Por Oswaldo Manrique.
Dicen que las calles y caminos tienen una historia
tan extensa como su propio destino. La calle 'El Matadero', mucho tiempo antes
de tener este topónimo sirvió de rústico paso a los primeros pobladores
Bomboyes que se establecieron en este Valle y luego conformaron la Aldea del
Resguardo Indígena de La Puerta.
Ha pasado mucho tiempo, pero el misterio del
Protector de Indígenas y prócer independencista, padre Francisco Rosario, y sus
pasos constantes por este sendero desde el Oratorio de la Guadalupe, hasta el río,
guarda todas sus maravillosas historias, con sus interrogantes sin respuestas,
que algunos intentaron borrar y los que pudieron contarlo a cabalidad a partir
de 1891, no sobrevivieron, por lo que
nos atrapa la otra magia, la de la imaginación.
El viejo sendero por él recorrido, se convirtió en
precaria y anegadiza transversal entre el río Bomboy y la Calle Real, hoy
avenida Bolívar; sigue en el mismo sitio, mostrando hoy las casas que han
levantado.
La calle 'El Matadero' no es solo un nombre grabado
en el mapa del área urbana de este pueblo andino; es un eco de su historia y
una arteria vital de su pasado. Antiguamente, esta vía de tierra fue parte del
corazón de esa pequeña y diaria actividad comercial y social, donde el ganado
era conducido para contribuir como alimento de los pobladores, cochinos,
terneras, vacas o toretes se veían andar hacia la ribera del río Bomboy, donde
los esperaban los matarifes, tablajeros, cortadores, carniceros, ayudantes y
comerciantes, y la vida cotidiana palpitaba con un ritmo distinto. Recorrerla
hoy, es caminar sobre la misma angosta franja de tierra, ahora revestida de
asfalto negro, que vieron precedentes generaciones, un viaje en el tiempo que
nos transporta a una época donde los oficios tradicionales y el espíritu
comunitario definían la identidad de este rincón en las alturas de los Andes.
En cada muro de tapial con puertas de madera, y en cada solar sembrado, reside
el alma de una historia que merece ser contada, la de la calle “El Matadero” de
La Puerta.
Eran tiempos en el que el dulce y frío susurro de la
niebla espesa, arrollaba la humareda que salía de las pocas casas, al son de
las viejas campanas de San Pablo. Buscando disfrazar las tapias de los solares
y las amanecidas paredes de barro que sostienen el caballete de tirindí y su
cabello de fajina. En la fresca, húmeda y cercana rivera este del río Bomboy,
custodiado por un lado por la serranía del Pitimay y por el otro, por el filo
del Páramo de La Puerta, todo, todo, supuraba un particular olor y sonido que
brota de la textura de la misma tierra, de esa calle que insinúa relatos al
viento: ‘El Matadero’.
'El Matadero' no es solo eso: la franja de tierra para
caminar y unas cuantas viviendas, sino que es un verdadero sentimiento surgido
de las migraciones que llegaron con el boom de la construcción, establecimiento
de empresas, comercios, hoteles, edificaciones, centros recreacionales del mal
llamado turismo, que se fueron asentando en la populosa zona de La
Hoyada y sus alrededores.
Aquella
calle, que tuvo en 1980, su mas impactante cambio social, fue el acceso
al campo deportivo, en su lado norte, y al este, con el predio donde
se levantaba la plaza de toros en las fiestas de enero de los Santos Patronos
del pueblo, y como sitio de prácticas del profesor Isaac Araujo y sus alumnos
de la recordada Escuela de Peritos de La Puerta de los años 60; también, ese
sendero sirvió desde tiempos remotos como ingreso al espontáneo balneario en el
Bomboy, que usaban los jóvenes puertenses, en fines de semana y temporadas
vacacionales, cuando de “refrescarse” se trataba.
El
singular topónimo del rústico paso y la madrina de
todos.
El topónimo le viene porque, en un pedazo de solar,
en la rivera del río, un señor de nombre Luis Paredes, a finales de los años
1940, inició allí la actividad de matar reses, por eso, lo de la Calle El
Matadero, hoy Calle 2 de La Puerta, Parroquia La Puerta, Municipio Valera del Estado
Trujillo.
El señor Luis, el matarife, junto con su esposa la
señora Justa, al comienzo, levantó unos tapiales, puso un rústico mesón de
tablas y se tuvo como sitio donde se arreglaban reses ya beneficiadas –no
mataban-, que traía completas, dándole continuidad y permanencia a
las actividades del útil Matadero. Según Angel Alfonso
Araujo, ex prefecto de La Puerta, luego, hubo algo más estructural, un pequeño
galpón, con una sola sala de piso pulido, donde beneficiaban las reses y
cerdos, que lo construye el gobierno de Pérez Jiménez en sus comienzos, y allí
ya mataban, atravesar y desangrar, seguido del corte y desposte con cuchillos y
ganchos, se usaban unos bandejones metálicos, bajo
refrigeración natural.
Los días miércoles, jueves, viernes y sábados,
vendía la carne al público y otra la llevaban a los restaurantes; las vísceras,
pajarilla, chinchurrias, corazón, asadura, cabeza del vacuno, las regalaba a la
gente que iba a buscarla.
Posteriormente, la casa del matadero, es dividida,
el señor Paredes se va, y queda funcionando una pequeña carnicería, y en la
otra parte libre, se muda y la ocupa en los años 50, la recordada Chuy Morillo,
oriunda de las Mesitas de Niquitao, esposa del señor Manuel Terán, padres de
Florentina, Luis y Crelia. Doña Chuy, fue la partera del pueblo, la mitad de
los nacidos en ese tiempo, vinieron al mundo ayudados por las manos y los
conocimientos de ella, la mayoría de ellos le decían “Madrina” y le pedían la
bendición. Al cerrar la carnicería, se mudó la señora Rosa Elena Rodriguez de
Morillo, oriunda de Montecarmelo y su esposo Onésimo Morillo, trabajador del
Hotel Guadalupe; en esa casa, criaron a sus 6 hijos, uno de ellos, el Dr.
Armando Morillo, destacado profesional del derecho en la zona baja del estado
Trujillo.
Los espantos
que se oyen y no se ven, y los que se ven también.
La delgada calle descuaja sus propias fábulas, por
la que bajan los animales, faros, gatos montañeros y descuentan los caballos
relinchando en la madrugada descansando sus lomos de alquiler, y encontrándose
con la silenciosa niebla, no falta el que en forma jocosa lo asocia al fantasma
de la “Mula Maniá”.
Recuerdo las narraciones de doña Chuy, con su visión
hermosa de las estrellas, que se mezclaban con noches de fantasmas y
aparecidos, no perdía su fascinación, bajo el tiempo de lluvia, crecida o
tempestad, sobre todo cuando bajaba del sardinel de la cocina, sus frascos,
ollas y potes, de su sabrosa dulceria.
Se hizo casi que comentario extranacional, el sonido
del arrastre de las flaquezas del padre Rosario con su cruz a cuestas saliendo
de las mecedoras de piedra, <<El alma del Padre Rosario, ambulante por el
Oratorio o descansando en las mecedoras de piedra de La Guadalupe>> (Abreu, ); es parte de ese
mundo mágico, de mitos y aparecidos que se esconde en la citada Calle, y
se funde con los viejos espantos con la fábula actual del encuentro
de los caballos en la madrugada; por supuesto no se puede dejar de mencionar
las leyendas y cuentos de los fuertes hachazos sobre el jumangue que se oían en
el terreno donde hoy está la Urbanización San Benito, y la
india lavandera y sus golpes de agua, pero el hachero ni la india aparecían en
las historias de la gentil señora Chuy, ni en las del gordo Nerio Rodríguez,
pero sí, en su oscuridad particular la que aprovechan para reunirse cerca del
río de espuma, hasta que comienza la burla de los cantos de las
paraulatas y la escasa bendición del paují que son el deleite del
profesor Leonardo Paredes para sus canciones. En aquel tiempo, me dijo mi nona
Guadalupe, que se calmaba el asunto cargando su frasquito de agua bendita
o enfrentándolo con la frase <<¡Jarrenuncio a Satanás!>>.
En su camino de tierra, se conectan la tradición de
este pueblo andino, con su funcionalidad de beneficiar carne para la comunidad,
recordando a los que cargaban sus reses, cochinos, chivos u ovejos, y lo
novedoso de expresiones arquitectónicas foráneas, y donde no se
puede apartar la alegría de niños y jóvenes, y los exquisitos dulces criollos
de doña Chuy, con las voces de ese pasado que todavía cuentan algunos de los
vecinos, como parte inolvidable.
Para aquel tiempo, la parte baja de la calle “El
Matadero”, en su lado sur, tenía una casa de bahareque, seguida de una pared
gruesa de piedra y barro que llegaba hasta el borde del río. Dicho terreno del
frente, era sembrado, luego fue sitio de prácticas de la Escuela de Peritos, en
las fiestas de enero se instalaba aquí la plaza de toros, y hoy, espacio de la
Urbanización San Benito (Malvinas), estaba marcado por un paredón o pretil de
piedra bien ajustada, para proteger los cultivos. Del otro lado, estaban
la casa del Matadero, el solar jardín de la señora Chuy, la casa de la señora
Florentina Morillo, esposa del señor Eduardo Briceño, el solar y casa de la
familia Salas, del popular Arepa e’techo, luego la casa y solar del señor
Camilo Paredes, hijo de don Audon Lamus el comerciante de telas. Este Camilo,
es el abuelo del primer sacerdote nativo de La Puerta, el Pbro. Oswaldo
Gonzalez.
El progresivo
fomento urbano y el crecimiento poblacional.
Para saber sobre los primeras casas, solares y
predios que se fueron fomentando, así como elementos referenciales en sus
cercanías, encontramos que el señor Abreu, escribió en su particular catastro,
que, <<Al extremo norte de
la Calle de Abajo, hoy avenida Páez en el límite con los terrenos de
la sucesión Viera-Orellana, frente al hotel Guadalupe se encuentran
las bases de cal y canto de la Capilla-Oratorio del Pbro. Francisco Antonio
Rosario, por lo que se le da el nombre de “El Oratorio”>> (En: Abreu Burelli, 203). Aquellos
terrenos, son los mismos que corresponden a la hacienda del padre
Rosario, según los documentos del Resguardo Indígena de La
Puerta, desde el río, hasta donde esta construido dicho hotel, incluida la
fragante y curativa Quebrada La Guadalupe.
Esta Calle, con sus escasas y viejas casas de techos
de fajina y fuertes tapiales, fue modificándose a partir de la década de los
años 70, con el auge de las macroconstrucciones en el área urbana, pero
se mantuvo como un espacio de aceptación social, donde la memoria comunitaria
ha quedado marcada. En la parte ubicada entre avenida Bolívar, parte
del terreno del Oratorio de la Virgen de Guadalupe, construido por el padre
Rosario, y la avenida Páez, el señor Felipe Viera, construyó varias
casas, que ocupaban trabajadores de su hacienda, asimismo, se estableció la
alemana “Pension Europa”, luego “Pensión Momboy”, hoy en ruinas. Al frente se
estableció uno de los más destacados centros de comida y recreación familiar
“El Panal” de don Benito Sanchez. Jose rafael abreu, antiguo
cronista, escribió sin mayores detalles que para 1905, en la transversal 2 de
la avenida Bolívar, en su parte alta de la hoy calle 2, ocupaban con casas
<<Don Manuel Muchacho,
oriundo de Escuque. Don Francisco Bello, de origen italiano>> (En: Abreu Burelli, Un valle, una aldea, un
río. 201. La Puerta.2007). Los solares y terrenos fueron cambiando con la
construcción de nuevas casas, a espacio urbano y sociable, mejorada la calle
con el tiempo al pavimentarla en los años 70, la construcción de aceras muy
angostas y dotándola de iluminación eléctrica.
En el tramo, que va desde la avenida Páez
hasta el río, o parte baja de esta transversal 2, existían las casas de
<<doña Brígida Duarte;
doña Anita Torres>>
(Abreu, 202), esto, fue en 1905, cuando existían sólo unas 40
casas en todo el pueblo. En esta parte, fueron fomentando casas, nuestra
recordada amiga la valerana señora Ilse Salinas Godoy, el señor Hugo Rosales
Bello, y personas oriundas de poblaciones vecinas, como Timotes, La
Mesa de Esnujaque, Jajó, Mesitas de Niquitao, Mendoza, y Valera, luego del
Zulia y Barquisimeto, y algún otro personaje como Pablo Freites, cantor y
cuatrista nativo de los llanos centrales, quien vino con la compañía del
proyecto de electricidad.
Una de las historias destacadas del siglo pasado, es
el del Chalet construido poco a poco por el señor Tomás Wickle y la señora
Rosalía, la esposa. El señor Tomás en los años 70, levanta la estructura
metálica del chalet, según recuerda Alfonso Araujo, ex prefecto de La Puerta;
posteriormente van construyendo el resto, chalet, que aún se conserva,
igualmente, el señor italiano Manghini y su señora construyen su casa.
Quizás el áspero y hosco nombre de esta
calle difiere de la bucólica cotidianidad del entorno, pero es un fiel
testimonio de su pasado. Ha sido el camino público, de uso cotidiano, al
campo deportivo de la comunidad, entre dos filas de fríos y verdes
solares, para ir a los sitios de trabajo, escuelas, a realizar
diligencias, sino un espacio de paseo, de juegos infantiles, es donde primero
se ven rodando los carros de rolinera decembrinos, que expresa el aprecio que
se tiene por ella, dentro de un proceso donde los vecinos de forma voluntaria,
preservando aspectos ambientales, sociales, servicios, han venido construyendo
su propia geografía y su propia historia, muchas veces sin el apoyo de las
autoridades.
El Papa León XIV, recientemente a propósito de la
indiferencia de la sociedad y gobiernos, ante algunas realidades y conflictos
sociales, demográficos, generacionales y ambientales, ha precisado
que “nuestras ciudades no son lugares anónimos, sino rostros e
historias para custodiar como tesoros valiosos” (Reporte Católico Laico.
29-12-2025); parece parte de un enfoque patriarcal, pero es eso, nuestras
calles, manzanas, veredas y el mismo ordenamiento y nomenclatura urbanos, en
realidad, son un invalorable patrimonio que se debe cuidar y mantener, al
igual, que sus elementos históricos y culturales.
Hay un elemento material que guarda el rastro de lo
que era, es su marca o distintivo: la forma angosta, recta, en declive que se
dirige al Bomboy. En los viejos documentos de adquisición de casas se desprende
eso, y lo mas importante, en la memoria de los hijos de los viejos pobladores,
se mantiene vivo ese interesante pasado urbano, esa especie de alma colectiva,
centrado en lo que se conoció como la calle ‘El Matadero’. Hoy, de acuerdo
a los designios de la Ingeniería Municipal, se llama Calle 2 de La Puerta.
Imágenes:
cortesía del Profesor Leonardo Paredes.
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