118).

El general liberal Perfecto Crespo, en su memorial, anotó: <<las tropas godas se concentraron en Jajó. Las fuerzas del gobierno liberal que llegaban de Mérida, y las trujillanas que pasaban por “Pajarito” y “Tuñame”, resolvieron atacarlos en su propio patio: Jajó. El  General Montilla entró en Jajó cayendo este pueblo "bajo la planta de los soldados adversarios>> (Crespo, 55). Destruida su fuerza de combate, los generales Araujo y Briceño, emprendieron la retirada.

El recordado historiador, colega y amigo Arturo  Cardozo, escribió: <<El numeroso ejército conservador es derrotado y perseguido. La tenaz persecución transforma aquella derrota en veloz fuga que solo termina cuando los insurgentes llegan a la estación ferroviaria de Motatán y, bajo el efecto del pánico, asaltan los vagones que los conducen a La Ceiba; luego embarcan para Maracaibo>> (Cardozo, 258).

Para los puertenses, este episodio de guerra fratricida, tiene un significado especial que va más allá de lo legendario de este hecho, como continuación de la sangrienta batalla de Durí-La Mocotí-El Portachuelo, en 1892, sino porque personajes locales estuvieron involucrados en la lucha por consolidar la estabilidad de la República. La historiografía no ha incluido ni reconocido la importante participación de hombres sencillos, campesinos, de nuestras montañas, que sin ostentar el mote de generales, quizás algunos con grado de coronel y oficiales, se la jugaron en esta fase del proceso histórico trujillano; por eso, la necesidad de reescribir la historia, rescatándolos y visibilizándolos.

La retirada, desmoralización y el pánico.

El “Chatico” viendo la debacle y la pérdida de hombres y posiciones, producto del avance rápido y la barbarie de los “lagartijos”, entró en pánico, y llamó a un "sálvese quien pueda", abandonando el sitio de confrontación, lo que aprovechan los liberales para la persecución, resultando una retirada que se perfilaba como caótica, al no respetar el lógico orden de batalla.

A toda prisa, huía “El Chatico”, de las balas, pero más velocidad le imponían los macheteros del “Tigre Montilla”, que iban tras él, persiguiéndolo.  Su cara era de miedo y de derrota. Vencido en el 92, y vencido en esta batalla y por los “mesmos”. 

La derrota que sufrió el ejército del general Pedro Araujo Sánchez,  y el general Blas Briceño alias “El Chato“, considerado hasta ese día él Atila trujillano, el invencible, se dieron a la fuga ante el incontrolable avance y “carga a machete” de los indios montilleros. En la huida el “Chato”, <<encontró refuerzos quienes al verle la cara de espanto les contestó "asómense y verán por lo que juigo yo”, palabras que fueron suficientes para contagiar terror; y a la voz de: sálvese quien pueda, las armas son arrojadas, los grupos se dispersan y los jefes haciéndose unos a otros competencia en la velocidad de sus cabalgadura, ganan a Motatán,  asaltan en su confusión las máquinas y vagones del ferrocarril>> (Gabaldón 119). Los refuerzos eran la poca gente que bajó de La Mocotí con el general Leopoldo Baptista.

En efecto, el general Morales, se había movido desde Mérida sobre Trujillo, uniéndose a él, el doctor González Pacheco y el general Rafael Montilla, y atacó a las fuerzas que habían en Jajó al mando de los generales Pedro Araujo y Blas Briceño, <<y después de cinco horas de combate, emprendieron Araujo y Briceño la retirada, que fue protegida por el doctor Baptista y cinco oficiales que se habían movido de La Mocotí con ese objeto y en auxilio de Jajó>> (La Riva Vale, Alberto . Anales de Valera. Página 85. Valera. 1988). Es aquí cuando entra a participar la gente de la serranía de La Culata. Se entiende que eran algunos oficiales y su pequeña y selecta tropa.

Al irse en fuga, los "Chateros" son perseguidos por los macheteros montilleros, dispersos en varias direcciones. El “Pinto” huyó por el Cumbe, donde se echó tiros con unos de la retaguardia liberal. Perfecto Crespo,  apuntó que como parte de la huida de los derrotados  conservadores, <<Por el camino de Valera a Jajó, en la Quebrada de Cuevas, nos hicimos unos tiros con una guerrilla fugitiva del célebre “Pinto” Bernardino Silva>> (Crespo, 57).  El “Chato” Briceño aprovechando la acción de Baptista y sus oficiales, se metió por unas intrincadas trochas hasta llegar a la estación del ferrocarril en Motatán. 

Los fusiles salvadores que bajaron desde La Mocotí, en 1899.

Pudiera percibirse como algo enviado por la divina providencia, en el preciso instante de su casi degollamiento. La tradición oral, menciona que el rebelde Sandalio Ruz, que había roto relaciones políticas y de amistad con el “León de la Cordillera” y sus seguidores, participó en la retirada de los godos. El empinado Sandalio, con su porte patriarcal, se convirtió gracias a su conocimiento de esta zona, su destreza y capacidad para movilizarse y esconderse, en maestro de la lucha guerrillera y la emboscada. Como auténtico paramero, de niño, le tocó salir de cacería con sus mayores y conocer la profundidad de la montaña, y el desplazamiento del venado, conejo de monte, o báquiro, para comer carne buena. Fue una autentica escuela y leyenda para su tropa, incluyendo a Mitrídates su fiel guardaespaldas, a Fidel Rivas y Juan Torres.

Sandalio tenía tiempo distanciado del Partido Conservador, había roto con el general Juan Bautista Araujo, el célebre “León de la Cordillera”, sin embargo, Leopoldo Baptista, lo convenció para esa jornada y formaron la fuerza salvadora de la retirada y las vidas de los araujeros. Según la tradición oral, y asi lo recordaban descendientes de Mitrídates Volcanes, su lugarteniente, que Sandalio no le perdonó al “León de la Cordillera”, que le negara el apoyo en su ataque a la "Gonzalera"; pretendía “Ño Fuan” que el Coronel y su gente, quedaran burlados y saqueados en sus bienes.

Cuando fueron a hablar con Sandalio, allá en Los Aposentos, según Ramón, nieto de Volcanes, a Leopoldo Baptista lo acompañaba su socio el "Jurungo" Burelli, quien iba con Cesáreo Parra, el yerno Antonio Parra, y Rito Pabón, vecinos, hacendados y montoneros de la zona, además, militantes de la causa goda. Toñita Carrizo la esposa, los atendió y cuando escuchó mencionar que las fuerzas liberales la comandaba la “Gonzalera”, inmediatamente se le revolvieron las tripas, recordando el saqueo de su casa y sus tierras. El coronel Ruz, se lanzó nuevamente a la guerra para frenar a los que habían arrebatado la hegemonía política a los “ponchos” en  la región.

José Antonio Burelli alias el “Jurungo”,  de 52 años (Giuseppe Zenone Burelli Raffelli 1846 – 1920). Se sentía seguro en sus andanzas y correrías, porque poseía además de su inseparable revolver, un fusil de ligeros guáimaros, que según él, era de mayor precisión. Como se acostumbraba en ese tiempo, fue con sus dos hijos mayores, en esta experiencia de acciones excepcionales de montoneras, Cristino, de 26 años de edad, igualmente, Francisco Alberto Umberto, uno de los mayores de la familia Burelli, quien desde niño disfrutó de la cacería, también inclinado por la carrera militar y Pedro Mario Burelli García,  con  24 y 18 años de edad respectivamente; es posible que el bisoño José Américo, que años después sería legendario general nacionalista, también los haya acompañado. Los guerrilleros cordilleranos, limpiaban sus chopos con aceite y gas plan (kerosene), antes de hacer uso de ellos, pero ese día, lo que bajaron por el desfiladero, fueron máuseres nuevos.

A los "araujeros" solo los amparó, de los macheteros montilleros, la operación militar de Leopoldo Baptista y los caudillos francotiradores de La Puerta, entre ellos Sandalio Ruz, Mitrídates Volcanes, “El Jurungo” y su hijo Umberto Burelli; el "Macho" Palomares, y unos pocos que los acompañaban, que les permitió a la gente del "Chato" Briceño y de Pedro Araujo, llegar a Motatán, tomar el ferrocarril y salvar la vida. Era lógico que Baptista se hiciera acompañar de los baquianos de los vericuetos de La Mocotí y las montañas liberadoras de las Siete Lagunas.

Baptista y sus oficiales, se habían ubicado en el Filo del Granate. Le sudaba el catalejo, cuando observó las posiciones y avanzada de los dos ejércitos en batalla. Bajaron de La Mocotí  y dispusieron una línea de bloqueo, desde donde pudieran practicar “el tiro de cachito”, que obligó a los perseguidores, a abandonar la "carga a machete", que se habían propuesto sobre la tropa araujera  oligarca.  Los primeros en caer producto de los tiros, fue el jefe de los perseguidores, desplomándose de la mula. Esperaron, y más atrás, el que lo sucedió o sustituyó en la jefatura fue certeramente herido, sin ser derribado de su bestia, y graneadamente cayeron otros, lo que conmocionó a los macheteros “lagartijas”, que los frenó en su desaforada cacería. El fusil de sistema Máuser era un arma de repetición que podía cargarse para un nuevo disparo, con un movimiento de su palanca de armar. Servía para parar las persecuciones, porque  el largo de los fusiles impedía su manejo en los combates a corta distancia. Con estos disparos lograron detener la persecución, salvando a los godos derrotados.

Entre los caudillos montañeros de La Puerta, que nombra como inventario de godos el general Perfecto Crespo, en sus memorias, está el guerrillero conservador y baptistero Miguel Delgado (Crespo, 53); un hacendado oriundo de Mendoza, que se radicó en La Puerta, en 1893, fue propietario de la casa N° 4 de la Calle Real, hoy avenida Bolívar, colindante con la casa de los Carrasquero, y por el otro costado, con la casa de Juan Pedro Lamus, padre de don Audón (Abreu B,  201). Por la seriedad, patrimonio en riesgo y nivel de compromiso de los participantes de La Puerta al llamado de Baptista, se notan las diferencias políticas muy marcadas con el clan Araujo, el otro bastión del conservadurismo, que se había alzado y atrincherado en Jajó.

El filosofal Cesáreo Parra, aunque no hacen referencia de él, asentado en la Media Loma, fue un hombre vinculado y leal a los Burelli, demostró gran destreza como tirador y casi siempre, con buenos resultados en sus incursiones, de igual forma Rito Pabón, acostumbrados a la cacería de montaña, y además,  gente de pelea. 

El ultimo montonero de La Puerta, porque sobrevivió a su comandante Sandalio Ruz. Con poco más de un metro cincuenta de altura, Mitrídates Volcanes, campesino, siempre alegre y cantando, fue diestro para camuflarse en la selva serrana, para ir a cazar, gozando de buena puntería. Mitrídates Volcanes,  lugarteniente de Ruz,  según la tradición familiar, salía de cacería, pero estando en la casa de La Maraquita, habitualmente sacaba del escondite y hacia el mantenimiento de su fusil. 

Crespo de igual forma menciona al "Macho" Palomares, Carracciolo Palomares, también conocido -según el historiador Guillermo Morón- como el legendario "Calzones Negros", fue considerado el mejor francotirador del Valle de Bomboy, le achacaban la autoría de varios “tiros de cachito”, tenía su propia guerrilla integrada por sus hermanos y sobrinos. A los meses, de esta confrontación, negoció con el general Montilla, y éste,  lo incorporó a su ejército, como uno de sus lugartenientes. Adquirió fama como francotirador, sus compañeros le tenían respeto y miedo. Carracciolo  y sus hermanos, hacían competencias con Rodulfo Terán, de familia terrateniente de Mendoza, seguidor de los Baptista, y fue famoso por su puntería.

Las largas y frías carabinas que fueron sacadas a la pelea, por estos parameños,  inclusive cabalgando,  gozaban de ventaja frente a la tropa de infantería. Esos campesinos, al disparar sus municiones de largo alcance, sonreían, porque sabían que el armamento que estrenaban superaba el 90 % de efectividad.

Fueron estos personajes locales, parte de los hábiles y arriesgados cazadores de la serranía de La Puerta, considerados una especie de elite de la tropa goda y pesadilla para los “lagartijos”, quienes pudieron contener la tenaz persecución del enemigo y salvar a la tropa del "Chato", despavorida por aquel cruel y sangriento combate.

Al año siguiente, el general y jefe de los liberales Rafael González Pacheco, y el general Leopoldo Baptista, jefe de los oligarcas trujillanos, pasaron a hermanarse en el gobierno nacional. El general Rafael Montilla, líder de los campesinos sin tierras, pasó ahora, a ser enfrentado por estos generales, uno, su amigo y el otro, su enemigo, por la fuerza campesina y militar que representaba, como por sus ideas y obras de redención social. 

Este mes de junio, se conmemoran los 126 años, de aquel trágico y fratricida hecho de armas,  en el que se involucró un grupo de hombres de la serranía de La Puerta, en 1898, que conspiraron por la defensa de sus intereses de hacendados, militantes de la causa conservadora, quienes ayudaron con su astucia, experticia  y valentía en la fase de culminación de una derrota en batalla, su experiencia y conocimiento en asuntos de armas y tiro, y asimismo, su tenacidad en la protección de la retirada como operación militar. Salvando la vida a muchos de sus coterráneos.

Asi, se hicieron presentes  estas carabinas salvadoras, sombra protectora salida de las montañas de La Mocotí, los Aposentos, Garabulla, La Cañada, San Martin, Quebrada Seca, Media Loma, La Maraquita y La Puerta, dándole una respuesta favorable a la vida. Se salvaron los godos. Insisto con esta nota, que en La Mocotí se erija un monolito o monumento como símbolo de la fraternidad trujillana, para que nunca más se produzcan enfrentamientos violentos entre hermanos. Los gobernantes tienen la palabra. 

(*) Portador patrimonial histórico y cultural de La Puerta.

La Puerta, junio 2024.

omanrique761@gmail.com    

sábado, 22 de abril de 2023

El primer nacimiento en el neopoblamiento de La Puerta.

            El primer nacimiento en el neopoblamiento de La Puerta.


  Por Oswaldo Manrique (*). 


1898.

El  pequeño valle de La Puerta, vigilado por las celosas serranías y refrescado permanentemente por el Bomboy, exponía en los últimos años del siglo XIX, paletas de verdes alegres y productivos, en hermoso contraste, con los altivos celestes de su cúpula. En uno de sus laterales, como paraje desolado y pobre, donde solo se ve declive y acequias, hay una de las escasas viviendas, con techumbre de fajina de caña y paredes de barro, cercada de guadua que la protege del pertinaz ventarrón de la Sierra mayor, en la que se observó algo fuera de la cotidianidad. 


Adentro, tendida sobre un catre, está acostada una mujer con cara llorosa y en pose de dificultad. En la entrada, está un hombre, nervioso y en estado de incertidumbre. Era Carmen Mendoza. Al parecer Carmen estaba emparentado  con Felipa y Petronila Mendoza, dos hermanas mestizas, que pelearon y lograron les reconocieran en algo sus derechos ancestrales indígenas. El Tribunal Municipal de La Puerta, les adjudicó el lote de terreno N° 53, con 100 metros de frente, colindando por el norte y el sur, con el terreno de Eulogia Abendaño y familia (Documento de Partición del Resguardo Indígena de La Puerta. 1891. Registro Principal de Trujillo). Ellas, se mantuvieron bregando el valle, trillando sus montañas y las riveras bajo el puntualísimo sol, el frío y la niebla. 

Aquella noche escucharon, como en las anteriores, el ruido del hilo de la acequia, bajando hacia el Bomboy. Esperaban. Estaba la luna blanquecina, perturbada de niebla y del silbido del frío viento. Ella no podía dormir, estuvo ratos sentada en la vieja silla de cuero de res y apenas lograba percibir cuando le decía: -¿cómo te sentís?,  que le dedicaba Carmen, bajo la iluminación del mechurrio, y llegó un momento en que se apoderó de la pieza, la oscurana.

El mestizo Carmen Mendoza, un hombre de labor, acostumbrado al trabajo del campo y a la cría de animales. Curtido por el inclemente sol y el feraz viento de estos páramos, no se le había borrado la cordialidad y acostumbraba a visitar a sus distantes vecinos. Los caseríos que por su belleza paisajística o por asuntos de trabajo eran recorridos por los pobladores, eran el Portachuelo, Mesa Alta, Kukuruy, los Páramos, Tierra de Loza, Agua Fría, las Delicias y el Rincón.

La familia de María Gracia era de los lados de Jajó, se fueron asentando entre el caserío La Lagunita y La Flecha.  En una de las recorridas de Carmen, por esos sitios, campesino y combatiente ocasional de la época, ejercitando su espíritu para todo lo que significara trabajo, temple y fortaleza varoniles, de pronto, vio en una de esas fincas a una joven con cara fresca, piel blanca, ojos de mirada penetrante, que acariciaba su larga cabellera, se le quedó viéndola mientras continuaba su paseo, y todavía volteó varias veces a verla. El resto del camino, pensó en ella, entusiasmado, quizás ansiando tenerla en sus brazos y huir con ella, como estilaban muchos en aquellos años. En la noche, fumó su cigarro descansando en una piedra, desde donde contemplaba la luna y las pléyades de los tiempos. 

A pesar de su timidez, con o sin motivo, procuraba pasar por donde podía observar y acercarse a María Gracia. Ella, aunque se hacía la timorata, pensaba que el hecho que la haya visto de esa forma, era porque alguna voluptuosidad existía. En toda la comarca había menos de 300 habitantes y en el pueblo cabecera unas 55 familias nuevas, muy pocas con casa, otros porque podían vivir en alguna pieza prestada, arrendada o enfeudada. Mucha pobreza, a pesar de las nuevas haciendas que fomentaron los terratenientes con las tierras de la reserva indígena. En los alrededores del pueblo cabecera del Municipio <<sus moradores son agricultores y en sus campos se cultiva el trigo, las papas, las arvejas y todas las demás producciones de tierra fría. También tienen sus pobladores algunos hatos de ganado vacuno y lanar y cultivan la caña de azúcar>>, (Briceño Valero, Américo. Pág. 123). Esta era la realidad económica de la zona. 

Carmen conoció a María Gracia, de la familia Araujo, descendiente del general Araujo, el moteado "León de la Cordillera". Se gustaron y al poco tiempo, decidieron y se fueron a vivir juntos. 

Cuando llegó la hora de la nacencia, movieron a María Gracia, al mesón que habían preparado. Ahí estaba la partera para sus labores. Carmen se fue al patio y con mucho nervio sacó la cajeta y se metió la pellita de chimo en la boca, para la espera.

Estaba lluvioso el tiempo. El cuerpo le decía a María Gracia, que el nacimiento está cerca, que estaba llegando. Ella rezaba mucho para que todo saliera bien y la criatura viniera al mundo sin problemas. A la medianoche, comenzó a sentir ciertos dolores, diferentes a los que percibió como normales los días anteriores. Eso le decía que era la hora de la verdad. La criatura ya estaba lista para venir al mundo.

Salió la partera a buscar al fogón más agua tibia y le dijo: - Metéte vos a ver el chino.  Como no se movía, le repitió: - Andá Carmen antes que le salgan barbas al muchachito.  Se acercó y la emoción de aquel momento para Carmen con mucho temor por lo pequeñito tomó al niño, quien tenía los ojos bien abiertos y para el padre era como si se los clavara de alegría.  El cuerpo de Carmen, se abrumó de alegría, y así estuvo hasta que llegó la mañanita, llegando el sol. Habían pasado los miedos y también, los nervios.

La Puerta ubicada en medio de una zona rural agrícola y ganadera, en el área despojada a los indígenas, que se había adjudicado en 1891, no habían casas, ni servicios ni centros donde adquirir los consumos, apenas existía el templo y la Casa de Corregimiento que después pasó a ser la Casa Municipal, entre varias acequias y una plaza tobogán, era un terreno desolado, es en 1898, cuando nace el primer niño en el proceso de neopoblamiento, su nombre José Lucio Mendoza Araujo, hijo legítimo del campesino Carmen Mendoza y María Gracia Araujo.

Como no había Libro de Nacimientos, en la Jefatura Municipal, lo presentaron e inscribieron para su existencia en la vida civil, al año siguiente de nacido. Quizás sin entenderlo pero fue así, era el primer nacimiento de La Puerta, en aquel tercer poblamiento, tan singular. El primer puertense de los nuevos tiempos.

1899.

Este año 1899, se registraron como nacidos en La Puerta, 16 niños, de los cuales siete eran varones y nueve hembras. La primera partida del Libro de Nacimientos de 1899, corresponde al niño José Lucio quien había nacido el año anterior, el 8 de septiembre de 1898, el texto de este documento histórico es el siguiente:

<<Enero. Miguel Aguilar primera autoridad civil de esta Parroquia,hago constar que hoy día diez de enero de mil ochocientos noventa y nueve, me ha sido presentado por Carmen Mendoza, un niño que nació el ocho de septiembre próximo pasado, tiene por nombre José Lucio hijo legítimo del presentante y María Gracia Araujo, vecinos de esta parroquia. Fueron testigos de este acto Miguel Briceño y Andrés Andrade, mayores de 21 años y vecinos de esta parroquia.  Leída que fue la presente acta al compareciente y testigos, manifiestan estar conformes y no firman por no saber. Miguel Aguilar (fdo) Ign° González (fdo)>> (Libro de nacimientos, 1899. Archivo Registro Civil de La Puerta). 

Imagen de la partida de nacimiento del primer puertense, de nombre José Lucio Mendoza Araujo.  Libro de nacimientos de la parroquia La Puerta, año 1899. Archivo de imágenes de este blog. 

En el primer Libro de Nacimientos, que se encuentra en el Archivo del Registro Civil de La Puerta, correspondiente al año 1899, aparecen registrados 16 niños estos son: José Lucio Mendoza Araujo, José Antonio Salas, María Antonia Rivero, María Julia Salas, María Melania Rondón, María Dovanciana Rivero,  Salustiano de Jesús Araujo, María Lucía Ramírez, María Elvira Araujo, Juan del Rosario Uzcátegui, Marcial de Jesús Villarreal, José del Rosario González, Juana Blaza Delgadillo, José Armando Villarreal, Epifanio González y Antonio José Carrasquero, este último hijo del hacendado Ciriaco Carrasquero. Estos son las primeras personas nacidas en la parroquia La Puerta, durante el tercer poblamiento, iniciado en 1891.

Imagen del indice del Libro de Nacimientos de La Puerta, año 1899. Archivo de imágenes de este blog

Este dato del Registro Civil, además de que prueba el hecho histórico de que trata, nos sirve para ir determinando las familias pioneras e integradas al neo-poblamiento (tercer poblamiento), que dieron origen al proceso de construcción de La Puerta como pueblo.

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.

 La Puerta, abril 2023.

Omanrique761@gmail.com

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