sábado, 17 de enero de 2026

La calle “El Matadero” de La Puerta y su pasado colectivo.

Por Oswaldo Manrique.

Dicen que las calles y caminos tienen una historia tan extensa como su propio destino. La calle 'El Matadero', mucho tiempo antes de tener este topónimo sirvió de rústico paso a los primeros pobladores Timotes que se establecieron en este Valle y luego conformaron la Aldea del Resguardo Indígena de La Puerta. A partir de 1891, el viejo sendero se convirtió en precaria y anegadiza transversal entre el río Bomboy y la Calle Real, hoy avenida Bolívar. 

La calle 'El Matadero' no es solo un nombre grabado en el mapa del área urbana de este pueblo andino; es un eco de su historia y una arteria vital de su pasado. Antiguamente, esta vía de tierra fue parte del corazón de esa pequeña y diaria actividad comercial y social, donde el ganado era conducido para contribuir como alimento de los pobladores, cochinos, terneras, vacas o toretes se veían andar hacia la ribera del río Bomboy, donde los esperaban los matarifes, tablajeros, cortadores, carniceros, ayudantes y comerciantes, y la vida cotidiana palpitaba con un ritmo distinto. Recorrerla hoy, es caminar sobre la misma angosta franja de tierra, ahora revestida de asfalto negro, que vieron precedentes generaciones, un viaje en el tiempo que nos transporta a una época donde los oficios tradicionales y el espíritu comunitario definían la identidad de este rincón en las alturas de los Andes. En cada muro de tapial con puertas de madera, y en cada solar sembrado, reside el alma de una historia que merece ser contada, la de la calle “El Matadero” de La Puerta.

Eran tiempos en el que el dulce y frío susurro de la niebla espesa, arrollaba la humareda que salía de las pocas casas, al son de las viejas campanas de San Pablo. Buscando disfrazar las tapias de los solares y las amanecidas paredes de barro que sostienen el caballete de tirindí y su cabello de fajina. En la fresca, húmeda y cercana rivera este del río Bomboy, custodiado por un lado por la serranía del Pitimay y por el otro, por el filo del Páramo de La Puerta, todo, todo, supuraba un particular olor y sonido que brota de la textura de la misma tierra, de esa calle que insinúa relatos al viento: ‘El Matadero’.   

'El Matadero' no es solo eso: la franja de tierra para caminar y unas cuantas viviendas, sino que es un verdadero sentimiento surgido de las migraciones que llegaron con el boom de la construcción, establecimiento de empresas, comercios, hoteles, edificaciones, centros recreacionales del mal llamado turismo, que se fueron asentando en la populosa  zona de La Hoyada y sus alrededores.

         Aquella calle, que tuvo en 1980, su mas impactante cambio social, fue el acceso al  campo deportivo, en su lado norte, y al este, con el predio donde se levantaba la plaza de toros en las fiestas de enero de los Santos Patronos del pueblo, y como sitio de prácticas del profesor Isaac Araujo y sus alumnos de la recordada Escuela de Peritos de La Puerta de los años 60; también, ese sendero sirvió desde tiempos remotos como ingreso al espontáneo balneario en el Bomboy, que usaban los jóvenes puertenses, en fines de semana y temporadas vacacionales, cuando de “refrescarse” se trataba. 

El singular topónimo del rústico paso y la madrina de todos.

El topónimo le viene porque, en un pedazo de solar, en la rivera del río, un señor de nombre Luis Paredes, a finales de los años 1940, inició allí la actividad de matar reses, por eso, lo de la Calle El Matadero, hoy Calle 2 de La Puerta, Parroquia La Puerta, Municipio Valera del Estado Trujillo.

El señor Luis, el matarife, junto con su esposa la señora Justa, al comienzo, levantó unos tapiales, puso un rústico mesón de tablas y se tuvo como sitio donde se arreglaban reses ya beneficiadas –no mataban-,  que traía completas, dándole continuidad y permanencia a las actividades del útil  Matadero.  Según Angel Alfonso Araujo, ex prefecto de La Puerta, luego, hubo algo más estructural, un pequeño galpón, con una sola sala de piso pulido, donde beneficiaban las reses y cerdos, que lo construye el gobierno de Pérez Jiménez en sus comienzos, y allí ya mataban, atravesar y desangrar, seguido del corte y desposte con cuchillos y ganchos,  se usaban unos bandejones  metálicos, bajo refrigeración natural.

Los días miércoles, jueves, viernes y sábados, vendía la carne al público y otra la llevaban a los restaurantes; las vísceras, pajarilla, chinchurrias, corazón, asadura, cabeza del vacuno, las regalaba a la gente que iba a buscarla. 

Posteriormente, la casa del matadero, es dividida, el señor Paredes se va, y queda funcionando una pequeña carnicería, y en la otra parte libre, se muda y la ocupa en los años 50, la recordada Chuy Morillo, oriunda de las Mesitas de Niquitao, esposa del señor Manuel Terán, padres de Florentina, Luis y Crelia. Doña Chuy, fue la partera del pueblo, la mitad de los nacidos en ese tiempo, vinieron al mundo ayudados por las manos y los conocimientos de ella, la mayoría de ellos le decían “Madrina” y le pedían la bendición. Al cerrar la carnicería, se mudó la señora Rosa Elena Rodriguez de Morillo, oriunda de Montecarmelo y su esposo Onésimo Morillo, trabajador del Hotel Guadalupe; en esa casa, criaron a sus 6 hijos, uno de ellos, el Dr. Armando Morillo, destacado profesional del derecho en la zona baja del estado Trujillo.

         Los espantos que se oyen y no se ven, y los que se ven también.

La delgada calle descuaja sus propias fábulas, por la que bajan los animales, faros, gatos montañeros y descuentan los caballos relinchando en la madrugada descansando sus lomos de alquiler, y encontrándose con la silenciosa niebla, no falta el que en forma jocosa lo asocia al fantasma de la “Mula Maniá”. 

Recuerdo las narraciones de doña Chuy, con su visión hermosa de las estrellas, que se mezclaban con noches de fantasmas y aparecidos, no perdía su fascinación, bajo el tiempo de lluvia, crecida o tempestad, sobre todo cuando bajaba del sardinel de la cocina, sus frascos, ollas y potes, de su sabrosa dulceria.

Se hizo casi que comentario extranacional, el sonido del arrastre de las flaquezas del padre Rosario con su cruz a cuestas saliendo de las mecedoras de piedra,  <<El alma del Padre Rosario, ambulante por el Oratorio o descansando en las mecedoras de piedra de La Guadalupe>> (Abreu, ); es parte de ese mundo mágico, de mitos y aparecidos que se esconde en la citada Calle, y se funde con la fábula actual del encuentro de los caballos en la madrugada; por supuesto no se puede dejar de mencionar las leyendas y cuentos de los fuertes hachazos que se oían en el terreno donde hoy está la Urbanización San Benito, pero el hachero no aparecía ni en las historias de la gentil señora Chuy, ni en las del gordo Nerio Rodríguez, pero sí, en su oscuridad particular la que aprovechan para reunirse cerca del río de espuma,  hasta que comienza la burla de los cantos de las paraulatas y la escasa bendición del paují que son el deleite del profesor Leonardo Paredes para sus canciones. En aquel tiempo, me dijo mi nona Guadalupe, se calmaba el asunto cargando su frasquito de agua bendita o enfrentándolo con la frase <<¡arrenuncio a Satanás!>>.

En su camino de tierra, se conectan la tradición de este pueblo andino, con su funcionalidad de beneficiar carne para la comunidad, recordando a los que cargaban sus reses, cochinos, chivos u ovejos, y lo novedoso de expresiones arquitectónicas foráneas, y donde  no se puede apartar la alegría de niños y jóvenes, y los exquisitos dulces criollos de doña Chuy, con las voces de ese pasado que todavía cuentan algunos de los vecinos, como parte inolvidable.  

Para aquel tiempo, la parte baja de la calle “El Matadero”, en su lado sur, tenía una casa de bahareque, seguida de una pared gruesa de piedra y barro que llegaba hasta el borde del río. Dicho terreno del frente, era sembrado, luego fue sitio de prácticas de la Escuela de Peritos, en las fiestas de enero se instalaba aquí la plaza de toros, y hoy, espacio de la Urbanización San Benito (Malvinas), estaba marcado por un paredón o pretil de piedra bien ajustada, para proteger los cultivos.  Del otro lado, estaban la casa del Matadero, el solar jardín de la señora Chuy, la casa de la señora Florentina Morillo, esposa del señor Eduardo Briceño, el solar y casa de la familia Salas, del popular Arepa e’techo, luego la casa y solar del señor Camilo Paredes, hijo de don Audon Lamus el comerciante de telas. Este Camilo, es el abuelo del primer sacerdote nativo de La Puerta, el Pbro. Oswaldo Gonzalez.

El progresivo fomento urbano y el crecimiento poblacional

Para saber sobre los primeras casas, solares y predios que se fueron fomentando, así como elementos referenciales en sus cercanías, encontramos que el señor Abreu, escribió en su particular catastro, que, <<Al extremo norte de la Calle de Abajo, hoy avenida Páez en el límite con los terrenos de la sucesión Viera-Orellana, frente al hotel Guadalupe se encuentran las bases de cal y canto de la Capilla-Oratorio del Pbro. Francisco Antonio Rosario, por lo que se le da el nombre de “El Oratorio”>> (En: Abreu Burelli, 203). Aquellos terrenos, son los mismos que corresponden a la hacienda del padre Rosario, según los documentos del Resguardo Indígena de La Puerta, desde el río, hasta donde esta construido dicho hotel, incluida la fragante y curativa Quebrada La Guadalupe.

Esta calle, con sus escasas y viejas casas de techos de fajina y fuertes tapiales, fue modificándose a partir de la década de los años 70, con el auge de las  macroconstrucciones en el área urbana, pero se mantuvo como un espacio de aceptación social, donde la memoria comunitaria ha quedado marcada.  En la parte ubicada entre avenida Bolívar, parte del terreno del Oratorio de la Virgen de Guadalupe, construido por el padre Rosario, y la avenida  Páez, el señor Felipe Viera, construyó varias casas, que ocupaban trabajadores de su hacienda, asimismo, se estableció la alemana “Pension Europa”, luego “Pensión Momboy”, hoy en ruinas. Al frente se estableció uno de los más destacados centros de comida y recreación familiar “El Panal” de don Benito Sanchez. Jose rafael abreu,  antiguo cronista, escribió sin mayores detalles que para 1905, en la transversal 2 de la avenida Bolívar, en su parte alta de la hoy calle 2, ocupaban con casas <<Don Manuel Muchacho, oriundo de Escuque. Don Francisco Bello, de origen italiano>> (En: Abreu Burelli, Un valle, una aldea, un río. 201. La Puerta.2007). Los solares y terrenos fueron cambiando con la construcción de nuevas casas, a espacio urbano y sociable, mejorada la calle con el tiempo al pavimentarla en los años 70, la construcción de aceras muy angostas y dotándola de iluminación eléctrica.  

En el tramo, que va desde la avenida Páez hasta el río, o parte baja de esta transversal 2, existían las casas de <<doña Brígida Duarte; doña Anita Torres>> (Abreu, 202), esto, fue en 1905, cuando existían sólo unas 40 casas en todo el pueblo. En esta parte, fueron fomentando casas, nuestra recordada amiga la valerana señora Ilse Salinas Godoy, el señor Hugo Rosales Bello, y personas  oriundas de poblaciones vecinas, como Timotes, La Mesa de Esnujaque, Jajó, Mesitas de Niquitao, Mendoza, y Valera, luego del Zulia y Barquisimeto, y algún otro personaje como Pablo Freites, cantor y cuatrista nativo de los llanos centrales, quien vino con la compañía del proyecto de electricidad.  

Una de las historias destacadas del siglo pasado, es el del Chalet construido poco a poco por el señor Tomás Wickle y la señora Rosalía, la esposa. El señor Tomás en los años 70, levanta la estructura metálica del chalet, según recuerda Alfonso Araujo, ex prefecto de La Puerta; posteriormente van construyendo el resto, chalet, que aún se conserva, igualmente, el señor italiano Manghini y su señora construyen su casa.

Quizás el áspero  y hosco nombre de esta calle difiere de la bucólica cotidianidad del entorno, pero es un fiel testimonio de su pasado. Ha sido el camino público, de uso cotidiano, al campo deportivo  de la comunidad, entre dos filas de fríos y verdes solares,  para ir a los sitios de trabajo, escuelas, a realizar diligencias, sino un espacio de paseo, de juegos infantiles, es donde primero se ven rodando los carros de rolinera decembrinos, que expresa el aprecio que se tiene por ella, dentro de un proceso donde los vecinos de forma voluntaria, preservando aspectos ambientales, sociales, servicios, han venido construyendo su propia geografía y su propia historia, muchas veces sin el apoyo de las autoridades.

El Papa León XIV, recientemente a propósito de la indiferencia de la sociedad y gobiernos, ante algunas realidades y conflictos sociales, demográficos, generacionales y ambientales, ha precisado que  “nuestras ciudades no son lugares anónimos, sino rostros e historias para custodiar como tesoros valiosos” (Reporte Católico Laico. 29-12-2025); parece parte de un enfoque patriarcal, pero es eso, nuestras calles, manzanas, veredas y el mismo ordenamiento y nomenclatura urbanos, en realidad, son un invalorable patrimonio que se debe cuidar y mantener, al igual, que sus elementos históricos y culturales. 

Hay un elemento que guarda el rastro de lo que era, es su marca o distintivo: la forma angosta, recta, en declive que se dirige al Bomboy. En los viejos documentos de adquisición de casas se desprende eso, y lo mas importante, en la memoria de los hijos de los viejos pobladores, se mantiene vivo ese interesante pasado urbano, esa especie de alma colectiva, centrado en lo que se conoció como la calle ‘El Matadero’. Hoy, de acuerdo a los designios de la Ingeniería Municipal, se llama Calle 2 de La Puerta.

(*) Portador Patrimonial Histórico y Cultural de La Puerta.

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