domingo, 23 de mayo de 2021

Manaú, con raíces indígenas brasileras.

 

Manaú, con raíces indígenas brasileras.

Oswaldo Manrique.

Escribo estas líneas como un tributo amistoso -en vida-, a uno de los personajes de nuestra localidad, que considero muy empático, buen conversador, llama la atención por su manera silenciosa de andar, humilde, trabajador  y sincero en su compromiso; me refiero al popular Manaú.  Su nombre completo: José Nicolás Manaú Araujo.

Nuestro conocido personaje, nació en el año 1936, cuando el bello pueblo de La Puerta, constituía el encanto de su vegetación exuberante, envuelto en el capullo neblinoso que le depara la Sierra de la Culata, y de unos campos cuidadosamente cultivados por sus laboriosos habitantes. Fue fruto de los amores de una joven nativa del Alto de San Juan, de nombre Cecilia Araujo, y de un descendiente de brasileros, Andalecio Manaú. Cecilia dio a luz en La Puerta, específicamente en la casa N° 31, de la Calle Sucre, antiguamente le decían a este sitio, el callejón de los Muertos. 

En la gráfica, de cuerpo entero, nuestro amigo José Nicolas Manaú Araújo, el popular Manaú; a sus 85 años, todavía se siente útil y trabaja, como cualquier jornalero.  

Fue muy preciso él,  cuando dio su nombre completo, dijo me llamó Nicolás, y mi apellido Manaú, con acento en la “U”. Seguidamente como corriendo el velo, aclaró, no es un apellido de origen africano como parece, sino brasilero; dejó entrever que en otras oportunidades había discutido sobre esto. En efecto, la palabra Manaú, proviene de los Manaós, importante tribu indígena existente antes de la llegada de los colonizadores portugueses, ubicada en la región de Manaos, República de Brasil. Como dato interesante Manaú, significa «Madre de los Dioses», en lengua indígena.

Un día de este mes de mayo del 2021, tuve la oportunidad de sentarme a conversar con Manaú, luego de dos años que le pidiera me concediera unos minutos para “echar unos párrafos” sobre su vida. Nos sentamos en la esquina del muerto, en la Avenida Sucre de La Puerta y sostuvimos una amena “alegada”; es un hombre de contextura delgada, mediana estatura, pelo hirsuto, trigueño, sin barba, buen conversador, usa gorra, y botas charqueras; a pesar de sus años, que ya suma 85, tiene buena memoria, sostenía un machete, envainado en hojas de papel; dentro de sus recuerdos familiares, explicó cómo llegó su papá a nuestra Parroquia.

Andalecio, el padre, era un hombre atrevido y de decisiones, cuando estaba cumpliendo el servicio militar durante la dictadura de Juan Vicente Gómez,  porque fue reclutado forzosamente, era normal que se llevaran a niños y jóvenes, lo enviaron a cumplir su obligación en el Central Azucarero Venezuela, propiedad de capital norteamericano y venezolano, el primero en producir azúcar refinado en Venezuela para exportación, ubicado en sector El Batey, a orillas del Lago, Jurisdicción del actual municipio Sucre en el estado Zulia, cansado de la vida inhóspita, era zona selvática,  y hastiado de los castigos que recibía, se rebeló y se fugó, viniendo a parar a La Puerta, donde comenzó a trabajar en los trapiches. Laboró como “adorotador”, es decir, el obrero que envuelve la panela con fajina, hoja de cambur u hoja de bolsas gruesas de papel; según nuestro personaje, también se llegó a envolver en liencillo de bolsa de granos o de harina, de esas con que las señoras se confeccionaban sus ropas intimas, y los hombres usaban como pantalones; era época de mucha pobreza.

En el transcurso de la conversación, nuestro personaje fue corriendo la cortina y testimonió que en su infancia, cursó sus estudios de primeras letras con el Bachiller Stormes, en la Casa de teja, cerca del trapiche; el maestro vivía donde la señora carmelita, en su “Hospedaje y restauran Violeta”, ubicado en una casa contigua a la de la familia Palomares, en la esquina calle 4 con avenida Bolívar. También recibió clases del bachiller Carmelo y de la señora Ada Abreu.

Posteriormente, siguió sus estudios en la otra escuela hasta 3er grado, que hubo en donde hoy están los Ramírez, allí le impartieron clase las maestra Pepita Abreu, la Niña Carrasquero. Cuando la escuela Faure, se estableció en la esquina de la Plaza Bolívar, el bachiller Barrios, era el director, luego fue el maestro Julio Gómez, que mató a Chico Matheus. Recordó que el comedor estudiantil, era una casa donde hoy están los Monederos frente a la Plaza, a un costado del caminito que utilizaban las señoras del pueblo, para bajar a lavar la ropa al río Bomboy.

Apenas con pequeña formación, su papá Andalecio, así como era muy trabajador, fue hombre de severas disciplinas en la forma de trato y respeto a la gente, preocupado por los modales y la limpia indumentaria de los hijos, como por su educación; mientras, Nicolás con varios de sus hermanos y amigos, trazaba en sus sueños lo que quería, así como, en sus andanzas por los parajes mágicos de su terruño nativo. Luego, sus padres lo llevaron a estudiar en un plantel en Bachaquero, estado Zulia, donde cursó el primer año de bachillerato; aquí concluyeron sus estudios formales. 

Desde muchacho le gustó trabajar, lo hizo  en la bomba de gasolina que estaba en la entrada del Hotel Guadalupe, por unos 4 años. Recordó que Manuel la Torre, que era constructor y le daban trabajos para hacer zanjas para puentes, y haciendo los desvíos se  lo llevó a trabajar en Timotes, le pagaban 7 bolívares por día;  ya habían hecho la carretera La Flecha –Timotes; no existían los desvíos de la “Y”, ni el de La Flecha, que los construían para que los camiones de carga, no entraran al pueblo y dañaran la vialidad interna. El jefe de toda esta obra era el Dr. Germán Ramírez.

Llegado a la mayoría de edad, comienza a sentir la necesidad de abrir nuevas perspectivas a su espíritu sediento de emociones y de necesidades económicas. En lo sentimental, descubrió el gran amor que profeso por una joven estudiante y vecina, María Cliofe Franco, quien padeciendo de las mismas estrecheces económicas y falta de oportunidades, se fue con una pariente a otra ciudad. Ya su novia, le había hecho padre, nació su hijo Alirio, que trabajó mucho tiempo en la Fuente de Soda y restauran El Valle, con Kike Matheus, posteriormente fue encargado de los billares. Nicolás, nunca se casó.

José Nicolas Manaú Araújo, el popular Manaú, con su machete bajo el brazo.


La mayoría de los puertenses y el resto de los trujillanos, tradicionalmente siente un fuerte atractivo por la ciudad de Maracaibo. El joven Nicolás, conociendo a una emprendedora mujer de nombre Francisca Barreto, aprovechó y junto con su amigo Cruz Briceño, se fue con esta señora. Llegaron a un pequeña posada donde los dejaron, pero no se alojaron. Su amigo, sabía la dirección de la casa de su coterráneo Martín Rivero, padre de Antonio Lino, y lo buscaron, les orientó para quedarse. En la tierra del Sol amada, vendió café, recordó que andaban con sus termos por el centro de la ciudad, por el mercado, en  los alrededores del hotel, al final del ferry, tenía 24 años de edad. Le gustaba vender aquí, porque llegaba desde la Ceiba, un barco de vapor que conducía a trujillanos contagiados de afanes andariegos y en busca de mejorar económicamente.
 

Trabajó como jardinero del Club Náutico, solo para personas de la alta sociedad marabina.  Buscando nuevas experiencias y opciones de mejoramiento laboral, vivió en Caracas, la Victoria y Tejerías en el estado Aragua, aquí trabajó en una beneficiadora de pollos, estuvo así unos 4 años, procreó con una muchacha de la zona, de nombre Beatriz, una hija.  

Al concluir su periplo por varias ciudades del país, y cargado de experiencias, regresó a la Puerta, bregó  en los únicos sitios donde daban trabajo, en las haciendas de caña dulce, la de Felipe vieras, en Los Barriales, la Cordillera, de Luis Ignacio Araujo, y la Esperanza, de los Carrasquero, aquí en donde está el Parque, la otra, estaba en Quebrada Seca y el Pozo. La de los González, era San Isidro, ubicada en La Flecha. Nos pagaban un real y cuartillo, por cada carga de panela que constaba de 48 panelas y de 24 de las grandes de a kilo. En la Champiñonera de Antonio Ramón Simancas y de un norteamericano que llamaban Mckellen,  estuvo varios años. 

Para aquellos tiempos, los políticos eran por familias, la de Antonio González, que murió quemado, y Chico Matheus, que pertenecían a AD, los Carrasquero que eran copeyanos, también lo era el padre Verde, que se la pasaba armado con su revólver, y propietario de la cuadra Sur de la Plaza, se la vendió a Luis Ignacio Araujo. Los del gobierno fueron don Obdulio Palomares, como jefe civil del Municipio, dueño de la propiedad El Higuerón, detrás del Guadalupe, que colinda con el zanjón del Muerto, de Víctor González. Igualmente fueron Prefectos, Pancho Delgado y el señor Materan esposo de Francisca Palomares, hermana de Obdulio. 

  La Puerta, mayo 2021.

omanrique761@gmail.com 


miércoles, 19 de mayo de 2021

Gitanos en La Puerta, 1930

 

Los Gitanos en La Puerta, 1930.


Oswaldo Manrique

A comienzos del siglo XX, los hijos, de la nueva generación de pobladores de La Puerta, se encontraron con una estampa de familias que se diferenciaban con lo que hasta ese momento habían conocido, en sus predios de correrías y andanzas. Vieron que por la Calle Real, deambulaban hombres y mujeres con indumentarias extravagantes y hablando entre ellos, en un idioma extraño, pero que también hablaban y saludaban en español, eran los gitanos. Caminaban, por las calles y las transversales, y cogían agua, en la 8ª, con sus pimpinas de barro, sus llamativos vestidos; hacia que los niños las siguieran hasta su destino inmediato, la antigua Plazoleta de la Santa Cruz del Calvario, o plaza del Calvario, cerca donde hoy permanece erguida la Cruz de la Santa Misión. Los gitanos en Venezuela como tema, ha sido escasamente estudiado por los historiadores, no se cuenta con mayor información de ellos.

Se estima que a lo largo del siglo XIX, se produce desde Europa, una fuerte migración masiva caló, hacia las colonias americanas. Se ha escrito que son originarios de un pueblo de la India y que se fueron expandiendo por Europa, otros consideran que son de procedencia romaní, por lo menos, las migraciones que vinieron a Venezuela, Brasil y Argentina durante el siglo XX. Por haberlo escuchado recientemente, de descendientes del legendario Coronel Sandalio Ruz, pudimos enterarnos, que existió una legión de gitanos armados y a caballo mentados los “zarcilleros”, que acudieron a darle apoyo en la revuelta antigomecista de la Sierra de la Culata, en 1914; gente que venía desde los pueblos del sur del lago de Maracaibo, que tenía conexión con grupos ubicados en las islas del Caribe.

 Una de las pocas o quizás la única y corta referencia documental sobre este grupo étnico en tierras trujillanas, nos la suministró Ada Abreu Burelli de Rodríguez, dama puertense y docente, quien rememorando aspectos de su infancia, indicó que un dia en los subidos años 30 del siglo XX, llegaron a la Plazoleta de la Santa Cruz del Calvario, de La Puerta, un grupo de personas que por su forma de vestir, andar y de ubicarse con sus enseres y cosas, los identificaban con esa gente extraña de origen desconocido, llamados gitanos. 

Fotografía muy antigua, jóvenes mujeres gitanas con su saya o vestido largo, y en el cabello una pañoleta.

La interesante crónica de la señora Burelli de Rodríguez, tras un corto y grande paréntesis en su vida y la fluidez de su imaginación, comenzó a copiar de forma costumbrista y fresca, lo que hizo el grupo de gitanos, era una especie de feria y mercado, todo bajo un riguroso orden, en el aparente desorden, en aquel terreno hirsuto, en el que vio a todos trabajando, cada uno en una determinada ocupación.

En su hermosa prosa, inicia la descripción del momento de ese recordado encuentro,  <<todo en el pueblo era blanco bajo aquel vello de neblina, que avanzaba rápidamente cubriendo todo. Casas, calles, el valle quedaban guardados como dentro de un fresco capullo. Llegaba como en copos de algodón y mucha gente se deprimía por ello, pero yo veía que todas las cosas se llenaban de gracia, al quedar sumergidas en tan delicada blancura>> (Abreu Burelli de Rodríguez, Ada.  Reencuentro con mi infancia. En: Abreu Burelli, Alirio. Un valle, una aldea, un río. Pág.75). Para este tiempo, en los alrededores de la Plaza Bolívar de La Puerta, a unos 200 metros de la Plazoleta del Calvario, solo existían 11 casas y una pulpería. En uno de los pasajes siguientes de sus recuerdos, aportó lo que significó para ella y para sus amigos y compañeros, la llegada de los gitanos. 


La Plazoleta de la Santa Cruz del Calvario, se convierte en la Plaza de los Gitanos.


Llegaron amaneciendo un día, en sus bestias y burros, cargando con sus bienes principales, la tienda o campamento rustico de armar, que podían levantar en cualquier momento y espacio libre. Burelli de Rodríguez, en sus recopiladas imágenes, encontró una a la que le dio especial significación, <<Una tarde al salir de la escuela…en la plazoleta de la Santa Cruz del Calvario. Nos quedamos cerca…un grupo para ver lo que pasaba… ¿y qué vimos? ¡Gitanos! Habían expandido allí una carpa enorme y estaban todos ellos en plena actividad. (pág. 81). Símbolo esta carpa, de que no estaban atados a ningún sitio ni pertenencia, nada los ataba a esa tierra, estaban eventualmente y solo se identificaban con su grupo étnico que eran: gitanos.

La fascinación que nos dejó la narradora, en su evocación, nos traslada al momento y al espacio físico, mas no le dio importancia a su oriundez, de dónde venían, porque lo extraordinario de su impetuosa llegada y lo maravilloso que hacían al haber llegado derribaba lo demás; continuó su relato así: <<Ya el hecho de ver gitanos en el pueblo de la noche a la mañana era algo extraordinario, pero lo que ellos hacían era también para nosotros muy interesante>> (pág. 81). Con bastante seguridad, si les preguntaban de dónde venían o donde estaban residenciados, respondían que su residencia es el mundo y donde les cogiera la noche. Eran seres sedentarios, errantes, sin sitio fijo para quedarse, compartían donde se lo permitiese la gente buena y tolerante. Muchos de los jóvenes, fascinados y embobados, caían no solo ante la filosofía de  vida de los gitanos, sino por las formas y movimientos atrayentes, así como las zarpas de las mozas gitanas, eran bellas, y de eso, quedaba prendado cualquiera. 

Dentro de esas cosas interesantes que hacían los singulares visitantes, la señora Abreu Burelli señaló: <<Sus comidas ofrecían extraños olores con muy raros condimentos>> (pág.82). Pudo haberla impactado, por ser una niña nuestra narradora, por ejemplo, los olores a fritanga en manteca roja, de pedazos de auyama, tomate y cebolla; es posible que le haya extrañado el aroma intenso del potaje de andrajos o las berzas gitanas, mezclas de arroz, caraotas, repollo y otras verduras, con pedazos de puerco ahumado, que son comidas fuertes para resistir el frío, y las sirven directamente del fogón al plato, para comer calientes. Los gitanos tienen como formalidad, que los asuntos importantes los tratan alrededor de una taza de café, como señal de respeto y de amistad; inclusive los arreglos para acceder al casamiento de las parejas.

En este terreno, más monte que plazoleta, llegaron y montaron su carpa y cerca, mantenían sus animales de carga y los de cría; hoy, en este mismo sitio, está el Centro Comercial Valle Verde, la capilla del Calvario y una pequeña plaza, llamada de los hippies. Eran personas ambulantes, errantes, a donde iban, llevaban todas sus pertenencias, que por supuesto eran cosas sencillas y de utilidad cotidiana. Los que más disfrutaban de estas estadías de los gitanas en el valle del Bomboy, eran los niños  <<desde su vaivén tiraban comida a sus perros y a animales que enjaulados iban llevando de pueblo en pueblo. >> (pág. 81) Los niños entusiasmados con los animales, iban a echarles comida a los perros de distintas tamaños y de extrañas razas, también a algunos animales encerrados, como los monos. A pesar de su manera humilde de vivir, aun en los montarascales, la familia gitana siempre asiste y atiende a sus animales, armándole su corral, porque son una de sus fuentes de vida, siempre tienen que estar bien cuidados, sobre todo para la negociación y venta. Son especialistas en el mundo de los caballos.

En esta antigua gráfica, se puede observar lo que era la vieja capilla del Calvario, La Puerta, Trujillo, en Venezuela.

En la práctica, era una especie de feria ambulante. A Los vecinos y principalmente los niños y jóvenes, les cambiaba la cotidianidad. El primero que los veía daba la noticia a los más alejados, para que acudieran a ver a aquellas personas, que consideraban un evento nuevo o espectáculo circense. Iban a ver aquellos seres excepcionales, diferentes, y los niños gritaban ¡Gitanos! ¡Gitanos! Y se arremolinaban a observarlos, a detallarlos, en todos los aspectos, hombres, mujeres y niños, cómo vivían, qué comían, dónde dormían, y cómo se hablaba, aunque nuestra fina cronista, no lo menciona, los gitanos, dominan a la perfección, el español y su desconocido dialecto, que llaman Caló, en fin, un evento completo y único, que no se podían perder los pobladores. 

Afirmaba con cierto embeleso, que <<En todo eran muy diferentes: sus ropas vistosas, su comportamiento, sus posturas entre ellos mismos>> (pág.82); las mujeres acostumbran a usar su saya o vestido largo como única vestimenta y encima lo que llaman la capa de paño amplia y colorida, también su pañoleta para recogerse el pelo, y en ocasiones especiales, otra indumentaria mas confeccionada. Los hombres, con su traje masculino, a veces con chamarra, una faja gruesa, en la cintura y parte del abdomen, con su habitual capa y sombrero oscuro, que en la práctica, eran elementos de la indumentaria usada por el campesino andino.

Estampa cotidiana de una muy antigua familia gitana. 

El traje más importante de la gitanería, es el de la mujer, su vistosidad y su difusión, es como el símbolo étnico,  es conocido como vestido de bailaoras de “flamenco”, de sevillana o de gitana, arte musical universal; también de la cultura andaluza. Su traje es sencillo, una bata con volantes, bordados y colores muy atractivos, elaborados por ellas mismas, con escotes cuadrados o redondeados, bien ceñidos en el talle, para luego bajar abriéndose con la cadera; la falda y las mangas suelen estar con aplicaciones y volantes. Cuando pasean o van a una fiesta con sus maridos, llevan este peculiar atuendo, junto con su mantón, zarcillos, flores adornando el cabello, muchas veces en dos clinejas, collares, pulseras, las infaltables peinetas y el abanico,  lo que se convertía en un objeto de atracción para las señoras de la comarca.

Quizás lo que más observó la señora Ada Abreu Burelli, como parte del comportamiento y trato con los pobladores de La Puerta,  fue la fina galantería tanto de hombres como de las mujeres gitanas, esa manera graciosa y zalamera de halagar y de agradar a las personas,  lo que llaman: gitanería. Los varones, usan un tono de voz algo subido, acompañado de variadas gesticulaciones, sin embargo, son de los que les gusta conversar en forma muy cercana, casi al oído, quizás para mayor dominio dialogal.

a pesar de ese particular comportamiento y posturas entre ellos a que se refiere la cronista, tienen códigos y normas ancestrales que rigen la moral gitana, eso saltaba a la vista de los pobladores; que observaban que los gitanos que no pertenecían al grupo familiar más íntimo, guardaban cierta distancia. La regla del respeto mutuo, y la reverencia y escucha de los mayores, es algo muy acendrado en su código de vida; asimismo el valor de la palabra y el compromiso entre ellos. El que se veía de mayor edad, o abuelo, era el más respetado o imponía por sí solo, el acatamiento debido del grupo, sin embargo, se les respeta por ser los de mayor experiencia y mayores conocimientos. A algunos de ellos se les llama “tío”. Es una sociedad patriarcal. .

 No era de sorprender, que a estos seres, se les pegaran arrieros, viajeros, aventureros, contrabandistas, salteadores y aquellos pobres de espíritu y de bienes, que les tocaba vivir por los caminos, que coincidían con la forma sencilla y alegre de vivir los gitanos. 

Al llegar la noche, guardaban las mesas, varias sillas, tal vez la guitarra, un brasero, una lámpara de barro y unos pocos útiles de cocina;  se entiende que todas aquellas que podían trasladar sin problemas, el nómada grupo. Extenuados los gitanos por lo azaroso de la jornada, al no llevar camas, lo que más deseaban era tirarse en  algún espacio felpudo o alguna estera o colchoneta o manta para dormir normal en el suelo dentro de la carpa y entregarse a Morfeo, abrumados por el frío, la niebla y el agradable rumor de los caballos y mulas comiéndose el pasto.

No sabemos si es coincidencia, o forma parte de la tradición, que desde los años 70 del pasado siglo, en esta Plazoleta, se estableció una especie de mercado los fines de semana y en temporadas altas de turismo, donde se acercaban a vender sus mercaderías algunos artesanos venidos de distintos pueblos del país, que tenían su ruta anual de ventas, por lo que se le ha llamado la placita de los Hippies. Realmente, de esos artesanos, no quedaron expresiones culturales de sus pueblos, solo mercadería norteamericana, colombiana y de algunas maquilas. Al frente, donde hoy está el Centro Comercial Valle Verde, era el sitio de los parques mecánicos, de la caseta de baile y las mesas de juego y también de comida, que se levantaban en las fiestas de enero.

Escena familiar gitana, sentados sobre un fardo o alfombra, y un niño bailando.

Nuestra feliz narradora, nos entusiasma cuando escribe: <<Los Gitanos, algo digno de verse. >> (pág. 81). En efecto, eran polifacéticos, podían estar cantando o tocando guitarra y a la vez, atendían la venta de toda clase de adornos y mercadería colorida que traían, pañuelos de colores, mantillas, anillos, collares, cintillos, peinetas, pañoletas, abanicos, y bisutería de cualquier tipo.

Además de la venta de baratijas y el juego de bolos, una de las atracciones que más le gustaba a los campesinos y a los residentes, era el de las mesas de “matute”, que montaban los gitanos, donde se presentaban a apostar y jugar unos señores muy serios y bien trajeados. Eran los que jugaban fuerte, baraja, dados y cuanto juego se les ocurriera poner, tahúres.

La clarividente, guía de felicidad y prosperidad.

Cumplían su misión angelical de revelar predicciones Las mujeres y de forma marcada las jóvenes, el color de su piel y su cabello siempre largo, siempre iba acompasada del movimiento de sus cuerpos, eso que llaman “salero”, virtud esta que han cantado muchos poetas, coplas, que muchos hemos escuchados al son de la guitarra y los golpes rítmicos.  Ada Abreu, en su <Reencuentro con mi infancia>> relató que la vez que fue a verlos, había una jovencita <<de cabellos largos, leía en la mano el futuro de los curiosos que los rodeaban>> (Abreu Burelli, Alirio. Un valle, una aldea, un río. Pág. 81). Esta estampa, es una de sus atracciones principales. Ellos son supersticiosos, se vanaglorian de saber usar de la talismanica piedra de imán, algunos la llevan colgada al cuello, la llaman “Bar lachi”, “la piedra preciosa a la que se le pega la aguja”; inclusive, para los graves problemas económicos y de desamores o el mas difícil, recomiendan un remedio a base de ralladura de piedra de imán, en aguardiente, con eso se eliminan los obstáculos y contrariedades. Desde tiempos inmemoriales, se les ha calificado como expertos en la quiromancia. Para las mujeres mayores, y las jóvenes, adivinar la buena ventura es su actividad primordial, destacan en eso, y lo han convertido como su principal fuente de ingreso económico, las mayores, llevaban en su cintura una pequeña cartera femenina y delicada, que llaman kisí para el cobro de sus adivinaciones, aunque sean producto de picardías y triquiñuelas o  falsear situaciones y de mentiras, embaucadoras, sobre todo con la lectura de las manos.

Estampa folclórica de jóvenes gitanas, en época mas reciente.

Dentro de sus creencias y supersticiones, según el investigador argentino  Facundo Bochatay (https://www.emagister.com/), en la cultura gitana, encontramos como elementos importantes, los siguientes: creen en la fuerza enorme de la buena suerte, de los amuletos y talismanes, asi como del poder de las maldiciones. Del conocimiento de su cultura ancestral y mágica, tienen mucha fe a los rituales de curación, porque valoran la existencia de la mala suerte, que llaman “bibaxt” y de “muló”, de los espíritus sobrenaturales.

Usan una especie de guía de superstición, con el denominado “Marimé”, que son aquellas circunstancias en las que se manifiesta alguna situación de impureza, asquerosa, o sucia, como cuando se les cae un cubierto al piso, no debía ser usado y si caía debajo de las piernas tenía que ser botado; algo similar ocurría con las piernas de las mujeres que no debían estar a la vista.

Para concluir, la señora Abreu Burelli de Rodríguez, resume que aquella estadía era, <<Toda una fascinación para los habitantes del lugar, quienes sin mucho entusiasmo debían retirarse a continuar sus quehaceres: arrancar papas, hacer las compras en las pequeñas pulperías o llevar las cañas al trapiche>>  (pag.82). En realidad su manera de ser, entretenía y eran un espectáculo, para los puertenses de aquella época, era algo fabuloso, digno de ver y apreciar. Los gitanos en diversas épocas de la historia de la humanidad, fueron mal tratados, particularmente en tiempos de la Colonia española, hubo con ellos, incomprensión, racismo e intolerancia.

Durante la primera mitad del siglo XIX, a pesar de los avances del liberalismo, de la revolución industrial y de los derechos del hombre, los gitanos fueron nuevamente perseguidos para que abandonaran el uso de su lengua, modales y forma de vestir, a lo que por supuesto, se negaron. Se estima que actualmente en Venezuela, viven 5.000 gitanos.

La Puerta, mayo 2021.

Omanrique761@gmail.com








viernes, 14 de mayo de 2021

Rito Ramírez, el agüero,

 Rito Ramírez, el agüero. Personaje popular.


Oswaldo Manrique R.


         En nuestra labor, reivindicamos un grupo de personajes populares, bastantes conocidos por nuestros pobladores, que han dejado hazañas, relatos, peripecias, humor, gente sencilla, graciosa, llenos de encanto, muy típicos de nuestros pueblos andinos. En su mayoría trabajadores del ámbito urbano-rural, hijos de familias campesinas, algunos llegaron a formarse en el cuartel militar, otros lo hizo la misma vida  en su deseo de superación. Su sencillez se identifica con solidaridad; en muchos casos, en las calles, plaza, templo, algún paraje, en celebraciones y fiestas populares era muy común encontrarse con ellos. Han sido protagonistas de su historia íntima, conjugada con el protagonismo en acontecimientos de la localidad, cuyos relatos quedan para la posteridad, pero que siguen siendo historia, aunque no se adecuen a la concepción científica del término.  Uno de ellos, es nuestro “agüero”, Rito Maria Ramírez.


Rito,  y sobre él su sombrero.  


También pintoresco personaje. Pausado, serio, silencioso el estereotipado Rito Ramírez, que así era su nombre, se le conocía y le decían simplemente Rito “el agüero”. Trabajó en la instalación de las tuberías del pueblo de La Puerta y conocía toda su distribución; fue el encargado del agua durante muchos años. Según información -sin confirmar-, de un pariente, había nacido en El Vigia, estado Merida.Tenía como ayudante a su hijo: Antonio Ramírez, a quien le decían popularmente el “Dientón”, otro personaje polifacético, mecánico, electricista, albañil,  quien fue destacado dirigente copeyano, hombre culto y de buen verbo. A Rito el agüero,  lo caracterizaba el uso de un sombrero que contrastaba con su figura quijotesca. El sombrero de paja, medía no menos de medio metro de diámetro. A todas partes iba con aquel holgado y grande ovalo tejido de paja. Era muy retratado por los turistas, con quienes gustosamente se sacaba fotografías en las inmediaciones de la plaza, y fue su estampa, fijada en obras pictóricas de artistas puertenses y trujillanos. Su nombre completo es Rito Antonio Ramírez Arias, se casó con Carmen Julia Ramirez, con quien procreó once hijos, de los que queda una sola hija viva, de nombre Baudi.  Murió de insuficiencia cardíaca, en el 2002. 

Hace poco, se tuvo la oportunidad de conversar con Baudi Ramírez, la única hija de Rito que queda viva. También vive una hermana de él, de nombre Juana Ramírez, quién está residenciada en Caracas. Nos dió información de su padre, recordando que fueron muchos años los que trabajó como agüero. Luego, fue el Marcador del Cementerio Parroquial, un tiempo fue jardinero de la plaza Bolívar. 

Se acordó que, cuando Rito conversaba con las hijas, les contaba que había nacido en Timotes, que era descendiente de indígenas y se consideraba uno de los últimos Timoto puros. También, que en su cotidianidad, se le escuchaba su frase de responder a diario, cuando alguien lo saludaba, Rito María como está, respondía: <<seco y tostado>>, como forma de decir, normal, sin echarse un palo, pero con ganas. Recuerda la misma Baudi, que era un hombre de gustos sencillos, cuando le preguntaban qué quería comer, siempre respondía <<huevo, arepa y café>>, para él eso era suficiente como comida. 


El Alcalde, fuente de agua pura y cristalina.

Un antiguo hacendado de nuestra comarca, escribió sobre el tema del acueducto de La Puerta, lo siguiente: <<A una distancia de unos trescientos metros de…la población y muy cerca al extremo sur de la calle Páez… un pequeño bosque, denominado El Alcalde, donde se encuentra una vertiente de agua pura y cristalina que durante muchos años fue…surtiendo al acueducto del pueblo. Hasta 1936, el agua corría por una acequia que atravesaba solares hasta llegar a la Plaza y de allí continuaba  hasta donde termina el poblado. Quienes querían surtirse…la tomaban de la acequia  libremente…bajo la administración regional de Luis La Corte, se realizó la construcción del nuevo acueducto, sin embargo, expresó sus aspiraciones de que se conservara la fuente de agua de “El Alcalde”, como un auxiliar importante del acueducto, ya que eran conocidas las magnificas propiedades de esta agua pura, que durante siglos había sido consumida por los habitantes de La Puerta>> (“El Alcalde”, encontrado en: Abreu, José Rafael. La Puerta, un pueblo. Caracas.1969). Luis La Corte, fue gobernador de Trujillo, entre 1959 y 1963.

Sirva esta pequeña crónica, para recordar esa bella estampa de la desaparecida fuente ancestral de agua pura y cristalina, y de un servidor público como lo fue el agüero Rito Ramírez, fallecido hace unos pocos años.

La Puerta, abril 2021.

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jueves, 13 de mayo de 2021

Concio Rivas, Cantor de Las Siete Lagunas

El taita Concio Rivas, Cantor de Las Siete Lagunas.


Oswaldo Manrique


¡Respire profundo y puje que ya va tar!


Fueron las palabras que le dijo la partera vecina. La india Juana Paula, cerraba los ojos y le chorreaba sudor en la cara, cada vez que sentía dolor en su voluminosa barriga.  En su casa en Los Berros, cerca de las lagunas, habían preparado todo para el advenimiento, la partera atenta a los movimientos de la parturienta. Minutos antes, se había levantado del catre donde estuvo sentada. Había sentido una punzada en la espalda, y enseguida un liquido que se deslizaba por sus piernas. Fue cuando llamó a Aracelis, le pidió que la ayudara, ya era la hora. Comenzó a pasar al cuarto las sabanas, agua, alcohol y las otras cosas para recibir al nuevo vástago. Se tranquilizó un poco, al paso de las suaves contracciones. 

El ambiente en el Paramo de La Puerta, durante el mes de diciembre no es grisáceo, ni blanquecino ni oscuro como en otros lugares; por ese  mes, adquiere un excepcional color brillante, que contrasta con el claro verdor de su paisaje y el iluminante azul de su cielo. En la noche, aunque no estaban convocados para el evento, algunos vecinos y familiares se acercaron a Los Berros, unos reunidos en la sala, conversando y riendo, mientras las mujeres se apiñaban en la cocina, alrededor del fogón, preparando mucho café y mucho guarapo de panela.

Sus caderas soportaban esas sensaciones fuertes, lacerantes y calientes.  Comenzó a dilatar y cada cierto lapso la revisaba la partera. Las contracciones se tornaron más intensas. Estaba semisentada.  Confiaba en la esposa de Rafael Aranguren,  partera del caserío. Esta le afirmó que ya la criatura se comenzaba a ver, y le pidió que dejara de pujar, que no pujara más. Soñaba con él, ansiaba  verlo, saber cómo era. Salió Concio, lo recibe la partera sonriente, lo revisa, lo alza para enseñarlo, es  humano. Abrió los ojos, se lo entregó a la madre, abrigándolo, inmediatamente comenzó la búsqueda del calostro, que lo mantendrá en contacto con ella. Lo comenzó a amamantar. Llegó el ser que se convertiría en el eje de la familia, lo llamará José Concepción, porque ya tenía un Jesús, que era el padre, el ex montonero liberal. Era de madrugada con brumoso y helado tiempo. Parto normal.  Juana, después de parir, entró en un letargo placentero y tranquilo que pudo disfrutar al canto que le susurraba al oído a su criatura, solo por esa vez>> (Extracto de nuestro libro"Relatos y cuentos del Páramo de La Puerta" 2015). 

Uno de los personajes más simpáticos y polifacéticos, que persiste en la tradición oral de nuestra comarca, lo es el "taita" Concio o el "Bachiller" Concio, como también lo llamaban. Su nombre José Concepción Rivas,  nació el 17 diciembre de 1916, en la posesión Los Berros, en el propio páramo de las Siete Lagunas, jurisdicción de La Puerta, estado Trujillo en Venezuela. Pertenecía a las primeras familias indígenas y mestizas que se asentaron en este lugar. Aprendió a leer en la rudimentaria escuela del maestro Mateo Valero, en el llano de la Lagunita. 


En esta fotografía se puede observar a Jose Concepcion Rivas, con su uniforme militar, cuando tenía unos 25 años de edad. 



Después de azarosas huidas de la recluta militar, a los pocos años lo agarró la de los chácharos gomecistas. Estuvo en el Cuartel de Infantería Libertador, de la ciudad de Maracaibo, luego lo trasladaron al Cuartel de Lagunillas, con responsabilidad siendo sargento primero del Ejército Nacional. Una noche que conversábamos de muchachos con él, con su pie montado en un lateral del fogón y quitándose de vez en cuando su felpudo  sombrero, nos contó lo que presenció y vivió, en su época de soldado, uno de los sucesos más trágicos de la Venezuela petrolera, el incendio y desaparición de Lagunillas de Agua, en el que hubo miles de muertos, que aún no hay cifras ciertas y menos aún, se han determinado las causas del mismo.

Caminó la mayor parte de su vida, en su instinto natural y metodológico de conocer y saber, se exigía explorar espontanea y autodidácticamente, más allá de los limites de los páramos.  En la primera mitad del siglo XX, la región de Los Andes, era una zona rural, de servidumbre, aislada e ignorada, de la que solo se acordaban caudillos y gobernantes, cuando requerían la soldadesca y sus riquezas.  Igualmente, recordaba como si fuese un suceso cercano, lo del siniestro aéreo de Avensa en 1950, en el Páramo, cuando la comisión de la Guardia Nacional lo sacó de su casa para que les sirviera de baqueano. Fue a regañadientes, pero cuando vio aquel desastre, buscó mulas y machos,  para el traslado de los estudiantes muertos. 

De sus muchas y simpáticas aventuras y anécdotas ha escrito Ángel González Rivas, el Guayanés.  Fue caporal del MOP, en el desarrollo de la carretera trasandina. Agricultor casi de nacimiento, comisario de caserío, coordinaba el trueque, préstamo de semilla, convites, vuelta de mano, como costumbres colectivas ancestrales del Páramo. Sacaba buen y aromático sanjonero, los curas acostumbraban a visitarlo y a tomarse un cuello corto para bajar con alegría la Cuesta de los Rondones; ese elixir de los montes, le compraba toda la producción, en la madrugada, su compadre el comerciante José del Carmen Matheus “Don Carmen”.  En edad madura se casó con María Guadalupe Ramírez Terán (1926 - 2017), nativa de las Mesitas de Niquitao, ella murió con 100 años de edad. 

Como era uno de los pocos que sabía leer y escribir en ese tiempo, su casa en el Sicoque, se llenaba los fines de semana de vecinos, las mujeres para que le redactara y escribiera carta a los hijos, hermano, al marido y hasta los novios que se habían ido a trabajar a Caracas o Maracaibo. Equivalentemente, le llevaban las cartas que recibían, para que se las leyera, por eso se ganó que lo llamaran el "Bachiller Concio". 


De pie y con sombrero, el taita Concio Rivas, compartiendo con vecinos de la comunidad del Páramo de La Puerta, Trujillo en Venezuela.


Un aspecto de su versatilidad, fue su amor por el folclore. Su afición a la música, el cantador de décimas por excelencia, el más fogueado en contrapunteos, tenia facilidad para improvisar, su nombre brilló en las fiestas de Barinas, Mérida y la zona baja. Le gustaban los tonos y pajarillos, en lo religioso, los rosarios a la virgen. Montaba bailes en los tradicionales Cantos de Navidad por diciembre, en las casas de familia, cantaba toda la noche.  Cuando lo veían llegar con su cuatro a cualquier lugar, seguro que había baile, más atrás llegaban sus pares, Ruperto Rivera, con la guitarra de cinco cuerdas, era el esposo de Felipa Ruz, sobrina del legendario coronel Sandalio Ruz. No podían faltar Emeterio Villarreal y José de los santos Ramírez, con su respectivo cuatro, Ernesto Barrios con guitarra y canto. Camilo Rivas, hermano de Concio, en la armónica, Sandalio Salcedo el violinista, Rafael Artigas con la bandolina y Concio Rivas en el canto y baile, eran la música, la fiesta y eran la alegría. 

El 19 de abril de 1978, día de libertad, bajando por los Santicos, del Páramo, alzó vuelo y emprendió viaje hacia otros espacios. 

Nota: Si está interesado en conocer más de la vida y anécdotas de éste y otros personajes, puede leer de nuestra autoría "Relatos y cuentos del Páramo de La Puerta", disponible en PDF, solicítalo por nuestros contactos.

La Puerta, mayo de 2021

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martes, 11 de mayo de 2021

Matronas del Páramo de La Puerta

 

Matronas del Páramo de La Puerta.



Oswaldo Manrique

Existen sitios que para las personas, son de agradable recordación, casi siempre el paisaje, flora, fauna. Creo que el mejor símbolo para expresar nuestro afecto a los lugares, es la propia  gente, a la que uno sigue en sus afectos, labores, valores, costumbres y su misma cotidianidad, y aun cuando perezcan, se mantienen en nuestra memoria. Eso ocurre, con los del Páramo,  ese mismo que  se encuentra enclavado una majestuosa montaña conocida como el páramo o cerro La Puerta (hoy Páramo Los Torres), hacia el lado oeste de la parroquia La Puerta. El propósito de este articulo, es ir reivindicando a las mujeres que con su esfuerzo diario, responsabilidad, fueron creando y fortaleciendo  en condiciones adversas,  la principal célula de la sociedad: la familia y además de ello, por su nobleza y su virtuosidad; las conocemos como las Matronas del Páramo.

En ese grupo, debemos comenzar por mencionar a Matilde Rivas de Villegas, quien estuvo por muchos años, viviendo en el sector La Popa, antes vivía con su esposo en Casa Quemada. Los parientes y amigos le decíamos tía “Matolda”. Fue quien donó los terrenos para construir la escuela de La Popa, y la Capilla de San Benito. Su hijo Filadelfo, fue el entusiasta promotor de la carretera agrícola que une la zona urbana de La Puerta, con este Páramo, lo que le dio empuje económico y social a los habitantes y productores de esta zona.

En la gráfica, Matilde Rivas de Villegas, en compañía del padre Sergio Tesio, y con su hijo Filadelfo Villegas.

Dentro de ese conjunto de seres forjadores de vida, recordamos a  María Bernabela Rondón Rivera, quien vivió en el sector El Llanito, luego se mudó al área urbana; era una mujer profundamente católica.

Algunos de sus visitantes llaman al Páramo como “El Llanito”, que es uno de los primeros puntos de interés turístico del Páramo de La Puerta, hoy llamado los Torres, ubicado a unos 12 Km de distancia del área urbana de la Parroquia. Tiene un pico del mismo nombre, hacia el extremo norte, su altura es de 3.536 m.s.n.m,  es considerado uno de los más altos de Venezuela. Hay mucha producción agrícola.

María Bernabela Rondón Rivera, en el templo San pablo Apóstol de La Puerta; cuando tenía 82 años.

 Igualmente, como podíamos olvidar a Petra Villarreal, esposa de Martín Salcedo, quienes vivieron e hicieron familia en el sector Los Pozos.

Petra Villarreal, matrona del Páramo.

Es necesario y obligatorio nombrar a María Guadalupe Ramírez de Rivas, a quien llamábamos“mamá Lupe” o nonita; esposa del cantautor de décimas y contrapunteo criollo Concio Rivas. Vivieron por muchos años en la posesión Xikoke (Sicoque), sitio indígena de nación Timoto. Mama Lupe, tuvo unos 14 hijos. 

Maria Guadalupe Ramirez de Rivas, cuando ya rayaba los 100 años de edad.

Una matrona que vivió una dramática experiencia en el sector San Rafaelito, vía Boca del Monte, en el Páramo de las Siete Lagunas, es María Natividad Villarreal, esposa de Oswaldo Rivero. Natividad, fue la primera mujer que llegó en forma solidaria al Cerro San Antonio, para asistir a las víctimas del accidente aéreo de Aeropostal, en 1991, sin embargo, no hubo sobrevivientes.

María Natividad Villarreal, habitante de San Rafaelito.

Otra matrona destacada, por su empeño y solidaridad comunitaria lo fue doña Gregoria Paredes, esposa del amigo Luis Villarreal (QEPD), agricultor, comerciante. Este matrimonio vivió el sector Las Mesitas, donde constituyeron una respetable familia;  hace unas pocas décadas, se mudaron al área urbana, al sector Pueblo Nuevo.

Doña Gregoria Paredes, esposa Luis Villarreal.

En forma grata recordamos a la señora Verónica Jerez, esposa de Adriano Torres, destacado labriego de nuestro Páramo, con el que fomentó una respetable familia, en el sector “La otra banda”.

Verónica Jerez, esposa de Adriano Torres.   

Incorporamos a este grupo de mujeres laboriosas de nuestro Páramo a Toña Alarcón, quien  ha vivido toda su vida en la Mesa del Aliso. Pertenece al antiguo y fecundo clan de los Alarcón. 

Toña Alarcón, en compañía de Américo.

Como homenaje justo, recordamos a doña María Cristina Salcedo de Villarreal, que habitaba junto con su familia, en el área urbana de La Puerta; una matrona bondadosa, cumplidora de sus deberes familiares y fervorosos de los compromisos con la colectividad y con la iglesia.

María Cristina Salcedo de Villarreal, en el templo San Pablo Apóstol de La Puerta, cuando tenía 97 años. 

Una de las mujeres que engrosa nuestro grupo, es Adriana Paredes, mujer de mucho temple y trabajo, colaboradora de inalterable disposición en las actividades y servicios de estas comunidades parameñas, que la hace destacar.

En la gráfica Adriana Paredes,  mujer de trabajo y páramo.

Incluimos en el conjunto de matronas, a María Zenaida Briceño, esposa de Julio Ocanto. Ella desciende del recordado y prospero comerciante y productor agrícola Serafín Briceño, nuestro deudo. Ha vivido siempre en la posesión Los Bicuyes, sitio histórico, por haber sido asentamiento indígena. 

 En la gráfica, María Zenaida Briceño, con algunas de sus hijas. 

        Cerrando este grupo de matronas de nuestra Parroquia, recordamos a la señora Aura Paredes, esposa de Blas González, hombre muy trabajador, vivieron en el sector Mesa Alta, donde fundaron respetable familia. Ella era enérgica, comunicativa y entusiasta en sus labores de madre y mujer campesina.

Aura Paredes, esposa de Blas Gonzalez.

 

La Puerta, mayo de 2021

Omanrique761@gmail.com


Sofía Angulo Arboleda de Ramírez: abolengo, filantropía y belleza en La Puerta

Por Oswaldo Manrique (*) Eso ocurre en el balcón de la casa. El fondo, la avenida Bolívar, muy cerca de la casa de los Alarza. Una terra...