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domingo, 28 de abril de 2024

Santos Paredes, un juglar parameño.

Santos Paredes, un juglar parameño.

Por Oswaldo Manrique (*)

 

Habían sido convidados los poetas de la Serranía de La Culata, don  Teodoro Torres, el del inmenso repertorio; don  Concio Rivas, el cantor de las Siete Lagunas; Carmelito Salazar; con todo, el cuadro lo complementaba indudablemente don Santos Paredes, quien le daba a aquellos encuentros –sin saberlo- el carácter de autentico y digno arte musical: la décima serrana.  


A pesar de las décadas transcurridas, en las viejas montañas del Páramo de La Puerta, no se podrán olvidar los cantos y contrapunteos, de aquellos trovadores curtidos por el férreo sol de las sementeras, ataviados de sus franelas, sacos y calzando sus alpargates domingueros, y de amoldados sombreros de cola e burra, que atrajeron a tantos buscadores de entretenimiento y de risa.

Ni con aquellos suculentos hervidos o terneras, cuyo aroma y humo viajaban con la neblina libre para que todos lo disfrutaran, preparados por las sanadoras y sazonadoras manos de las señoras, que restituían la realidad al más empapado de cucharadas, los hacía abandonar las coplas graciosas y burlescas de aquellos pintorescos cantores serranos. 

Cada comunidad campesina tiene sus características y rasgos culturales propios, que va trazando y fomentando en el tiempo, que se va afincando en su memoria colectiva. Su tiempo libre, lo encausa hacia determinadas inclinaciones y tradiciones festivas y religiosas. Alegría y espiritualidad general, pero que se diferencian en cuanto a sus cantos y bailes. La serranía o parameñidad  es una marca que identifica esa cultura colectiva, en lo que se incluye el arte, el toque personal que le aportan excepcionales integrantes de esa comunidad, son capacidades naturales, dentro de su medio y condiciones campesinas donde habitan.  Debo referirme al caso de Santos Paredes, quien aparte de lucir su talento como poeta, como ejecutante de un viejo arte, ya casi desaparecido el de decimista, y su buen canto, desde el punto de vista de su espiritualidad, encauzó su tiempo libre para organizar los Chimbangueles de San Benito del Páramo de la Puerta.

El Páramo histórico y musical: las Siete Lagunas (Maen Shombuk).

Páramo arriba, en un sitio que llaman “San Rafaelito”, hasta los confines del Santuario de las “Siete Lagunas”, es zona gélida, donde el paisaje y la vegetación dota a sus habitantes de una especial dureza y espiritualidad. En aquellas soledades, el agricultor para trabajar se las arregla con su familia como pueden, cerca sus barbechos, huertas y más allá bajando o subiendo sus sementeras de papa, trigo, maíz, hortalizas, caraota y arvejas. Y, a la vista, su encierro de vacas, gallinas, cochinos, burros y mulas, lidiando con eso, transcurre su día a día, a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar.

Cargan agua, ordeñan, cortan leña, alimentan a los animales. Santos no era de los que se paraba en el portal de la vivienda con las manos en  las faltriqueras, a mantener un cigarrillo en la boca o a vivir “jumo”, entre “cuellito y cuellito” de sanjonero, apenas un tantico chimó para observar el degradé de azules que relucen en la franja horizontal del lago de Maracaibo, la línea del navegante, en la que sumergía sus pensamientos.

Santos Paredes y su  familia, vivieron en San Rafaelito, Páramo Siete Lagunas, jurisdicción de la Parroquia La Puerta, estado Trujillo; se puede decir que son de las primeras familias que vivieron en este Páramo. También vivieron  Mario Paredes y familia de quien he escrito en otra oportunidad,  y  Sandalio Villarreal y familia. Una zona difícil, agreste y gélida. La principal actividad económica es la agricultura. Hasta la primera mitad del siglo XX, lo que se cultivaba eran caraota, arveja, trigo, maíz y fundamentalmente la papa, en diversas tipos y variedades.  La alta producción de papa, llamó la atención y fue llegando  gente de Monte Carmelo, Palmira, Piñango, Pueblo Llano y de las Mesitas, de Niquitao a trabajar y algunos se quedaron a vivir. 

         Cuando recogían las cosechas, sus productos eran transportados desde los distintos sectores del páramo a lomo de bestia. Por caminos inclinados, zigzagueantes y peligrosos, como la Cuesta de los Rondones, La Maraquita y el camino de los Bicuyes, trasladaban sus productos  hasta el pueblo (La Puerta), donde eran vendidos en un Centro de Acopio que tenía el señor Rafael Villarreal, cerca del río y diagonal a la Prefectura del pueblo.

          La mayoría de los agricultores se ayudaban entre sí, mantenía desde sus ancestros, la cultura del trabajo colectivo. Era común, llamar a los vecinos agricultores, a jornadas como las “mañanitas”, “tardecitas”, “cayapas”, “vueltas de mano” y los denominados “Combites”. En estas labores los participantes no recibían ningún pago en efectivo solamente la comida y a veces el “Avío”. Los momentos libres y de descanso, los convertían en un rencuentro grupal musical y esparcimiento, ahí estaba incluido el contrapunteo y la décima.

                     A pesar de los pesares, las familias sabían sobrellevar la subsistencia dedicadas a su trabajo, algunas, disponían de un macho, un buen caballo o una buena mula, para trasladarse de un lugar a otro. Vivían en casas de bahareque y una que otra de tapial, pocas familias disfrutaban de comodidades. Todas, tenían en sus hogares un Buen “Fogón”, “La Churumba”, “Las Topias”, El “Barril” para buscar el agua en el zanjón y la “Máquina” de moler maíz, que conformaba el espacio cálido de la cocina. La vida en las montañas del  Páramo Siete Lagunas, de la Parroquia La Puerta, en esa época no disponía de los servicios de energía eléctrica, acueductos, escuelas, carreteras para sacar sus productos, ni siquiera un pequeño centro de salud para atender una emergencia que se les presentara a sus familias.

Según los datos que nos suministró Antonio Lino Rivero, sobrino de este personaje, José de los Santos Paredes Toro, nació el 02 de Noviembre de 1917, era hijo de Pablo Paredes y Lucía Toro, desde muy joven se dedicó a la agricultura, a los años se casó con la señorita Ramona García, (Antonio Lino Rivero. Datos sobre Santos Paredes. 27-1-2024).

En su transitar, buscando tierras  para trabajar, <<Vivió recién casado en “El Censo”, después se trasladó al Páramo Los Torres, donde vivió varios años,  hasta que se mudó al sector San Rafael Parte alta de “El Censo”>>. Finalmente se residenció en el sector “Pueblo Nuevo”, en La Puerta. Tenía un hermano de nombre Matías Paredes, que fue uno de los fundadores de Pueblo Nuevo y Leonor, madre de Antonio Lino Rivero.  Fue un hombre muy trabajador y colaborador con su comunidad.

El alegre contrapunteo serrano.

Sin ínfulas de pertenecer a algún movimiento literario o catalogarse como artistas de la lírica y el canto, cuando Santos Paredes y sus comarcanos poetas, salían a batirse al ritmo del cuatro y las maracas, soltaban su voces y palabras melodiosas para expresar y confrontarse simpáticamente sus críticas y comentarios a la realidad social de su tiempo, con fino humor y música dedicándolas a la mujer o insinuante al amor, a la religión, a la siembra, a los bueyes,  a los pulperos, a la comisión que incautaba el alambique, a los curas, a la sequía, a los infaltables espantos,  fenómenos naturales, largos inviernos, rayos y  torbellinos de los vientos, en fin, a la cotidianidad rural andina. Aquel antiguo arte de la décima, era auténticamente espiritual, natural, solidario, alegre, podía ser chistoso, sátiro y burlón, pero también su tema podía ser de queja o de halago chispeante.

Coinciden muchos que este arte, pudo haber llegado a nuestras tierras con la guitarra española del siglo XVI y siglo XVII, siendo asimilado por el mestizaje con el indígena Timoto, que gustaba del canto, la fiesta y el teatro. Sin embargo, algunos especialistas señalan que el canto de décima es influencia caribeña y se originó en Panamá, otros dicen que en Cuba se formó la corriente folclórica que fue influenciando los países de Sudamérica. Contrapunteo es el nombre que se le da a la confrontación de la décima cantada, y la de su típica armonización con el sonido del cuatro como instrumento. Ha desaparecido casi totalmente este tipo de expresión musical,  igualmente, su versión del contrapunteo, es decir, el desafío, la contienda que es una especie de trova dialogada hispana. Los otros cantores, destacados en décima son Carmelito Salazar y Teodoro Torres.  

El talento y las dotes para cantar se llevan por dentro, es propio e intrínseco de ese ser que lo puede desarrollar, de esencia y espíritu personal; por eso cuando es natural como el de Santos Paredes, un hombre de la Serranía,  aislado de esa “civilización globalizada ", sin mayores aspiraciones que la de hacerlo bonito y disfrutarlo con sus amigos y comunidad, debe ser objeto de reconocimiento histórico y cultural. Las condiciones innatas en Santos Paredes para la rima, para improvisar el verso ante el desafiante, articulada a su cualidad para cantar con gracia, son difíciles de superar. Sus poemas no los escribió, sus décimas tampoco, sus canciones menos, porque eran producciones espontáneas, innovaciones verbales, ritmos y cadencias que se llevan en la memoria, y es un recurso natural, que acaso, algún hijo o pariente pudiera tomar nota.

Un interesante aporte nos dio y lo recitó  Jesús Paredes Salazar, nieto de este poeta, <<le voy recitar la décima que entonaba mi abuelo Santos Paredes junto a su abuelo Concio Rivas y Carmelito Salazar. No la recuerdo muy bien porque esos escritos los perdimos en los cuadernos donde lo anotamos, porque también mi abuelo nos dictaba muy rápido>>, Rivas es el abuelo del autor de esta nota; la décima es la siguiente:

A todo momento están

Las damas y las coquetas.

Haciendo mil mofetas

A ver si cae Adán.

 

Cuando las mujeres van a una fiesta

no hallan como sentarse.

Unas se sienta jibadas

y otras en buena firmeza.

 

Llega un mozo que les guste y quieren irse huidas.

Para mejor lucir se ponen zapatos y medias.

Llevan unos camisones que brillan como forros de linterna.   

Fin de la décima.... 

Narra el nieto de Santos Paredes, que esas, << eran las formas sanas de expresar los sentimientos de aquellas épocas donde la imaginación hacia real muchos sueños, recordemos lo que implicaba enamorar a una joven de aquella época y más aún los zapatos, cualquier joven ni usaba zapatos, eran las hijas de pudientes>> (Jesús Paredes Salazar, por Facebook nota que envió el 6-1-24, a mi cuenta @lapuertaeshistoria); insinuantes y provocativas señales de enamoramiento.   

La historiografía local, se ha referido a ellos, << Los poetas populares hoy desaparecidos físicamente: Santos Paredes, Concio Rivas y Teodoro Torres, nativos del campo donde vivieron hasta la hora de su muerte. Santos Paredes era de “Medía Loma” y Concio y Teodoro del Páramo de los Torres; estos poetas natos se batían en contrapunteo con cuatro y maracas. Amanecían cantando. Cuentan que los más encarnizados rivales eran Santos Paredes y Concio Rivas, pero jamás le pudieron ganar a Teodoro Torres, porque el hombre tenía un repertorio inmenso e improvisaba muy rápido>> (González Rivas, Ángel. Humor y versos. Pág. 56. La Puerta. 2007). Amaron su tierra, su páramo,  con trabajo, alegría y música, hasta sus últimos días.

Los Chimbangueles de San Benito del Páramo de la Puerta.

En los caseríos de los páramos, se celebraban fiestas en honor al santo de su devoción.  Desde el punto de vista de su espiritualidad, Santos, encauzó su tiempo libre para organizar el grupo de vasallos, para ambientar y darle el toque a la fiesta de San Benito de Palermo, una de las más importantes devociones de estos pueblos andinos, una de las más populares.

El mismo Antonio Lino, nos refiere que Santos Paredes, <<en las décadas de 1930 a 1960 fue capitán de los Vasallos de San Benito y tuvo la oportunidad de visitar varios pueblos como Montecarmelo, Palmira, Piñango y Pueblo Llano>> (Antonio Lino Rivero. Datos sobre Santos Paredes. 27-1-2024); así mostró su espiritualidad.

         Cada cierto tiempo se reunían los Vasallos y su capitán y responsable del grupo, para llevarlo a otros pueblos vecinos. Uno de los capitanes de esa época fue Santos Paredes, y uno de los sitios donde les tocó presentarse fue en Pueblo Llano, en el estado Mérida.

Murió  en La Puerta, el 18 de Diciembre del año 2013, Don José de los Santos Paredes Toro, el juglar de nuestros páramos.  

*

Qué se habrá hecho la décima de los Páramos, no se sabe si queda algún poeta y cantor, que nos permita escucharla en alguna tarde de estas, para volver a gozar de nuestro simpático y hermoso canto serrano. 

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta. 

omanrique761@gmail.com 

 

sábado, 10 de febrero de 2024

Los marcianos en el Páramo de La Puerta.

 Por Oswaldo Manrique (*)


En las décadas de los años 60, 70 y 80 del siglo pasado, la comunidad de La Puerta, contó con un grupo de personas de un humor extraordinario, que lograba con sus bromas, graciosas travesuras,  charadas y creaciones humorísticas, trascendieran más allá del montón de amigos y de sus propias familias. Gente de la anécdota y del buen humor andino.

De ese grupo de hombres burlones, jodedores, “mamadores de gallo”, humoristas, hacedores de bromas, la comunidad recuerda a varios comerciantes como Jacinto Peñaloza (tuvo su comercio a media cuadra de la Plaza Bolívar), José del Carmen Matheus (comercio en  esquina noroeste de la Plaza), Hugo Rosales Bello (en el costado este de la Plaza), y Ángel González Rivas, el poeta y popular “Guayanés” (comercio en el costado norte de la Plaza); este último, recopiló parte de esas peripecias, ocurrencias  y jocosas anécdotas, entre ellas una que de simple y gracioso comentario matutino, se convirtió en un hecho de extraordinaria notoriedad regional, que aquí les comparto. 

A lo largo de la historia, pareciera que está latente una especie de amenaza de invasion en contra de la humanidad, por parte de seres de otros planetas. El tema de los extraterrestres, alienígenas y marcianos, ha sido fuente lucrativa para la literatura, comics, cine, y hoy, destaca igualmente, para las recientes generaciones, redes sociales, videojuegos, innovaciones tecnologías, inteligencia artificial (IA), y hasta con adicción y fanatismo hacia grupos de guerreros y protectores organizados como la llamada “Liga de la Justicia”, y los “Guardianes de la Galaxia”. Aunque parezca incierto, comenzada la segunda mitad del siglo pasado, en La Puerta ocurrió el siguiente hecho.

Un día laborable como a las 7 de la mañana, llegó al negocio del “Guayanés”, su vecino y también comerciante Don Carmen Matheus, a comprar  el periódico, se instalaron a echar una alegada, cuando también llegaron Don Hugo Rosales Bello, Don Rafael Paredes y don Jacinto Peñaloza. En un momento de la conversación, comentó don Jacinto Peñaloza: -¿No escucharon anoche la explosión tan fuerte en el Páramo de los Torres? Contestó Don Hugo: -Yo sí la escuché, eso fue una nave extraterrestre que cayó en el Páramo de los Torres, de ella bajaron unos marcianos y que son de color verde y chiquitos, además se comen la lechuga y están arrasando con las plantaciones; hay que estar preparado. Don Carmen afirmó: - Esa verdad yo la supe ahorita cuando abrí el negocio; pero los marcianos apenas son ocho, me lo contó mi compadre Concio Rivas que acaba de llegar del Páramo; lo que más piden es agua y no solo se come la lechuga, también la zanahoria>> (González Rivas, Ángel. Crónicas de La Puerta. Págs. 22-23. Valera. 2006). 

En ese momento que está hablando Don Carmen, llega por casualidad Concio Rivas (mi abuelo, decimista, el Cantor de las Siete Lagunas); Don Carmen lo ve y con rapidez le pica el ojo a Concio, y le dice:

- ¿No es verdad compadre que en el Páramo de los Torres llegaron los marcianos? Concio sacándose el sombrero, diestro en el contrapunteo y sin pensarlo mucho, le respondió:

- Sí, y el aparato donde llegaron cuando cayó sonó como una explosión.

En efecto, y de verdad sucedió, que todo el pueblo escuchó una fuerte explosión esa noche en el Páramo de los Torres, dicen que pudo ser un aerolito que cayó en la montaña.

Pero mi abuelo Concio, siguió  narrando sobre los marcianos, poniéndole más piquete, <<diciendo:

- Son chiquitos, verdes y feos. En eso, preguntó un policía que estaba en el negocio: - No sería el carro de los tres nautas que cayó en el Páramo de los Torres? Le contestó de inmediato don Jacinto: - El carro de los astronautas está en la luna>>. Hasta ahí, llegó el conversatorio y poco a poco cada quien se fue retirando a cumplir con su trabajo cotidiano; se podrán imaginar lo que aguantaron los amigos, quienes estaban a punto de reventar de la risa.

Y el simple comentario, se regó como pólvora.

Lo cumbre de esta charada, lo contó el Guayanés,  de esta forma: <<Pero la noticia la hicieron regar como pólvora quienes la inventaron, entre ellos este humilde servidor, muy pronto Radio Valera dio la impactante noticia: "Los marcianos llegaron a La Puerta están en el Páramo de los Torres". Cuando menos nos dimos cuenta el pueblo era un hervidero de gente, llegaron comisiones de la PTJ (hoy CICPC) a la Prefectura y se trasladaron a caballo al Páramo de los Torres, a ver a los marcianos y a interrogarlos. En nuestros negocios se agotaron el pan, las cucas, los besitos, los suspiros, las polvorosas, los jugos, los refrescos, la cerveza, el miche y los cigarros. La gente estaba pendiente en la plaza Bolívar, de los marcianos, esperando el regreso de los que fueron a verlos>> (Ídem); el comentario se convirtió en un notición regional, y éste, en un suceso de connotación policial, que atendieron los investigadores y sabuesos de la Policía Técnica Judicial.  

La expectación creada por la charada y el desenlace.

Radio Valera que era el medio más escuchado por los trujillanos, transmitía  comentarios y mensajes que le llegaban, como estos: que, si La Puerta se convertiría en un campo de vuelos extraterrestres; que, si alguna nave gigantesca se había estrellado en las montañas de las Siete Lagunas, en fin, se preguntaban si era una agresión e invasión extraterrestre, pero que dependía de si los marcianos eran buenos o eran malos. Todo un maremágnum.  

El poeta González Rivas, continuó su relato: <<En la tarde llegó Don Hugo y nos notificó que la DISIP estaba investigando quién hizo la llamada telefónica a su despacho y a Radio Valera porque ya tenían conocimiento que era falso la llegada de los marcianos a La Puerta.  Don Hugo nos recomendó cerrar nuestro negocio hasta el día siguiente mientras pasaba la inquietud por el impacto de los marcianos, le hicimos caso y cerramos los negocios. Don Hugo se montó en su camión y se fue para Caracas, tranquilo y sin nervios, muerto de risa>> (Ídem); Hugo, nieto de italiano, con el que pude conversar y compartir bastante, era un hombre de un humor fino e inteligente.

Mientras, los inquietos bromistas, se escondieron. Parte de la comunidad, desde la Plaza, veía subir a los funcionarios policiales, por la feraz “Cuesta de los Rondones”, para llegar al Llanito. Las comisiones de pesquisas de la PTJ, fueron en bestias -no existía carretera para vehículos-, se dividieron el Páramo, una de las comisiones, se fue a investigar en ruta a Los Pozos, Las Cruces, Las Moras Piñas,   Mal Paso, San Rafaelito, Las Piedras Blancas,   La Mesa Alta,   Cerros San Antonio, San Felipe; y la otra, se dirigió hacía La Mesa del Alizo, Xicoque, La Loma Colorada, Los Alicitos, La Lagunita. El otro Lado, La  Popa, El Curubo, El Picacho, La Aguada, El Arbolito, La Boca del Monte, Loma Larga y La Perdía, casi llegando a lindes con Montecarmelo, que eran los caseríos que  existían y llegaron hasta donde pudieron entrevistar a los habitantes, y confirmaron lo del espantoso ruido, sin embargo, no determinaron qué fue lo que lo produjo. 

El testimonio del Guayanés, nos descubre el desenlace, asi: <<Por la tarde bajaron las comisiones de la PTJ, cansadas, muertas de hambre y más calientes que plancha de chino, porque no encontraron a los marcianos. Solo se informaron de una explosión en la montaña, por la noche. Al día siguiente abrimos nuestro negocio con un poco de temor no nos fueran a hacer presos por inventar cosas inciertas>> (Ídem), subieron y bajaron a caballo, investigaron lo de la explosión, y en síntesis, podemos decir de esa jornada  -emulando a don Luis González, el Cronista de Valera-,  que se trajeron el Páramo en las nalgas.

         Como colofón de este relato, el Guayanés escribió lo siguiente: <<Como a los dos días el rumor sobre los marcianos pasó; una mañana llegó a mi negocio el policía que estaba el día que inventamos la llegada de los marcianos a La Puerta. Con voz fuerte dijo: -No se ha podido saber quién fue el que llamó para la DISIP y Radio Valera, si se descubre quién fue, irá preso por embustero y agitador; yo me río y le pregunto: ¿qué ha sabido del carro que usted creyó cayó en el Páramo de los Torres?  El agente me contestó: - No se ría amigo porque yo creí que era el carro de los tres nautas que cayó en el Páramo>> (Ídem). Así concluyó, la burlona charada, que se convirtió en un suceso policial, con momentos de curiosidad, espera, expectación y hasta miedo,  en la comunidad trujillana.

La enseñanza de este episodio, es aquella que dicta que  más valor tiene la vida, cuando se disfruta con alegría y buen humor. 

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta. 

La Puerta, febrero 2024.

omanrique761@gmail.com  


sábado, 13 de enero de 2024

El inveterado Dios de la Sacristía, del templo de La Puerta, 1930


Por Oswaldo Manrique (*)

Con motivo del inicio del año 2024, faltando pocos días para dar comienzo a la celebración de las festividades de San Pablo Apóstol y la Virgen de la Paz, en la población de La Puerta, deseo compartir un hecho curioso, de esos tantos secretos que guarda nuestro viejo templo parroquial, me voy a referir al “Dios de la Sacristía”, que pudiera tornarse anecdótico, si bien  deja entrever su lado histórico, religioso, y hasta lo metafórico, por la brevedad del relato, que nos fue comentado por nuestros abuelos, asi como, lo del “Mártir del Gólgota” y además, por existir una pequeña referencia historiográfica local.  

El antiguo templo de San Pablo Apóstol de La Puerta, en cuyo altar, se encontraba el Dios de la Creación, que luego fue arrumbado en la Sacristía.

En los tiempos en que aun existía la Comunidad Indígena Bomboy, casi totalmente pura, ocupando sus tierras del Resguardo Indígena de La Puerta, en su templo de San Pablo Apóstol, había un cuadro cuyo motivo era la creación del mundo, que respetaban mucho los aborígenes catolizados, porque las figuras y elementos, los colores, los trazos, los hacía reflexionar. Dicho cuadro, pudo haber sido adquirido o encargada su elaboración, a alguno de los artistas de Trujillo, por el Padre Pedro Santa Anna de Coronado quien  construyó el templo en 1790, o por el mismo padre Francisco Rosario, que estuvo al frente del Curato hasta 1847.

En el inventario del Obispo Mariano Martí, cuando visitó el 1° de abril de 1777, la “capilla enramada” del Pueblo San Pablo de Bomboy (alias la Puerta), construida  <<Sobre una base de barro y piedras,  el bajareque sostenía por techo endeble techumbre de varas y palmas>> (Febres, 54), no aparece descrita dicha obra, tampoco en el inventario de 1882, donde solo están registradas las 4 imágenes tradicionales. Su pintor, pudo ser alguno de los artistas de los Conventos de Trujillo, aunque el recordado historiador y amigo Arturo Cardozo, calificó la actividad artística y pictórica religiosa  de los siglos XVII y XVIII, como tiempo de oscuridad para las artes; o pudo ser elaborado por pintores del vecino y cercano Virreinato de la Nueva Granada.  

De la señalada obra, rememoró una católica que la pudo observar en su infancia y dejó referencia escrita de ello, <<se representaba a Dios Padre con los brazos extendidos sobre el mundo>> (Burelli, Ligia. Un día volver. Pág. 39. Caracas. 1992), en el justo acto de no perder de vista lo que sacó de la nada, toda la naturaleza y los elementos, que constituyen el mundo, es decir, el primer día de la existencia, de todas las cosas creadas por él. Muy apegado, al simbólico pasaje encontrado en el Génesis, primer libro del Pentateuco y Antiguo Testamento, como también, del Tanaj, libro sagrado del judaísmo.

En su fina prosa, Burelli, agregó a esa hermosa descripción, que <<Su rostro (el de Dios) envejecido mostraba una barba grande y magnifica y sus cabellos lucían desordenados>> (Ídem), esta descripción de la pintura nos llama a imaginar una composición tan expresiva que impactaba a quien la observara y detallaba, por supuesto, la figura principal es Dios, protegiendo su creación. El uso de combinación de colores diversos y estimulantes, como los que se utilizaban para aquellos tiempos, incitaban y producía ese influjo sobre la espiritualidad de la comarca.

La estampa pictórica, citaba a pensar en el ingenio de aquel Ser superior y en su labor creativa, revelando su esfuerzo, lo que seguramente sorprendía e impactaba a los indígenas, en su ancestral cosmovisión de figuras de chorotes danzantes, sonajeros, incensarios, pectorales, objetos votivos que usaban en sus prácticas religiosas en el Santuario de las Siete Lagunas (Maen Shombuk), en las quebradas o en las retiradas cuevas, acompañados por Chegué, el sumo sacerdote de estos Páramos, quien vivía cercano a dicho Santuario,  para adorar al sol, la luna, la lluvia y demás elementos.

 La incorporación de los nativos al catolicismo, fue dilatada, y su progresiva integración se logrará a través de un proceso de sincretización, en la que incluían las imágenes y reliquias religiosas, que irían aceptando como el Kachuta grande para los indígenas, el todopoderoso, y la expresión del arduo trabajo de este, en favor de la raza humana.

Luego que el Padre José Asunción León, vendiera las tierras que le quedaron del despojo a los indígenas, en el fraudulento juicio de 1891, el templo pasó a otras manos sacerdotales, y el antiguo cuadro fue mudado desde el altar donde estaba, para ser <<arrumbado en la Sacristía>> (Ídem); expresado así, lo sacaron del altar, porque fue considerado como desecho o por lo menos despreciado. Esto nos sugiere que dicha obra pictórica, fue hecha como se estilaba en el siglo XVII, obras ceñidas al barroco español y a los cánones sinodales. 

El gobierno del dictador Juan Vicente Gómez, realizó la remodelación total del templo, incluyendo la torre campanario símbolo eterno de este pueblo, hoy sin campanas. En inventario realizado en 1931, se incluyó como parte importante del patrimonio, la edificación, descrita como sigue:  “…Ynventario   de la Yglesia Parroquial de San Pablo Apóstol de La Puerta, diez de abril del año mil novecientos treinta y uno…1.- El edificio reconstruido…tres naves sobre tapias de los lados y por el medio sobre pilares de madera, con una pieza después del Presbiterio que sirve de sacristía; al lado izquierdo un cuarto para el…al pie del mismo lado, otro que es Bautisterio y al lado derecho el edificio del campanario, todo está cubierto de tejas…”.  Es posible que, al tener un edificio remozado, como nuevo, era necesario salir de la imaginería vieja, en la que se incluyó el cuadro de la creación del mundo.

Por supuesto, cuando los niños de los nuevos pobladores, tenían oportunidad, o en el caso de los niños del Páramo,  cuando bajaban y acompañaban a sus “papaes”,  a traerle la “primicia” al Cura, lo podían ver en la Sacristía, se  impresionaban por la hermosura y simbolismo de aquella obra pictórica, al punto que un vecino que su casa, la de la familia González, diagonal a la Iglesia,  había un viejito de cabello largo y con barba blanca, con marcadas arrugas dentro de las arrugas de sus rostro, llamado Benito que se parecía mucho al “Dios de la Sacristía”.  

Al comentar los niños, el parecido asombroso, su manera tranquila de ser, su afable mirada y la finura de sus gestos, <<que lo hacían distinto a todos los señores del lugar>> (40); como todo digno y honorable anciano.

A don Benito González, lo veían <<sentado a la puerta de su casa…se detenían a mirarlo, arrobada por su parecido con el Padre Eterno>>; lo saludaban y él sonriendo respondía: <<Saludes a su mamá>>; del mismo modo pensarían que podía ser alguien vinculado al denominado Ser Supremo o Kachuta. Lo cierto es que, era un simple mortal, sumamente católico, benevolente y autodidacta maestro de primeras letras, que enseñaba a leer a los niños, y cumplía como examinador en las pruebas de suficiencia. Al despeinado anciano, se le escuchaba como si fuere una última palabra: - ¡Que la Virgen lo acompañe!  Especie de cierre celestial, en medio del neblinal y la quietud virgiliana, quedando su mirada puesta en la Cuesta de los Rondones,  arreglándose la blanca barba.

En enero de 1965, al ser inaugurado el templo actual, y la demolición del antiguo, se perdió la huella en el infausto recorrido de la antigua reliquia. La fama que corrió a partir de ese año, fue considerado como el más hermoso y moderno templo católico, remodelado por uno de los afamados arquitectos del país, y encima, el más rico de Trujillo, pues hasta las casullas estaban valoradas en sumas inverosímiles y ni hablar de los dorados vestidos y mantos de la recién estrenada Virgen, “La Españolita”, de belleza impredecible. El Dios de la Sacristía, no fue al nuevo templo. 

Algunas familias, recordarían su historia solo como inspiración mística, en parte por religiosidad; y, sobre su sino fatal, por temor a su Dios, basta hacer un rápido paneo a la historia diáfana y a la realidad de nuestra comarca. Ahora estoy comenzando a entender, la preocupación de Concio Rivas, mi abuelo, meses antes de morir, cuando me dijo una noche en el Xikoke, un tanto melancólico, que tenía que recuperar “El Mártir del Gólgota”, un viejo libro, en el que –según él-,  estaban  las “revelaciones”, movía sus manos como si lo estuviera hojeando. Se quitó el sombrero, y guardó silencio por largo rato.  

Confieso que, como otras cosas, se desconoce el paradero del inveterado Dios de la Sacristía. Estamos esperando que devuelvan las campanas centenarias del Templo o respondan qué pasó con ellas.

La Puerta, enero 2024.

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.

Omanrique761@gmail.com

jueves, 13 de mayo de 2021

Concio Rivas, Cantor de Las Siete Lagunas

El taita Concio Rivas, Cantor de Las Siete Lagunas.


Oswaldo Manrique


¡Respire profundo y puje que ya va tar!


Fueron las palabras que le dijo la partera vecina. La india Juana Paula, cerraba los ojos y le chorreaba sudor en la cara, cada vez que sentía dolor en su voluminosa barriga.  En su casa en Los Berros, cerca de las lagunas, habían preparado todo para el advenimiento, la partera atenta a los movimientos de la parturienta. Minutos antes, se había levantado del catre donde estuvo sentada. Había sentido una punzada en la espalda, y enseguida un liquido que se deslizaba por sus piernas. Fue cuando llamó a Aracelis, le pidió que la ayudara, ya era la hora. Comenzó a pasar al cuarto las sabanas, agua, alcohol y las otras cosas para recibir al nuevo vástago. Se tranquilizó un poco, al paso de las suaves contracciones. 

El ambiente en el Paramo de La Puerta, durante el mes de diciembre no es grisáceo, ni blanquecino ni oscuro como en otros lugares; por ese  mes, adquiere un excepcional color brillante, que contrasta con el claro verdor de su paisaje y el iluminante azul de su cielo. En la noche, aunque no estaban convocados para el evento, algunos vecinos y familiares se acercaron a Los Berros, unos reunidos en la sala, conversando y riendo, mientras las mujeres se apiñaban en la cocina, alrededor del fogón, preparando mucho café y mucho guarapo de panela.

Sus caderas soportaban esas sensaciones fuertes, lacerantes y calientes.  Comenzó a dilatar y cada cierto lapso la revisaba la partera. Las contracciones se tornaron más intensas. Estaba semisentada.  Confiaba en la esposa de Rafael Aranguren,  partera del caserío. Esta le afirmó que ya la criatura se comenzaba a ver, y le pidió que dejara de pujar, que no pujara más. Soñaba con él, ansiaba  verlo, saber cómo era. Salió Concio, lo recibe la partera sonriente, lo revisa, lo alza para enseñarlo, es  humano. Abrió los ojos, se lo entregó a la madre, abrigándolo, inmediatamente comenzó la búsqueda del calostro, que lo mantendrá en contacto con ella. Lo comenzó a amamantar. Llegó el ser que se convertiría en el eje de la familia, lo llamará José Concepción, porque ya tenía un Jesús, que era el padre, el ex montonero liberal. Era de madrugada con brumoso y helado tiempo. Parto normal.  Juana, después de parir, entró en un letargo placentero y tranquilo que pudo disfrutar al canto que le susurraba al oído a su criatura, solo por esa vez>> (Extracto de nuestro libro"Relatos y cuentos del Páramo de La Puerta" 2015). 

Uno de los personajes más simpáticos y polifacéticos, que persiste en la tradición oral de nuestra comarca, lo es el "taita" Concio o el "Bachiller" Concio, como también lo llamaban. Su nombre José Concepción Rivas,  nació el 17 diciembre de 1916, en la posesión Los Berros, en el propio páramo de las Siete Lagunas, jurisdicción de La Puerta, estado Trujillo en Venezuela. Pertenecía a las primeras familias indígenas y mestizas que se asentaron en este lugar. Aprendió a leer en la rudimentaria escuela del maestro Mateo Valero, en el llano de la Lagunita. 


En esta fotografía se puede observar a Jose Concepcion Rivas, con su uniforme militar, cuando tenía unos 25 años de edad. 



Después de azarosas huidas de la recluta militar, a los pocos años lo agarró la de los chácharos gomecistas. Estuvo en el Cuartel de Infantería Libertador, de la ciudad de Maracaibo, luego lo trasladaron al Cuartel de Lagunillas, con responsabilidad siendo sargento primero del Ejército Nacional. Una noche que conversábamos de muchachos con él, con su pie montado en un lateral del fogón y quitándose de vez en cuando su felpudo  sombrero, nos contó lo que presenció y vivió, en su época de soldado, uno de los sucesos más trágicos de la Venezuela petrolera, el incendio y desaparición de Lagunillas de Agua, en el que hubo miles de muertos, que aún no hay cifras ciertas y menos aún, se han determinado las causas del mismo.

Caminó la mayor parte de su vida, en su instinto natural y metodológico de conocer y saber, se exigía explorar espontanea y autodidácticamente, más allá de los limites de los páramos.  En la primera mitad del siglo XX, la región de Los Andes, era una zona rural, de servidumbre, aislada e ignorada, de la que solo se acordaban caudillos y gobernantes, cuando requerían la soldadesca y sus riquezas.  Igualmente, recordaba como si fuese un suceso cercano, lo del siniestro aéreo de Avensa en 1950, en el Páramo, cuando la comisión de la Guardia Nacional lo sacó de su casa para que les sirviera de baqueano. Fue a regañadientes, pero cuando vio aquel desastre, buscó mulas y machos,  para el traslado de los estudiantes muertos. 

De sus muchas y simpáticas aventuras y anécdotas ha escrito Ángel González Rivas, el Guayanés.  Fue caporal del MOP, en el desarrollo de la carretera trasandina. Agricultor casi de nacimiento, comisario de caserío, coordinaba el trueque, préstamo de semilla, convites, vuelta de mano, como costumbres colectivas ancestrales del Páramo. Sacaba buen y aromático sanjonero, los curas acostumbraban a visitarlo y a tomarse un cuello corto para bajar con alegría la Cuesta de los Rondones; ese elixir de los montes, le compraba toda la producción, en la madrugada, su compadre el comerciante José del Carmen Matheus “Don Carmen”.  En edad madura se casó con María Guadalupe Ramírez Terán (1926 - 2017), nativa de las Mesitas de Niquitao, ella murió con 100 años de edad. 

Como era uno de los pocos que sabía leer y escribir en ese tiempo, su casa en el Sicoque, se llenaba los fines de semana de vecinos, las mujeres para que le redactara y escribiera carta a los hijos, hermano, al marido y hasta los novios que se habían ido a trabajar a Caracas o Maracaibo. Equivalentemente, le llevaban las cartas que recibían, para que se las leyera, por eso se ganó que lo llamaran el "Bachiller Concio". 


De pie y con sombrero, el taita Concio Rivas, compartiendo con vecinos de la comunidad del Páramo de La Puerta, Trujillo en Venezuela.


Un aspecto de su versatilidad, fue su amor por el folclore. Su afición a la música, el cantador de décimas por excelencia, el más fogueado en contrapunteos, tenia facilidad para improvisar, su nombre brilló en las fiestas de Barinas, Mérida y la zona baja. Le gustaban los tonos y pajarillos, en lo religioso, los rosarios a la virgen. Montaba bailes en los tradicionales Cantos de Navidad por diciembre, en las casas de familia, cantaba toda la noche.  Cuando lo veían llegar con su cuatro a cualquier lugar, seguro que había baile, más atrás llegaban sus pares, Ruperto Rivera, con la guitarra de cinco cuerdas, era el esposo de Felipa Ruz, sobrina del legendario coronel Sandalio Ruz. No podían faltar Emeterio Villarreal y José de los santos Ramírez, con su respectivo cuatro, Ernesto Barrios con guitarra y canto. Camilo Rivas, hermano de Concio, en la armónica, Sandalio Salcedo el violinista, Rafael Artigas con la bandolina y Concio Rivas en el canto y baile, eran la música, la fiesta y eran la alegría. 

El 19 de abril de 1978, día de libertad, bajando por los Santicos, del Páramo, alzó vuelo y emprendió viaje hacia otros espacios. 

Nota: Si está interesado en conocer más de la vida y anécdotas de éste y otros personajes, puede leer de nuestra autoría "Relatos y cuentos del Páramo de La Puerta", disponible en PDF, solicítalo por nuestros contactos.

La Puerta, mayo de 2021

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