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sábado, 26 de octubre de 2024

Al paso del Dr. José Gregorio Hernández por La Puerta, en 1888.

Por Oswaldo Manrique (*)

Luego de pasar la Navidad con su familia, de profundas convicciones católicas, donde disfrutó el reencuentro y compartió la mesa de apetitosos y tradicionales pasteles (hallacas), un poco de carne compuesta, ensalada de gallina, papas cocidas bautizadas de saní, arepas de harina del norte, pan criollo, dulce de lechosa y curruchete, frutas, leche de burra, jugos, emprendió viaje a Mérida acompañado de un guía, muy conocedor de la ruta, también llevaba un sirviente. Pasó por Valera, y unos amigos le organizaron una fiesta, que tuvo que atender. En una de sus cartas, escribió sobre este pasaje, <<no hubo más remedio que acceder a bailar toda la noche hasta que a las cuatro monté a caballo para seguir mi viaje>> (Hernández), a esa hora, emprende la marcha hacia San Juan de Colón (Táchira). Valera, a unas 6 leguas de distancia de La Puerta, equivalía para aquel tiempo una jornada y media y hasta dos jornadas normales de camino en mula; él, muy disciplinado, intentó hacerla en una jornada, con el aplomo que lo sostenía sobre su brioso caballo.

Al ver su aspecto físico y andar, su vestimenta, elegancia y escuchar su forma de hablar, se sabía que era un joven de distinguida y próspera familia, pero además, se notaba que era de esfuerzo y méritos propios. Logró su doctorado en Caracas. Andaba en la búsqueda de un pueblo andino, donde poder demostrar sus conocimientos y capacidades. En la oscuridad, con su misma resolución, con expresión y acento capitalino, dijo:

-         ¡Epa vale! vámonos que nos va a agarrar el sol de Valera. Serían las palabras madrugadoras, con interjección y acento caraqueño que se le escucharon al recién graduado galeno trujillano, dirigidas a sus acompañantes de viaje. El sirviente había montado las maletas en la mula; los caballos ya tenían puestas sus enjalmas y sillas. 

El 26 de diciembre de 1888, salieron de Valera a esa hora de la madrugada; subieron por el camino viejo y ancho, vía a Mendoza, bajo cerradas arboledas de café. No existía carretera para automóviles, ni por el peligroso margen del brioso río Motatán (Quebrada de Cuevas, La Mesa, Timotes), camino resbaloso, era inhóspito. Tampoco existía carretera de Valera a La Puerta, pero existía el Decreto de 1881 de Juan Pablo Bustillos, para su construcción.

Los chonatales de San Isidro, sintieron el paso veloz de las bestias con los tres viajeros y una de carga. Así, nuestro personaje comenzó a conectarse, respirar y escuchar la naturaleza serrana. Pararon casi a la mitad de trayecto, en Mendoza, era apropiado que buscaran algún sitio donde comer algo y estirar las piernas. Reanudan la marcha comenzando la tarde. Bajaron La Quebradita. Antes de salir, en Valera, pensaron que en unas 8 o 9 horas, a resuelta galopa y paso forzado, en sus caballos y mulas, podía rendirles la jornada, inclusive para llegar a Timotes. Uno de sus biógrafos, al develar la ruta planeada por el Dr. Hernández, indicó que, <<Su primera parada sería en La Puerta>> (González Cruz, 35).

Precisamente iban subiendo hacia La Puerta, en algunos tramos por laderas de los mismos páramos, vadeando torrenteras, asegurando que las bestias no tuvieran tropiezos, sembradíos de caña dulce, frondosos cafetales custodiados por filas de bucares, un paisaje fresco para los ojos.

 Mayormente fueron bordeando el zigzagueante y espumoso río Bomboy, que nace en aquel próximo punto geográfico, que desea ver con sus propios ojos y no pecar de desinformado; eran los trillos del virtuoso padre Rosario. Pasaron caseríos como La Mocojó, La Culebrina, se detuvieron en el famoso paradero “Convento de las Viejas”, en El Rincón, a comer empanadas, pastelitos o hallacas de caraota, o arepa de harina y cuajada, dulces y tomar algún café o jugo fresco elaborados por las hermanas Rivas. El baquiano, bebería un cuello corto de miche, para acomodar el cuerpo. Al terminar de merendar continuaron la marcha. Franquearon Dos Cerritos, la otra capilla del Padre Rosario; siguieron por San Felipe, pasaron la Quebrada de las Yeguas. Era un camino difícil.

 Tuvo que parar en el Resguardo Indígena, las bestias necesitaban descanso. Cuando llegó a La Puerta, entró por la vuelta que da al hermoso y prestigioso Oratorio de la Virgen de Guadalupe de Indios, lugar de peregrinos. Su curiosidad católica lo hizo detener y preguntar a los Bomboyes que estaban sembrando cerca, sobre aquel sagrado recinto, construido varias décadas antes por el prócer independentista presbítero Francisco Rosario D. 

  Montó nuevamente y se dirigió hacia la inclinada plazoleta, donde se bajó, caminó por la única calle hasta el viejo y cerrado Templo San Pablo Apóstol y desde allí observó aquel lugar, del que le habían hablado, unos bohíos grandes y otros pequeños de bahareque y con techos de fajina, de acuerdo al grupo familiar. En los alrededores del Resguardo, pasando el río, varias casas de tapial y piedra, donde vivían los caudillos “ponchos” y hacendados.  

Recorrió hasta la vieja casa de los antiguos Corregidores, ahora sede de la Jefatura Civil, explicó que era médico y estaba visitando los pueblos, buscando un lugar para ejercer su profesión, se dirigía al Táchira. Algunos curiosos, que lo entendían, se le acercaron, le comentaron que ellos tenían los secretos para curarse solos, con sus ramas y oraciones. Al más conversador, sin preguntarle, le escucharía:

-         Aquí, el díctamo real es lo que nos ayuda contra la vejez, si es del dorado mejor, más fuerza.

José Gregorio, aquel hombre de 1,60 metros de estatura, piel blanca marcada por el sol, <<carácter alegre y dulce, era gentil…compasivo, generoso, caritativo, respetuoso…sencillo>> (Suarez, María Matilde. José Gregorio Hernández, Él era así), sin ínfulas de sabio científico, con amables razones persuasivas, les dijo:

- Soy cristiano, se rezar, y también sé de yerbas. El novel galeno, también conocía de medicina natural y herbolaria, sin embargo, hasta allí llegó el comentario. Mirando el templo, les comentó:

-         Aquí como que no celebran la navidad. La iglesia cerrada. Los concurrentes contestaron:

-         Por estos días, la “Serenada”, salen las máscaras, música, guaruras y maracas para el Niño y la fiesta de la Guadalupe, y la bajada del Ches. Son fiestas muy bonitas de aquí. Mientras uno dijo:

-         Sí, el cura no viene desde hace mucho, vive en Mendoza, está muy ocupado. Otro, regañó al que dijo esto, en un tono desagradable y le increpó:

-         ¡Cállese! Él viene cuando puede. Llegó el silencio, callaron, no era regaño, sino que no querían al cura León, que estaba involucrado en la conspiración para despojarlos de las tierras. Había un Jefe Civil de nombre José Natividad Aponte, muy de la iglesia, que no sabía leer ni escribir,  pero a quien realmente le hacían caso, era a su Cacique.

 Se veían como parte de esa armonía interna y comunitaria, los niños, en la única calle o camino real, jugando, compartiendo sus alegrías, todos gozando las maravillas de esta tierra. Conformaban la morada de la abstracción social, contemplativa comunidad, tan cercana al río, que perfeccionaba aquel holístico y tranquilo lugar de bellos paisajes, que el poeta Pérez Carmona llamó “el descanso de los dioses”.

Era cotidiano que las nativas, ataviadas con su campechano sumbay bajo la ruana, aguantada por un tupu alrededor del cuello, muchas con sombrero de cola de burra, los muchachos que apenas si dicen algunas palabras en castellano, miraban asombradas entrar aquellos visitantes, que a su vez, también les echaban un vistazo a lo que hacían.

Lo atrayente de esta comunidad no era la belleza del paisaje, clima y sus siembras, sino su armonía y la forma de entenderse, de colaborarse. En aquel fértil valle, custodiado por dos serranías, las sencillas viviendas de bahareque y techos pajizos, concordaban con  el amplio espacio donde las mujeres en una esquina de la plazoleta, cerca de la iglesia, exhibían cestas de frutos que cultivaban, no falta el trigo, maíz, papas, arvejas, caña de azúcar y todos los demás rubros de las zonas frías, además, de tener rebaños de ganado vacuno y lanar. Pudo observar, cotidianidades. En un solar, indígenas desgranando maíz, otras pasaban cargando a sus pequeños hijos dentro de fardos terciados en la espalda; las más jóvenes de sombrerillos con plumas de colores, calzadas con cotizas, usando sus metálicos adornos en las mejillas. En un abierto, se secaba café; mas allá, pudo observar a las hilanderas del algodón y las tejedoras del fique, y en uno de los amplios bohíos, mujeres con manares seleccionando y enrollando hojas de tabaco, todas sonriendo y hablando en su particular lengua Timoto-Al-Andaluz. 

Se puede entender que como científico y conocedor de sus coterráneos, sabía que culturalmente los nativos, mantenían sus creencias, eran fervorosos con su medicina ancestral y su botánica que les daba eficacia en cuanto a su salud, y hasta gozaban de longevidad, inclusive, sumaría lo de la superstición, eso que denominan el conjuro de Chegué y los mojanes con su poder magnético maravilloso, llámenlo augurio, sortilegios o magia, era a lo que estaban acostumbrados y a ello se aferraban, era lo que les ofrecía con generosidad la naturaleza, por lo que se sentían en un espacio dichoso.

Pero, lo que impresionaba era esa áurea de una gente armónica y amable, con una cultura, cotidianidad y estilo de vida distintas, que los hacía diferentes; eso era lo atrayente, casi con un halo de enigma, de uno de los más antiguos pueblos indígenas, incluido en los 16, considerados étnicamente “casi totalmente puro”, ubicado a seis leguas de Valera y a poca distancia de Timotes.

Muchos han preguntado: ¿pasó realmente el médico José Gregorio Hernández, por La Puerta en 1888? y cabe la pregunta: ¿y si pasó, por qué no la mencionó, como tampoco a Mendoza, en su carta descriptiva del paso por la Cordillera? A la primera interrogante, es afirmativa la respuesta. Decir que no entró, seria calificarlo de prejuicioso y desconocer sus cualidades y formación científicas.

 Por la ruta que tuvo que andar, su disposición a recorrer toda la Cordillera, previendo parar en La Puerta, montado en bestias, acompañado como iba de dos personas, su baquiano y su sirviente, una mula de carga, e incomodado por el trasnocho de la fiesta, se comprende que obligatoriamente se detuvo a descansar y conocer a Mendoza y luego en La Puerta, existiendo en este punto, una de las pocas comunidades aborígenes sobrevivientes.

 A la subsecuente interrogante, se debe responder con esto: ¿se podría dudar de las ganas de conocer este pueblo indígena, dudar de su ansiedad como investigador, su pensamiento, interrogantes, quizás nervios, que abrumaban a aquel científico, cuando le tocó ineludiblemente pasar por este lugar?

Siendo este médico, científico y virtuoso de la filosofía, sabía que dentro de la cosmovisión de esta comunidad indígena, se continuaban practicando los rituales de sanación, con el conocimiento de la herbolaria, y las plantas medicinales, así como, complementadas con las diversas técnicas de curación espiritual. Esta comunidad, relacionada con la civilización Chibcha Mukus, consideraba que las enfermedades eran producidas por el desajuste entre el cuerpo y el espíritu, por eso, la abordaban con rituales para restaurar la armonía necesaria y la salud, también fundamentada en la sana alimentación. La Puerta, era para aquel tiempo un Resguardo Indígena aislado, abandonado por los organismos de gobierno. Para dicho año (1888), La Puerta en lo que hoy es su área urbana, estaba habitada solo por indígenas Bomboyes, quienes fueron prudentes con su entorno, vivían los tiempos de la República Post Independentista Liberal Guzmancista, y trataron de relacionarse con una vecindad hostil, de caudillos, hacendados y gamonales de pueblos aledaños, que ambicionaba apoderarse de sus tierras, lo que lograron en 1891, 3 años después de esta visita.

Desde una perspectiva historiográfica critica, es fundamental lo que encontramos en las Cartas del Beato, al no comentar su recorrido por este pueblo, estando a poca distancia de Timotes, aunque se puede entrever una especie de dialéctica compleja, entre científica y el realismo de creencias, entre lo espiritual y lo catolicista, entre la ciencia y la vertiente de la cultura de la civilización indígena comunitaria, que poblaba estas tierras desde 500 a 1.000 años A.C., y perduraba hasta ese momento. El núcleo poblacional de La Puerta, que conoció el Dr. Hernández en 1888, tenía unos 230 habitantes nativos Bomboyes, y unas 70 viviendas indígenas, según estadísticas de Américo Briceño Valero.

El Dr. Hernández, tenía su criterio científico, el cual adelantó días antes de este paseo por La Puerta, cuando se refirió a los enfermos tratados por él, en Betijoque e Isnotú, <<es tan difícil curar a la gente de aquí, porque hay que luchar contra las preocupaciones y ridiculeces que tienen arraigadas: creen en el daño, en las gallinas y las vacas negras, en los remedios que hacen diciendo palabras misteriosas: en suma, yo no sabía que estábamos tan atrasados en estos países>> (Hernández. Carta del 18 de septiembre 1888). Se intuye que por las mismas razones o con mayor énfasis, para dicho año en La Puerta, siendo una comunidad indígena aislada, es obvio, que practicaban los rituales y conocimientos ancestrales para sus curaciones. Con esas razones, es obvio, que entró a conocer esta comunidad y obtuvo su apreciación subjetiva del recorrido.  

*

El recordado historiador y amigo Arturo Cardozo, sobre la corta  estadía de José Gregorio en Trujillo, transcribió un fragmento de una carta al Dr. Domínici: <<en el gobierno de aquí se me ha marcado como godo; se está, estudiando mi expulsión del Estado o más bien si me envían preso a Caracas…Si me echan de aquí, ¿A dónde voy? Esta es mi duda; como tú comprenderás sin que yo haya dado lugar a nada porque solo me preocupan mis libros. Si me apura la cosa me iré a Caracas y allá decidiremos el remedio>> (Cardozo, 225). El ocurrente Dr. Cardozo, cerró este capítulo, escribiendo: <<La “cosa le apuró”, porque, para abril ya estaba en la capital de la República, preparándose para su viaje a Europa>>; del año 1889.

*

El paso del Dr. José Gregorio Hernández, por La Puerta, tiene relevancia histórica tomando en consideración la búsqueda de las razones para que se tenga en esta localidad una devoción tan antigua por este Beato, quizás una de las primeras en Venezuela, en momentos en que se espera que desde Roma, se dicte su condición de santidad, lo que obliga o merece mayor investigación.

Hemos escrito, que la devoción desde el punto de vista orgánico, como grupo católico que existe en La Puerta por el Dr. José Gregorio Hernández, se lo acreditamos al padre Ramón de Jesús Trejo, quien fue Cura en Isnotú, denominado el primer gran devoto, que tuvo entre sus iniciativas la de elaborar, dibujar y diseñar, junto al artesano italiano Salvatore, el primer vitral dedicado a José Gregorio, en el año 1948, reservando antes y después de ser párroco, el nicho en la fachada principal del nuevo templo parroquial de San Pablo Apóstol de La Puerta, para quien no tenía la condición de Venerable, Beato y menos de Santo, justo al lado de San Benito de Palermo; sin embargo, es bastante probable, que aquel paso del llamado Médico de los Pobres, por estos lares, tenga alguna relación con esa devoción. Trejo, aupó la organización y actividades litúrgicas del grupo de devotos de "Mano Goyo", como también se le llama en la comunidad, de los más participativos en las peregrinaciones y caminatas a Isnotú. 

Sin vanidad parroquiana, pero sí, con cierto orgullo, estos antecedentes devocionarios a los que me he referido, merecen su investigación y reconocimiento. 

* 

El sirviente, despegando las bridas de las frondosas matas de cío, donde descansaban las bestias, esperaba la orden de los señores, quienes absortos por lo que veían, quedaron suspendidos en el mutismo. Luego, a los pocos segundos, se vieron las caras, y sincronizados con la mirada, José Gregorio se paró del banco donde estaba sentado, y sonriendo, para no comentar su impresión, ni sacar conclusiones de lo que había visto,  expresó:

-         ¿Seguimos  vale?  Sonrieron los viajeros.

-         Sí doctor, eso es todo lo que hay para ver aquí. Le señaló el acompañante conocedor de la ruta.

-         Por lo menos vimos buena parte de lo que hay para ver, pero es mucho lo que hay para saber. Replicaría el filósofo, inspirado en su pasión racional y espiritual por la humanidad. Miraron los caballos, y se decidieron montar, sin apartar las miradas de los indígenas de aquella mustia y particular aldea, se fueron despidiendo.

En algún momento, el Dr. Hernández, pensaría dentro de su agitado viaje, en la vida armónica y especial de aquellos abandonados seres humanos, casi como si estuvieran en conforme resistencia en los confines de la tierra, enfrentándola con la sustancia misma de la candidez y la inocencia.

Se acomodó en la silla y echó a andar, tras el baquiano, exclamando:

-         ¡Ahora Timotes!

Miró al subir por las curvas de San Martín, los hermosos y rubios trigales, y dentro de ellos, mestizos abandonando la “fornaleada” y otros simplemente sentados en los pretiles de las casas abrumados por los acordes de los fogones, conjugados con el frío y la niebla.

Al llegar al Portachuelo de La Lagunita, comenzó su descenso por la difícil Cuesta de La Mocotí, única vía para llegar al cercano Timotes. Unos diez años antes, habían mejorado el camino hasta La Mocotí, con algunos arreglos en tramos y vueltas que conducen hacia esa ciudad, del antiguo Estado Guzmán (Mérida).

Los iluminó Chía, con su halo claro y fresco, con manojos de estrellas en el firmamento.

Como cierre de la apresurada y fatigosa jornada, trasnochado y con las asentaderas humeantes de cansancio y dolor, en la noche le comentó al acompañante viajero:

-         ¡Epa chico! en este viaje <<no se presentó ningún incidente en particular>>. El guía quien se vio afectado por el páramo, al igual que el sirviente, le respondió:

-         ¡Si, doctor! todo en la travesía estuvo calmado. Las bestias rindieron.  El sabio médico, le añadió:

-         Lo que te puedo comentar, es que muy <<maltratado llegué a Timotes>> (Hernández). 


(*) Portador Patrimonial Cultural e Historico de La Puerta. 

 

lunes, 1 de marzo de 2021

El Oratorio de la Virgen de Guadalupe de Indios.

Oswaldo Manrique Ramírez.


    La Puerta, desde la llegada de los invasores europeos, tuvo por lo menos una capilla, como centro de la cotidianidad católica, que estaba construida con limitadas técnicas y materiales de la zona. Desconocemos cual era su rango dentro de la estructura jerárquica de esta religión, lo que si hay información es de la calidad de las construcciones. Para el año 1687, la Capilla   dedicada al   Apóstol San Pablo, era muy semejante a la de otros pueblos cercanos. Su fábrica, realizada con paredes de tapias, columnas de madera en la mayoría de los casos, techos de varas cubiertos de paja o palmiche, cuya duración era muy corta y además poco higiénica. El cura doctrinero, era Juan Buenaventura Losada y Cabrita, que a la vez, era encomendero esclavista.  La capilla constaba de un solo cañón, con un rupestre campanario, sacristía y en un ángulo de esta iglesia estaba la fuente o pileta bautismal.  Una  edificación de lo más sencilla y adaptada a los pocos materiales y herramientas con que se contaba. Su capacidad era también restringida, solo en el siglo siguiente se conocerá un templo decente como lo demandaba el Obispo Martí en 1777.  El padre Pedro Santa Ana de Coronado, será el constructor del nuevo templo, que lo concluirá a comienzos de la última década del siglo XVIII.

Una de las entradas al pueblo indígena de La Puerta, era por una subida curtida de piedra y tierra, en su lado norte, construida por los  nativos. Ese camino principal, es mayormente de tierra, estaba surcado por varias y hermosas fuentes de aguas, de las denominadas  quebradas y canales que bajan desde el lado este, y desembocan en el Bomboi.

En 1819, justo al pie de un cerro y aledaño a una quebrada, habían construido una sencilla ermita de culto y en la parte trasera, retirada, una pequeña casa, que con el tiempo fue convirtiéndose en un espacio sagrado y de retiro para el cura, donde acudían los indios principales y caciques, sitio que igualmente  respetaba el resto de la comunidad indígena y mestiza;  en él se venera un hermoso retablo de la Virgen, su altar iluminado permanentemente y adornado de flores frescas, era el Oratorio de la Virgen María Santísima de Guadalupe o simplemente la Guadalupe de indios, así la había llamado su fiel devoto.

Francisco Antonio Rosario, nació en 1761, en la ciudad de Trujillo, estudió en la Universidad de Mérida, recibió su ordenación sacerdotal del Obispo Fray Juan Ramos de Lora en 1782. En 1793, llegó a La Puerta como párroco. Fue hacendado, comerciante, amasó una gran fortuna, lo que le permitió llevar una vida lujuriosa y disoluta, sin descuidar su misión sacerdotal. Fue independentista y admirador de Bolívar, a quien colaboró con dinero y bestias en la Campaña Admirable de 1813, y alojó en su hacienda de Carmania, ese año y también, en 1820 y 1821. 



Padre Francisco Antonio Rosario,  prócer independentista y párroco de La Puerta; en 1818, construyó de su propio peculio el Oratorio de la Guadalupe de indios. Cronografía N°  3590.  

 Fue construida por iniciativa y con dinero de su propio peculio, por el padre Rosario, párroco de La Puerta; las trazas y diseño inspirado en arte religioso, fueron de su gusto, los trabajos se iniciaron en 1818, y los constructores fueron los mismos indios que conocían de albañilería, y lo rodearon de tapiales, que pintaron de blanco. El culto a esta Virgen es inmemorial en los Extremeños, y desde 1737, la Virgen de Guadalupe había sido declarada por la iglesia católica, patrona de los indios y de la nación mexicana, al haberse aparecido al indio Juan Diego, en el cerro Tepeyac.  

Los indígenas al pasar por su frente, se persignaban, otros se paraban y arrodillaban, en señal de respeto a la Virgen, pero otros lo hacían, para rendirle tributo a su cura y protector, allí vivía  el padre Francisco y era su lugar de oración individual. Hablaba y se comunicaba fluidamente con ellos porque además de poliglota, aprendió la lengua Timoto.  Era tal, el respeto, que cuando salía algún arreo de mulas hacia Mendoza o a algún pueblo del norte trujillano, se paraba frente al oscuro portón del Oratorio y el arriero, preguntaba al sirviente, con cara de contentamiento, si se le ofrecía algo al cura, para traérselo.

En 1811, cuando La Puerta, adquiere la categoría de pueblo republicano, según quedó estatuido en la Constitución Provincial de dicho año, el padre Rosario era su cura párroco y constituyente por Mendoza; agregándose  paulatinamente a esa comunidad, mestizos y pardos, hijos de indios esclavos y tributarios con blancos.    

El hecho de la construcción de esa capilla de Guadalupe de indios, fue una decisión de este cura patriota, en un entorno natural e indígena que consideró muy cargado de espiritualidad y respeto, con la importancia de que se conservara luego de su muerte. En su entrega de bienes, solo se reservó este terreno para su Oratorio; con lo que podemos afirmar que este año, se cumplen 202 años de su construcción.  



Las dos casonas, que se observan a la derecha, ocupan parte del terreno donde antiguamente estaba el Oratorio de la Guadalupe de indios, construido por el padre Rosario. Es la entrada norte del área urbana, colinda con el Hotel Guadalupe, Avenida Bolívar, entre cales 1 y 2, La Puerta, Estado Trujillo, Venezuela.  Cronografía propia de este blog, N° 3719.

Destinado al retiro del Padre, y su lugar de oración a Dios, donde podía celebrar el santo sacrificio de la misa, sin pan ni vino,  el lugar realmente era de recogimiento, virtud y autoflagelación. El Dr. Díaz Castañeda, en una síntesis biográfica de este personaje, escribió: <<Era este un hombre elegante, dinámico, altivo; hombre de hormonales impulsos muy repletas orcas, que así como un día echaba la pierna sobre la cabalgadura para ir presuroso a cometer algún amoroso pecadillo, al día siguiente tendía la mano bien cuidada al menesteroso que a él acudía; es el hombre que recibe a Bolívar en su acogedora mansión…Hombre contradictorio de inclinaciones principescas, sensual, pero que supo amar por sobre todas las cosas a la Patria que nacía y personificaba el genio tenaz de Bolívar. Años más tarde, arrepentido de su desbordado proceder, se recogió en una mística soledad que solo abandona para socorrer a la feligresía>> (Díaz Castañeda, Raúl. Libro de Valera. Héroes Civiles. Pág. 77. Editorial Valera. 1970); alguien lo describió así: fue hombre cuando quiso y santo cuando pudo.

Padre Rosario saludando a Simón Bolívar. Gráfica colaboración de Carlos Montiel.

Una de las leyendas que ha referido la tradición oral y recogen sus biógrafos, es que en 1818, este cura, se enfermó y murió, y que seguidamente, cuando ya lo habían amortajado y procedían a meterlo en la urna, resucitó. Al parecer, esto le produjo un fuerte impacto en su vida y después de una seria reflexión buscó al Vicario de Escuque y se confesó ante él todos sus pecados, y desde ese día asumió una vida de rigurosa penitencia. No comía en sus lujosas y opíparas mesas como era su costumbre, ingería una sola comida al día, lo indispensable para mantenerse; dormía en el rustico piso, y en las noches, flagelaba su cuerpo con fuertes azotes, que salpicaban de sangre las paredes y el piso de la pequeña habitación.



Rosario del padre Francisco Antonio Rosario, párroco de La Puerta. Cronografía propia de este blog, N° 3588.


Otro de sus biógrafos, el profesor Pedro A. D’ Santiago, relató que puso en <<libertad a sus esclavos, edificó el templo de Mendoza…funda Asociaciones piadosas para conservar y fomentar el culto divino en su parroquia. El resto de su inmensa fortuna lo reparte entre los pobres, dejando solamente un lotecito de terreno en La Puerta, pueblo que estaba a sus cargo. Allí construye un oratorio privado, donde solía retirarse a practicar la penitencia y la oración con más libertad>>  (D’ Santiago, Pedro A. Biografías Trujillanas. Pág. 282. Edime. Caracas. 1956). Se conocía por la actitud asumida por el cura, que aquello se había convertido en un recinto místico, de entorno misterioso y de razones desconocidas para ellos. Se dedicó a la vida espiritual, convertido en un inusitado penitente, vestía con una humilde sotana,  andaba descalzo. Despues de haberse confesado con mucha vergüenza y dolor con el Vicario de Escuque, buscó se le perdonaran los pecados cometidos; en esto, lo observaban los vecinos, sus sacrificios y su propósito de enmienda, destacando la virtud del dolor, cumpliendo los ejercicios más penosos y la flagelación de su cuerpo, se azotaba a diario, se daba con un rejo de cuero en la espalda, maltratos que a veces le producían desmayos,  especialmente en Semana Santa.

El Oratorio, aunque era privado, del uso personal del padre Francisco, donde acostumbraba a vivir sus retiros, estaba situado en toda la entrada de este Resguardo y Comunidad indígena de Bomboyes, en lo que hoy se conoce como La Hoyada, del área urbana de La Puerta. El  dato interesante de su ubicación lo encontramos en documentos de propiedad de estos terrenos del Hotel Guadalupe y otros aledaños a éste.  

El citado escritor, que lo consideró un santo, al considerar que había lavado su vida de pecados,  agregó que el Padre, emprendió <<un viacrucis doloroso hasta Escuque. Se viste de un cilicio, se quita los zapatos, se ciñe una soga al cuello, toma una pesada cruz y comisiona a uno de sus criados para que siga detrás con la obligación de pisarle a cada instante la soga para hacerle caer. Con esta pesada cruz a cuestas, descalzo y con la cabeza descubierta a los rigores del sol, toma el camino rezando el rosario, alternándolo a veces con el ejercicio del viacrucis>> (Ibídem). De esto, quedó en el yurure de mitos y leyendas, la narración extraordinaria del anima en pena, que pasa a medianoche por las calles de La Puerta, arrastrando la pesada cruz y sonando los fuertes azotes.



Cruz del padre Francisco Antonio Rosario, párroco de La Puerta. Cronografía propia de este blog, N° 3589.


Rosario,  cumplió este régimen de disciplina y tormento, por unos 29 años. Había celebrado la misa, y murió escuchando la confesión de un feligrés de su parroquia, el 31 de julio de 1847, a los 86 años.     

El Oratorio quedaba, según un viejo documento de venta de tierras de Ignacio González a Cristino Burelli, en el lado poniente de la parroquia, colindando con los terrenos que fueron propiedad del Dr. Macrobio Delgado, Eulogia Abendaño y Juan Bautista Pacheco.

El lote de terreno y lo que quedó del Oratorio, lo adquirió el señor José Abdón Lamus; al morir el padre Francisco, se presume fue saqueada esta propiedad, al igual que el resto de sus posesiones, por lo de la leyenda de las “pepitas de oro” que le regalaron los indios.   

Según los citados documentos públicos inmobiliarios, la ubicación de este Oratorio, es justamente  donde esta hoy el Hotel Guadalupe, y por su lindero sur, en lo que era el local de la Tienda de telas y ropa de don José Abdón Lamus y la denominada Casa Blanca, sitios donde se presentaron algunos sucesos verdaderamente extraños. Lamus, al llegar allí y montar su tienda mercantil, se hizo inmensamente rico, era una especie de prestamista y banco para la comunidad y el comercio en general, fue adquiriendo propiedades casas, fincas, haciendas, comercializaba telas y mercadería seca en los Estados Trujillo, Mérida y Táchira;  llegaron a comentar, que consiguió la botija de las pepitas de oro del padre Rosario; era tan rico, que las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), en la década de los 60 del siglo XX, realizó una operación guerrillera de expropiación financiera en su local, por el que  resultaron presos varios guerrilleros del MIR y el PCV, incluyendo varios jóvenes de La Puerta. Don Audón, como lo llamaban en el pueblo, era un hombre de estatura mediana, pero con sangre de comerciante sefardí, era muy dinámico para los negocios. Tenía una camioneta tipo panel cerrada que viajaba cada semana al Estado Táchira, para llevar cotizas, sombreros, sardinas enlatadas, tasajo (carne de buey enlatada); este vehículo lo manejaba Pedro Rodríguez, que fue su primer chofer; y el segundo, fue el señor Camilo Paredes, de quien se dice era su hijo, vivió con su familia al final de la Calle 2.   


Es importante señalar que la casa de don Audón, donde tenía la tienda comercial, muy vieja, estaba hecha de paredes de bahareque. Con el tiempo la mando a reconstruir pero con paredes de bloque, que es la que aun se encuentra en pié a la entrada del pueblo. La construyó el maestro Roviro Briceño,  que vivía en La Hoyada; el maestro era un hombre pequeño, con conocimientos en construcción civil, era familia de Audón. Éste Roviro, transformó el inmueble de acuerdo a los requerimientos del dueño. Terminada la obra, le siguió haciendo arreglos, y adecuándola a las necesidades del negocio mercantil, ampliándole los ambientes y depósitos. Esa relación, de trabajo se mantuvo por muchos años, y para muchos en el pueblo, más allá del tiempo. Esto, lo fundamentan en que, el mismo día en que murió don Audón Lamus, murió el maestro Roviro; es decir, que esos días los velaron a los dos, les rezaron a los dos, y también, el mismo día los enterraron a ambos en el cementerio del pueblo. Dicen que las coincidencias no existen; quizás. Ahí les dejo eso.    

Otra gráfica de los dos inmuebles, que ocupan actualmente parte del terreno donde antiguamente estaba el Oratorio de la Guadalupe de indios, construido por el padre Rosario. La casa de la izquierda, era el local de la tienda de telas de José Abdón Lamus; la casa de la derecha, por donde se ingresaba al Oratorio, también era de su propiedad. Avenida Bolívar, entre cales 1 y 2, La Puerta, Estado Trujillo, Venezuela.  Cronografía propia de este blog, N° 3720.


La casa blanca de Abdón, también ha sido fuente de infaustos hechos, desde la incomodidad y molestias para quienes la alquilan para vivir, no aguantan mucho tiempo; una vez, intentaron montar una clínica de sanación y rejuvenecimiento holístico y los resultados para los pacientes fueron negativos; la han alquilado para festejos y se producen hechos de sangre o policiales. Parece que su destino es siempre estar vacía.

Abdón, descendiente de judíos, era furibundo católico, colaboró económicamente con el Padre Trejo, en la construcción del actual templo de San Pablo Apóstol,  y todos los años, en diciembre y enero, realizaba una fiesta de varios días en honor al Santo Niño Jesús, en la que encerraba a los que asistían, para que comieran y bebieran y les daba regalos, para que rezaran hasta más no poder; y para que no se fueran, se paraba en la puerta, armado de revolver. Así eran las cosas.  

De toda esta hermosa historia del lugar, y el cúmulo de leyendas, solo quedó, un hotel, y la quebrada que lo atraviesa, con el nombre de Guadalupe.   


Galería fotográfica de la Gruta de la Virgen de la Guadalupe de Indios.

En la gráfica se puede observar aspecto general del acuario y la pequeña gruta que aloja  la imagen de la  Virgen de la Guadalupe de Indios, perteneciente al Oratorio del padre Rosario,  dentro de un espacio del Hotel Guadalupe, que pronto cumplirá unos 80 años de funcionamiento.  La Puerta, estado Trujillo, en Venezuela.  Cronografía propia de este blog.  N° 3805.

Detalle de la parte superior de la imagen de la Virgen de la Guadalupe de Indios, perteneciente al Oratorio del padre Rosario, que se encuentra ubicada dentro de las instalaciones del Hotel Guadalupe. Se puede observar, escarapelada la pintura. El rostro con cejas muy arqueadas,  grandes ojo negros, no tiene los parpados abultados, simbolizando tristeza e insomnio, como otras imágenes de este tipo. Fina y pronunciada nariz, con pequeña boca, sin grietas. Por sus características pudiera ser una obra artística religiosa española.  Vestido rosado con algunas figuras elipsales y flores de cuatro pétalos en amarillo; en la parte superior, una esfera con una cruz en el centro;  capa verde con estrellas plateadas al relieve, borde dorado, se observan grietas en la imagen. En la parte posterior, una aureola, de color dorado. En el cuello se perciben marcas, quizás de retoques. Al parecer, ha sido objeto de varios retoques.  Cronografía propia de este blog.  N° 3810.

Imagen de cuerpo entero de Nuestra Señora de la Guadalupe de Indios; pudiera tener según el comentario de viejos pobladores unos doscientos años.  Escribieron los biógrafos del padre Rosario, el devoto guadalupano, que cuando entró en su periodo de flagelación y penitencia, al salir y regresar de su periplo cargando su pesada y grande Cruz de madera sobre sus hombros, caminando descalzo hasta la iglesia de Escuque donde pasaba la noche,  se arrodillaba bastante tiempo en oración a esta Virgen. La pequeña gruta, está elaborada en piedra rustica de la zona.  La Puerta, estado Trujillo, en Venezuela.  Cronografía propia de este blog.  N° 3809.

Toma general de la gruta con la imagen de la Virgen de la Guadalupe de Indios, y el acuario, construido en piedra rustica. Cuentan entre nuestros viejos parientes, que en 1891, cuando les incidieran las casas a los indígenas para sacarlos de sus tierras, todos, mujeres, hombres,  niños, ancianos  se volcaron a invocar a esta Virgen y al padre Rosario para que los ayudaran. La Puerta, estado Trujillo, en Venezuela.   Cronografía propia de este blog.  N° 3808.

Vista de la gruta de la Virgen de la Guadalupe, desde un lateral del acuario. Obsérvese que tiene 4 reflectores desde el acuario y dos montículos de piedra; igualmente,  un farol alto externo, en su lado izquierdo. Cronografía propia de este blog.  N° 3806.

Gruta de la Virgen de la Guadalupe de Indios, del antiguo Oratorio del padre Rosario.  A raíz de la apertura del Hotel en 1942, fue reubicada de su sitio original, y estuvo en una gruta de piedra, en el lado norte del Hotel, conocido como los Bambúes; posteriormente,  al construirse una casa en ese sitio, fue trasladada al lugar donde está actualmente. La Puerta, estado Trujillo, en Venezuela.    Cronografía propia de este blog.  N° 3807.

Aspecto del Hotel Guadalupe, construido sobre las tierras del Oratorio del padre Francisco Rosario, prócer independentista y santo. Este lote de terreno, fue el único bien con el que se quedó dicho sacerdote  y donde construyó en 1818, esta suerte de retiro o monasterio dedicado a la Virgen de la Guadalupe de Indios, para su ciclo de vida en penitencia y flagelación, hasta 1847 en que murió.  La Puerta, estado Trujillo, en Venezuela.  Cronografía propia de este blog.  N° 3811.  

Subida y entrada al Hotel Guadalupe, construido sobre las tierras del Oratorio del padre Francisco Rosario. Como fanático cultivador del campo, estas tierras las sembró prósperamente  el padre, de café y caña de azúcar, por más de medio siglo. Pudo ser este camino, marcado por las huellas ensangrentadas dejadas por los pies de este cura penitente, que para hacer más humillante la subida de su calvario, sus esclavos le pisaban la soga que arrastraba al cuello.  La Puerta, estado Trujillo, en Venezuela.  Cronografía propia de este blog.  N° 3812. 


Nota: para mayor información documentada, puede solicitar en PDF, por nuestros contactos, el articulo <<El Oratorio de la Virgen de Guadalupe de Indios>>.

Noviembre 2020.

Omanrique761@gmail.com

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