Por Oswaldo Manrique.
Dicen que las calles y caminos
tienen una historia tan extensa como su propio destino. La calle 'El Matadero',
mucho tiempo antes de tener este topónimo sirvió de rústico paso a los primeros
pobladores Timotes que se establecieron en este Valle y luego conformaron la
Aldea del Resguardo Indígena de La Puerta. A partir de 1891, el viejo sendero
se convirtió en precaria y anegadiza transversal entre el río Bomboy y la Calle
Real, hoy avenida Bolívar.
La calle 'El Matadero' no es solo un
nombre grabado en el mapa del área urbana de este pueblo andino; es un eco de
su historia y una arteria vital de su pasado. Antiguamente, esta vía de tierra
fue parte del corazón de esa pequeña y diaria actividad comercial y social, donde
el ganado era conducido para contribuir como alimento de los pobladores,
cochinos, terneras, vacas o toretes se veían andar hacia la ribera del río
Bomboy, donde los esperaban los matarifes, tablajeros, cortadores, carniceros, ayudantes
y comerciantes, y la vida cotidiana palpitaba con un ritmo distinto. Recorrerla
hoy, es caminar sobre la misma angosta franja de tierra, ahora revestida de
asfalto negro, que vieron precedentes generaciones, un viaje en el tiempo que
nos transporta a una época donde los oficios tradicionales y el espíritu
comunitario definían la identidad de este rincón en las alturas de los Andes.
En cada muro de tapial con puertas de madera, y en cada solar sembrado, reside
el alma de una historia que merece ser contada, la de la calle “El Matadero” de
La Puerta.
Eran tiempos en el que el dulce y
frío susurro de la niebla espesa, arrollaba la humareda que salía de las pocas
casas, al son de las viejas campanas de San Pablo. Buscando disfrazar las
tapias de los solares y las amanecidas paredes de barro que sostienen el
caballete de tirindí y su cabello de fajina. En la fresca, húmeda y cercana
rivera este del río Bomboy, custodiado por un lado por la serranía del Pitimay
y por el otro, por el filo del Páramo de La Puerta, todo, todo, supuraba un
particular olor y sonido que brota de la textura de la misma tierra, de esa
calle que insinúa relatos al viento: ‘El Matadero’.
'El Matadero' no es solo eso: la
franja de tierra para caminar y unas cuantas viviendas, sino que es un
verdadero sentimiento surgido de las migraciones que llegaron con el boom de la
construcción, establecimiento de empresas, comercios, hoteles, edificaciones,
centros recreacionales del mal llamado turismo, que se fueron asentando en la
populosa zona de La Hoyada y sus
alrededores.
Aquella
calle, que tuvo en 1980, su mas impactante cambio social, fue el acceso al campo deportivo, en su lado norte, y al este,
con el predio donde se levantaba la plaza de toros en las fiestas de enero de
los Santos Patronos del pueblo, y como sitio de prácticas del profesor Isaac
Araujo y sus alumnos de la recordada Escuela de Peritos de La Puerta de los
años 60; también, ese sendero sirvió desde tiempos remotos como ingreso al
espontáneo balneario en el Bomboy, que usaban los jóvenes puertenses, en fines
de semana y temporadas vacacionales, cuando de “refrescarse” se trataba.
El singular topónimo del rústico paso y la madrina de todos.
El topónimo le viene porque, en un
pedazo de solar, en la rivera del río, un señor de nombre Luis Paredes, a
finales de los años 1940, inició allí la actividad de matar reses, por eso, lo
de la Calle El Matadero, hoy Calle 2 de La Puerta, Parroquia La Puerta,
Municipio Valera del Estado Trujillo.
El señor Luis, el matarife, junto con
su esposa la señora Justa, al comienzo, levantó unos tapiales, puso un rústico
mesón de tablas y se tuvo como sitio donde se arreglaban reses ya beneficiadas
–no mataban-, que traía completas,
dándole continuidad y permanencia a las actividades del útil Matadero. Según Angel Alfonso Araujo, ex prefecto de La
Puerta, luego, hubo algo más estructural, un pequeño galpón, con una sola sala
de piso pulido, donde beneficiaban las reses y cerdos, que lo construye el
gobierno de Pérez Jiménez en sus comienzos, y allí ya mataban, atravesar y
desangrar, seguido del corte y desposte con cuchillos y ganchos, se usaban unos bandejones metálicos, bajo refrigeración natural.
Los días miércoles, jueves, viernes y
sábados, vendía la carne al público y otra la llevaban a los restaurantes; las
vísceras, pajarilla, chinchurrias, corazón, asadura, cabeza del vacuno, las
regalaba a la gente que iba a buscarla.
Posteriormente, la casa del matadero,
es dividida, el señor Paredes se va, y queda funcionando una pequeña
carnicería, y en la otra parte libre, se muda y la ocupa en los años 50, la
recordada Chuy Morillo, oriunda de las Mesitas de Niquitao, esposa del señor
Manuel Terán, padres de Florentina, Luis y Crelia. Doña Chuy, fue la partera
del pueblo, la mitad de los nacidos en ese tiempo, vinieron al mundo ayudados
por las manos y los conocimientos de ella, la mayoría de ellos le decían
“Madrina” y le pedían la bendición. Al cerrar la carnicería, se mudó la señora
Rosa Elena Rodriguez de Morillo, oriunda de Montecarmelo y su esposo Onésimo
Morillo, trabajador del Hotel Guadalupe; en esa casa, criaron a sus 6 hijos,
uno de ellos, el Dr. Armando Morillo, destacado profesional del derecho en la
zona baja del estado Trujillo.
Los espantos que se oyen y no se ven, y los
que se ven también.
La delgada calle descuaja sus propias
fábulas, por la que bajan los animales, faros, gatos montañeros y descuentan
los caballos relinchando en la madrugada descansando sus lomos de alquiler, y
encontrándose con la silenciosa niebla, no falta el que en forma jocosa lo
asocia al fantasma de la “Mula Maniá”.
Recuerdo las narraciones de doña
Chuy, con su visión hermosa de las estrellas, que se mezclaban con noches de
fantasmas y aparecidos, no perdía su fascinación, bajo el tiempo de lluvia,
crecida o tempestad, sobre todo cuando bajaba del sardinel de la cocina, sus
frascos, ollas y potes, de su sabrosa dulceria.
Se hizo casi que comentario
extranacional, el sonido del arrastre de las flaquezas del padre Rosario con su
cruz a cuestas saliendo de las mecedoras de piedra, <<El alma del Padre Rosario, ambulante por el
Oratorio o descansando en las mecedoras de piedra de La Guadalupe>>
(Abreu, ); es parte de ese mundo mágico, de mitos y aparecidos que se esconde
en la citada Calle, y se funde con la fábula actual del encuentro de los
caballos en la madrugada; por supuesto no se puede dejar de mencionar las
leyendas y cuentos de los fuertes hachazos que se oían en el terreno donde hoy está la Urbanización San Benito, pero el hachero no aparecía ni en las
historias de la gentil señora Chuy, ni en las del gordo Nerio Rodríguez, pero
sí, en su oscuridad particular la que aprovechan para reunirse cerca del río de
espuma, hasta que comienza la burla de
los cantos de las paraulatas y la escasa bendición del paují que son el deleite
del profesor Leonardo Paredes para sus canciones. En aquel tiempo, me dijo mi
nona Guadalupe, se calmaba el asunto cargando su frasquito de agua bendita o enfrentándolo con la frase <<¡arrenuncio a Satanás!>>.
En su camino de tierra, se conectan
la tradición de este pueblo andino, con su funcionalidad de beneficiar carne
para la comunidad, recordando a los que cargaban sus reses, cochinos, chivos u
ovejos, y lo novedoso de expresiones arquitectónicas foráneas, y donde no se puede apartar la alegría de niños y
jóvenes, y los exquisitos dulces criollos de doña Chuy, con las voces de ese
pasado que todavía cuentan algunos de los vecinos, como parte inolvidable.
Para aquel tiempo, la parte baja de
la calle “El Matadero”, en su lado sur, tenía una casa de bahareque, seguida de
una pared gruesa de piedra y barro que llegaba hasta el borde del río. Dicho
terreno del frente, era sembrado, luego fue sitio de prácticas de la Escuela de
Peritos, en las fiestas de enero se instalaba aquí la plaza de toros, y hoy,
espacio de la Urbanización San Benito (Malvinas), estaba marcado por un paredón
o pretil de piedra bien ajustada, para proteger los cultivos. Del otro
lado, estaban la casa del Matadero, el solar jardín de la señora Chuy, la casa
de la señora Florentina Morillo, esposa del señor Eduardo Briceño, el solar y
casa de la familia Salas, del popular Arepa e’techo, luego la casa y solar del
señor Camilo Paredes, hijo de don Audon Lamus el comerciante
de telas. Este Camilo, es el abuelo del primer sacerdote nativo de La Puerta,
el Pbro. Oswaldo Gonzalez.
El progresivo fomento urbano y el crecimiento poblacional
Para saber sobre los primeras casas,
solares y predios que se fueron fomentando, así como elementos referenciales en
sus cercanías, encontramos que el señor Abreu, escribió en su particular
catastro, que, <<Al extremo norte de la Calle de Abajo, hoy
avenida Páez en el límite con los terrenos de la sucesión Viera-Orellana,
frente al hotel Guadalupe se encuentran las bases de cal y canto de la
Capilla-Oratorio del Pbro. Francisco Antonio Rosario, por lo que se le da el
nombre de “El Oratorio”>> (En: Abreu Burelli, 203). Aquellos
terrenos, son los mismos que corresponden a la hacienda del padre Rosario,
según los documentos del Resguardo Indígena de La Puerta, desde el río, hasta donde esta construido dicho
hotel, incluida la fragante y curativa Quebrada La Guadalupe.
Esta calle, con sus escasas y viejas
casas de techos de fajina y fuertes tapiales, fue modificándose a partir de la
década de los años 70, con el auge de las macroconstrucciones en el área urbana,
pero se mantuvo como un espacio de aceptación social, donde la memoria
comunitaria ha quedado marcada. En
la parte ubicada entre avenida Bolívar, parte del terreno del Oratorio de la
Virgen de Guadalupe, construido por el padre Rosario, y la avenida Páez, el señor Felipe Viera, construyó varias
casas, que ocupaban trabajadores de su hacienda, asimismo, se estableció la alemana
“Pension Europa”, luego “Pensión Momboy”, hoy en ruinas. Al frente se estableció
uno de los más destacados centros de comida y recreación familiar “El Panal” de
don Benito Sanchez. Jose
rafael abreu, antiguo cronista, escribió
sin mayores detalles que para 1905, en la transversal 2 de la avenida Bolívar,
en su parte alta de la hoy calle 2, ocupaban con casas <<Don
Manuel Muchacho, oriundo de Escuque. Don Francisco Bello, de origen italiano>>
(En: Abreu Burelli, Un valle, una aldea, un río. 201. La Puerta.2007). Los
solares y terrenos fueron cambiando con la construcción de nuevas casas, a
espacio urbano y sociable, mejorada la calle con el tiempo al pavimentarla en
los años 70, la construcción de aceras muy angostas y dotándola de iluminación
eléctrica.
En
el tramo, que
va desde la avenida Páez hasta el río, o parte baja de esta transversal 2, existían las casas de
<<doña Brígida Duarte; doña Anita Torres>> (Abreu, 202),
esto, fue en 1905, cuando existían sólo unas 40 casas en todo el pueblo. En esta parte, fueron fomentando casas, nuestra recordada amiga la
valerana señora Ilse Salinas Godoy, el señor Hugo Rosales Bello, y
personas oriundas de poblaciones
vecinas, como Timotes, La Mesa de Esnujaque, Jajó, Mesitas de Niquitao, Mendoza,
y Valera, luego del Zulia y Barquisimeto, y algún otro personaje como Pablo
Freites, cantor y cuatrista nativo de los llanos centrales, quien vino con la
compañía del proyecto de electricidad.
Una de las historias destacadas del
siglo pasado, es el del Chalet construido poco a poco por el señor Tomás Wickle
y la señora Rosalía, la esposa. El señor Tomás en los años 70, levanta la
estructura metálica del chalet, según recuerda Alfonso Araujo, ex prefecto de
La Puerta; posteriormente van construyendo el resto, chalet,
que aún se conserva, igualmente, el señor italiano Manghini y su señora
construyen su casa.
Quizás
el áspero y hosco nombre de esta calle
difiere de la bucólica cotidianidad del entorno, pero es un fiel testimonio de
su pasado. Ha sido el
camino público, de uso cotidiano, al campo deportivo de la comunidad, entre dos filas de fríos y
verdes solares, para ir a los sitios de
trabajo, escuelas, a realizar diligencias, sino un espacio de paseo, de juegos
infantiles, es donde primero se ven rodando los carros de rolinera decembrinos,
que expresa el aprecio que se tiene por ella, dentro de un proceso donde los
vecinos de forma voluntaria, preservando aspectos ambientales, sociales,
servicios, han venido construyendo su propia geografía y su propia historia,
muchas veces sin el apoyo de las autoridades.
El Papa León XIV, recientemente a
propósito de la indiferencia de la sociedad y gobiernos, ante algunas
realidades y conflictos sociales, demográficos, generacionales y ambientales,
ha precisado que “nuestras ciudades no
son lugares anónimos, sino rostros e historias para custodiar como tesoros
valiosos” (Reporte Católico Laico. 29-12-2025); parece parte de un enfoque
patriarcal, pero es eso, nuestras calles, manzanas, veredas y el mismo
ordenamiento y nomenclatura urbanos, en realidad, son un invalorable patrimonio
que se debe cuidar y mantener, al igual, que sus elementos históricos y
culturales.
Hay un elemento que guarda el rastro
de lo que era, es su marca o distintivo: la forma angosta, recta, en declive
que se dirige al Bomboy. En los viejos documentos de adquisición de casas se
desprende eso, y lo mas importante, en la memoria de los hijos de los viejos
pobladores, se mantiene vivo ese interesante pasado urbano, esa especie de alma
colectiva, centrado en lo que se conoció como la calle ‘El Matadero’. Hoy,
de acuerdo a los designios de la Ingeniería Municipal, se llama Calle 2 de La
Puerta.
(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.
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